Archivos para Marzo, 2008

Traicionar, ese acto del sigilo (¿y qué?, dice la lealtad vilipendiada)

Posteado en the word sobre Marzo 28, 2008 por litera

¿Con qué tiene que ver la traición? O más bien, ¿en qué momento se traiciona realmente, a quiénes se traiciona y por qué, con qué fines? Por lo general se interpreta a la traición como un acto vil, de baja categoría, incluso de mal gusto. Se le relaciona con el sigilo entre las sombras, la oscuridad de la noche y todos esos lugares comunes de lo lúgubre porque el que traiciona sólo se mueve en la penumbra de lo perverso. Qué terrible determinación. Y qué si se traicionara a plena luz de día, frente a la mirada atónita de cientos de transeúntes. Y qué si todos miraran el instante mismo en que se consuma el traspaso de información, la entrega de datos, un roce de manos, un beso que no debiera ser dado. Y qué si se hiciera sin afán de ocultarlo sino todo lo contrario, con el deseo de mostrarlo y quitarle a la traición su estigma de acto malvado, de acción ruin y dejarla como una cosa más que sucede en el devenir de los días. Y qué si uno traicionara y fuera traicionado continuamente. ¿Y es que eso no sucede todo el tiempo?

 

una-pantera.gifEsto es lo que plantea Amos Oz en su novela Una pantera en el sótano: la traición como algo cotidiano, tan cotidiano que sólo es posible, sólo se concreta en aquellos a quienes amamos. La traición profunda, que viene como fuerza centrípeta desde el corazón de una casa, de una familia, de una comunidad, y así hasta el infinito. La historia ocurre a finales de los años cuarenta en Jerusalén, justo en la decadencia del mandato británico. Profi, un niño judío, organiza con sus amigos un juego de “resistencia” al enemigo inglés; una tarde, mientras vuelve a casa antes del toque de queda, Profi se encuentra con Stephen Dunlop, un sargento de la policía británica con el que simpatiza —aunque se resiste a admitir esa simpatía, precisamente por considerarla traición— y acuerdan un intercambio de clases de inglés y hebreo. Comienzan a verse en un café. Ben Hur, amigo de Profi y miembro de la “resistencia”, lo descubre, y pinta un graffiti en su casa con la leyenda de “traidor”. Aquí es donde inicia la novela. Profi está en casa con sus padres. Su padre le dice que un traidor es más despreciable que un asesino. A lo largo de la novela, la relación entre Profi y su padre estará marcada por esta línea de incomprensión, sobre todo con respecto a la traición y todo aquello que debe quedar oculto. Porque el padre oculta algo y es por ello que la traición hecha pública de su hijo le incomoda: la discreción es una virtud y el traidor, por ser traidor deber ser, ante todo, discreto.

Hay una frase que la madre de Profi enuncia en el momento en que la familia nota el graffiti en la pared de la casa. Esta frase fundamenta la reflexión general del libro: “El que ama no traiciona”. Acto seguido, Profi, que es el narrador, se rebela: por supuesto que el que ama traiciona, es principalmente el que ama quien traiciona con mayor motivo: “La esencia de la traición no está en que de pronto se levante el traidor y salga él solo fuera del círculo limitado de los leales y los fieles. Sólo un traidor superficial actuaría de esa manera. El traidor profundo, interno, es el que está más en el centro. En el corazón del corazón: el más parecido, el que está más involucrado y el que más pertenece al asunto. El que más se parece a los demás, incluso más que otros. El que verdaderamente ama a aquellos que traiciona, porque, si no los ama, ¿cómo los va a traicionar?”

Así, como el que ama es quien traiciona, los motivos de su acto están fundamentados en el amor. No es el daño insípido ni cínico ni superfluo: es el daño absoluto, el que quebranta el lazo, pero siempre con el amor de por medio. Porque se sabe que hay una lealtad que se está rompiendo, una lealtad que se está despedazando. Por supuesto que eso no puede ser banal y la frase de la madre de Profi no tiene pertinencia: “El que ama no traiciona”. Es una mentira. Sólo cuando se ama se es capaz de traicionar, es como una prueba de afecto. Y qué si lo entendiéramos realmente de esta manera sin escandalizarnos. Y qué si pudiéramos mofarnos de la lealtad como lo haríamos de un chiste malo, de algo sin importancia. Y qué si a la lealtad en el fondo le diera risa tanta pleitesía, tantos honores en su nombre. Y qué si ella deseara un poco de traiciones para mantener el equilibrio del mundo; traiciones cotidianas, como las que narra Amos Oz en esta novela donde traiciona a todos los que participan en ella; traiciones que no se concretan y que dejan llagas como ésa que el padre de Profi oculta y que le cuenta una noche entre lágrimas; traiciones delicadas como las de los amantes que no pueden besarse; traiciones por doquier. Y qué, dice la lealtad, y qué.

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La lealtad, Francisco de Goya
Museo Pedro Coronel, Zacatecas, Zacatecas

Zacatecas, epifanías y misticismo

Posteado en the thought sobre Marzo 26, 2008 por litera

590852-zacatecas_cathedral-zacatecas.jpg1.

Llegué a Zacatecas más temprano de lo esperado. Eran las cinco de la mañana y mi habitación de hotel aún no estaba lista. En el inter pensé: ¿Por qué fui a Zacatecas? Diríase que fue un impulso, pero quienes me conocen saben que no me manejo por impulsos. Fue más bien una urgencia de huida, de esas breves, que no duran más de dos días. Pensé esto mientras en el lobby del hotel se escuchaba Material girl de Madonna. “We live in a material world and I am a material girl…”. Soy una chica material. La frase no podía haber sido más pertinente. No por lo obvio, sino por la idea de pesantez: lo material implica densidad, y presiento que fui a Zacatecas porque de alguna manera comenzaba a sentirme pesada y quería aligerarme. Los viajes son buenos para eso. Es como si en el trayecto fuésemos dejando bultos de nuestra mismidad maltrecha, angustiada, esa mismidad que se torna materia amorfa, grisácea, a causa de una cotidianeidad que nos merma la imaginación.

