Archivos para Noviembre, 2007

The great pretender

Posteado en the eye, the thought sobre Noviembre 28, 2007 por litera

La presunción es una cualidad demasiado humana. Todos pretendemos. Si no fingiéramos todo el tiempo estaríamos desarmados ante los embates cotidianos, los roces que derrumban o que enaltecen. Se precisa de la presunción para convertir algunos golpes en sutilezas. En caricias apenas perceptibles. Ocultarnos un poco bajo una construcción alterna pero no del todo alejada de nosotros mismos, sólo para mantenernos a salvo, es una cuestión de supervivencia.

El verdadero pretencioso no miente sobre sí mismo, se matiza o se difumina, pero sólo pretende desde lo que es.

 

Oh yes, I’m the great pretender
Pretending that I’m doing well
My need is such; I pretend too much
I’m lonely but no one can tell.

Oh yes, I’m the great pretender
A drift in a world of my own
I play the game; but to my real shame
You’ve let me to dream all alone.

Too real is this feeling of make believe
Too real when I feel what my heart can’t conceal.

Oh yes I’m the great pretender
Just laughing and gay like a clown
I seem to be what I’m not; you see
I’m wearing my heart like a crown
Pretending that you’re still around.

Too real is this feeling of make believe
Too real when I feel what my heart can’t conceal

Yes I’m the great pretender
Just laughing and gay like a clown
I seem to be what I’m not you see
I’m wearing my heart like a crown
Pretending that you’re still around

La caída perenne, la tristeza inenarrable

Posteado en the eye sobre Noviembre 25, 2007 por litera

Bas Jan Ader (1942-1975) fue un artista conceptual alemán que a principios de los setenta realizó una serie de videos donde aparece él mismo cayendo. Las caídas no son accidentales, por supuesto: no hay azar que las motive, es el genuino interés por desplomarse, por sucumbir auténticamente. Toda una alegoría de la vida, porque caer es cotidiano, y muchas veces uno mismo propicia su caída.

Los videos de Ader muestran el antes, el durante y el después de la caída, como la narración de una existencia. ¿Cuándo empezamos a derrumbarnos, a doblarnos hacia el suelo? Hay un momento en el que nos sentimos amparados por el equilibrio. Creemos que se trata del momento más seguro. Justo en ese instante acontece la caída. Pero no llega de sorpresa: se va anunciando a través del temblor, el titubeo, los pasos cada vez menos confiados, el cuerpo que tiende a oscilar con el viento. La caída se intuye. Lo terrible es que no se hace nada por evitarla, por el contrario. Es como si la invocáramos. Ader atina en destacar esta conducta humana sumamente contradictoria: el anhelo de hundirnos, de caer, para tener un motivo para levantarnos, porque estando siempre erguidos nos volvemos incapacitados: se nos atrofian los miembros, se nos entumen las manos.

Ader no trata de mostrar lo absurdo de las caídas, sino denunciar su simpleza. Lo llano adormece. El sopor poco a poco torna meláncolico al ser humano. Una tristeza esencial lo circunda. Lo deja mudo, agotado de antemano. Y un cuerpo frágil es más susceptible a desplomarse.

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Entonces aparece esta imagen, Ader llorando sin consuelo. No hay manera de mitigar el llanto porque, tal y como reza la leyenda, está demasiado triste para contarlo. Es como la instántanea del después de una caída, lo posterior al golpe, la contundencia del dolor. Un dolor que quita el aliento, que dobla el cuerpo, que lo supera. Tan es así que no puede nombrarlo: es inefable, y, no obstante, visible.

El silencio es un elemento importante en la obra de Ader. Los videos de las caídas y I’m too sad to tell you no tienen sonido, y no sólo eso sino que son a blanco y negro. Ausencia de ausencia de ausencia: melancolía potenciada. Ader muestra al ser humano como un contenedor de carencias indecibles. ¿Y qué no son otra cosa todos nuestros deseos truncos, nuestras ilusiones rotas, nuestros esfuerzos nulos?

I know not what to call this, nor will I urge that its a secret overruling decree, that hurries us to be the instruments of our own destruction, even though it be before us and that we rush upon it with our eyes open.

