Coincidencias
“Según ella, la vida estaba llena de una serie de encuentros evidentes e incluso intencionados que ciertos imbéciles privados de imaginación llamaban casualidades”
Orhan Pamuk, La vida nueva
Ya lo había comentado antes, pero reitero (dice Rodrigo que reitero sobre el mismo tema; como diría Blanchot, me quedo continuando un tema que no terminará; o como diría cualquier otro, me quedo rumiando la misma obsesión), que la pertinencia de las palabras me impacta: la forma en que aparecen (me refiero, claro, a la palabra escrita, la visible) en el momento justo, como si hubiesen estado esperando a que formuláramos la pregunta indicada, que desarrolláramos un pensamiento, que albergáramos una emoción. Pareciera que es así, que sólo aparecen, pero no se trata de casualidades, sino de coincidencias, de entrar en acuerdo con la escritura y convenir que eso que se lee es justo lo que se esperaba leer. La respuesta. Coincidir en la escritura no puede ser azaroso. Y digo en y no con porque la escritura así entendida se convierte en un espacio en donde todos los que de manera consciente nos albergamos en ella, en sus respuestas (los que andamos sobrevolando o sumergiéndonos en sus miles y miles de posibilidades), nos rozamos un poco o un mucho, dejando residuos de nuestras palabras en el otro, y el roce de su pertinencia nos impulsa a persistir, a continuar la cadena de coincidencias, aunque en una de esas nos toque morir.
Hospital / Los pettinellis
No vuelvas nunca más al hospital son tus visitas las que me hacen mal si son amigos no quiero hablar de cosas que amo y me hacen odiar Le pido a ella que no piense en mí si alguna vez me tocara morir si alguna vez me tocara morir yo le pido a ella que no piense en mí Enfermera no la deje entrar no haga mas mierda de esta enfermedad con este cáncer ya no puedo más de a poco me hundiré en la soledad No vuelvas nunca más al hospital son tus visitas las que me hacen mal si son amigos no quiero hablar de cosas que amo y me hacen odiar Le pido a ella que no piense en mí si alguna vez me tocara morir si alguna vez me tocara morir yo le pido a ella que no piense en mí
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La trampa de la vanidad
De nueva cuenta me invade la imposibilidad de escribir, pero ahora es más una incapacidad: literalmente no puedo escribir. Me he lastimado los tendones de mi muñeca derecha y llevo semanas sin tomar una pluma. Hoy, sin embargo, me he rebelado al dolor y me he atrevido a teclear un poco. Estos días en los que he tenido que recurrir a la ayuda de terceros de manera constante, me he dado cuenta de la trampa de la vanidad, del orgullo. La trampa en la que suelen caer los escritores, los intelectuales, los científicos, todas las personas que dedican su vida a la imaginación o al pensamiento, cuando de pronto quedan incapacitados físicamente. Dilthey comenta, acerca de los poetas pero puede extenderse a otras personas de esta índole, que “a partir de la vida todos aspiran a ascender por encima de ella hasta la reflexión”. Es decir, llegar desde la vida, lo tangible, hasta la reflexión, lo étereo, lo esencial. Eso es lo que les importa. Tiene mucho sentido. Jorge Wagensberg, en su libro Yo, lo superfluo y el error, comenta que dedicarse a la ciencia o a la literatura supone, la primera, una expulsión del yo, y un regodeo del yo, la segunda. En ambos casos, hay un descuido del cuerpo, pasando del exceso de indiferencia al exceso de vanidad en beneficio del pensamiento o de la creación.

