Si de amor es el pecado

Aquella mañana, el rocío cayó como tormenta sobre el seminario de Balsora. Caía mientras de rodillas y apoyado en su cama, Lucas iniciaba el día con la purgación, la búsqueda del perdón por el pecado nocturno ejecutado en la misma cama donde extendía sus rezos. Yo pecador con sus golpes de pecho. Entre las frases cortas de la oración, Lucas vislumbraba el cuerpo desnudo de Evaristo. Lo veía arqueándose hasta la incoherencia, hasta la pérdida de la palabra que los condena, la palabra de un Dios benévolo que les permite pecar cada noche con la posibilidad de arrepentirse cada mañana. Perdón sin límites. Perennidad del golpe de pecho que nunca es tan fuerte ni deriva de un puño realmente cerrado, que cae suave, como Evaristo sobre Lucas.
Los dos en agua devenidos se diluyen en la oración.

1.

El amor es, antes bien, esa religión del rostro que prohíbe su representación.
Finkielkraut

No es sencillo escribir de amores. Uno supondría que narrar la evolución de un sentimiento, además de ser un tema recurrido y recurrente en la literatura, es fácil. Bastaría con aplicar en el relato los seis papeles actanciales que según Greimas son suficientes para hilvanar una historia: el sujeto (el que ama) el objeto (lo que ama el que ama), el destinador (el amor), el destinatario (lo amado), el ayudante (quien facilita el amor) y el oponente (quien lo dificulta). De aquí resultaría una historia un tanto maniqueísta en donde o se logra el amor o no se logra. ¿Pero es que el amor debe lograrse? En teoría sí, pero en la realidad sólo sucede. No interesa tanto el tiempo pasado sino el instante de su contundencia, cuando como un aleph borgiano el amor se vuelve pleno de simultaneidades. El amor, entonces, no puede aprehenderse en la escritura. Se representa linealmente, se expresa en palabras, pero no puede mostrarse. Es descrito en un entramado lingüístico que precisa de un espacio y de un tiempo. La simultaneidad no es posible en la escritura, y como el amor es todo en un parpadeo, no es sencillo escribir de amores.

Además, el amor en sí mismo nunca es sencillo.

¿Cómo debe amarse? Si delimitamos, siguiendo con Greimas, las funciones de los actantes, el acto de amar se resume en eso, precisamente: en amar. Es mejor recurrir a Bajtín quien le otorga al objeto la capacidad de devenir sujeto y responder a la acción recibida. El amor se dialogiza y dinamiza y con ello se expande. Todo esto, claro, dentro de un universo escritural. La respuesta a la pregunta de cómo debe amarse es la que otorga todas las posibilidades del amor; y el cómo es un principio literario: cómo debe amarse equivale a decir cómo debe escribirse el amor. Lo ético corre paralelo con lo estético: las variantes del amor otorgan multiplicidad de formas.

2.

Para que la sociedad sea libre hay que poner en cadenas el amor.

Entonces, de entre todas las respuestas que la literatura ofrece a ese cómo desdoblado, aparece José Sebastián Hibler con su única novela, Los muchachos de Ecbatana. Desde el principio queda clara una cosa: los amores de Hibler no son de carácter cotidiano, de esos que van de la mano a la vista de todos y que a nadie conmueven. Sus amores son clandestinos, blasfemos, de envergaduras celestiales: funciones que Greimas no tenía contempladas, situaciones que no pueden encasillarse. Hibler escribe el amor para liberarlo de todo esquema.

Los muchachos de Ecbatana es de esas novelas generosas en personajes, nombres, contextos, que al final únicamente matizan una sola historia que encierra la sustancia y esencia de la novela. Si el autor nos menciona sobre la guerra civil española, la revolución cubana, el concilio vaticano, entre otros sucesos, es sólo para enfatizar su tema principal: la emancipación del amor, y con ella, la liberación del ser. Así, la historia principal es la de Lucas Castelar Von Vogel, el hijo adolescente del diplomático Julián Castelar y de la socialité María Teresa Von Vogel. Pequeño burgués con un fuerte complejo de Edipo, Lucas estudia para sacerdote en el seminario de Balsora, ciudad ficticia cuya referencia es fácil de ubicar: Monterrey, México. Qué mejor espacio que éste para desarrollar el relato de un amor indebido. Claro, indebido para quién: para una sociedad conocida y reconocida como radical y conservadora, enfundada en una doble moral que no admite trasgresiones, ensoberbecida de malinchismo y de triunfos industriales. Y resulta idónea la situación moral de Balsora-Monterrey porque en sus extremos germina la rebelión. Lucas es una de sus semillas.