Daniel Defoe, Robinson Crusoe

Beba Starbucks Coffee y destelle

Posteado en the thought sobre Noviembre 17, 2007 por litera

home_img1_starbucks.jpg Desde el año pasado, la empresa Starbucks ha vomitado franquicias en Monterrey y el área metropolitana. En cada avenida importante de las zonas de clase media y alta hay un local y siempre están llenos. Justo ayer estaba en el Starbucks de Garza Sada con mi amiga Azalea. Quiero aclarar que no acostumbro ir mucho a este café. Sí lo hago, pero con moderación, no sólo por los precios, que son muy altos, sino porque el consumo en estos sitios te aligera. Hay una planeada armonía en los colores del mobiliario, las sonrisas de los empleados, el aroma del café, que envuelve. La mayoría de la gente que acude al Starbucks es “gente bonita”. Tomar café ahí es chic. Es una tendencia, no aspira a ser jamás una tradición, como lo sería un Vips o un Sanborns. Starbucks se piensa siempre vigente, no como algo que se va añejando.

Hay muchas cosas que se pueden criticar del monopolio Starbucks. Hoy mi hermano David comentaba acerca del tríptico que tienen para los clientes donde aclaran que los medios por los cuales obtienen sus exclusivos granos de café no afectan la economía de ningún país de tercer mundo. ¿Para qué hacer un tríptico justificándose? Es claro que existe una explotación y al negarla la reafirman. No obstante, la vendimia persiste, porque Starbucks no sólo te vende café sino que te otorga status. Por eso uno (me incluyo) termina yendo. (El que no quiera mejorar su status que tire la primera piedra.)

Decía que ayer estaba ahí, bebiendo “el café más caro del mundo” (Aza dixit). El local está ubicado frente a una escuela pública, la Torres Bodet. Era justo la hora de salida de los alumnos de secundaria del turno vespertino. Un grupo de cuatro adolescentes con uniforme entraron al café. Tres de ellas eran evidentemente de clase media. Pidieron cafés y se sentaron. Las tres charlaban, sacaban sus celulares y cámaras digitales. Traían cortes de cabello a la moda y reían. La chica restante no hablaba. Permanecía en silencio observándolas en su dinámica de teenagers felices. Era notorio que se sentía incómoda. Ella no había comprado café. No tenía celular. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo. Se sentía fuera de lugar y sus ojos veían todo con recelo. Mientras la observaba, pensé cuán terrible era para ella haber entrado en un lugar así sabiendo que por su condición económica no puede acceder a lo que todos estábamos consumiendo. Le vi mirada de dignidad maltrecha, un orgullo lastimado pero no por ello menos fuerte. Simplemente no habló. Luego sus amigas y ella se pararon y salieron. Ella se adelantó: se separó de ellas sin decir palabra.

Entonces pienso de nuevo en el status. En lo chic que resulta tomar un café del Starbucks. Pienso en la potencia de los pudientes, el empuje de un modelo que con el producto se nos vende. Cómo se infiltra y, en ciertos casos, cómo duele el anhelo de ese status. También pienso en la capacidad de negarlo, de no caer en el juego. De abrir la puerta del café y salir de él inalterado, sin el brillo de su marca en las manos.

All the elephant people

Posteado en the thought sobre Noviembre 11, 2007 por litera

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Uno no suele pensar en las deformidades del cuerpo. Claro, porque no las padecemos. Poseemos los ligeros defectos físicos que nos angustian pero que con facilidad ocultamos, ya sea con ropa, un buen corte de pelo, maquillaje, ejercicio. Nada del otro mundo. Pero cuando la deformidad es cotidiana, no porque sea nuestra sino porque la vemos a diario, algo sucede: el esteticismo se nos derrumba, se burla de nosotros en nuestra cara: nos presenta un cuerpo alejado del canon con tal persistencia que se torna armónico. Esto se me viene a la mente porque justo estoy leyendo La guerra del fútbol de Ryszard Kapuscinski, serie de reportajes de principios de los años sesenta. Durante su estancia en el Congo, Kapuscinski conoce a varios locales, entre ellos la hija del dueño del hotel donde se hospeda. La niña tiene diez años y no puede caminar ni hablar, se arrastra a gatas emitiendo sonidos guturales. Kapuscinski no lo dice pero se infiere la atrofia de su cuerpo, la fragilidad de sus miembros y el gesto de un rostro que quiere hablar y no puede. Todos en el hotel están acostumbrados a su presencia. Ya no notan su deformidad como algo subnormal (como la califica el periodista), sino como un elemento más del día a día. En este momento pienso que uno debe educar sus ojos para todo, para apreciar lo bello con toda su fealdad implícita y lo feo con todo lo bello que conlleva. Sí, sí, terrible lugar común. Sin embargo, así es. Recuerdo mucho una ocasión en que iba hacia mi casa de la Universidad y subió al camión un sujeto con un acordeón. El tipo era muy alto, fornido, de cabello largo y lacio e intensamente gris. Tenía el rostro deforme, uno de sus dos ojos quedaba casi alineado con su nariz y su boca, como si hubiesen tomado uno de los lados de su cara y lo hubieran arrugado, dejando todo junto. El hombre empezó a cantar, tocando una serie de tangos con su acordeón. No recuerdo haber escuchado, ni he vuelto a escuchar, a un mejor trovador urbano -además, ha sido la única vez que me ha tocado escuchar tangos en un camión. El contraste era impactante: el caos de su rostro musicalizado con su hermosa voz.