Fui a Zacatecas a rescatar mi imaginación.

Pero llegué muy temprano. Tenía sueño. No tenía tiempo para mi imaginación. ¿Estar despierto a temprana hora es equivalente a desvelarse? ¿Velar de día es igual que velar de noche? Justo el día anterior había estado en la representación de la Última Cena en mi colonia. Al terminarse ésta siguieron con la representación de Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Siempre he considerado ese episodio como uno de los más bellos y alegóricos de toda la Biblia: el hijo del Dios orando en soledad absoluta, abandonado en su dolor y su angustia no sólo por los hombres que no lo comprenden sino por su Dios. Es cuando Jesús me resulta más terriblemente humano. Desesperado no sabe a quién recurrir y quienes considera sus amigos terminan durmiéndose mientras lo esperan. Ni siquiera eso pueden hacer por mí, les dice cuando vuelve de orar. Es desgarrador. Pero los perdona. Luego llegan a prenderlo y sucede lo que tiene que suceder. Pero lo que importa aquí es Jesús pasando la noche en vela orando su pena, pidiendo que no sea tan terrible. No, me parece que velar de noche es más meritorio. Se combate no sólo la soledad, también la oscuridad y el silencio. Durante el día se tiene el bullicio del trabajo que comienza y la luz del alba. ¿Qué será, entonces, mejor, para la imaginación?

2. El Vía Crucis en Guadalupe

Lo primero que hice al salir del hotel fue buscar dónde desayunar. Pero terminé caminando por las calles embelesada por la arquitectura de cantera rosa de Zacatecas. Me entero que en Guadalupe, un municipio aledaño, estaba a punto de comenzar el Vía Crucis en el convento de los franciscanos. Pregunté cómo llegar. Seguía sin desayunar pero el anhelo de religión siempre ha sido más fuerte. Como escuché más tarde en un documental sobre Eisenstein, mi ateísmo es como solía ser el de él, que a su vez era como el de alguien más que no recuerdo: necesitado de las imágenes del culto.

Así que llegué a Guadalupe y la representación ya había comenzado. Poncio Pilatos estaba a punto de sentenciar a Jesús a ser clavado en la cruz. En realidad todo fue muy rápido y pronto estuvimos todos caminando hacia el cerro (¿loma? ¿montículo?) detrás de Jesús con la cruz a cuestas siendo azotado por los centuriones romanos y otros verdugos, seguido de la turba de judíos enardecidos. Mientras avanzábamos pensaba cómo nosotros, los asistentes, jugamos un poco el papel de turba enardecida en ese lapso que media entre la sentencia y la crucifixión. Vamos como el pueblo de Jerusalén que repudia a Jesús. Pero al mismo tiempo, hay una conciencia colectiva de que no es así, de que Jesús no debe ser tratado de esa manera y que sólo se admite porque así debió ser para redimir nuestros pecados. Al mismo tiempo somos el pueblo que lo ama y le pide perdón -hay una frase que se lee al enunciar una de las estaciones del Vía Crucis, que dice “dame valor y fuerza para seguir contigo aunque me digan loco, porque sé que tienes razón”. Pero eso es hasta después de la crucifixión. Por lo menos en este Vía Crucis, porque en el de mi colonia no es así: es simultáneo, y eso lo hace muy complejo.

La crucifixión fue rápida y sin mayor drama. Me retiré en medio de un Padre Nuestro y regresé al convento que es también un museo y entré. Seguía sin comer. El Museo de Guadalupe es inmenso y es literalmente un laberinto. Es muy bello, con obra virreinal, óleos, muebles, del siglo XV, XVI, XVII, etc. Me perdí durante media hora y no sabía cómo salir. Di vueltas en círculo en la sala de los óleos a los tormentos de San Francisco de Asís. Era como un sueño, porque luego derivaba en la biblioteca, con esos diez mil tomos de libros antiquísimos en lenguas muertas, con todo el contexto del edificio de cantera, las cosas viejas, la gente paseando, el calor, el hambre. Luego escuchaba que alguien narraba los tormentos de San Francisco y cómo Jesús se le aparecía epifánicamente y yo pensaba de nuevo en Jesús en el Huerto de los Olivos que le rezaba a Dios y cómo éste no le respondía.

3. La aparición de Santa Teresa

Al final pude salir del museo, y comer, y regresé a Zacatecas. En la Plaza de la Independencia se había montado una feria del libro. Pasé a ver. Mientras ojeaba pensaba: “Sólo si estuvieran las Obras Completas de Santa Teresa en Aguilar compraría algo”. Me explico: siempre las he querido. Hace dos años las vi en el D.F. en Donceles y no pude comprarlas. Luego el año pasado fui a Guanajuato y un librero tenía varias ediciones de Aguilar pero no la de Santa Teresa. Ya me había resignado. Entonces, estaba ojeando libros cuando de pronto (sí, así es, en efecto) frente a mí apareció, como una epifanía (again), como Jesús a San Francisco, el tomo de Aguilar de las Obras Completas de Santa Teresa.

Por supuesto lo compré.

Más tarde empecé a leerlo. Por tercera vez pensé en Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Pensé que la relación de Jesús con Dios no era del tipo mística, como la de Santa Teresa, y que no tenía el vínculo emocional que ésta tenía con él. Quizás por ello Jesús se sentía tan solo. Porque no se hallaba a sí mismo en ese Dios que decía ser no otro sino él mismo. Definitivamente, Jesús no podía nunca haber aspirado a la santidad.

procesion.jpg4. La procesión del silencio

Por la noche se llevo a cabo la Procesión del silencio. El Vía Crucis de nueva cuenta pero ahora sí con el corazón envuelto en pena, pleno y expuesto de dolor. Ya no fue una turba enardecida sino cientos de cofradías en luto. Ya no fue un Cristo vapuleado sino imágenes que lo representaban. Todo alegórico. Es aquí donde me pareció encontrar con mayor precisión el sentimiento del Jesús del Huerto de los Olivos: ese ambiente de muerte inminente, de olor a incienso, de algo que está a punto de consumarse. Las hermandades de devotos encapuchados traían en sus velas la luz de las oraciones de Cristo esa noche de su perdición. El silencio absoluto es el anuncio de la tragedia: Cristo va a morir. Se suceden las estaciones y las imágenes son elocuentes. Mujeres enlutadas pasaban como fantasmas con rostros inexpresivos y sombríos. Esto es más que representación, pensé, es místico. Sí, estaba influida por Santa Teresa, pero qué pertinente. Y sí, era místico porque las cofradías se unían con su Dios, con ese Cristo lastimado y esa Virgen en pena a la que le habían arrebatado un hijo. La desgracia es patente y no se cuestiona. Impacta. ¿Quién podría dudar ahora? ¿Quién podría no tener fe? Si se suceden una tras otra las imágenes de lo acontecido con tanta claridad. Entonces mi imaginación, la que había estado dormida, despierta. Porque, ¿qué es la religión, sino un constructo de la imaginación?

