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La mayor de las insistencias

Posteado en the thought sobre Septiembre 25, 2008 por litera

He cumplido 26 años. Fuera de eso, no ha habido mayor cambio. Las cosas cotidianas permanecen, fluyen porque tienen que fluir, porque no hay otro remedio. Yo permanezco inalterada, con el mismo rostro, el mismo gesto. Sigo escuchando las mismas voces y acariciando a los mismos gatos. Sigo viviendo en la misma casa gastada de mi abuelo, el muerto, como todos mis abuelos. No he dejado de tomar café no obstante la gastritis, la migraña, la histeria, la eventual falta de sueño. Pero no es el café el que me quita el sueño. Son los gatos y los mensajes que me llegan al celular por la madrugada. Las palabras de aquellos que por la noche me recuerdan. Sigo, como todos los días, rodeada de palabras. Los demás escriben y yo los leo. Soy la lectora. Más especifícamente soy una editora, pero en líneas generales soy lectora. (Una vestida que vive por mi casa me preguntó una vez que por qué siempre traigo libros conmigo. Le respondí que porque mi trabajo consiste en leer. Ella frunció un poco el ceño y maniobró con el paraguas que sostenía por encima de nosotras. Llovía y era la primera vez que hablábamos. Después de eso no supo qué decirme y miró hacia el cielo. En ese momento se agotaron las palabras entre ella y yo y debajo de su paraguas el silencio fue insoportable. Al subir al camión nos sentamos en sitios separados. Nunca hemos vuelto a hablar.) Fui educada para leer. Así que he cumplido 26 años leyendo. No necesariamente sólo palabras, pero sobre todo palabras. La mayor de las insistencias, la palabra. La mayor de las exigencias. Y ahora pienso que es mentira que todo permanezca estático. Algunos detalles, como la decoración de los espacios en que habitamos, esas escenografías de uso diario, los caminos que tomamos, los sitios que frecuentamos y las personas que suelen estar a nuestro lado, nos hacen sentir que las cosas siguen igual. Cómo no sentirlo cuándo he dejado de leer el periódico por semanas y al retomarlo noto que nada mengua, ni el caos, ni la violencia, ni la muy muy citada por nosotros “tormenta de mierda” (Bolaño dixit). La carencia persiste, y el agotamiento. Todo o se consume demasiado pronto o termina de manera abrupta. Vivimos la decadencia de la gentileza. De la paciencia. ¿Pero quién querría ser gentil o paciente, si en cada momento se nos viola, se nos miente, se nos aterroriza, se nos asesina? Si se nos ha heredado una porquería de mundo. Y no obstante es mentira que no ha habido mayor cambio. Lo hay y lo habrá mientras persista la palabra. Mientras no caigamos en el silencio (ese terrible silencio debajo del paraguas). Entonces, podrá invadirnos la sensación de que las cosas permanecen, de que nada cambia; pero si logramos leer las palabras que nos surgen al paso cada día, y si logramos responderlas, darles continuidad, esa sensación desaparece. Comienza a gestarse la escritura, el advenimiento de todos los relatos. Por lo tanto he cumplido 26 años evadiendo el silencio. Por eso respondo a los mensajes que me llegan de noche y a hurtadillas: hay un silencio que debe evitarse. Y lo evitaré, seguramente, con este mi rostro inalterado poseído por el mismo gesto; escuchando las mismas voces y acariciando a los mismos gatos; tomando café sin atender a todas mis dolencias. Lo evitaré precisamente por la palabra, la mayor de las exigencias. La mayor de las insistencias.

Ariadna y sus destinos

Posteado en the thought, the word sobre Mayo 28, 2008 por litera

“Pero, ¿cómo había comenzado todo?”. Ésta es la pregunta que apertura, la que antecede el inicio de las historias. Cómo, de qué manera se adecuaron las circunstancias, se fueron comprimiendo las brumas del caos primigenio, se irguieron los protagonistas desde la oscuridad y el silencio. En qué momento empieza el mito. Dice Roberto Calasso en Las bodas de Cadmo y Harmonía que “si se prefiere una historia [una historia como respuesta a ese cómo que representa una especie de principio literario] es la historia de la discordia. Y la discordia nace del rapto de una doncella o del sacrificio de una doncella”. Calasso convoca, entonces, a los orígenes, a los cantos homéricos, los versos de Ovidio, todas las escrituras primeras, con tal de ubicar el comienzo de esas historias griegas de las que, de alguna u otra manera, “todavía formamos parte”.