Los tangos eran, por supuesto, sobre intensos temas de amor.

Hasta hace unos días, cuando me iba en autobús al trabajo (ahora tomo el metro), entre los conocidos anónimos que solemos tomar el camión a la misma hora, se encuentra una mujer también con el rostro deforme. Al verla, me impacta la capacidad del rostro de perturbarse sólo de un lado, dejando el otro intacto. Todos la saludan y ella sonríe. Es amable. Pero si se la observa desde el lado afectado, aunque por el otro se le vislumbre la sonrisa, éste permanece sombrío, inexpresivo.

Hay otra mujer que veo a diario. Se dedica a pedir limosna a las afueras de la Basílica de Guadalupe. Tiene las piernas demasiado cortas y encontradas, de manera que camina apoyándose sobre el costado de sus pies. Siempre que paso me pide una ayuda, como lo hace con todos. En ocasiones la he visto subiendo hacia la loma, con un paso lento y esforzado. Se detiene para descansar y luego continúa. Ella me mira. Seguro me reconoce: soy la que nunca le da una ayuda, la que nisiquiera la voltea a ver.

¿Y por qué no la miro? Por lo mismo que comentaba al principio: porque uno ya no nota la deformidad, ya no percibe la fealdad. Estoy consciente de ella pero no me escandalizo. Lo más que ocurre es que me conmuevo, como con el hombre que cantaba tangos. Su sensibilidad trascendía su presencia. Justo ahora recuerdo la historia de El hombre elefante, Joseph Merrick, cuyas deformidades no pudieron contra su inteligencia y sensibilidad. Era grotesco pero delicado, con un gusto refinado y maneras educadas. Demasiado femenino. Y es aquí donde detecto la burla del esteticismo: en un cuerpo carente de forma es donde suele albergar la más sublime de las armonías.

La revista que fascina

Posteado en the thought sobre Noviembre 7, 2007 por litera

Orgullosamente anuncio la llegada al mundo de Armas y Letras 60. Me siento muy complacida porque es justo todo lo que deseamos que fuera. Se quería que el número 60 se viera y se leyera especialmente. Me complace el rostro en su portada, montado en un collage de Felipe Ehrenberg, nuestro artista invitado (los ojos en blanco hipnotizan); me complacen el morado y el rosa, la forma en que la revista se colorea de tonos con vida (esto se debe a Elena, nuestra maravillosa diseñadora). Armas y Letras es en sí misma una propuesta estética, un modo alternativo de presentar la revista universitaria. Cada número se piensa como una obra particular, cada artículo posee su personalidad, pero sin dejar de lado la continuidad histórica, la seriedad de los textos, la calidad de su contenido. Tenemos la fortuna de contar con colaboradores de todo México, Latinoamérica, Estados Unidos, Europa. Firmas como Eduardo Subirats, Eduardo Milán, Adolfo Castañón, escritores de gran trayectoria conjuntados con escritores jóvenes, como Sebastián Pineda Buitrago, Rocío Cerón, Gaby Cantú Westendarp, Hernán Bravo Varela. La revista crece. Su resonancia se expande. Con cada número se torna más internacional, incide en un mayor número de espacios porque acoge una gama de discursos de distintas latitudes, porque trasciende la barrera de lo puramente institucional al no quedarse instalada en esa línea sino impulsándose desde ella, con una visión contemporánea, atenta a las creaciones paralelas, las reflexiones de otros académicos. Armas y Letras, como revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, es un punto de convergencia de muchas academias. Desde el norte las dispara. Hiere al centralismo. El espacio esta abierto.

Take a seat and take a look.

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On the cab

Posteado en the thought sobre Noviembre 4, 2007 por litera

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Desde hace un par de años mi uso del taxi se ha incrementado. A diferencia de otro tipo de transporte, el taxi resulta completamente cosmopolita. (El metro alcanza un grado de cosmopolitismo, pero le falta el paisaje citadino en sus ventanas, contextualizarse en la ciudad y no por debajo de ella: yo me siento más en la ciudad si la tengo constantemente en los ojos.) Ir en un taxi implica un desplazamiento personalizado: no se viaja en una ruta colectiva, se viaja en mi dirección, la que yo requiero y la que yo decidí. Al subir doy las indicaciones y me acomodo en el asiento trasero, por supuesto, nunca el del copiloto, porque uno de los encantos del taxi es la distinción entre el chofer y el pasaje. No porque uno sea más que el otro, sino porque la idea de ser llevado no es completa sin ésto. Hay algo de misticismo en la dinámica entre chofer y pasaje. Muchas veces nunca nos vemos las caras, sólo escuchamos nuestras voces. Porque si hay algo que los taxistas con vocación saben hacer, es conversar.