Por lo general, hay una especie de aureola que circunda a estas personas, algo que en apariencia los deslinda de la rudeza de los movimientos. Pueden llegar a ser torpes o ágiles, pero no hay demasiada exigencia. Ubican su atención en otras áreas de su cuerpo, hay otras partes que de manera inconsciente protegen por encima de otras. Ahí comienza la trampa de la vanidad, los hace creer que no es importante cuidar tanto el cuerpo porque lo que vale de ellos es su conciencia, la capacidad de idear, imaginar. Pero nada de lo que imaginan o idean puede ser posible sin el resto, sin el cuerpo. El descuido del cuerpo es el peor error que puede cometer cualquier persona, y en el caso de los escritores e intelectuales, la frustración de no ser capaces de concretar por sí mismos sus pensamientos o creaciones es doble si se mantienen crédulos a los artificios de la vanidad. Y no digo que no se pueda superar la discapacidad repentina (sí, hablo de accidentes que ocurren de repente, no de situaciones congénitas), a fin de cuentas Cervantes escribió manco (y preso, pero ése es otro detalle) El Quijote y Borges no se detuvo por una simple ceguera (ya que, siguiendo al propio Borges, lo que importa es no olvidarse de sí mismo: de nuevo la conciencia); digo que se debería superar esa aureola que los hace suponer que nada va a ocurrirles, esa trampa de la vanidad que los ensalza (y enlaza, es decir, los limita), que los hace mantenerse siempre al margen de la locura, pues esta trampa de la vanidad les insiste que los únicos males de salud que los circundan son de tipo neurológico o canceroso. Porque, claro, lo peor es perder la lucidez, el entendimiento. Perder aquello que los hace ser, precisamente, los pensadores. Pero no hay mente sin cuerpo y no hay idea, no hay razonamiento, no hay conciencia que no necesite de la expresión elocuente de un cuerpo.
La imagen es “La niña enferma”, de Edvard Munch.
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Sembradores de pánico
Ante la proliferación de la estupidez en el -y del- mundo a causa de la influenza, me ha parecido oportuno este artículo escrito por Eduardo Galeano y publicado en La Jornada del día de hoy. Obliga a reflexionar en asuntos que muchas veces nos pasan desapercibidos precisamente por caer en los juegos perversos de quienes nos gobiernan y de quienes manejan la economía del mundo, esos sembradores de pánico, como atinadamente los llama Galeano.
Disculpen la molestia
Eduardo Galeano
Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza.
¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?
El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración?
¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?
¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?
Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?
¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?
¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal-Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. MacDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura, y menos todavía valen los derechos de los trabajadores?
¿Quiénes son los justos, y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?
¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de crimen organizado
?
Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles.
Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina 3 millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren 15 niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?
¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es?
¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.
Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.
Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?
¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?
¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?
Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ése un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?
¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?
Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia, ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?
Según Lewis Carroll, la reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:
–Ahí lo tienes –dijo la reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.
En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. Él murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.
El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?
A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.
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King of pain
A principios de los ochenta, The Police sacó su sencillo “King of pain”. Varios años después, Alanis Morissette realizó este cóver durante su concierto de MTV Unplugged. La canción no es precisamente alegre. Hay mucho desencanto y tristeza, un pesar que no puede explicarse: por eso el listado de imágenes de desamparo, de impotencia. “The same old thing as yesterday”. El destino del que se habla en la canción es ineludible, como el destino de los dioses o de los santos. Los reyes del dolor.
There’s a little black spot on the sun today
It’s the same old thing as yesterday
There’s a black hat caught in a high tree top
There’s a flag pole rag and the wind won’t stop
I have stood here before inside the pouring rain
With the world turning circles running ’round my brain
I guess I’m always hoping that you’ll end this reign
But it’s my destiny to be the king of pain
There’s a fossil that trapped in a high cliff wall
That’s my soul up there
There’s a dead salmon frozen in a waterfall
That’s my soul up there
There’s a blue whale beached by a springtide’s ebb
That’s my soul up there
There’s a butterfly trapped in a spider’s web
I have stood here before inside the pouring rain
With the world turning circles running ’round my brain
I guess I’m always hoping that you’ll end this reign
But it’s my destiny to be the king of pain
There’s a king on a throne with his eyes torn out
There’s a blind man looking for a shadow of doubt
There’s a rich man sleeping on a golden bed
There’s a skeleton choking on a crust of bread
There’s a red fox torn by a huntman’s pack
There’s a black winged gull with a broken back
There’s a little black spot on the sun today
It’s the same old thing as yesterday
I have stood here before inside the pouring rain
With the world turning circles running ’round my brain
I guess I’m always hoping that you’ll end this reign
But it’s my destiny to be the queen of pain
Queen of pain
I’ll always be queen of pain
Queen of pain
I’ll always be queen of pain
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Alumbrando (a) la escritura

El hijo, por ser sólo un símbolo, es innecesario.