En Balsora, pues, se encuentra el seminario. Tal y como reza el título, este sitio es un émulo de Ecbatana, fortaleza maravillosa de tiempos remotos fundada más en el principio del encierro que en el de la protección. Herodoto (Clío, 98-99) refiere la crónica de su construcción:

[Los medos] Al punto propusieron a quién alzar por rey y todos proponían y elogiaban a Deyoces, hasta que convinieron que fuese rey. Entonces mandó se le edificase un palacio digno de su autoridad real y se consolidase su poder con una guardia. Así lo hicieron los medos; le edificaron un palacio grande y fortificado en el sitio que él señaló, y le permitieron elegir guardias entre todos los medos. Deyoces (…) construyó una fortaleza grande y fuerte, esta que ahora se llama Ecbátana, formada de murallas concéntricas. La plaza está ideada de suerte que un cerco sobrepasa al otro sólo en la altura de las almenas. Les favoreció, hasta cierto punto el sitio mismo, que es una colina redonda, pero más todavía el artificio, porque siendo en total siete cercos, en el último se halla colocado el palacio y el tesoro. La muralla más grande tiene más o menos el mismo circuito que los muros de Atenas. Las almenas del primer cerco son blancas, las del segundo negras, las del tercero rojas, las del cuarto azules, y las del quinto anaranjadas, de suerte que todas ellas están pintadas de colores; pero los dos últimos cercos tienen el uno almenas plateadas y el otro doradas. (1980: 42)

Ecbatana es el símbolo que Hibler ha escogido para representar la atadura de los deseos humanos en beneficio de una supuesta trascendencia espiritual. Siete cercos que impiden entradas y salidas, que ni siquiera permiten atisbar hacia todo lo otro, lo de fuera. Sin embargo, estos muros que detienen también son muros que protegen. Coartan la libertad al tiempo que la permiten. Encerrados en el seminario, los muchachos de Ecbatana tienen sólo dos opciones: encerrarse, a su vez, en sí mismos, o bien, abrirse, expandirse hacia todo aquello que puedan abarcar. Lucas Castelar, al inicio de la novela, se muestra tremendamente introspectivo, tan así que vive en un estado de somnolencia perenne. Conforme avanza la narración, Lucas se va liberando de ese sopor, sus ojos se van abriendo. Al final, todo su cuerpo responde a la cercanía de otro cuerpo. La novela se desliza sensualmente hasta la apoteosis sexual, hasta la concreción del amor.

Amor acuartelado entre murallas de colores, Lucas es hijo del arco iris y sus deseos son luminosos. La voluntad que lo mueve viene de sí mismo y no tiene que ver con esa otra voluntad, la divina, la que controla los impulsos maniqueístas de la sociedad de Balsora, ésa que les dice cómo deben amar. Porque la Biblia habla de una ley de santidad (Gálatas 18: 1-26) que regula las formas del sexo. Condena las relaciones con el padre, con la madre, con la mujer del padre, con la hermana, con la hermana del padre, con la mujer del hermano, todas éstas abominaciones menores frente a la que sigue en el listado: “No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer: esto es una cosa abominable”.

En Los muchachos de Ecbatana las abominaciones suceden. El amor, ese rostro inaprensible, ese todo inabarcable, encuentra en esta novela un espacio donde mostrarse, o por lo menos, dejar indicios de su presencia libre de convenciones sociales, de dogmas religiosos. Aunque aquí puede objetarse que el propio amor es una convención social, un dogma religioso. Pero esto no invalida lo anterior, más bien lo subraya: el amor se libera de sí mismo, se rebela de su propia condición y estalla en deseos, deseos que fueran pecados, no más pecados por el amor.

3.
¿Por qué la religión tiene que oponerse a los instintos más bellos y sublimes?

Le dije que no sabía qué era un pecado. Se me había hecho saber, solamente, que era culpable.
Meursault, en El extranjero

No soy culpable, y no podrías hacerme expiar lo que no reconozco como crimen.
Orestes a Júpiter, en Las moscas

Cuando Meursault es sentenciado a muerte por haber asesinado al árabe, recibe la visita de un capellán quien insiste en absolverlo de sus pecados. Sin embargo, toda su persistencia es inútil: Meursault no tiene conciencia del pecado. Sabe que ha matado y por qué ha matado —por la ferocidad de un sol cuyo calor lo sofocaba— y reconoce lo definitivo de su acto, por eso admite la aplicación de la justicia humana y acepta su muerte; pero nunca aceptaría el perdón de un tercero. ¿Perdón de qué? Si ya cometió el asesinato y el árabe ya está muerto. ¿Perdón para qué? Si él mismo pronto estará muerto. El pecado no existe para quien no lo reconoce. Es el pensamiento cristiano el que difunde la necesidad del perdón apoyándose en la premisa de que todos vivimos en pecado, atrapados en el eterno contraste entre lo blanco y lo negro, en la lucha constante entre vicio y virtud.