Cuando un taxista conversa yo lo observo desde atrás, escucho su voz y veo sus ojos mirándome por el espejo retrovisor. Él puede verme todo el tiempo pero yo no y eso me parece fascinante; porque él, al verme, deduce si debe abordarme, contarme lo que le duele, lo que le alegra, o bien, guarda silencio y sólo me lleva, sin mirarme.

Lo mejor es encontrar un taxista que no se quede callado. Que te lo diga todo en el breve momento de tu transportación: que te suelte la verdad iluminadora que necesitas, porque por alguna razón, sí, también mística, el taxista comienza a hablar exactamente de lo que te ha estado atormentando a lo largo del día. Esto me ha pasado incontables veces y de diversas maneras. En una ocasión paré un taxi en la avenida Revolución justo después de haber estado en una reunión donde todos evadían la realidad de la manera más increíble (al menos para mí): jugando un juego de mesa. Al detenerse el taxi, observé al chofer: gordo, bigote tupido, sombrero vaquero, camisa de cuadros: todo un prototipo del macho de rancho. Me subo y encuentro que está escuchando a Rocío Dúrcal a todo volumen. Luego empieza a cantar emocionado, al borde del llanto, y me dice, con una voz de loca maravillosa “Es que Rocío es la mejor, la única”, y siguió cantando, con su finta de hombre muy hombre y su voz de deidad encarnada. Drag queen atrapada en el cuerpo de un taxista vaquero. Después de haber pasado horas en una especie de burbuja teenager, toparme con esta loca fue un alivio: verla en toda su felicidad cantando, porque sabía que yo no iba a juzgarlo, que no tenía que pretender ante mí. Fuimos platicando sobre Rocío y al llegar a mi colonia me preguntó: “A ver, ¿dónde mero vives?”, porque luego sucede que los taxistas no quieren subir hasta mi casa por el estigma de la colonia Independencia. “Pues vivo más arriba”, le digo. “Ay, pues te llevo hasta la puerta de tu casa. ¿A poco crees que te iba a dejar tirada?”. Cuando me bajé lo observé alejarse con la risa y el canto.

Un tema recurrente de los taxitas es el amor. Te preguntan si tienes novio. A partir de tu respuesta exponen su opinión, no sin referir su propia experiencia. Una noche, al tomar un taxi, cuando el taxista me hizo esta pregunta, yo contesté: “No, no tengo novio, prefiero ahorrarme la pena”. El taxista emitió un hondo suspiro y me dijo: “No se crea, habemos hombres que queremos bien. Yo ahorita estoy bien enamorado de una señora, pero ella me dejó, me corrió de la casa, estoy viviendo en el carro, en la cajuela traigo mis cosas.” Yo le pregunté que había pasado, y me contestó: “Es que le fueron con mentiras de que yo la estaba engañando, pero le juro que no es cierto, yo la amo sólo a ella, ella es todo para mí, yo la acepté con sus hijos, que son mis hijos aunque no sean míos, y se lo he dicho pero no me cree.” Se le quebraba la voz. Yo estaba profundamente conmovida y avergonzada por mi primera respuesta. Luego me contó cómo la había conocido, el día que la vio por primera vez, cómo había luchado por estar con ella. “Ahorita voy a ir a verla, no me importa que sean las tres de la mañana, voy a ir a verla y voy a insistirle: yo la amo y quiero estar con ella porque yo quiero que ella sea mi mujer, la de toda la vida.” Al llegar a mi casa, antes de bajarme le dije que me había devuelto un poco de fe y que fuera en pos de ella, que le echara ganas, que sólo por haberme contado su historia merecía que ella volviera con él. El taxista sonrió y me dijo “Muchas gracias, señorita, sus palabras me dan mucho ánimo”. Y se fue, enamorado. Y yo pensé que ese día había valido la pena porque un taxista me había contado su historia de amor.