Anaïs Nin
El 18 de mayo de 1934, Anaïs Nin escribe en su diario que acaba de descubrir que está embarazada de Henry Miller. Lo primero que apunta acerca de su hijo es que debe destruirlo. No puede obligar a Hugh, su marido, a aceptar al hijo de otro; Henry, por su parte, no lo quiere. Anaïs, fiel a su discurso de ser la amante de todos los hombres, decide abortar. Es precisamente su deseo de no dejar de ser “la amante” el que la mueve a renegar de la maternidad. Considera a los otros, pero a lo que más le teme es a perder su mismidad, entregarse al sacrificio vitalicio de velar por un hijo. “Por la noche. Me niego a seguir siendo madre. He sido la madre de mis hermanos, del débil y pobre Hugh, de mis amantes, de mi Padre. Quiero vivir tan sólo para el amor del hombre y como artista. Como amante, como creadora. Nada de maternidad, de inmolación, de generosidad. La maternidad sería otra vez la soledad: dar, proteger, servir, entregarse. No. No. No.”
El temor de Anaïs, sin embargo, no es tan predecible. A fin de cuentas muchas mujeres no desean tener hijos por los mismos motivos. Pero para una mujer que escribe, el acto de crear se vive desde otra perspectiva. Parir a un hijo es un símbolo, una alegoría, una forma de entender la concepción de las palabras, de la escritura. El hijo trae consigo una voz nueva, toda una serie de historias, palabras no dichas. Anaïs comienza a relacionar su incapacidad de crear, es decir, de escribir, con su capacidad de concebir. Si no puede escribir, al menos puede crear vida. Pero eso no es un consuelo, al contrario, es un pesar, porque lo que verdaderamente se desea es escribir, crear de formas más sublimes. Entonces se empeña en abortar, pero el feto se resiste. Crece. Anaïs lo siente en su interior y no puede evitar amarlo; no obstante, su decisión está tomada. Al cabo de seis meses, Anaïs concerta con un médico la extracción del feto. “Será como un parto”, apunta en su diario, y reitera: “Soy una amante. He tenido demasiados hijos”.
Ante la inminencia del aborto, de la destrucción, Anaïs se impone como creadora. No surgirá vida de su seno pero sí palabras, la configuración de las historias. Un día antes de la operación prepara el escenario para recibir al médico: “Estaba contenta por la dulzura y el decorado en que la Princesa va a abortar”. Podría parecer que Anaïs se evade, que se aferra a su afán de creación literaria para no sentir dolor o culpa, pero no es así. Hay dolor en su incapacidad de ser madre, a causa del contexto que la obliga a no tener hijos, y por supuesto le asquea la idea de destruir algo en ella gestado; pero ante todo se muestra congruente consigo misma, y eso es algo que pocas, muy pocas personas logran hacer.
La operación duró horas y fue terrible. El feto murió estrangulado mucho antes de salir del cuerpo de Anaïs. Era una niña. Anaïs se derrumba: “Sólo más tarde este arrebato de ira dio paso a una gran tristeza, a lamentaciones, a un largo sueño de lo que está niñita pudo haber sido. Una creación muerta, mi primera creación muerta. El dolor profundo que causa cualquier muerte y cualquier destrucción. El fracaso de mi maternidad, cuando menos de su encarnación, la abdicación de un tipo de maternidad en aras de otra más elevada”. Pasados unos días, Anaïs confirma que hizo lo correcto y se siente mejor. De nueva cuenta se encuentran ella y su escritura, ella y sus amantes. El símbolo que el hijo representaba deja de atormentarla. El acto creativo se deslinda del útero y, al final, lo único que persiste es la escritura. El hijo no existe.