Lucas Castelar se considera a sí mismo nacido para la virtud. Rehuye todas las ocasiones de pecar que se le presentan repitiendo en su cabeza, como si fuese un mantra, “nunca pecar, antes morir, antes morir que pecar” (Hibler, 1992: 56). Convencido de su propio sacrificio, Lucas ve en la muerte la indulgencia de Dios y el triunfo de su virtud. La realidad es que desconoce tantas cosas, ha vivido tan poco, que su estado de inocencia lo mantiene sumido en una fantasía. Por eso cree a pies juntillas que debe ser sacerdote; por eso, y porque su madre, María Teresa, se ha encargado de convencerlo de que no tiene otra alternativa. Cegado de amor filial, y quizás en gran medida embelesado por la belleza de su madre, Lucas no puede negarse. “Soñar con su madre, María Teresa, era para Lucas soñar con los ángeles, amaba a su madre más que a otra persona o cosa en el mundo, ¿no fue por darle gusto que decidió entrar al seminario?” (14)

La historia de María Teresa Von Vogel corre paralela con la de su hijo. Aunque en repetidas ocasiones María Teresa expresa desprecio por Lucas —“‘¿Por qué?, si es mi único hijo, ¿por qué?, si es tan bueno y tan inocente”, reflexionaba con cierta angustia…” (167)—, y a pesar de que Lucas, al final de la novela, ya no desea saber de ella, madre e hijo no pueden negar el lazo que los une: atrapados en una sociedad que les exige cierto comportamiento, ninguno de los dos está dispuesto a sacrificar su amor. Ambos se convierten en pecadores al romper la concepción sagrada del amor amando sin concesiones, entendiéndose pecado como trasgresión a la ley de Dios, y pecador como el que persevera en ella.

María Teresa mantiene un romance con su chofer, Teobaldo Gardamontez, español exiliado y comunista que utiliza el dinero proporcionado por su amante para comprar armas a los estadounidenses y vendérselas a los revolucionarios cubanos. De alguna manera, María Teresa y Teobaldo son como la pareja de La suerte está echada, de Sartre, Eve y Pierre: su amor sólo es posible en la fantasmagoría, en el limbo donde no existen las jerarquías ni los conflictos sociales y políticos, donde sólo se es espíritu y no se pesa más que un hilo y se vive del aire. Pero en la realidad, el peso de sus circunstancias los agobia y separa: Eve, enfrascada en el drama burgués de su matrimonio fallido, y Pierre, comprometido hasta la médula con la insurrección, lo único que tienen en común es su amor, y eso nunca es suficiente.

—¿Comunistas?, entonces mi dinero servía para financiar…
—Financiar el movimiento (…) Pero, ¿te hace gracia?
—Perdona, no es eso. Pienso en Julián que tiene horror de todo lo que es de izquierdas; si supiera para lo que sirve su dinero… La vida es irónica… Chistosa, ¿no? Y yo que pensé que tú… Bueno, por qué nunca me lo dijiste… Hubiéramos evitado tantos malentendidos…
—Me ves gritándolo por los techos… Tú eres una frívola… Una rica burguesa…
—Ahora eres tú el que demuestras no conocerme… En el fondo somos unos extraños… (171)

María Teresa ama intensamente a Teobaldo, pero no duda en abandonarlo cuando siente que su situación la compromete. Su trasgresión tiene límites. ¿Es, entonces, trasgresora? He aquí la diferencia entre Lucas y María Teresa: ambos pecan por amor, pero mientras el amor del primero lo libera, el de la segunda la retrae en sí misma hasta nulificarla.