Ayer también tomé un taxi. El chofer me hizo la misma pregunta, que si tenía novio. De nuevo, dije que no. “Pero cómo, si usted tiene muy buen paso”. Me reí. “De verdad, me dijo, lo que sucede es que usted debe ser muy exigente, pero seguro tiene como cuatro cacheteando las banquetas por usted, y usted ni en cuenta”. La coquetería de un taxista es como magia, precisamente por el hecho de que te miran por el espejo, no de frente. El halago llega desde y por el reflejo y queda determinado por su unicidad, porque es poco probable que yo vuelva a estar sentada en ese taxi con ese taxista. Luego le comento que quedé de verme con un amigo. Él insiste: “¿Y ese amigo no le gusta?” “No, como cree, es como mi hermano menor.” “¿Y eso qué? Nunca diga de esta agua no beberé. O mejor, nunca diga que no. El no es una palabra que no debería existir.” “Bueno, en ocasiones es necesaria”, repliqué. “No, nunca lo es. Una cosa es decir que no y otra cosa es (y se señaló la cabeza) actuar con inteligencia.” Yo me quedé callada. Tiene toda la razón. Fue una de esa verdades que sólo los hombres que andan en las calles pueden decir con tanta claridad.

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En un momento de la plática, el taxista me dijo: “Que a toda madre es usted, usted sí se cotorrea, no como otras que son bien fresas y nada más se sientan y van calladas todo el camino.”

Treat me like the page of a book

Posteado en the word sobre Noviembre 1, 2007 por litera

Todavía tengo la lectura de Amos Oz en mis ojos. Más bien, lo que me ha quedado es su forma de infiltrarse como el narrador de una historia dentro de la historia, de hacer conciencia de su ser escritor por medio de su escritura. “Yo no soy lo que escribo”, escribí, valga la redundancia, en algún momento, cuando me parecía que estas situaciones podían distinguirse: el ser-escritor y el ser-escritura. Y quizás puedan deslindarse, quizás puedan apartarse la una de la otra sin que sufran mayor daño. Pero como todo lo que se separa, queda en el vacío el hueco, una especie de nada que evidencia la ausencia, el espacio donde se supone debía haber algo. Desde hace tiempo comprendí que entre el sujeto y su objeto existe una relación de continuidad, una suerte de extensión del uno en el otro. No es que el escritor sea lo escrito sino que en ello se desdobla. Y lo escrito se confirma con el ser del escritor diseminado en sus rasgos.

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La escritura son gestos de un escritor. Por eso al enunciarla se enuncian. Y esto puede suceder de diversas maneras, desde asumirse como el cuerpo del lenguaje (tal y como lo hiciera Alejandra Pizarnik en su poesía) hasta la más recurrente que es de la que se vale Amos Oz: volverse personaje de su propia historia, narrar con plena conciencia de que se está escribiendo a sí mismo inmerso en su propia ficción. Esto quizá no resulte nada nuevo, cuántos escritores no lo han hecho. Pero en Amos Oz existe un deseo primigenio que lo matiza: en una entrevista refiere que, cuando era niño y crecía rodeado de conflictos bélicos, la posibilidad de llegar a ser un hombre era muy frágil, así que él deseaba crecer y volverse un libro, pues los libros parecían tener mayores probabilidades de trascender. Aquí ya no es sólo ser la escritura, sino el libro mismo. No basta ser el medio, también interesa ser el soporte.

En The Pillow Book, de Peter Greenaway, la idea de ser el soporte de la escritura se lleva hasta sus últimas consecuencias: Jerome le pide a Nagiko “Treat me like the page of a book”. Nagiko escribe en él su caligrafía milenaria, lo vuelve libro al dejarle en la piel la impronta de su escritura. No obstante, la huella del paso de Nagiko por el cuerpo de Jerome no se limita a esto: es sobre todo ella misma la que se prende de su piel, él de ella, ella como la escritura y él como el soporte. Sublimados por el amor se transfiguran, Nagiko es las palabras y Jerome es el libro. Por eso la histeria cuando se separan, por eso Jerome le grita desesperado a Nagiko a las puertas de su casa, porque sin ella es un libro en blanco, vacío. Al morir Jerome, Nagiko busca otros soportes, pero todos en función del primero, para vengarlo, para cumplir la promesa de escribir en él trece libros.

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La potencia del sentimiento entre Jerome y Nagiko se concentra en esta súplica: trátame como la página de un libro. El amor motiva la escritura, y ésta es la expresión última y perfecta de su unión. La tríada escritor-escritura-libro como una sola esencia, un solo ser, se logra, tal como muestra The Pillow Book, a través del amor. Pero no un amor romántico sino el derivado directo del Eros, de la vida, la creación: El amor que nace, como diría Rilke, de la imperiosa necesidad de escribir, y, además, de la urgencia de ser escrito, de convertir los más íntimos gestos en las más intensas grafías.