Recuerdo a los modernistas. Quizás porque es de noche y presiento, en el silencio que me circunda mientras Julieta duerme y ninguna voz susurra, que bien podrían arroparme algunos arabescos, musicalidades de Oriente, acentos de Francia, risas de odaliscas y una gran manta de hoja de oro. Sí, en ocasiones es necesario este exceso de esteticismo. Un poco de metales, un poco de carmesí. Carmesí es una de mis palabras favoritas. El modernismo, Rubén Darío y Manuel Gutiérrez Nájera, son los culpables de mi apego por las palabras en desuso, las esdrújulas, las que son imagen en palabra que canta, o canto en palabra que imagina. Carmesí, entonces. Hay otras, como pulular, fornicar, decimonónico, sobremanera, titilar, fugaz… pero sin duda mi palabra favorita es libélula. A veces me sorprende lo claro que lo tengo. Una vez alguien me preguntó cuál palabra sería la que utilizaría para hacer entrar en trance a quien yo entrenara para ello, para que siguiera mi voluntad. Libélula, grité en ese momento. Y no miento si digo que justo antes había pasado frente a nosotros una libélula. Son seres tan modernistas, con su cuerpo alargado y sus cuatro alas y esa rapidez con la que huyen y desaparecen. Las libélulas son fugaces, etéreas, polvosas quizás como las mariposas. Son el vivo retrato de la palabra que las nombra. En español, claro. Por eso, también, son hijas del modernismo, de la poesía latinoamericana.
¿Quién más sino Rubén Darío, ese hombre de cerebro gigante (según refiere la novela de Sergio Ramírez, Margarita está linda la mar, donde un grupo de intelectuales y médicos se disputan el cerebro de Darío ya muerto, cerebro descomunal que alberga el misterio de la genialidad), quién más sino podría haber escrito uno de los poemas más perfectos del modernismo, que además incluye uno de los versos de construcción más precisa, que además incluye la palabra libélula?
Sonatina
La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(la princesa está pálida, la princesa está triste),
más brillante que el alba, más hermoso que abril!“Calla, calla, princesa, dice el hada madrina;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor”.
“Sonatina” es un cuento de hadas, un anhelo erótico, nostalgia, aburrimiento, sopor, vida, diletantismo, ocio, acción. Sus jardines me vendrían bien para darle resonancia a este silencio nocturno. Que lo dilaten hasta tornarlo un horizonte al atardecer. Porque eso hace el modernismo: que el día y la noche se fundan en el vuelo de cisnes crepusculares.