Soy una débil, él me necesita y yo me voy… Yo, que había querido tanto ser una revolucionaria, conducir una existencia llena de peligros… —calló mordiéndose los labios. Sabía que no tenía el valor necesario de aferrarse a la oportunidad que la vida le otorgaba de cambiar su destino. Haber, por quince días, actuado como la heroína de una tragicomedia, era suficiente. (174)

El pecado de María Teresa es el adulterio, la fornicación, desorden castigado severamente en los dos sexos por la ley de Moisés. A este hecho se le suma que su amante es comunista y, por ende, ateo. Una cadena de faltas que la conservan fluctuando entre lo correcto y lo incorrecto, instalada en una doble moral que termina por apabullarla. La concepción de pecado la supera, cuando en teoría ella debiera ser la que triunfe por encima de esa noción apoyada en su gran amor. No obstante, busca continuamente el perdón. Persistir en ser perdonada la hace permanecer dentro del universo del pecado. En el momento en que uno no se arrepiente de sus actos y, por el contrario, se es consecuente con ellos, entonces esa idea del pecado habrá desaparecido de su vida.

En el vacío interior de la catedral, las dos María Teresas riñeron. Ella había entrado con la precisa idea de abrir su alma a un extraño; pero una vez ahí, encontró que su situación tenía algo de ridículo. “¿De qué sirve toda esta pantomima? Dios no ama adúlteras”, pensó al contemplar las bellas bóvedas iluminadas por un sol que moría. “Soy católica, madre de un futuro sacerdote.” (69)

Lucas, ese futuro sacerdote, el que no puede aprender latín, lengua pagana devenida sagrada por quién sabe qué vericuetos y vueltas de la vida, sino hasta que empieza a despertar en él la sensualidad, el deseo. No es gratuito el conflicto con el lenguaje, tampoco el que los títulos de todos los capítulos de la novela sean en latín.

Obstinado en su estado de pureza, Lucas no es capaz de dominar las declinaciones de un idioma sensual por naturaleza, ajeno a todas las concepciones cristianas. Conforme va liberando su ser, el latín fluye por su boca, lo rodea. Es el amor escribiéndose: el erotismo acontece.

Lucas, turbado, vio por primera vez que Rosendo era atractivo y que la fuerza de su juventud brillaba entre la noche. La descubierta del otro, muy diferente del yo personal, fue para él como un relámpago que lo fulminó estremeciéndole. (93)

La evolución del personaje de Lucas es la única que se hace evidente en toda la novela. Todos los demás permanecen detenidos: demasiado conformes o demasiado planos, deambulan por la narración sin alterarse. Lucas no. Va de sobresalto en sobresalto cada vez con los ojos más abiertos, porque al inicio “se negaba con obstinación a observar lo que cotidianamente sus ojos veían.” (17) Este crecimiento del personaje tiene que ver con la asunción de su voluntad por encima del reglamento del seminario, “el cauce de la voluntad de Dios” (13). La conciencia de sus actos la expresa liberando poco a poco el amor que siente por Rosendo Rosales, El Puer, su compañero de clases y su único amigo, quien, a su vez, está enamorado de Lucas. El conflicto que sacude el alma de Lucas es enfrentar la seguridad con que Rosendo asume su sentimiento.

—¿Y tú? ¿Tú me quieres?— interrumpió Rosendo en un susurro, con su cara tan próxima a la de Lucas (…).
Sin decir más, casi instintivamente, como para vengarse de la frialdad y rigidez de su amigo, le estrechó entre los brazos y le besó en la boca. Lucas retrocedió escandalizado; pero antes que pudiera decir algo, Rosendo había desaparecido. (54)

El pecado de Lucas es la sodomía. Aunque no lo ejecuta sino pasado mucho tiempo, “es la gravedad de la disposición interior lo que cuenta, aunque la manifestación sea inconsecuente” (133). Esto es lo que le enseñan y contra lo que se va rebelando, no sólo porque el amor que lo invade así se lo exige, sino porque comienza a observar que las personas en quienes depositaba su confianza y su respeto, sus padres, sus profesores, que son sacerdotes, actúan en dos niveles de existencia: la oficial y la clandestina. Así, descubre a sus superiores encubriendo el asesinato de un sacerdote, a su madre con Teobaldo, a Rosendo fornicando con una puta. El contacto con la mentira lo desconcierta y le atrae. “Lucas descubrió que la mentira deja bien; que hay otros caminos fuera de la virtud.” (72)

Pero él no se queda con eso. Estar oculto es una superficialidad. Lo que a Lucas le interesa es ser coherente y se esfuerza en ello. Si ha de cometer un pecado, que sea con plena lucidez de conciencia, que no halla asomo de duda; y que esa seguridad le otorgue el poder de elegir si quiere o no ser perdonado para no tener que estar solicitándole a Dios mercedes innecesarias.