Viernes o el origen del diálogo

Posteado en the word sobre Marzo 26, 2008 por litera

coetzee.jpgCuando le otorgaron el Nobel de Literatura en el 2003, J.M. Coetzee leyó un discurso titulado “He and his man” (“Él y su hombre”), haciendo alusión a los personajes de Daniel Defoe, Robinson Crusoe y su esclavo, Viernes. Enfatizo esclavo porque luego suele interpretarse que Crusoe y Viernes desarrollaron empatía cuando en realidad el náufrago, enloquecido de silencio, lo sometió como su criado y le enseñó a hablar no por altruismo sino porque tenía urgencia de diálogo. No le bastaba su perro. Ni sus gatos. Precisaba un hombre, su hombre, Viernes.

Coetzee abre su discurso con un epígrafe tomado de la novela de Defoe, en el cual Crusoe dice: “Estaba enormemente encantado con él (con Viernes), y me propuse enseñarle todo lo necesario para que fuera útil, laborioso; pero en especial, para que aprendiera a hablar y a entenderme cuando yo hablase. Y fue el mejor estudiante que ha existido”.

La necesidad del diálogo es, para Coetzee, un motivo literario. Crusoe y Viernes se ubican en un dialogismo incipiente, pero funciona para Coetzee en la construcción de la siguiente analogía: el narrador narra su historia de manera tal que el otro lo entienda, de otro modo no hay respuesta, no hay diálogo.

Así, la literatura se concibe como una enunciación y una respuesta. El origen del diálogo y su continuidad. Porque tener una historia que contar sólo tiene sentido si alguien la escucha. Por eso Crusoe lleva un diario, por eso enseña a hablar a Viernes. Espera ser leído y escuchado. Lo escrito y lo dicho, la palabra concreta, sonora, son su salvación de la soledad y el silencio de la isla.

crusoe11.gifCoetzee tiene una novela, Foe, en donde reescribe la historia de Robinson. Una mujer, Susan Barton, es la narradora. Al regresar a Londres después de haber sobrevivido a un naufragio, Barton se pone en contacto con el escritor Daniel Foe para referirle su experiencia con el fin de publicarla como libro. Ella le cuenta que vivió más de un año en una isla con otros náufragos, Cruso y su esclavo Viernes.

A diferencia de la novela original, el Cruso de Coetzee no es capaz de enseñar a hablar a Viernes porque éste carece de lengua: le fue cortada por alguno de sus antiguos señores. Tampoco puede platicarle nada porque Viernes ignora el idioma y no lo entiende. Este Robinson se mantiene en silencio y además no escribe. El diálogo no sucede; pero, ¿realmente los personajes originales dialogaban? Si lo pensamos bien, era más bien Crusoe quien dominaba las conversaciones.

El Viernes original tiene lengua, y no obstante no tiene voz. El Viernes de Coetzee no tiene lengua, pero es la ausencia de ésta la que motiva los discursos de los otros, en especial el de Susan Barton: obsesionada con el libro de la historia en la isla, vaga por las ciudades en pos de Foe con Viernes siempre a su lado como una sombra. Cruso ha muerto y Susan se siente con la obligación de inmortalizarlo, como si fuera su viuda. Pero Susan lo que quiere es que alguien le devuelva su voz, la que perdió al asumirse como la heredera de la historia de Cruso. Quiere que se narre su historia. Anhela el diálogo porque ha vivido con el silencio de Viernes a cuestas, con el temor del vacío de su boca.

Al final de la novela, Susan y Foe están viejos y cansados, ella de tanto suplicarle la escritura de su historia, él de tanto esperar el dato preciso que la desencadene. Intentan enseñar a escribir a Viernes para que ahora sea él el narrador. Instalado en su perpetuo silencio, Viernes no habla ni escribe, sino que abre su boca y deja fluir su aliento. Coetzee entiende el hueco en la boca de Viernes como el origen de la palabra, de la escritura, de la literatura. Cuando éste abre su boca, comienzan a manar los sonidos de la isla, las palabras que motivan a Susan a entrevistarse con el escritor, los que éste intenta capturar en letras. El motor del diálogo.

Houellebecq y el hombre ensimismado

Posteado en the word sobre Marzo 25, 2008 por litera

houellebecq.jpgEn varias novelas del escritor francés Michel Houellebecq se repite su obsesión con las islas, nacida seguramente de la tradición literaria de las utopías, en donde la isla se comprende como el lugar idóneo para el desarrollo de sociedades alternas: un ente casi paradisiaco (en algunos casos) perfectamente organizado.

¿Por qué una isla? Por lejana, remota, ajena a las formas de pensamiento que nos alienan o nos liberan. Para Houellebecq, no obstante, la elección del espacio no sólo deriva de la posibilidad de organizar la sociedad de otro modo, sino de ubicar el sitio donde el sujeto tenga la posibilidad de ser diferente.

Así, la isla también puede interpretarse como una alegoría del ser humano. La isla es una porción de tierra rodeada de mar de la misma forma que el individuo está inmerso en su soledad. Desde este punto de vista, la isla no equivale simplemente a una sociedad ideal o futura, sino que connota el ánimo del ser humano, su deseo de ser otro en otra parte. Su insatisfacción.