Y quién no queda conmovido por el mito; quién no se refleja en alguna de las variantes del rapto; quién no es Zeus metamorfoseado en toro blanco; quién no es Europa sentada en la grupa del toro siendo llevada lejos; quién no se posiciona entre la tranquilidad que precede al rapto y la violencia que lo sucede; quién no toma postura; quién no se mira a sí mismo en la historia de un héroe, en la historia de un dios; y quién no padece como han padecido las doncellas que raptadas quedan en suspenso, detenidas en el apogeo de su belleza, en el umbral de unos amores inconclusos pero fértiles, de cuyas savias manan los relatos.

El rapto supone la concreción de un deseo, o por lo menos representa la posibilidad de concretarlo. La doncella raptada guarda la esperanza de ser amada, de agotarse en el cuerpo de ése que la ha tomado sacándola del hogar de sus padres. Es lo menos que espera y es lo único. El raptor, en cambio, tiene en mente fines más prácticos. No se trata del amor por el amor mismo, sino de perpetuar la historia. Su historia. El raptor es como un escritor que construye con el rapto la inmortalidad de su memoria.

Uno de los raptos que refiere Calasso es el de Ariadna por Teseo. Después de ayudarlo a matar a su hermano el minotauro, Ariadna huye con Teseo creyendo en la promesa de su amor y de un futuro a su lado en Atenas. Pero Teseo la abandona en la isla de Naxos. Dice Calasso: “Teseo no abandona a Ariadna por un motivo, ni por otra mujer, sino porque Ariadna escapa de su memoria, en un momento que equivale a todos los momentos. Cuando Teseo se distrae, alguien está perdido.” Es así como Ariadna queda fuera de la historia de Teseo y se convierte en ella sola. Ariadna, tras ser abandonada, se transforma en la protagonista de su propio mito: su rapto frustrado se desdobla en múltiples historias con distintos fines, y todos ellos otorgan un elemento más a la cosmogonía griega. Este es el sacrificio de Ariadna.

Las figuras del mito viven muchas vidas y muchas muertes, a diferencia de los personajes de la novela, vinculados en cada ocasión a un único gesto. Pero en cada una de estas vidas y de estas muertes, están presentes todas las demás y resuenan. Podemos decir que hemos cruzado el umbral del mito sólo cuando advertimos una repentina incoherencia entre incompatibles. Abandonada en Naxos, Ariadna fue atravesada por una flecha de Artemis, por orden de Dioniso, testigo inmóvil; o bien, Ariadna se ahorcó en Naxos, después de haber sido abandonada por Teseo; o bien, preñada por Teseo y naufragada en Chipre, murió de parto; o bien, Ariadna fue alcanzada en Naxos por Dioniso y su cortejo y con él celebró nupcias divinas antes de ascender al cielo, donde la seguimos viendo entre las constelaciones septentrionales; o bien, Ariadna fue encontrada por Dioniso en Naxos y desde entonces le siguió en sus hazañas, como amante y como soldado: cuando Dioniso atacó a Perseo en la tierra de Argos, Ariadna le seguía, armada, entre las filas de las locas Bacantes, hasta que Perseo agitó en el aire ante ella el rostro homicida de Medusa, y Ariadna fue petrificada. En el campo quedó sólo una piedra. Ninguna mujer, ninguna diosa tuvo tantas muertes como Ariadna. La piedra en la Argólide, la constelación en el cielo, la ahorcada, la muerta de parto, la doncella con el seno traspasado: todo esto es Ariadna. (Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía.)

Al final del mito, el cosmos se regenera y de nueva cuenta surge la pregunta: ¿Cómo había comenzado todo? ¿Cómo fue que Ariadna terminó concretando múltiples destinos? ¿Fue cuando vio por primera vez a Teseo, o fue antes, justo cuando nacía, cuando venía al mundo con el peso de todos los mitos anteriores, como el de su madre, la madre del minotauro, enamorada del toro? Un toro más, como Zeus metamorfoseado raptando a Europa. Un rapto más y como con cada rapto, se desenrollan como caracolas, una y otra vez, todas las historias posibles.