[Lucas] Quería vaciar su frustración, ese sentimiento, difícil de admitir, de haberse comportado como un cobarde, de no haber seguido su decisión hasta la última consecuencia. (304)

A diferencia de su madre, Lucas se entrega al amor, y, al hacerlo, rompe con la voluntad divina que le ofrece amores lineales. Lucas, como hijo del arco iris, es una curva, y busca satisfacer sus deseos en seres ondulantes, nocturnos, como Evaristo, el que llega casi al final de la novela a redondear los altibajos del corazón de Lucas con los altibajos de su propio corazón. El amor, entonces, sucede, y el pecado, al cometerse, desaparece.

Todo ahora resultaba tan natural, tan espontáneo. De niño había huido de las ocasiones en las que sentían que podían alterar su tranquilidad. En la fracción de un instante sintió que el momento había llegado y no podía escapar. Todo su pudor se desvaneció como la niebla ante el sol matinal. Cuando Evaristo le tomó la mano, cuando le besó la boca, cuando le abrazó, supo que era así que debería ser, y no de otra manera. (331-332)

4
La voluntad de Dios y la voluntad de los hombres, ¿cómo distinguirlas?

Soy libre. Más allá de la angustia y los recuerdos. Libre. Y de acuerdo conmigo mismo.
Orestes a Electra, en Las Moscas. Jean-Paul Sartre

La conciencia nace con la rebelión.
Albert Camus. El hombre rebelde

En realidad Dios no perdona los pecados. Cómo va a hacerlo si desde el momento en que expulsó a Adán del paraíso le dio la libertad de actuar conforme a su palabra o sin ella. ¿Qué clase de dios otorga libertades que después condena? ¿Qué clase de dios hace libres a sus fieles para castigarlos mejor? La noción del libre albedrío es un arma de doble filo: Dios mismo provee los medios de la perdición, de este modo se garantiza a sí mismo como la única forma de salvación.
En Siracides 15: 11-20, se consigna que el hombre es responsable de sus actos:

No digas: “¡Dios me hizo pecar!” porque él no hace lo que odia. No digas: ¡Me hizo cometer un error!” porque no necesita a un pecador. El Señor detesta el mal, y de igual modo lo detestan los que temen al Señor. Cuando al principio creó al hombre, lo dejó en manos de su propia conciencia. Si tú quieres, puedes observar los mandamientos; está en tus manos el ser fiel. Ante ti puso el fuego y el agua, extiende la mano a lo que prefieras. Delante de los hombres están la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que ha elegido.
[El Señor] A nadie le ha pedido que sea impío, a nadie le ha dado permiso para que peque.

Entonces, el pecado, instaurado por Dios, es responsabilidad del hombre. Paradójico. Confuso. Extraño. Como muchos de sus designios. No obstante, el libre albedrío existe para acceder o no a la gracia divina. Tiene que ver más con una libertad condicionada, limitada, que con una libertad infinita. Se trata de elegir entre estar con Dios o sin él. A pesar de su aparente sencillez, la elección que supone el libre albedrío deriva en la aparición de varios escenarios. Porque puede decidirse estar sin Dios creyendo en Dios, o estar sin Dios porque no se cree en él. En este caso, el libre albedrío pierde sentido, porque si no se cree en lo que otorga tal libertad, en realidad nunca se ha carecido de ella porque nunca se ha estado sujeto: el que no cree sólo es y actúa de acuerdo con su propia conciencia. La voluntad de Dios no le pesa porque para él no existe más que su propia voluntad.
Como el personaje de Lucas va modificando su pensamiento conforme avanza la novela, al inicio de ésta se muestra como un niño incapaz de tomar decisiones. Su propio ingreso al seminario no le es tan propio porque fue su madre quien literalmente lo llevó y lo dejó ahí abandonado. Carente de mayores opciones, Lucas termina por asumir el deseo de su madre. Dentro del seminario, se esfuerza por cumplir el reglamento, es decir, ejecutar normas de una conducta ya dada que sólo debe repetir. “‘Dios quiere de ti que cumplas el Reglamento’, insistía cerrando los ojos para conciliar el sueño; pero éste no venía. ‘Y el Reglamento nos dice dormir’ murmuraba sin convicción.” (Hibler, 1992: 13).