Las utopías de Houellebecq parten de esta interpretación, y son radicales, paródicas y terribles como profecía. En Las partículas elementales, los hermanos Michel y Bruno son un par de solitarios, uno de ellos demasiado obsesionado con el sexo y el otro demasiado desentendido de éste. El sexo es un referente importante en la obra de Houellebecq, y está ligado al concepto de isla. Importa el sexo porque es el elemento de la soledad que empuja hacia la isla: Bruno ingresa a una especie de retiro llamado El espacio de lo posible (el mismo nombre es como un eufemismo de utopía), el cual fomenta el ejercicio libre de la sexualidad. Desenvolverse sin tabús es un deseo concedido y de algún modo alivia la soledad, pero no la erradica, pues ésta es, ante todo, personal. Por eso el otro hermano, Michel, decide emigrar a Irlanda, una isla, y quedarse en ella hasta el final. Un día nadie vuelve a verlo. Se rumora que se ha hundido en el mar.

En La posibilidad de una isla la nueva sociedad carece de sexo y cada individuo vive confinado en una burbuja. El contacto con los otros es por medio de la computadora. Todos son descendientes clonados de los integrantes originales de una secta, el Elohimismo, que propugna la vida eterna a través de la clonación. Daniel 1 y sus clones Daniel 24 y 25 van refiriendo el paso de una sociedad a otra.

Daniel 1, al quedar solo, se refugia en la secta que tiene su sede en una isla (esta isla puede ser Lanzarote, una de las Canarias, de la cual Houellebecq también tiene una novela breve, Lanzarote, en donde habla de otra secta, los Azraelianos, que busca, de igual forma, la regeneración de la humanidad). En el futuro, Daniel 25 huye de su aislamiento al leer un poema de Daniel 1, cuyos versos finales dicen: “Existe en mitad del tiempo / la posibilidad de una isla”, es decir, la posibilidad de la soledad auténtica y con ella, la posibilidad de ser.

Esa isla posible es la primera y última esperanza. El estímulo que potencia la mismidad del ser humano. Ir hacia la isla, hacia la utopía, conlleva la regeneración del sujeto. La secta es un medio para alcanzarla. No se trata de ciencia ficción: la escritura de Houellebecq es cuestionamiento y respuesta, ontología en su máxima expresión. No por nada al final de Las partículas elementales (en donde, además, la voz narrativa nos ubica en un futuro con una nueva raza de humanos), justo en la última línea se lee: “Este libro está dedicado al hombre”.

Michel Houellebecq en entrevista:

(Este video en YouTube fue subido por Hermann Vaskes. Sobre este video dice: I met Michel Houellebecq in a Frankfurt hotel surrounded by strip bars and nightclubs. After I talked to Michel’s wife, my assistant and me were invited to his hotel room.)

Tolvanera

Posteado en the thought sobre Marzo 19, 2008 por litera

1. Se desató el chamuco

“¿Qué pedo con el viento? Parece Torreón.”, dijo José Juan. Cuando lo dijo pensé muchas cosas; la primera, en la tendencia de José Juan de remitir a su terruño cada que tiene oportunidad; la segunda, que, en efecto, el viento soplaba con fuerza, con una contundencia no habitual, la diferencia es que no estamos en Torreón sino en Monterrey; la tercera, que en Torreón es común este fenómeno de las tolvaneras, inmensos remolinos de polvo, pero aquí no. Así que reflexioné el comentario de José Juan, y viendo cuán poco probable es que algo que sucede en Torreón sucediese en Monterrey, salí a constatarlo. En cuanto abrí la puerta sentí el impacto del aire, una ventisca helada venida desde lo alto como un golpe. Luego escuché que las ráfagas de ayer alcanzaron los 100 kilómetros por hora. Pero lo terrible no fue tanto sentir el viento sino escucharlo: soplaba más allá de lo audible, eran como lamentos, quejidos de ultratumba, todo encajaba con el ambiente de una pesadilla. El polvo en el aire le daba un aspecto turbio a las casas, a la gente, a los autos: todo parecía anticuado, gastado. Y el aire silbando como una loca. Los árboles se agitaban en desesperación, no de ellos, sino del viento. Se caían en pedazos. Era tal la velocidad del aire que podía verse como una onda avanzando por las calles. Lo peor era que empezara a empujarte porque era como si te llevara contigo el mismísimo chamuco. Entré de nuevo a mi casa y consideré la opción de salir o no.

2. “Es como si fuera volando”

Al final decidí salir. Hacía frío. Por un momento de estupidez pasó por mi mente irme caminando hacia el centro y cruzar el Puente Zaragoza, pero con ráfagas de 100 kilómetros por hora soplando a diestra y siniestra, eso era casi un suicidio. Opté por tomar un camión. Al ir saliendo de la colonia rumbo al puente de Cuauhtémoc, se abrió ante nosotros una inmensa cortina de polvo: el viento había levantado la tierra de las profundidades del río Santa Catarina. El camión pasó entre la nube de polvo como una navaja, sin notar la presencia de otros autos, ni de nada más. La calle no se visualizaba. Un niño que iba sentado detrás de mí le dijo a su madre: “Me siento como si fuera volando”. Cuando entramos a la avenida, la cortina de polvo se disipó.

3. Caos

Me bajé del camión para tomar el metro. Entré a la estación y estaba vacía, oscura. Un guardia salido de la nada de la oscuridad (no es tautología, es énfasis), me dijo: “No hay servicio, se cayó el sistema del metro”. Qué horror, pensé. Aquí sí que comienza el caos. Salí plena de angustia. Había quedado de verme con Víctor. Intenté hablarle de mi celular. No me daba señal. Maldición, volví a pensar, otro indicio del caos. Finalmente pude comunicarme. Mientras Víctor y yo anduvimos en la calle nos encontramos con una serie de árboles caídos, ramas rotas, semáforos descompuestos. El viento arreciaba. Por una de las aceras, un anciano intentaba caminar con su bastón en mano.