Era el ser más débil arrastrado por la turba

Posteado en the thought sobre Abril 20, 2008 por litera

La canción La foule (1957), interpretada por Edith Piäf, trata acerca de una masa de gente, la foule, que empuja con su vaivén a una mujer hasta los brazos de un hombre, a su vez empujado por la multitud; se encuentran unos segundos, los suficientes para que ella se enamore; luego la misma turba la arrastra lejos de él, y nunca lo vuelve a ver. La canción, escrita por Michel Rivgauche, está plena de alusiones al rush citadino, a esa urgencia que nos impele a todos y que nos impide vernos a la cara. Pareciera que todos tenemos el mismo rostro inexpresivo, domesticado por la inercia. Por eso cuando suceden estos milagros, el de poder distinguir un rostro entre la gente, lo más lógico es que caigamos rendidos a sus pies. Pero también hay que destacar el hecho de que Edith, la que canta, se posiciona como un personaje alternativo, un ser que es arrastrado por el tumulto porque no se adapta a su movimiento. Es como Nadja, que va caminando en contra de la corriente. Todos los rostros miran hacia un punto, pero Nadja no mira nada, o mira otra cosa. La foule trata, sobre todo, de la enajenación de las multitudes y la posibilidad de su liberación, ya sea por el amor, ya sea mediante la contemplación de otros escenarios posibles, escenarios ajenos a la linealidad de la rutina, escenarios como ondas, corrientes que convocan a la creación.

¿Y a qué viene todo esto? Tiene que ver con la paciencia, tiene que ver con la rebeldía, tiene que ver con la escritura.

Zacatecas, epifanías y misticismo

Posteado en the thought sobre Marzo 26, 2008 por litera

590852-zacatecas_cathedral-zacatecas.jpg1.

Llegué a Zacatecas más temprano de lo esperado. Eran las cinco de la mañana y mi habitación de hotel aún no estaba lista. En el inter pensé: ¿Por qué fui a Zacatecas? Diríase que fue un impulso, pero quienes me conocen saben que no me manejo por impulsos. Fue más bien una urgencia de huida, de esas breves, que no duran más de dos días. Pensé esto mientras en el lobby del hotel se escuchaba Material girl de Madonna. “We live in a material world and I am a material girl…”. Soy una chica material. La frase no podía haber sido más pertinente. No por lo obvio, sino por la idea de pesantez: lo material implica densidad, y presiento que fui a Zacatecas porque de alguna manera comenzaba a sentirme pesada y quería aligerarme. Los viajes son buenos para eso. Es como si en el trayecto fuésemos dejando bultos de nuestra mismidad maltrecha, angustiada, esa mismidad que se torna materia amorfa, grisácea, a causa de una cotidianeidad que nos merma la imaginación.

Fui a Zacatecas a rescatar mi imaginación.

Pero llegué muy temprano. Tenía sueño. No tenía tiempo para mi imaginación. ¿Estar despierto a temprana hora es equivalente a desvelarse? ¿Velar de día es igual que velar de noche? Justo el día anterior había estado en la representación de la Última Cena en mi colonia. Al terminarse ésta siguieron con la representación de Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Siempre he considerado ese episodio como uno de los más bellos y alegóricos de toda la Biblia: el hijo del Dios orando en soledad absoluta, abandonado en su dolor y su angustia no sólo por los hombres que no lo comprenden sino por su Dios. Es cuando Jesús me resulta más terriblemente humano. Desesperado no sabe a quién recurrir y quienes considera sus amigos terminan durmiéndose mientras lo esperan. Ni siquiera eso pueden hacer por mí, les dice cuando vuelve de orar. Es desgarrador. Pero los perdona. Luego llegan a prenderlo y sucede lo que tiene que suceder. Pero lo que importa aquí es Jesús pasando la noche en vela orando su pena, pidiendo que no sea tan terrible. No, me parece que velar de noche es más meritorio. Se combate no sólo la soledad, también la oscuridad y el silencio. Durante el día se tiene el bullicio del trabajo que comienza y la luz del alba. ¿Qué será, entonces, mejor, para la imaginación?

2. El Vía Crucis en Guadalupe

Lo primero que hice al salir del hotel fue buscar dónde desayunar. Pero terminé caminando por las calles embelesada por la arquitectura de cantera rosa de Zacatecas. Me entero que en Guadalupe, un municipio aledaño, estaba a punto de comenzar el Vía Crucis en el convento de los franciscanos. Pregunté cómo llegar. Seguía sin desayunar pero el anhelo de religión siempre ha sido más fuerte. Como escuché más tarde en un documental sobre Eisenstein, mi ateísmo es como solía ser el de él, que a su vez era como el de alguien más que no recuerdo: necesitado de las imágenes del culto.