Las citas fueron tomadas de Nin, Anaïs. Incesto. Diario amoroso (1932-1934), editado por Siruela.
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Para Diana
Este último par de meses la vida se detuvo. Un prolongado stand by de más de sesenta días. No es que no estuviera haciendo algo, en realidad hice demasiado. A veces sucede que uno se pierde en la inmensidad de la demasía. Son tantas cosas en tan poco tiempo que uno se abruma. Es como cuando la cotidianeidad nos absorbe, hay un sopor, diferente, pero sopor a fin de cuentas. Con el rush persistente algo se nos adormece. A mí se me durmió la escritura y este afán de escribir sobre ella. No sé si haya sido por haber estado tan inmersa en la vida. Nunca he querido aceptar este lugar común de que la gente que escribe o que se dedica a la literatura tiene que aislarse de la vida para poder concretar su creación; esta idea del “suicidio literario” sobre la que leí hace años y que cuando lo hice resultó muy pertinente. Estaba queriendo hacer mi tesis sobre algo, no recuerdo bien qué, algo sobre Pizarnik, Blanchot, Derrida. La escritura y su silencio. Por un tiempo creí en eso. Lo creíamos Diana y yo. Algunas veces hablábamos sobre esto: la “no-escritura”. En ese tiempo, Diana tenía un blog (estéticaautomotriz) y subió un post donde desmenuzaba su deseo de escribir y su imposibilidad de hacerlo. En realidad el post era (o es, ignoro si aún exista en la red) muy largo, personal y pleno de símbolos. Yo le dejé un comment, precisamente acerca del suicidio literario, que dice:
Ayer leí acerca del “suicidio literario”, es decir, cuando el escritor sacrifica su presencia en la vida por la ausencia en la escritura. Deja de ser alguien por hacer algo, en este caso, escribir. Esta noción del “suicidio literario” la tomé de Derrida, quien a su vez la toma de Rousseau. Derrida menciona: “…al soy o al estoy presente así sacrificado se prefiere un lo que soy o lo que valgo”. Todo esto remite a la situación de soledad y de ocultamiento del escritor, condición necesaria para la creación. En fin, lo que quiero decirte, más bien, escribirte, es que me encontraba reflexionando sobre lo anterior cuando leí tu texto sobre el deseo de escribir, sobre tu escritura de la no-escritura, sobre el escritor que no escribe pero que debería escribir (sería lo óptimo, puesto que es escritor). Me parece que esto que tú describes es más cercano a un suicidio literario que el hecho de vivir en soledad para escribir. Eso más bien sería un suicidio motivado por la literatura, que no literario. Lo literario se dice de aquello que pertenece a la literatura, y la soledad es a pesar de la literatura. Escribir sobre no poder escribir resulta ser un metalenguaje mortífero que asesina a tu escritura a través de tu propia escritura. Pero lo que subsiste, según leo, es el deseo de escribir sobre otra cosa. Para mí aquí hay un anhelo de vida. Y no quiero escucharme -aunque no me escucho- plena de ondas positivas. Lo que quiero decir es que ese deseo te mantiene escribiendo, aunque sea sobre no poder escribir. La imposibilidad de realizar tu escritura es lo que te hace decir que tienes que escribir. Y sí, tienes que escribir, aunque tus palabras te (se) suiciden, aunque nadie dijo que debías hacerlo, tienes que hacerlo, porque has hecho conciencia y entiendes lo que es la escritura.