Después de un rato, volví a mi casa. No había luz. Maldita sea, me dije por enésima vez, otro pinche indicio del caos. Pero éste fue el peor, porque fue el que duró más y porque trajo consigo otro: la falta de agua. Lo curioso es que sólo había corte de luz en nuestra calle, el resto de la colonia parecía gozar del servicio. En fin. El caos en la ciudad se hizo manifiesto. Fue el viento que se desató. Se tornó de pronto violento. Nos disparó un cúmulo de atrocidades. Yo pensaba: si el viento dijera de verdad palabras, como creían las culturas prehispánicas, que estará diciendo ahorita. Mentadas de madre. Eso es el caos. El viento, por ser palabra, es experto en caoticidades.

Saint-Exupéry asesinado y no raptado por una estrella

Posteado en the thought sobre Marzo 17, 2008 por litera

antoine.jpgAyer 16 de marzo, salió en el periódico español El País una nota acerca de que el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry fue abatido por un piloto alemán mientras sobrevolaba el Mediterráneo en 1944. Ya en las Obras Completas editadas en los sesenta por la editorial Espasa-Calpe se consigna este hecho, pero sin el nombre del caza alemán. Luego en los noventa se localizaron los restos del avión y su pulsera. Pero con el nombre y el hombre el mito de su desaparición termina definitivamente y no puedo evitar sentirme triste, como si me hubieran arrebatado algo esencial. Para empezar, imaginarlo asesinado mientras tomaba fotografías de reconocimiento me resulta criminal, a pesar del contexto bélico. ¿Por qué matar a alguien que mira? Sí, es muy romántico pero él lo era de una manera trascendental. Por eso era verosímil hablar de su avión Lightning P-38 perdiéndose en las alturas hasta llegar a la estrella donde habita el Principito. O a cualquier otra. Él podía tenerlas todas porque las había visto en plenitud. Sin embargo, ahora resulta que lo han matado, que no vio nada sino el suelo cada vez más cercano hasta el momento del impacto. Luego nada. ¿Había necesidad, realmente, de esclarecer el mito?

A continuación, las notas:

“Yo disparé al avión de Saint-Exupéry”

El piloto alemán Horst Rippert confiesa, 64 años después, que abatió al escritor con un caza Me-109

OCTAVI MARTÍ / JUAN GÓMEZ - París / Berlín - 16/03/2008
El 31 de julio de 1944 el avión Lightning P-38 que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry, el autor del mítico El principito, cayó en el Mediterráneo, no lejos de la costa, a la altura de la ciudad de Toulon. Durante años se ha especulado sobre si se trataba de un suicidio, de un accidente o del resultado de un combate aéreo. La última hipótesis parece cobrar fuerza tras las declaraciones de Horst Rippert, un alemán de 86 años que, durante la II Guerra Mundial, fue un as de la Luftwaffe. “Todo ocurrió cerca de Toulon. Él volaba 3.000 metros más alto que yo, que estaba efectuando una misión de reconocimiento. Vi sus insignias tricolores y maniobré para instalarme a su cola y derribarle”, ha explicado Rippert a los periodistas franceses Vanrell y Pradel. Éstos publicarán el próximo día 20 un libro titulado Saint-Exupéry, l’ultime secret.

El misterio de la desaparición de Saint-Exupéry, que había sido aviador para los servicios de correo aéreo francés durante años, parece, pues, definitivamente aclarado. En 1998 un pescador encontró entre sus redes una pulsera de oro con el nombre del escritor grabado. Dos años más tarde se localizaron los restos del que se suponía era su aparato, suposición que quedó confirmada tres años después, cuando un submarino rescató los restos del fondo del mar y se pudo comprobar el número de serie del avión y constatar que se trataba del mismo que había despegado del aeropuerto corso de Borgo pilotado por Saint-Exupéry.

El vuelo de Saint-Exupéry se producía 15 días antes del desembarco aliado en la Provenza, tras el gran desembarco en Normandía, en junio. Se trataba de una operación destinada a obligar a las tropas alemanas a emprender la retirada definitiva hacia su país, creándoles un segundo frente en territorio francés que iban a ser incapaces de resistir. El escritor tenía como misión fotografiar las defensas germanas en la zona.

Ahora Rippert, tras ser localizado por los periodistas franceses, explica la situación en el aire ese día de julio de 1934. “Me dije que si no se largaba iba a derribarle. Disparé y vi cómo le alcanzaba y caía, derecho al agua”.

Rippert, que entonces tenía 20 años y era un piloto con muchas victorias en su palmarés, no encontró grandes dificultades para abatir el avión de su rival. El Masserchmidt ME-109 que tripulaba era más rápido y potente que el aparato del francés. Durante años Rippert ha ejercido como periodista, trabajando para la televisión pública alemana ZDF.

Rippert declaró ayer en conversación telefónica que él había volado en una misión de reconocimiento el mismo día que desapareció el escritor. “Sé que derribé un avión como el de Exupéry. A él no lo vi. En pleno vuelo no se puede mirar en la cabina de otro avión”.

Recuerda que pilotaba un caza Me-109 con base en Aix-en-Provence. “Era un día precioso, soleado. Despegué en una misión de reconocimiento. Debía vigilar la zona. Entonces entró Exupéry con su aparato, se puso en medio y yo disparé como era mi deber. El trasto se fue al agua, no tuvo tiempo para reaccionar”, relata el que fuera piloto hasta el final de la guerra y posteriormente periodista de deportes en la segunda cadena estatal de la televisión alemana.

Añade, en su intento de explicar lo que ocurrió entonces, que los disparos contra el avión del escritor se enmarcaban en una acción de guerra. “Fue uno de mis 28 derribos. Yo nunca apunté contra personas, y le diré más: de haber sabido que Saint-Exupéry iba en ese avión, no hubiera disparado. Ya entonces había leído todos sus libros, era un escritor célebre. Pero yo no lo sabía, ni siquiera hoy puedo estar del todo seguro”.

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‘El principito’ y la Luftwaffe

JACINTO ANTÓN - Barcelona - 16/03/2008

Un piloto de Messerschmitt Bf-109 con apellido de siniestras resonancias (Rippert) ha anunciado que es el responsable de la muerte de Saint-Exupéry. “Lo abatí yo”, ha dicho con el tono de quien reconoce que en su inconsciente adolescencia mató a un ruiseñor a pedradas. Sabíamos que el piloto escritor se había estrellado en el mar -habían aparecido los restos de su aparato en las redes de los pescadores-, pero no la causa. Acaso un infarto, problemas con la máscara de oxígeno o suicidio. Finalmente, resulta que lo cazaron.

