Sueños
1.
Últimamente duermo demasiado. Me domina un sopor inconmensurable, inmenso como estos días que anteceden al verano. El calor es infinito y me noquea con la contundencia de todos sus humores. La gente suda, los espacios hieden, los tiempos se alargan. Por las espaldas resbalan gotas de transpiración, son aceite que adormila. Entonces duermo. Duermo durante el día y cuando despierto tengo la sensación de haberme quedado detenida en el tiempo, como si se hubiese interrumpido mi vida inmersa en el sueño. Niego el calor, niego el hastío, niego el olor de una ciudad en ebullición. Niego el aroma que yo despido. En el sueño la temperatura no existe, existe la intuición de la temperatura. Sueño la posibilidad de los grados centígrados.
2.
Mientras he estado despierta leí Las vírgenes suicidas (The virgin suicides, 1993*) de Jeffrey Eugenides. Ha sido como la extensión del sueño en la realidad, la sensación concreta de la temperatura que mientras se duerme sólo se presiente. La novela narra acerca de los suicidios de las hermanas Lisbon: Cecilia, Lux, Mary, Bonnie y Therese, todas ellas adolescentes. Sin alguna razón aparente, las hermanas deciden terminar con sus vidas. Primero es Cecilia, la menor, quien se tira desde la ventana de su habitación hacia los barrotes de la verja. Queda incrustada sin una mancha de sangre, como si estuviera flotando. Con su muerte Cecilia enfatiza el mito que circunda a sus hermanas, entes inalcanzables y hermosos que brillan con el sol. Seres sólo posibles en el sueño que agitan sus cuerpos y sus cabellos emanando calor. No un calor cotidiano sino un calor onírico. No un calor que duerme sino un calor que sueña. Que hace soñar. Eso es lo que despiden las vírgenes suicidas, el aroma agridulce de un sopor etéreo. Las cinco hermanas Lisbon que conforme se acercan a sus muertes se añejan en el silencio y en el encierro. Y sueñan. Sueñan la vida que ya no tendrán, esas temperaturas que no sentirán. El calor de un verano interminable se le has quedado impregnado en el cuerpo. Apestan a estaciones pasadas. No salen de casa. Duermen. O no duermen. Pero se mantienen soñando.
3.
Después de haber ido a un baile de la escuela, la madre de las hermanas Lisbon decide mantenerlas encerradas en su casa. Conforme pasan los meses y a causa del encierro, las hermanas Lisbon palidecen, adelgazan, se les atrofia la motricidad del cuerpo. Van como fantasmas. Se dedican a ocupaciones extrañas. No limpian su casa. Andan entre comida enlatada, muebles roídos, ropa usada, tampones, papel sanitario, bragas. Hay humedad, un tufo insoportable les emana. Es el aroma de lo frustrado, del corte de tajo, de la herida que les quedó abierta desde la muerte de Cecilia. Negadas a la vida se mantienen padeciendo ese estado de somnolencia. Hasta que una noche se suicidan. Therese se bebe una sobredosis de somníferos, Bonnie se ahorca, Mary mete su cabeza al horno, Lux se intoxica con monóxido. El sueño termina al experimentarse la temperatura, el calor de la muerte que supera por mucho ese otro calor que se les quedó como recuerdo, cuando salían al campo y la luz del sol les pintaba de amarillo los cuerpos.
4.
Hoy de nueva cuenta he dormido por la tarde. Me encierro, como las hermanas Lisbon, en una casa sin salidas. Hasta que los humores huelan. Hasta que la temperatura arrecie. Hasta que los grados centígrados se evaporen.
* Véase también la versión cinematográfica de The virgin suicides (2000), dirigida por Sofia Coppola.

Junio 17, 2008 a 2:42 pm
I’m a highschool lover…
and you’re my favorite flavor…
(Air)
Qué hermoso libro… etérea femineidad
Junio 21, 2008 a 10:10 pm
Wow, qué genial temperatura la de las vírgenes. Monterrey tiene aún cerca de 10,000 vírgenes proximas al suicidio. Y ni qué decir de todos nosotros que estamos cercanos al calor. En fin, besos, Jéssica.
Òudi-Ló.
Junio 25, 2008 a 5:42 pm
Caray sude mientras recordaba ese libro, no recuerdo haber visto la peli de la Copola, habrá que buscarla, pero la temperatura si que transtorna…
Salute