Así que llegué a Guadalupe y la representación ya había comenzado. Poncio Pilatos estaba a punto de sentenciar a Jesús a ser clavado en la cruz. En realidad todo fue muy rápido y pronto estuvimos todos caminando hacia el cerro (¿loma? ¿montículo?) detrás de Jesús con la cruz a cuestas siendo azotado por los centuriones romanos y otros verdugos, seguido de la turba de judíos enardecidos. Mientras avanzábamos pensaba cómo nosotros, los asistentes, jugamos un poco el papel de turba enardecida en ese lapso que media entre la sentencia y la crucifixión. Vamos como el pueblo de Jerusalén que repudia a Jesús. Pero al mismo tiempo, hay una conciencia colectiva de que no es así, de que Jesús no debe ser tratado de esa manera y que sólo se admite porque así debió ser para redimir nuestros pecados. Al mismo tiempo somos el pueblo que lo ama y le pide perdón -hay una frase que se lee al enunciar una de las estaciones del Vía Crucis, que dice “dame valor y fuerza para seguir contigo aunque me digan loco, porque sé que tienes razón”. Pero eso es hasta después de la crucifixión. Por lo menos en este Vía Crucis, porque en el de mi colonia no es así: es simultáneo, y eso lo hace muy complejo.

La crucifixión fue rápida y sin mayor drama. Me retiré en medio de un Padre Nuestro y regresé al convento que es también un museo y entré. Seguía sin comer. El Museo de Guadalupe es inmenso y es literalmente un laberinto. Es muy bello, con obra virreinal, óleos, muebles, del siglo XV, XVI, XVII, etc. Me perdí durante media hora y no sabía cómo salir. Di vueltas en círculo en la sala de los óleos a los tormentos de San Francisco de Asís. Era como un sueño, porque luego derivaba en la biblioteca, con esos diez mil tomos de libros antiquísimos en lenguas muertas, con todo el contexto del edificio de cantera, las cosas viejas, la gente paseando, el calor, el hambre. Luego escuchaba que alguien narraba los tormentos de San Francisco y cómo Jesús se le aparecía epifánicamente y yo pensaba de nuevo en Jesús en el Huerto de los Olivos que le rezaba a Dios y cómo éste no le respondía.

3. La aparición de Santa Teresa

Al final pude salir del museo, y comer, y regresé a Zacatecas. En la Plaza de la Independencia se había montado una feria del libro. Pasé a ver. Mientras ojeaba pensaba: “Sólo si estuvieran las Obras Completas de Santa Teresa en Aguilar compraría algo”. Me explico: siempre las he querido. Hace dos años las vi en el D.F. en Donceles y no pude comprarlas. Luego el año pasado fui a Guanajuato y un librero tenía varias ediciones de Aguilar pero no la de Santa Teresa. Ya me había resignado. Entonces, estaba ojeando libros cuando de pronto (sí, así es, en efecto) frente a mí apareció, como una epifanía (again), como Jesús a San Francisco, el tomo de Aguilar de las Obras Completas de Santa Teresa.

Por supuesto lo compré.

Más tarde empecé a leerlo. Por tercera vez pensé en Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Pensé que la relación de Jesús con Dios no era del tipo mística, como la de Santa Teresa, y que no tenía el vínculo emocional que ésta tenía con él. Quizás por ello Jesús se sentía tan solo. Porque no se hallaba a sí mismo en ese Dios que decía ser no otro sino él mismo. Definitivamente, Jesús no podía nunca haber aspirado a la santidad.