Ningún derribo puede ser tan poco honorable, tan triste. Saint-Exupéry era ya un piloto viejo, veterano de Aéropostale, de los Andes, del norte de África, cubierto de heridas: había caído tantas veces, en el Sáhara en 1935, sobre las arenas doradas -por las que hubo de caminar durante días-; en Guatemala, en 1937, sobre la selva. No creía en la heroicidad de la guerra (”la guerra no es una aventura, es una enfermedad, como el tifus”, decía).

Su mirada a través del cristal de la carlinga no era la de uno de esos sanguinarios cazadores, young bloods, aves de presa ansiosas de pintar marcas de aviones enemigos en su fuselaje. Saint-Exupéry, en misión de reconocimiento, no buscaba rivales, volaba, se fijaba en el sol, en el viento, en las estrellas, en la disposición de las nubes y en las extrañas formas que éstas adoptan. Inventaba historias, soñaba. No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro.

Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colocarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38, una estrella fugaz, plata ardiente siseando al encontrarse con el mar.

Hay algo que nos conmueve en la caída de todo aviador -criaturas del aire desprendidas de su elemento, revelada su fragilidad-. Richtofen cayó, cayó Douglas Bader -el legendario piloto sin piernas de la RAF-; cayó sobre su amada África Dennis Finch-Hatton, el amante de Karen Blixen, en un aeroplano Gipsy Moth igual que el del conde Almásy de El paciente inglés. Cayó sobre el ignoto Pacífico la bella Amelia Earhart -su misterio aún no ha sido desvelado-. Alas efímeras. Ícaros todos. Pero ninguno como Saint-Exupéry, porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas. Y ese pequeño príncipe que le salvó una vez de las dunas, pero no pudo nada contra los crueles proyectiles de Horst Rippert y la negra sombra de la guerra y de la Luftwaffe.

Las notas fueron tomadas del portal del periódico El país.

My house is cutter than yours

Posteado en the word sobre Marzo 17, 2008 por litera

Al río de cantos negros

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Sentada en medio de la habitación, suspiraba la ausencia de sueño por las noches. Había trabajado toda su vida, y decir toda su vida era decir desde la plenitud de su consciencia, cuando de niña llenaba de leche las botellas de vidrio de cuarto de litro en la tienda de abarrotes del padre, y pasaba horas haciendo hilazas con mecates para quién sabe qué enmiendos. Cuando trabajar parecía un juego. Y sí, había trabajado toda su vida después de eso. Podría, entonces, empezar de nuevo, en esa noche sin sueño, no desde la infancia cuando los motivos que mueven nuestros actos son breves, volubles, caprichosos, sino desde el instante en que surgió el deseo contundente, el que marca la vida, aquel que no nos deja ni a sol ni sombra y se nos sale de los labios al primer impulso. Aquel que se torna la primera palabra.

Entonces empieza de nuevo:

Había trabajado toda su vida. Fue hija y esposa, ahora sólo era madre. Dejó de ser hija cuando los padres murieron; dejó de ser esposa cuando el marido la abandonó. Carente de asideros, se había disuelto dentro del ser de los hijos. Cuando recién se había casado, la vida parecía ser sencilla y adecuada: tenía el marido, tenía el empleo, tenía a los hijos, sólo le faltaba la casa. Ése era el deseo de esta madre: una casa, su casa, una casa amplia, blanca, luminosa, enmarcada por jardines y tapias. Una casa con olor a madera, a sándalo, con un gato o dos dormidos a la luz del sol. Una casa para presumirla con la vecina. Ponerle detalles monos al buzón. A la puerta. Una rosa de los vientos.

Algo sencillo, adecuado.

El deseo le había nacido en su mente a los veinte años. Ahora tenía cincuenta. Durante treinta años, la madre y los hijos habían vagado como nómadas de casa en casa. Verlos era como observar el inicio de las sociedades primitivas. El marido iba detrás de ellos hasta que se cansó. Llegada a este punto, la madre sin marido, pensaba: Tengo cincuenta años, ya para qué quiero una casa. No obstante, el deseo persistía. Así que se hizo manifiesto y heredó la casa del padre, la de la tienda de abarrotes donde vertía la leche sobrante en las botellas de cuarto de litro, cuando no soñaba con tener una casa, cuando el marido no era, ni los hijos, ni nada. Pero ella no quería volver a esa nulidad, a ese pasado donde el deseo no existía.

Pero tenía que volver. Tenía que dejar de lado su deseo. Obligada a vivir en una casa austera, lúgubre, oscura, la madre se sentía empequeñecer. Volteaba hacia las paredes y no veía nada de blanco, nada de verde. Sólo el filtrado de las humedades que se le subían por las piernas cada noche, mientras sentada en medio de la habitación, suspiraba la ausencia de sueño. Ni siquiera tenía una cama. Había tenido que venderla para dormir tranquila una noche. Uno de los hijos le había improvisado una colchoneta con sábanas y edredones. En esa camita improvisada, la madre carcomía su deseo, el de la casa amplia, luminosa, sencilla y adecuada, donde tendría una cama, donde dormiría con el marido hasta la vejez, donde por fin descansaría del trabajo de toda la vida. La casa que los hijos le obsequiarían como prenda de amor.