Me resisto a pensar que dejé de escribir por estar tan presente en los dramas de la vida. Me resisto a pensar que sólo puedo escribir porque la vida me ha dejado un poco de lado. Que dejé de hacer para ser. Pero hay algo que resulta incompatible, como me lo dijo Diana años después, algo de la vida que no embona con la escritura. Por eso sucede que cuando la vida avasalla nuestra existencia, nuestra escritura muere un poco. Nos quedamos congelados ante la vida que se despliega, la que acontece fuera, dentro, alrededor de nosotros. La vida que se gesta en nuestro interior. La vida que brota y la vida que se trunca. ¿Cómo puede la escritura comprender la muerte de la vida? Por eso mejor guarda silencio. Duerme. Muere.
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Music + Visual effects
Estas semanas he visto tres videos que me han maravillado. Sí, tengo una fijación por las animaciones. Aquí los comparto:
White Winter Hymnal // Fleet Foxes // Fleet Foxes (2008 )
Se trata del primer sencillo de esta banda integrada por cinco chicos de Seattle con aspecto de profetas. Han sido reconocidos como la banda revelación del año (Click aquí). El video fue dirigido por Sean Pecknold.
Wanderlust // Björk // Volta (2007)
El cuarto sencillo del disco Volta. Una obra de arte de la animación por todas las técnicas y procesos que incluye. Dirigido por Encyclopedia Pictura.
Her beautiful ideas // The Guggenheim Grotto // Happy the man (2009)
Del disco Happy the man surge esta bella canción de esta banda irlandesa. El video fue producido, editado y dirigido por Aaron Copeland y Johnny Fitzsimons.
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La fille coupée en deux
Hace unos días proyectaron en la Cineteca esta película de Claude Chabrol. Actúa en ella una de mis actrices francesas preferidas, Ludivine Sagnier, mejor conocida por su participación en Swimming Pool, de Francois Ozon, y en 8 femme del mismo director. Ella fue la principal razón que tuve para ir a ver la cinta. No conocía el trabajo de Chabrol, pero me ha parecido un virtuoso del suspenso y de la comedia negra. El asunto es que básicamente la película trata de una chica que se dedica a dar el clima en un canal de la televisión francesa, y de cómo se enamora de un escritor ya entrado en años y casado. El tipo en cuestión es, además, un pervertido, y al comenzar su relación con la chica comienzan un juego de perversiones que termina con él yéndose de la ciudad y ella con el alma quebrantada y abandonada. Ella no lee, pero duerme con el libro recién editado del escritor entre sus manos, como si de esa manera pudiera tenerlo. Él se ha regresado con su esposa y no vuelve a buscarla. En el inter, la chica es pretendida por un joven de buena familia, algo psicótico, que dice amarla. Ella, más que nada impulsada por la depresión y el dolor del abandono, acepta casarse con él, pero en el fondo nunca supera al escritor. El marido le reprocha y enloquece. En una gala de beneficiencia donde coinciden los tres, el escritor es asesinado por el joven marido de la chica, quien lo presencia todo. Pasan los días y el marido es sentenciado. Se separan. Al final la chica es partida en dos. Literal, pero no sanguinariamente. Sólo es cortada digamos que por magia. Como enfatizando su vida pendiente de dos hombres que al final desaparecen. Como marcando la zona de la herida abierta, la zona pélvica, esa área que sólo se permite sea tocada por los amantes.
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Pienso en Anaïs Nin pensando en su escritura. La imagino en su estudio de Louveciennes con las diversas versiones de su diario ante ella: la original sin censura ni enmiendas, la corregida y la editada. La primera versión para ella, la de la sexualidad desaforada, complacida y complaciente; la segunda versión para sus amantes, que también eran sus lectores y caían fascinados ante la mujer y su escritura; la tercera versión para Hugh, su marido, y las editoriales. Nadie más que ella sabía los niveles de ficción alcanzados en la narración de su día a día. En una de las entradas admite que podría haberse estado mintiendo de manera consciente pensando en las posibilidades narrativas de un diario y en sus propias capacidades como escritora. Considerando que esta confesión se la hace a sí misma en su diario original, es de esperar que las otras versiones sean todavía más ficción que la ficción primigenia.