procesion.jpg4. La procesión del silencio

Por la noche se llevo a cabo la Procesión del silencio. El Vía Crucis de nueva cuenta pero ahora sí con el corazón envuelto en pena, pleno y expuesto de dolor. Ya no fue una turba enardecida sino cientos de cofradías en luto. Ya no fue un Cristo vapuleado sino imágenes que lo representaban. Todo alegórico. Es aquí donde me pareció encontrar con mayor precisión el sentimiento del Jesús del Huerto de los Olivos: ese ambiente de muerte inminente, de olor a incienso, de algo que está a punto de consumarse. Las hermandades de devotos encapuchados traían en sus velas la luz de las oraciones de Cristo esa noche de su perdición. El silencio absoluto es el anuncio de la tragedia: Cristo va a morir. Se suceden las estaciones y las imágenes son elocuentes. Mujeres enlutadas pasaban como fantasmas con rostros inexpresivos y sombríos. Esto es más que representación, pensé, es místico. Sí, estaba influida por Santa Teresa, pero qué pertinente. Y sí, era místico porque las cofradías se unían con su Dios, con ese Cristo lastimado y esa Virgen en pena a la que le habían arrebatado un hijo. La desgracia es patente y no se cuestiona. Impacta. ¿Quién podría dudar ahora? ¿Quién podría no tener fe? Si se suceden una tras otra las imágenes de lo acontecido con tanta claridad. Entonces mi imaginación, la que había estado dormida, despierta. Porque, ¿qué es la religión, sino un constructo de la imaginación?

Tolvanera

Posteado en the thought sobre Marzo 19, 2008 por litera

1. Se desató el chamuco

“¿Qué pedo con el viento? Parece Torreón.”, dijo José Juan. Cuando lo dijo pensé muchas cosas; la primera, en la tendencia de José Juan de remitir a su terruño cada que tiene oportunidad; la segunda, que, en efecto, el viento soplaba con fuerza, con una contundencia no habitual, la diferencia es que no estamos en Torreón sino en Monterrey; la tercera, que en Torreón es común este fenómeno de las tolvaneras, inmensos remolinos de polvo, pero aquí no. Así que reflexioné el comentario de José Juan, y viendo cuán poco probable es que algo que sucede en Torreón sucediese en Monterrey, salí a constatarlo. En cuanto abrí la puerta sentí el impacto del aire, una ventisca helada venida desde lo alto como un golpe. Luego escuché que las ráfagas de ayer alcanzaron los 100 kilómetros por hora. Pero lo terrible no fue tanto sentir el viento sino escucharlo: soplaba más allá de lo audible, eran como lamentos, quejidos de ultratumba, todo encajaba con el ambiente de una pesadilla. El polvo en el aire le daba un aspecto turbio a las casas, a la gente, a los autos: todo parecía anticuado, gastado. Y el aire silbando como una loca. Los árboles se agitaban en desesperación, no de ellos, sino del viento. Se caían en pedazos. Era tal la velocidad del aire que podía verse como una onda avanzando por las calles. Lo peor era que empezara a empujarte porque era como si te llevara contigo el mismísimo chamuco. Entré de nuevo a mi casa y consideré la opción de salir o no.

2. “Es como si fuera volando”

Al final decidí salir. Hacía frío. Por un momento de estupidez pasó por mi mente irme caminando hacia el centro y cruzar el Puente Zaragoza, pero con ráfagas de 100 kilómetros por hora soplando a diestra y siniestra, eso era casi un suicidio. Opté por tomar un camión. Al ir saliendo de la colonia rumbo al puente de Cuauhtémoc, se abrió ante nosotros una inmensa cortina de polvo: el viento había levantado la tierra de las profundidades del río Santa Catarina. El camión pasó entre la nube de polvo como una navaja, sin notar la presencia de otros autos, ni de nada más. La calle no se visualizaba. Un niño que iba sentado detrás de mí le dijo a su madre: “Me siento como si fuera volando”. Cuando entramos a la avenida, la cortina de polvo se disipó.

3. Caos

Me bajé del camión para tomar el metro. Entré a la estación y estaba vacía, oscura. Un guardia salido de la nada de la oscuridad (no es tautología, es énfasis), me dijo: “No hay servicio, se cayó el sistema del metro”. Qué horror, pensé. Aquí sí que comienza el caos. Salí plena de angustia. Había quedado de verme con Víctor. Intenté hablarle de mi celular. No me daba señal. Maldición, volví a pensar, otro indicio del caos. Finalmente pude comunicarme. Mientras Víctor y yo anduvimos en la calle nos encontramos con una serie de árboles caídos, ramas rotas, semáforos descompuestos. El viento arreciaba. Por una de las aceras, un anciano intentaba caminar con su bastón en mano.