Imagination at work

Posteado en the eye, the thought sobre Marzo 15, 2008 por litera

1. De las casas antiguas

Por increíble que parezca, en Monterrey aún existen casas de principios del siglo XX con sus fachadas originales luciendo majestuosas desde lo alto de sus lomas. Por increíble que parezca hay quienes las poseen y no las han destruido en aras de construir un edificio de oficinas o departamentos o centros comerciales o una “ciudad en la ciudad” como reza el slogan del proyecto de Centrika que no tuvo empacho (ni dignidad ni descaro ni conciencia histórica) en tumbar la centenaria casa victoriana que quedaba como reliquia en ese terreno infestado de tóxicos. A mí me maravilla, siempre, la colonia Obispado. Es una de mis colonias favoritas precisamente por su capacidad de permanecer inalterable, de capturar como estampa el paso del tiempo y no permitir que éste la deforme sino que, de alguna manera, es el tiempo el que se modifica al ingresar en sus confines. Las casas se encuentran ubicadas en su tiempo y es aquí donde inicia como un juego de la imaginación. Al estar rodeado de tanta antigüedad uno mismo empieza a sentirse un poco antiguo, empieza un proceso de retrospección que va más allá de nuestro propio comienzo porque la arquitectura lo trasciende. Entonces viene la nostalgia y con ella los recuerdos. La imaginación nos empuja hacia atrás mientras avanzamos en el no-tiempo de la colonia Obispado. Es como el tiempo de la ensoñación del que habla Gaston Bachelard.

2. Stereo total en la Casa Chocolate

Una de estas casas es la Casa Chocolate, llamada así porque tiene toda la apariencia de una casa típica suiza o alemana de finales del siglo XIX, principios del XX, de color café con blanco. Siguiendo con el juego de la imaginación, resulta significativo que en un ambiente tan antiguo, donde el tiempo se detiene y se postra, donde el bullicio citadino se aminora no obstante ser un punto importante del cosmopolitismo regiomontano; en esta casa, donde pareciera que habitan duendes y hadas, que está como sacada de un cuento y que, en efecto, parece de chocolate (ahora pienso en Hanzel y Gretel y su patología de comer casas), se haya llevado a cabo precisamente la tocada de un dueto europeo poco conocido por acá y que trae un proyecto muy vanguardista (ellos describen su sonido como: 40% yéyétronic, 20% r’n'r, 10% punkrock, 3% efectos electrónicos, 4% beat sesentero francés, 7% diletantismo genial, 1,5% cosmonauta, 10% realmente viejos sintetizadores, 10% sampleo de 8-bit , 10% amplificadores, 1% instrumentos realmente expansivos y avanzados): Stereo total.

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Entonces el juego de la imaginación se intensifica: comienza a tocar Stereo total y ese sentimiento de antigüedad se difumina en otro, en el de la occidentalización masiva: todos nos europeizamos: Francoise canta en francés, en alemán, nos habla en inglés y en español. Brezel baila en el escenario montado sobre la alberca. Se empapa y cae sobre el público. No es un concierto. Es como un fiesta privada, dice José Juan. Es que es una fiesta privada, donde todos nos conocemos porque todos compartimos este sentimiento de antigüedad que se conjuga con nuestra europeización. No sé si sea ése un concepto acertado. No sé si importe, todos inventan conceptos. Decía que Stereo total tocaba y el juego de la imaginación no nos dejaba. La ensoñación permanecía, sobre todo, en el glamour de la moda ochentera que las chicas portaban como nueva cuando es algo pasado, como la casa, cuando es un recuerdo revivido. Y qué significativo que suceda ahí, en ese contexto, en ese momento, en ese lugar en su no-tiempo, donde el tiempo también parece revivirse.

3. El hubiera no existe salvo en la imaginación

Stereo total tocó una de mis canciones preferidas: “L’amour à trois”. La canción trata acerca de esta chica que desea tener una relación de tres por considerarla más atractiva. Ella imagina. Entonces, dentro del proceso de ensoñación en el cual ya estaba inmersa, me zambullí en otro, el de la canción donde la voz imagina, la voz que canta (y en este caso, la voz que cantamos todos), que está con dos, con ella tres, y que todo fluye de maravilla. Se construye ese espacio del hubiera, el espacio de lo posible: un escenario tan particular que quizás pueda ocurrir… pero no ocurre y si ocurriese todavía habría que ver cómo se desarrolla. Es la incertidumbre. Ella imagina: si pudiera tener a este y a este otro, a los dos; o a esta y a esta otra, o a todos, ¿por qué no?. Es posible, pero no probable. Lo probable es que no suceda. Es donde entra la contundencia de lo real. La solidez del tiempo. Su golpe terrible. Termina la canción. Termina el juego. Termina la ensoñación.

Graciela Iturbide: Ojos para volar

Posteado en the eye sobre Marzo 11, 2008 por litera
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El señor de los pájaros (1984)

Me interesa resaltar a Graciela. Por varias razones. La primera es la obvia: acaban de premiarla: el Premio Internacional Hasselblad de Fotografía. La segunda es porque no hace mucho acabo de ver algunas de sus fotografías en Marco dentro de una colectiva. La tercera es porque suelo traerla presente, atrevesada entre los ojos con una imagen que ella captó hace muchos años: un anciano sobrevolado de aves o por aves o las aves sobrevolando al anciano que las mira con nostalgia poética o con el anhelo del que se queda adherido al suelo, del que no puede superar las gravedades. Porque son varios los pesos del cuerpo. Uno de ellos es la vida y Graciela la retrata en movimiento, pero también la retrata estática: en rigor mortis.

Este último motivo se convierte entonces en el primero, porque es el que desencadena el apego, la necesidad de ver una y otra vez las mismas imágenes en blanco y negro de pájaros al vuelo, de ancianos melancólicos, de seres abandonados, de muertos; de cuerpos vestidos con telas que se rompen con el viento; aparatos en desuso; Francisco Toledo en un campo de flores; Manuel Álvarez Bravo en espera de la luz, del contraste, del instante perfecto; los indígenas en movimiento; el cadáver de un anónimo con un cráneo comido por los cuervos o por los buitres o por los lugareños. No importa. A Graciela se le murió una hija de seis años y la muerte se le aparece de formas asombrosas. Es como si la retara, como si le dijera: mira, aún puedo maravillarte. Pero los ojos de Graciela miran más allá del espejismo de la muerte. Detectan la altura. El grado de elevación entre lo ordinario y lo extraordinario. Detecta el ángulo de la imagen. Entonces enfoca. Encuadra. Captura.

