Archivos para Febrero, 2008

Message personnel (o Águeda llora sobre sus encajes)

Posteado en the word sobre Febrero 28, 2008 por litera

1.

Pío Baroja escribió un cuento llamado Águeda. Su protagonista es una mujer destrozada, pero no por excesos, sino por carencias: está seca de soledad. Pasa los días entre el balcón de su habitación y la sala familiar. Baroja no lo dice pero se infiere la palidez del rostro de Águeda, la fragilidad de sus miembros, la melancolía que la trasciende. Ella misma es la melancolía, un ejemplo andante de su contundencia. Lo que sí menciona Baroja es el detalle casi nimio que destruyó la vida de Águeda mucho antes de que ésta comenzara: “tenía uno de los hombros más alto que el otro”. Ahí está. Un detalle. En todo el cuento no vuelve a mencionarse pero queda como su rasgo determinante: Águeda tiene un defecto que la acongoja, que la mantiene encerrada mientras su madre y sus hermanas salen a todas partes y platican y ríen. Águeda se queda en casa, haciendo encajes, bordando. Cuando todos se han ido, rompe en llanto.

La soledad de Águeda se enfatiza al enamorarse. Y se enamora de esa manera que trasforma: comienza a cantar, a esmerarse en su arreglo, a sonreír. El hombre que ama visita su casa con frecuencia. Pero nunca fue por ella. La conversación con Águeda era puro entretenimiento. El hombre que ella amaba amaba a otra, otra que era una de sus hermanas, la más hermosa. Es obvio lo que sucede después: su hermana y su novio, ese hombre que Águeda tanto anhelaba, se comprometen. Como empujada por un terrible destino, Águeda se ofrece a bordar los ajuares de la novia. Por supuesto llora. Se dobla de dolor sobre los encajes. (Esto último no lo dice Baroja, lo digo yo que la imagino en la labor, con los hilos blancos entre los dedos, conteniendo el llanto para no manchar con sus lágrimas la tela del bordado. Seguro se dobla hasta sentir el estómago en la espalda. Seguro siente naúseas. Y aún así borda. Aún así contempla la calle con la esperanza de romper el ciclo monótono de su existencia.)

2.

El cuento comienza y termina con la enunciación del deseo de Águeda. No desea sólo amor sino que desea a un hombre. Aunque parezca lo contrario -y aunque Baroja no lo diga-, el afán de Águeda es romper con su enclaustramiento virginal. No quiere el amor por el amor mismo. No es tan ingenua y por supuesto no pretende nada platónico, pero “el hombre fuerte para respetarle, bueno para quererle, no venía, por más que Águeda le llamaba a gritos”.

Esto de llamar a gritos me recuerda una canción francesa de los años setenta, “Message personnel”, interpretada por Francoise Hardy y compuesta por Michel Berger. No es que la canción remita a la circunstancia de vida de Águeda, más bien evoca y enuncia el deseo, la necesidad de decirle a alguien que se le ama. Llamar a gritos supone una urgencia. Es cuando se ha llegado al punto de no retorno. El mensaje personal de Águeda conlleva esa ansiedad. No obstante, “Message personnel” es como una plegaria, casi una súplica. “Piensa en mí”, dice la canción al final. Piensa en mí porque te amo. Piensa en mí porque también estoy ante un balcón esperando tu respuesta o tu aparición. El cuento de Pío Baroja como la canción de Francoise Hardy son reflejo de las ansias de los primeros y últimos amores.

Message personnel

Au bout du téléphone, il y a votre voix
Et il y a des mots que je ne dirai pas
Tous ces mots qui font peur quand ils ne font pas rire
Qui sont dans trop de films, de chansons et de livres
Je voudrais vous les dire
Et je voudrais les vivre
Je ne le ferai pas,
Je veux, je ne peux pas
Je suis seule à crever, et je sais où vous êtes
J’arrive, attendez-moi, nous allons nous connaître
Préparez votre temps, pour vous j’ai tout le mien
Je voudrais arriver, je reste, je me déteste
Je n’arriverai pas,
Je veux, je ne peux pas
Je devrais vous parler,
Je devrais arriver
Ou je devrais dormir
J’ai peur que tu sois sourd
J’ai peur que tu sois lâche
J’ai peur d’être indiscrète
Je ne peux pas vous dire que je t’aime peut-être

Mais si tu crois un jour que tu m’aimes
Ne crois pas que tes souvenirs me gênent
Et cours, cours jusqu’à perdre haleine
Viens me retrouver
Si tu crois un jour que tu m’aimes
Et si ce jour-là tu as de la peine
A trouver où tous ces chemins te mènent
Viens me retrouver
Si le dégoût de la vie vient en toi
Si la paresse de la vie
S’installe en toi
Pense à moi
Pense à moi

Mensaje personal

Del otro lado del teléfono está tu voz
y están las palabras que no diré
todas esas palabras que asustan cuando no hacen reír
que están en muchos filmes, canciones y libros.
Querría decírselas y querría vivirlas.
No lo haré. Quiero. No puedo.
Estoy tan sola que me muero y sé que está allí.
Ya voy, esperáme, vamos a conocernos.
Prepara tu tiempo, tengo todo el mío para ti.
Querría ir, me quedo, me odio. No iré. Quiero. No puedo.
Debería hablarle. Debería ir. ¿O debería dormir?
Tengo miedo de que sea sordo.
Tengo miedo de que sea cobarde.
Tengo miedo de ser indiscreta.
No puedo decirte que te amo, tal vez.