Lucas se encuentra despersonalizado: su voluntad se supedita a las voluntades de otros, sobre todo a la de su madre y a la de Dios. En él ni siquiera cabe la posibilidad del libre albedrío porque le resulta impensable cuestionarse si estará o no con Dios. Ni por designio divino Lucas se atreve a ser libre. Sólo cuando está con Rosendo, su voluntad asoma. Rosendo intenta besarlo, abrazarlo, tenerlo cerca, y Lucas lo rechaza, precisamente porque el reglamento, el cauce de la voluntad de Dios, les prohíbe ese comportamiento abominable. Sin embargo, lo que en un principio le parece molesto de su compañero —la irreverencia, la rebeldía, la arrogancia—, lo va cautivando y le despierta la potencia del alma. Lucas, entonces, comienza a tener conciencia de sí, lejos de Dios, lejos de su madre, lejos del pecado y del libre albedrío.
La voluntad puede entenderse de dos maneras muy generales: como la razón misma o como el principio de la acción. En la novela, el proceso de liberación que experimenta Lucas puede explicarse tomando en cuenta estas dos concepciones de la voluntad; puede considerarse, incluso, la idea de voluntad de Shopenhauer, quien sostiene que “lo que la voluntad siempre quiere es la vida, precisamente porque ésta no es más que el manifestarse de la voluntad misma en la representación y es simplemente pleonasmo decir voluntad de vivir en cambio de voluntad”. Si Dios ha puesto delante de los hombres la muerte y la vida, Lucas se decide, una vez que ha tomado conciencia, por la vida, que no es más que la representación de su voluntad. Sin embargo, esto no basta. Lucas ya no puede ser el mismo porque el amor que siente por Rosendo le inyecta la duda. “¿Por qué la religión tiene que oponerse a los instintos más bellos y sublimes?” (239), se pregunta María Teresa, su madre, sin sospechar nunca que su hijo pasaba por las mismas tribulaciones.

La duda turbó el espíritu apacible de Castelar, rasgando, como un velo, la tranquilidad, hasta ahora inalterable, de su alma: “Si seres, tan inteligentes como yo, pueden creer en tanta patraña contra toda lógica, ¿no es una evidencia de que la fe puede ser un cuchillo de doble filo? Si la fe mueve montañas, también te cierra las puertas de tu albedrío y opaca tu inteligencia. La raza humana está dispuesta a creer en dogmas inverosímiles y mentiras flagrantes si eso le proporciona una razón de vivir.” (211)

En definitiva, Lucas ya no está dispuesto a creer en Dios antes que en sí mismo. Se rebela contra la figura del padre y busca su propia representación. Albert Camus (2003) sostiene que “una toma de conciencia nace de un movimiento de rebelión” (18), ya que “la afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de su soledad supuesta y le proporciona una razón de obrar.” (19) Lucas pasa de la pasión a la acción estimulado por un ímpetu de revoluciones.

Pero este despertar de Lucas no habría sido posible sin la presencia de Rosendo. Siguiendo con Camus, Rosendo es un buen ejemplo de lo que el pensador francés llama hombre rebelde. La irreverencia de Rosendo no tiene que ver con ser adolescente: viene nutrida de un profundo resentimiento hacia su circunstancia. De familia humilde y numerosa, Rosendo busca en el seminario más un refugio que una formación. Pero el encierro sólo lo torna más áspero. Entonces se rebela, actúa siempre en trasgresión. Considérese, además, que

el resentimiento está definido muy bien por Scheler como una auto-intoxicación, la secreción nefasta, en vaso cerrado, de una impotencia prolongada. La rebelión, por el contrario, fractura al ser y le ayuda a desbordarse. Libera oleadas que, de estancadas, se hacen furiosas. (21)

Los continuos arranques heréticos de Rosendo son producto de este estado de rebelión. (“¡La Virgen! La Virgen tiene más gusto que tú y ha de preferir esta música a las canciones pendejas que le cantas los sábados.” [Hibler, 1992: 37]) No puede admitir una existencia donde no pueda ser libre, entendiendo la libertad como la plenitud de la voluntad. Para Rosendo no hay punto de conciliación entre lo humano y lo divino, y éste es su gran conflicto, esto es lo que lo lleva a la muerte. Camus (2003) afirma:

El hombre rebelde es el hombre situado antes o después de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el cual todas las respuestas sean humanas, es decir, razonablemente formuladas. Desde ese momento toda interrogación, toda palabra es rebelión, en tanto que en el mundo de lo sagrado toda palabra es acción de gracias. Sería posible mostrar así que no puede haber para un espíritu humano sino dos universos posibles: el de lo sagrado y el de la rebelión. (24)

