El fin de semana pasado inició la XVII Feria Internacional del Libro en Monterrey. Antes de que empezara me invadieron varios pensamientos: que seguramente vendrá más pobre que el año anterior, habrá menos títulos, menos editoriales, menos libreros auténticos (aunque esos siempre han sido una carencia en la FIL de nuestra ilustre ciudad del conocimiento -las bajas son intencionales-); que los autores de renombre que se dignarán a visitarnos serán los de las editoriales con temas de motivación, religión, o escritores tipo Laura Esquivel (o en su defecto los editados por Alfaguara, master de la mercadotecnia editorial); que la Cátedra Alfonso Reyes estará igual de sosa con los mismos profesores anquilosados y las mismos acercamientos críticos a los mismos escritores latinoamericanos (entiéndase Fuentes, García Márquez, Pacheco y en esta ocasión, Vargas Llosa); que no habrá auténticos precios de Feria (uno que compra libros regularmente reconoce el fraude, la terrible conducta de las editoriales de dar gato por liebre, de querer presentar su producto como una rareza y que la Feria es una oportunidad ideal para el lector de conseguir lo que encuentra con facilidad en las librerías de la localidad); que, en efecto, uno no encuentra lo que busca. En fin, que todo es lo mismo que el año pasado pero más decadente.
No obstante, fui. ¿Por qué? Sospecho que quedan en mí algunos resquicios de fe. Y, por supuesto, la terrible inercia que rige nuestras vidas. Ya es octubre, ya es la Feria del Libro. En cuanto llegué a Cintermex me invadió la sensación de estar detenida en el tiempo: todo ubicado de la misma forma, los mismos pendones de hace varias ediciones de la Feria cuelgan fuera de Cintermex: la cara de Poniatowska, de Fuentes, congelados en un momento ya muy añejo, me hicieron sentir diez años joven. Andar por los pasillos es un enorme deja vú. Me explico: no experimento la emoción por un evento que, se dice, ya es tradición; sino más bien cansancio, hastío, notar sin sorprenderme la parálisis de la cultura de la lectura.
Como ya sé cuáles editoriales nos visitan, y como ya conozco la mayoría de los catálogos, opté por concentrar mi atención y tiempo en el stand de Colofón, honrosa excepción, que trae títulos de editoriales como Anagrama, Acantilado, Siruela, Trotta, Gredos, entre otras muy buenas, que son difíciles de conseguir en la cotidianeidad, sobre todo los de las tres últimas, y a precios muy accesibles, pues manejan descuentos importantes (hasta un 30 por ciento). Elegí Incesto, el primer tomo de los diarios de Anaïs Nin, que el año pasado no habían traído, pero trajeron Fuego, Ahora tengo los dos. También escogí un libro bellísimo de Trotta de Soren Kierkegaard, acerca del instante. Por lo general la Gandhi trae títulos de Trotta, pero son sobre todo los de religión y filosofía más rigurosa. Sabía que éste de Soren no lo encontraría, así que lo tomé. Debo decir que cuando la chica me dijo el total de la compra me sorprendí: era muchísimo menos de lo que esperaba. Antes había pasado por TusQuets, que con alegría noté que les habían dado su propio stand, y adquirí Sin plumas de Woody Allen.
Luego me encontré con Guillermo, que fue lo mejor porque es un ferviente lector de literatura contemporánea y estar con él enriquece el abanico de autores de cualquiera. Anduvimos, pues caminando. Guillermo traía una lista de libros (de los cuales no encontró muchos, bueno, casi ninguno), pero al pasar por la UNAM nos llevamos cada uno un libro, que ya es ganancia (como reza el slogan de la editorial de la UNAM, son libros con espíritu). De hecho, ir al stand de la UNAM y salir con las manos vacías es, realmente, imposible.
Después de un rato volvimos a Colofón. Guillermo me preguntó: “¿Has leído a Amos Oz?”. “No, respondí, pero Siruela trae algunos títulos. Yo pensé llevarme uno, pero ya no lo tomé”. Nos acercamos a la mesa con los libros de Amos Oz sobre ella (y los de Calvino, Lispector, Nin, y otras firmas de Siruela). Le mostré a Guillermo uno de ellos, el de El mismo mar, y le dije “No sé si llevármelo”. Decidí no hacerlo y nos pasamos a Sexto Piso. Justo cuando Guillermo me decía algo acerca de un libro de Milorad Pavic, le pregunté “Oye, ¿y dónde dejé el libro de Amos Oz?”. Guillermo, entre discreto y no, me dijo entredientes “Lo traes en tus manos”. Yo bajé la mirada incrédula y, sí, en efecto, el libro de Amos Oz estaba en mis manos.
Por supuesto no lo devolví.
Siempre quise robarme un libro. De alguna manera el robo del libro de Amos Oz me ha completado como persona inmersa en la literatura. Guillermo se mostraba emocionado: “¡¡Ahora ya sabes lo que sentía Bolaño!!”. Sí, ahora lo comprendo. Es agradable tener empatía con un autor como Bolaño en situaciones tan llenas de adrenalina como éstas. Y lo mejor es que mi aburrimiento inicial se transformó en alegría, por haber hecho algo que nunca había hecho y que con ello, de alguna manera, rompía con la linealidad del proceso compra-venta del mercado editorial.
Me siento contenta, porque no me robé cualquier libro (ya lo empecé a leer); pero por otro lado, pienso: era muy evidente que lo había tomado. Los vendedores no se dieron cuenta porque no reconocen su mercancía. Los que se encargan de vender libros no saben de libros. Cualquier lector incipiente se encuentra volando en el limbo. ¿Quién lo asesora? ¿Quién le dice qué es lo que debe leerse porque guarda esencias, porque se acerca a lo humano, porque conmueve?
De nuevo intuí el amodorramiento. Pero con el libro de Amos Oz lo hice a un lado.