¿Pero dónde empieza realmente la mentira? De nuevo imagino a Anaïs enfundada en su bata con la pluma entre los labios maquinando la continuidad de sus historias. A fin de cuentas, un diario es un ejercicio de reinterpretación de la vida, porque se escribe en él ya pasado el tiempo, horas, días después, cuando ya se ha tenido oportunidad de reflexionar; incluso mientras se escribe los ánimos se van sosegando. No es el registro del día sino su impresión, la forma en que lo ocurrido nos afecta. Al reescribir su diario, Anaïs simplemente va puliendo dicha impresión, pero al hacerlo se va alejando de ésta. Mientras, van sucediéndose nuevas impresiones que modifican las anteriores. Nada queda intacto y eso es lo que Anaïs comprende mejor que nadie, al menos mejor que todas las personas que la rodean, en particular todos esos hombres que la aman y sobre quienes escribe. En las relaciones que mantiene con sus amantes se encuentra latente la semilla de la escritura y al mismo tiempo, el fantasma de la alteración, aquel que genera espacios por donde se gesta la ruptura, la separación.
Nada queda intacto entre los lapsos que median entre impresión e impresión, porque en esos momentos sucede la escritura. Quizás no lo parezca, pero para Anaïs los momentos de separación, los cuales implican un silencio narrativo, son terribles, más cuando se trata de Henry Miller. Hay una parte, en agosto de 1935, donde escribe: “No creo lo suficiente en mi intimidad con Henry porque no tiene continuidad. Hay veces en que pienso que ha muerto en los intervalos que no nos vemos. No confío en la distancia ni en el tiempo”. El tiempo y la distancia son los factores de la tergiversación, los mismos que alteran la impresión del día. Los mismos que mellan la unión de los amantes. Anaïs lo que procura es, precisamente, la continuidad. No pretende una vida dispersa -que conlleva una escritura de hojas sueltas-, como tampoco le interesa estar con Henry de manera esporádica. Y digo Henry y no Otto Rank, o Allendy o Artaud o cualquier otro porque Henry era el más constante a pesar de los intervalos que pasaban separados, y porque Henry movía la escritura de Anaïs. La ficción que circunda a los diarios, ese afán de reescribir, de darle movimiento a la impresión primigenia, es la obsesión de Anaïs por trascender su estigma de “la chica brillante que lleva un diario”.

En otra de las entradas se dice a sí misma que acepta no ser artista ni escritora, sino sólo la anotadora de un diario, y que éste será su único trabajo que valga algo. Por eso va en contra de la distancia y el tiempo, por eso lucha por mantener la continuidad, la de su escritura y la de sus relaciones. Ella lo dice mucho mejor al referirse a la dinámica con su marido: “La ternura puede a veces alcanzar las cimas del amor y así ocurre entre Hugh y yo. Su misma continuidad y solidez dan lugar al amor.” Esa ternura es la que fluye por las hojas del diario de Anaïs, esa voluntad de crear y recrearse, de escribir, de satisfacerse; ternura que extiende a los cuerpos de sus amantes, con tal de no detener la escritura, con tal de alcanzar el amor.
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El riesgo de la escritura
He encontrado en algunas entrevistas a escritores, en ensayos, notas, prólogos o artículos varios, la tendencia a citar la muy conocida frase de Lezama Lima, “Sólo lo difícil es estimulante”. Por supuesto que la utilizan para referirse a la escritura, al hecho evidente de que escribir, escribir verdaderamente dentro de los afanes literarios, es una labor desgastante. Salvo algunos casos, los escritores que citan a Lezama en efecto parecen lidiar con los también muy cotizados “demonios” de la escritura (que podrían ser o no demonios, depende de cada quién); hay otros que sólo lo citan por pretensión, por querer matizar su poética con argumentos ajenos ya que no poseen ninguno propio (claro, esto también en el caso supuesto de que posean una poética). Hay mucha gente así en el medio literario, precisamente personas que no entienden, tal como dice Lezama, que “sólo lo difícil es estimulante”. Se aferran a creer que son talentosos, como si eso fuera suficiente. Cuánta gente talentosa deambula por las ciudades sin saberlo. Decía Federico García Lorca que esto de dedicarse a la escritura es un oficio muy burgués. Un niño que no tiene para comer no va a estar pensando en versos alejandrinos, comentaba, sino en cómo solucionar su carencia. (Ahora pienso que quizás Federico no lo dijo así, pero es la idea.)