Tal y como menciona Camus, la situación de Rosendo ha trascendido los límites de lo sagrado. Su rebelión es de carácter metafísico, es decir, es un “movimiento por el cual un hombre se alza contra su situación y la creación entera” (27). Rosendo rechaza el orden de las cosas, los estratos sociales, la repartición del poder en el mundo. Repudia su juventud envejecida, el no poder romper la barrera que Lucas le impone para amarlo

Castelar dormía tendido boca arriba. Un manojo de mechas rubias sobresalía por entre las sábanas que cubrían una parte de su cara. Rosendo observaba a su amigo y un calor interior mitigaba su desconsuelo (…). Rosendo murmuró para sí mismo—: “Los cristianos deberíamos suicidarnos lo más pronto posible para juntarnos con la beatitud. Claro, existe la posibilidad de que no haya Dios, entonces, terminaríamos más solos, prisioneros de un mundo subterráneo y envidiando al Lázaro del Evangelio porque pudo resucitar”. Estos pensamientos eran como rendijas abiertas en un mundo inconsciente que sólo a él le pertenecían. Rosendo se aproximó a la cabecera, se inclinó para contemplar a su antojo la cara súpita de Lucas.

Impulsivo quiso darle un beso. No lo hizo: le disgustaba ver que su amigo no lo percibiría. Sin cautela se introdujo en el interior de la cama de Castelar. Apenas si cupo y para no caerse se vio obligado a pasar el brazo por debajo de la cabeza de Lucas. (Hibler, 1992: 195)

Con suma cautela y después con sutil violencia, la idea del suicidio comienza a gestarse en el ánimo de Rosendo. De entre todas las cosas que le rodean, es su vida lo único que siente como propio, y espera que al menos ella no le sea arrebatada ni prohibida. “El suicidio, lejos de negar la voluntad, la afirma enérgicamente. (…) El suicida ama la vida; lo único que pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece.” (Shopenhauer) Así, convencido de que “la única rebelión coherente [en estas circunstancias] es el suicidio” (Camus, 2003: 30), Rosendo reafirma su elección. Aquí entra de nuevo el libre albedrío y sus manifestaciones.

—¡Sofismas! Usted no piensa que debemos prepararnos a ese gran momento que es la salida del mundo mortal y de la cual el evangelio dice que no se sabe ni el día, ni la hora, ni el lugar?
—Si no sabemos ni el día, ni la hora, ni el lugar, ¿para qué entonces hacer de la vida un rito macabro? (…)
—Yo sé la forma en que se puede conocer el día, la hora y el lugar de nuestra muerte— afirmó Rosendo (…) —Muy simple: suicidándote. (Hibler, 1992: 128-9)

Aquí queda enunciada la herejía de Rosendo. Si su vida es lo único que le pertenece, no admitirá ninguna imposición que la limite, mucho menos permitirá que otro decida cuándo debe terminar. Ya que su vida es la representación de su voluntad, su muerte inducida, es decir, el suicidio, es el redondeo perfecto de la supremacía de ésta. No será Dios quién decida llegarle por sorpresa con la muerte bajo el brazo; no le encontrara dormido para robarle el aliento durante el sueño. Rosendo cavila en el suicidio como una forma de liberarse de las verdades que la religión arroja como soporíferos en el entendimiento, dogmas traducidos al reglamento del seminario que nunca pudo cumplir. Cómo podría, si su voluntad de rebelde metafísico lo lleva a la pereza, a la lujuria, a la soberbia, a ser sensual en todo momento, gritar, salir corriendo. “Cada uno tiene su verdad y su mentira… El dilema es saber cuál es cuál…” (214), le dice a Lucas. La verdad de Dios es un artificio: ésta es la contranatura, la que elabora fantasías como realidades que todos deben asumir como si se embellecieran con cadenas de oropeles, cada una adorno de una virtud. La verdad humana es tangible, no destella ni está envuelta en celofanes, se le puede palpar y muchas veces duele. La mentira, para Rosendo, arquetipo del hombre rebelde, se encuentra en lo que los demás ven como verdad; y su verdad se ubica en el espacio donde los otros ubican el pecado.

Defensor del individualismo, Rosendo no teme ser señalado como pecador. Su muerte sería, más bien, la confirmación de la fuerza de su voluntad. “La mayor destrucción coincide entonces con la mayor afirmación” (Camus, 2003: 46).