Pero si un día crees que me amas
no creas que tu recuerdo me molesta
corre hasta perder el odio.
Ven a mi encuentro.
Si un día crees que me amas
y si ese día te cuesta hallar ese camino
tú sólo ven a mi encuentro.
Si te invade el rechazo de la vida.
Si te invade la pereza de vivir.
Piensa en mí.
Piensa en mí.

(Traducción tomada de la película 8 femmes de Francois Ozon)

Quiero ser el murmullo de alguna ciudad que no sepa quién soy

Posteado en the thought, the word sobre Febrero 25, 2008 por litera

1.

Llegamos al Chac Mool una de tantas noches. No había mucha gente. Magda y yo nos sentamos cerca de la rockola. La puerta de uno de los baños se abría y cerraba, ventilando un aroma a orín que tanto Magda como yo desaprobábamos. Qué más daba. Bebíamos. Orina, un detalle de muchos que hemos asumido por apego al lugar: el Chac Mool inmerso en el centro de la ciudad, rodeado de mercados y cantinas. Enfrente El Acacia. Al lado el merchante de naranjas, lechugas, repollos, y otras legumbres. La acera se encuentra tapizada de trozos de verduras y jugos diversos. De todo tipo. Una tarde, hace tiempo, pasé por esa calle y en una esquina, acostado bocarriba, un vagabundo soñaba que se masturbaba. Más adelante se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. Muy ad hoc: antecede o sucede la llegada y la salida de los borrachos. Todos caen ante sus altares. Ese mismo día, mientras el indigente onanista se complacía, un hombre inconsciente yacía frente al altar de la iglesia. Una mujer me dijo: “Está muerto”. Yo me acerqué y percibí el olor. “No, le dije, sólo está borracho”.

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Decía que Magda y yo estábamos ahí, en el Chac. José Luis, el propietario / bar-tender /psicólogo, se desdoblaba como todas las noches: servía mesas, cobraba, surtía más cerveza, platicaba. Antes, incluso bailaba. Fue José Luis quien me enseñó a bailar twist. Pero eso fue hace tiempo. El otro José Luis (que resulta ser la antítesis del primer José Luis, pues mientras éste es chaparro y moreno, el otro es alto y rubio) se acercó a nosotras y nos dijo: “Pero muchachas, cómo es que están sentadas, si antes traían toda la fiesta. Yo las recuerdo bailando música de sonoras. ¿Qué les ha pasado?”. José Luis suele dirigirse a mí como “licenciada” desde que leyó algo que escribí. Esa noche me decía licenciada y nos decía que hemos entristecido. Magda y yo nos miramos con esa mirada que ya hemos cruzado en otras ocasiones cuando se nos hace este tipo de comentario, o cuando nos damos cuenta de ello sin necesidad de escucharlo de otros.

En un momento de la noche entraron tres hombres con una mujer. Se sentaron frente a nosotras. Como no queriendo los miraba. Como no queriendo noté que la chica mendigaba la atención de uno ellos. Ella le acaricibia el rostro, le tomaba la mano, se inclinaba hacia él como esperando su abrazo. Él no le daba nada. En ocasiones lograba besarlo en la boca, pero el tipo estaba, como luego dijo Magda, distraído pensando en un desamor. Era muy claro, pero la chica no desistía. Hasta que tuvo que hacerlo. Desilusionada permaneció sentada viendo un punto en el espacio. Yo me paré hacia la barra y entonces la tipa se levantó, reventó una botella y salió disparada. En el trayecto se quedó enganchada en el suéter de Magda. El tipo pudo, así, ir detrás de ella y darle alcance. No volvieron. Todos parecían extrañados pero es que no habían visto, no notaron cómo se arrastraba la chica por un poco de su afecto, cómo suplicaba con los ojos, cómo se desvivía por besar a un hombre que no quería ser besado.

2.

Volvía de Saltillo y el autobús venía vacío. El chofer me contó que a causa de la muerte de su padre, se fue de Xalapa rumbo al norte, para evadir su tristeza. Mientras hablaba, en la radio se escuchaba música de La Sonora Santanera. Luces de Nueva York. Perfume de Gardenias. Aventurera. Comencé a cantar: no quería saber de muertes como aquella noche en el Chac no quería saber de desamores. El chofer calló y subió el volumen de la radio. Yo me recargué en mi asiento y canté. No hablamos más. Cuando llegamos a Monterrey me tendió la mano para ayudarme a bajar del autobús. Luego me invitó a cenar. Pero yo seguía sin querer saber de muertes y desamores. Me alejé con la música de la Sonora en el pensamiento.

3.

La otra tarde volví a encontrarme con Francisco Toledo. De nuevo lo seguí como impulsada por un hálito místico. De nuevo no pude hablarle.

Toledo es como el tipo del Chac que no quería ser besado.

4.

Hay una serie de eventos que se repiten. Se vuelven cotidianos de tanta persistencia. Hay otra serie de eventos que son únicos y si no se destacan, se pierden. Pero otras veces, la repetición destaca, como cuando nos encontramos siempre a la misma hora con una persona que no conocemos pero cuya presencia nos reconforta. O nos enamora. Del mismo modo, nosotros podemos ser un desconocido amado por otros que nos observan a diario sin hablarnos, pero que nos imaginan y por eso, aunque no sólo por eso, es que resulta necesario salir a las calles todos los días.

Porque alguien nos mira.

El colmo-Babasónicos