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Pájaros en el poste (1990)
En Eyes to fly with por primera vez se publica una fotografía de Graciela Iturbide que sólo existía en sus contactos y a través de sus palabras. Es una imagen mítica en la vida y la obra de Graciela Iturbide, que había quedado inédita por el temor que le despertaba. Cuenta ella que a raíz de la muerte de su hija a una temprana edad, comenzó a fotografiar los ataúdes de niños que, en México, se llaman “angelitos”. Antes que una terapia, la obsesión se antoja un juego con la muerte, que el dolor desafiaba hasta que la fotógrafa se topó con este “hombre-calavera” o “Mr. Death” como ahora nos gusta nombrarlo. Graciela Iturbide sintió que de tanto perseguir la muerte, quizá la había alcanzado en esta imagen que sacó y se negó a imprimir y dar a conocer. Se trata de un hombre que yace atravesado en la entrada de un cementerio, vestido y como si hubiese caído después de una noche de borrachera, cuyo rostro ha sido comido por los pájaros, dejando al descubierto la calavera que cifra el horror de la corrupción.
Fabienne Bradu, “¿Qué guía los ojos de Graciela Iturbide?”, en Letras Libres (Mayo de 2007)
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Muerte en el cementerio (1978 )

Eyes to fly with

Palimpsesto: fábula de un nombre

Posteado en the eye, the word sobre Marzo 9, 2008 por litera
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Don Diego de Urbina (Yo, Jessica), en su manuscrito titulado “Lybro de Minutas” (en este momento) escribe (escribo) textualmente: “NIETO: Los de este apellido y linaje de los Nietos son del Reino de León de gran linaje (Los de este apellido somos tres que hemos tenido a bien no enseñonearnos del gran linaje, más por fuerza que por voluntad, pero nos mantenemos ajenos a él más por convicción que por comodidad) , pero hay casas dellos en Salamanca y en Ledesma (nuestra casa está en la Colonia Independencia) (En Monterrey) (En México). El primero que así se llamó fue un nieto del rey de León y porque estaba viviendo en el solar y palacio del rey decían, “este es el nieto del rey”(El primero que así se llamó fue mi abuelo a quien no conocí, que vestía como gángster neoyorkino y era alto y delgado y muy diferente a nosotros: era un Nieto, claro, del linaje de León, provincia de España, emparentado seguramente con Felipes y Alfonsos. El segundo es mi padre que no se parece a mi abuelo pero era el heredero del título, del nombre, el apellido que ahora nos cuelga a nosotros tres, sus hijos, los terceros, nietos, indeed, del primero, es decir, el rey, al cual no nos parecemos), y así se quedó este nombre y apellido a sus descendientes (a nosotros, descendientes apócrifos de la estirpe leonida, se nos ha quedado el nombre, Nieto): hay de ellos en el reino de León de los que traen por armas un escudo puesto en palo de gules y de azur y sobre él un león de oro coronado con cuatro flores de lis de plata en los cuatro cantones del escudo y en medio de ellos cuatro hojas de higuera (Traemos por armas eso que enfatiza la impureza de nuestra sangre: en una ocasión, hace años, escuché a mi madre decir “estos muchachos, yo no sé de dónde sacaron eso del arte”. Eso es precisamente lo que nos borbotea en las venas, venido de las venas de nuestro padre, o del padre de nuestro padre o su madre o la madre de su madre.). Los del apellido Nieto provienen de León y su origen lo tienen en una casa real, el Reino de León (Nosotros provenimos del misterio. “No sé de dónde sacaron eso“, dijo nuestra madre. Nuestro padre, que no se parece a nuestro abuelo, tampoco sabe de dónde viene. Lo único que tenemos seguro es el apellido y eso, lo que nadie sabe de dónde ha venido, como nosotros). Don Francisco Zazo y Rosillo, Rey de Armas de Felipe V en su manuscrito titulado “Alfabeto General de Apellidos de España y Armas” dice lo siguiente: “El solar de los Nieto es cerca de Allariz (el solar de los Nieto se ubicaba en la Colonia Independencia, donde se conocieron mis padres, donde se hicieron novios, donde se casaron, donde nacimos nosotros tres), ha habido trece Comendadores y Caballeros de todas Órdenes de este solar. Don Francisco Piferrer se ocupa también del apellido en su obra “Nobiliario de los Reinos y Señoríos de España”. Dice al respecto: Nieto: Esta ilustre familia (sí que lo era) reconoce por tronco a don Alonso Nieto, que tomó este apellido por ser nieto del rey don Alfonso III. Fue don Alonso Nieto hijo de don Ramiro y doña Urraca, los cuales, aunque no figuran en la serie de nuestros reyes, tomaron por breve tiempo este título contra los derechos de su sobrino don Alfonso IV (Un momento: nadie ha tomado nada en contra de nadie. Nadie ha pretendido ser nunca lo que no es. Menos con el mestizaje tan a flor de piel, con el cabello crespo de los moriscos, los ojos grandes y oscuros de los desiertos de Arabia, con la piel morena. Sólo hemos tomado por breve tiempo el título, pero sin afán de incomodar). Aparte de la casa solar de León y su origen real, desde tiempos muy antiguos hubo una familia así apellidada en Palencia, en la villa de Castromocho, que en el siglo XV estaba representada por doña María Nieto de Ormaondo, casada con don Rodrigo Duñagoitia. Sus descendientes antepusieron siempre el apellido Nieto al paterno en desacuerdo a la procedencia de su ilustre antepasado (Nosotros antepusimos el Nieto como un acuerdo tácito. Eliminamos los segundos nombres. El segundo apellido. No por desdeñar la línea materna que siempre ha sido más estrecha, sino por eso, aquello que con el nombre nos ha determinado y nos orilló a hacer lo que hacemos. ¿Y qué es lo que hacemos? Esquivarnos, generar con los ojos y con las manos formas y fantasmas. Eso que nos viene seguramente de un padre esquivo que heredó este nombre y nosotros su sangre junto con el nombre).

Las ramas de este ilustre apellido se fueron extendiendo por todas las provincias españolas. En la villa de Mora de Toledo, nació en 1751 don Domingo José Nieto y Guerrero, que obtuvo licencia en el año 1769 para pasar a América.

Que se quede el león con sus estrellas. Nosotros las generamos:

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