No obstante su apostasía, Rosendo nunca deja de creer en la existencia de Dios. Son precisamente la certeza y la convicción de que Dios lo aprehende las que acrecientan su tormento y subrayan su sublevación. Siente que defrauda a Dios pero no está dispuesto a defraudarse a sí mismo. “La voluntad de Dios y la voluntad de los hombres, ¿cómo distinguirlas?” (Hibler, 1992: 272), se cuestiona ante la imposibilidad de conciliarlas. A fin de cuentas opta por sí mismo, “pero no se piensa en negar el poder ni el lugar de la divinidad. Esta blasfemia es reverente, pues toda blasfemia, finalmente, es participación en lo sagrado.” (Camus, 2003: 56) Al negar a Dios lo afirma, porque su rebelión sólo puede ser en función de él. Lo necesita para justificarse. “No se le destruye (a Dios), pero mediante un esfuerzo incesante se le niega toda sumisión.” (52)
Camus sostiene que la rebelión proporciona razones para obrar. El despertar o toma de conciencia no es el acto motivado por la rebelión sino el preámbulo del acto. En la antesala de su muerte, Rosendo admite su pecado, su amor por Lucas, y se prepara para ejecutar la afirmación de su voluntad. “La moral es el último rostro de Dios que hay que destruir antes de reconstruir. Entonces Dios no existe ya y no garantiza ya nuestro ser; el hombre debe decidirse a hacer para ser”. (61-62)

—Sí, Lucas, me siento viejo, descubro que aun el amor que tú me inspiras es vil (…) (271)
Hubo un largo silencio sin que ninguno de los dos se moviera. Frente a frente se miraban con ansiedad.
—¿Te puedo abrazar?— murmuró Rosendo.
—Si quieres.
A Lucas continuaba inquietándole esa intimidad, pero como esa noche Rosendo había sido tan diferente, tan sincero, no pudo contradecirle. El Puer lo estrechó con fuerza entre sus brazos. Una gran ternura los invadió, y ninguno de los dos habló. Castelar sentía las lágrimas de su compañero mojarle el rostro, pero no preguntó la razón de ellas. Creía intuirlas. (273)

Divisó entonces el cuerpo de Rosendo colgado de la viga mayor. Se había ahorcado con una soga. (274)

Al suicidarse, Rosendo se libera. Ésta era la acción que su voluntad le exigía. Lucas, tras la muerte de su amigo —acto ejemplar a fin de cuentas: Rosendo muere como dejando un modelo digno de ser imitado, no por el suicidio en sí sino por lo que éste representa—, no le resta más que mantenerse firme en su propia acción: amar, amar sin miramientos a Evaristo, el de los ojos como gato. Amar aunque sea pecado, y aunque no fuese pecado, amar.

La amistad que los embriagaba estaba cubierta de una voluptuosa relación con Cristo. Las imágenes sagradas. Como emisarios divinos se veían y la excusa de la transgresión los impulsaba a amarse sin reservas. La amistad, en su doble dimensión, espiritual y material, tomaba un significado eminentemente excepcional que hacía vanos y a veces innecesarios sus remordimientos. (341)

5.

No es sencillo escribir de amores. Menos aún si son de esos que escapan a lo rectilíneo. Encurvados y de colores, los muchachos de Ecbatana de José Sebastián Hibler pecan abrazados a su libertad: la libertad dada por Dios, la que pueden perpetrar en el encierro del seminario cubiertos por la castidad y el silencio de sus votos. Narrar la historia de un seminarista homosexual resulta idónea para ejemplificar la emancipación del amor y la liberación del ser, el triunfo de la voluntad humana por encima de la concepción cristiana del pecado, pues dentro de un espacio que debe esperarse casto, níveo, la herejía acontece dichosa. Nadie está limpio de pecado. Hibler ha escrito en su novela, entre otras cosas, sobre la paz inalterable de las piedras.

Aquella noche, Rosendo sostenía entre sus manos la soga que habría de matarlo. Rodearía con uno de los extremos su cuello; el otro, lo colgaría de la viga mayor y acto seguido se dejaría ir hacia el vacío para terminar con su vida. No había que pensarlo mucho. Y no obstante lloraba. Le conmovía saberse libre, pero sobre todo se sentía enaltecido por la persistencia de su amor, por la certeza de dejar en su rostro de hombre muerto el gesto de un sentimiento que no podía, nunca pudo, ser impuro.

… una gran agitación se produjo en el interior de Lucas. Sabía que estaba enamorado, y el saberlo no le producía miedo.

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Acerca de litera

Jessica Nieto Editora responsable de la revista Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León Becaria del Centro de Escritores de Nuevo León Generación 2010 Su esposo es sastre. Vive en una casa llena de libros e hilos. Escribe, escribe, escribe.

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