Así hay muchas personas con la literatura en potencia pero que no pueden ejecutarla precisamente por andar viendo la manera de aliviar sus propias carencias. También hay personas extraordinarias que no obstante sus carencias logran dedicarse a la escritura. Pero aquí ya entran otros factores como la voluntad, la disciplina y el tiempo. El talento es lo que viene por añadidura, lo menos difícil dentro de lo difícil. Lo difícil es lidiar con las circunstancias, con todo lo que queda fuera de nuestro control: la contundente presencia del contexto. Comenta Virginia Woolf en Una habitación propia, sobre cómo las mujeres que escriben se desdoblan entre las tareas domésticas y la escritura. Virginia, claro, ubica la necesidad de soledad y espacio únicamente dentro del universo femenino, pero es obvio que no es exclusivo de éste. Todos los seres humanos precisamos de soledad para crear. Y de un espacio. Esto es lo que se busca con desesperación dentro del contexto de cada quien. Digo con desesperación, pero si me mantengo apegada a la frase de Lezama, diría con empeño: lo estimulante comienza cuando se asume la escritura como una necesidad. Lo difícil empieza cuando hay que sortear las circunstancias que nos alejan de satisfacer dicha necesidad. En cualquier caso hay que desarrollar una pericia y una malicia maestras. Esto de escribir no es para inocentes. No es para crédulos. Es para aquellos que han tocado fondo.
Luego también puede objetarse que la frase de “Sólo lo díficil es estimulante” se refiere no al acto de escribir sino a lo que queda escrito: la obra. Quienes citan a Lezama para indicar que su obra es incomprensible o de complicado acceso resultan más pretenciosos que aquellos que lo citan de manera superflua. Dan la impresión de estar haciendo un gran esfuerzo por parecer complejos. De nuevo se les viene como un estigma esta idea del talento, ̶como comenta Túa Blesa en su prólogo a la poesía de Panero: ¿acaso en la pericia técnica podría radicar lo literario?

Hace unos días leí La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk. El libro se compone de tres discursos que Pamuk dictó en distintos lugares y momentos. Por supuesto que él no cita a Lezama Lima. (Si un escritor turco citara a un escritor cubano comenzaría a sospechar que los planetas se están alineando y que en alguna parte es posible la armonía que este mundo pleno de intolerancia no permite, no porque no sea posible, sino precisamente porque es posible y no sucede. Supongo eso es más terrible.) Gran divagación. Decía que Pamuk no cita a Lezama pero en sus textos transita la misma idea de que “sólo lo díficil es estimulante”, sólo que él le añade un elemento más: la soledad. Pamuk refiere que a los 22 años abandonó el sueño de ser pintor para dedicarse a su deseo vehemente de ser escritor, así que decide pasar diez horas al día dedicado a esa labor, encerrado en una habitación. (Y es aquí donde seguramente Virginia se escandalizaría, pero ser hombre tampoco es garantía para obtener de manera fácil lo que se desea; coincido más con Federico cuando menciona que tiene que ver con el contexto.) De nuevo divago. Lo que quiero decir es que Pamuk detecta su talento y se encierra a pulirlo. Lo difícil aquí es de alguna manera entrar en la burbuja, salir de ella de cuando en cuando y que tanto la burbuja como el escritor permanezcan intactos. Hay un riesgo en la escritura. Quizás muchos (alguien más podrá decirlo, creo que yo no). Me parece que en eso radica lo difícil, lo estimulante.
*La foto de Lezama fue tomada del portal de Letras Libres.
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