Después de un rato, volví a mi casa. No había luz. Maldita sea, me dije por enésima vez, otro pinche indicio del caos. Pero éste fue el peor, porque fue el que duró más y porque trajo consigo otro: la falta de agua. Lo curioso es que sólo había corte de luz en nuestra calle, el resto de la colonia parecía gozar del servicio. En fin. El caos en la ciudad se hizo manifiesto. Fue el viento que se desató. Se tornó de pronto violento. Nos disparó un cúmulo de atrocidades. Yo pensaba: si el viento dijera de verdad palabras, como creían las culturas prehispánicas, que estará diciendo ahorita. Mentadas de madre. Eso es el caos. El viento, por ser palabra, es experto en caoticidades.

Saint-Exupéry asesinado y no raptado por una estrella

Posteado en the thought sobre Marzo 17, 2008 por litera

antoine.jpgAyer 16 de marzo, salió en el periódico español El País una nota acerca de que el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry fue abatido por un piloto alemán mientras sobrevolaba el Mediterráneo en 1944. Ya en las Obras Completas editadas en los sesenta por la editorial Espasa-Calpe se consigna este hecho, pero sin el nombre del caza alemán. Luego en los noventa se localizaron los restos del avión y su pulsera. Pero con el nombre y el hombre el mito de su desaparición termina definitivamente y no puedo evitar sentirme triste, como si me hubieran arrebatado algo esencial. Para empezar, imaginarlo asesinado mientras tomaba fotografías de reconocimiento me resulta criminal, a pesar del contexto bélico. ¿Por qué matar a alguien que mira? Sí, es muy romántico pero él lo era de una manera trascendental. Por eso era verosímil hablar de su avión Lightning P-38 perdiéndose en las alturas hasta llegar a la estrella donde habita el Principito. O a cualquier otra. Él podía tenerlas todas porque las había visto en plenitud. Sin embargo, ahora resulta que lo han matado, que no vio nada sino el suelo cada vez más cercano hasta el momento del impacto. Luego nada. ¿Había necesidad, realmente, de esclarecer el mito?

A continuación, las notas:

“Yo disparé al avión de Saint-Exupéry”

El piloto alemán Horst Rippert confiesa, 64 años después, que abatió al escritor con un caza Me-109

OCTAVI MARTÍ / JUAN GÓMEZ - París / Berlín - 16/03/2008
El 31 de julio de 1944 el avión Lightning P-38 que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry, el autor del mítico El principito, cayó en el Mediterráneo, no lejos de la costa, a la altura de la ciudad de Toulon. Durante años se ha especulado sobre si se trataba de un suicidio, de un accidente o del resultado de un combate aéreo. La última hipótesis parece cobrar fuerza tras las declaraciones de Horst Rippert, un alemán de 86 años que, durante la II Guerra Mundial, fue un as de la Luftwaffe. “Todo ocurrió cerca de Toulon. Él volaba 3.000 metros más alto que yo, que estaba efectuando una misión de reconocimiento. Vi sus insignias tricolores y maniobré para instalarme a su cola y derribarle”, ha explicado Rippert a los periodistas franceses Vanrell y Pradel. Éstos publicarán el próximo día 20 un libro titulado Saint-Exupéry, l’ultime secret.

El misterio de la desaparición de Saint-Exupéry, que había sido aviador para los servicios de correo aéreo francés durante años, parece, pues, definitivamente aclarado. En 1998 un pescador encontró entre sus redes una pulsera de oro con el nombre del escritor grabado. Dos años más tarde se localizaron los restos del que se suponía era su aparato, suposición que quedó confirmada tres años después, cuando un submarino rescató los restos del fondo del mar y se pudo comprobar el número de serie del avión y constatar que se trataba del mismo que había despegado del aeropuerto corso de Borgo pilotado por Saint-Exupéry.

El vuelo de Saint-Exupéry se producía 15 días antes del desembarco aliado en la Provenza, tras el gran desembarco en Normandía, en junio. Se trataba de una operación destinada a obligar a las tropas alemanas a emprender la retirada definitiva hacia su país, creándoles un segundo frente en territorio francés que iban a ser incapaces de resistir. El escritor tenía como misión fotografiar las defensas germanas en la zona.

Ahora Rippert, tras ser localizado por los periodistas franceses, explica la situación en el aire ese día de julio de 1934. “Me dije que si no se largaba iba a derribarle. Disparé y vi cómo le alcanzaba y caía, derecho al agua”.

Rippert, que entonces tenía 20 años y era un piloto con muchas victorias en su palmarés, no encontró grandes dificultades para abatir el avión de su rival. El Masserchmidt ME-109 que tripulaba era más rápido y potente que el aparato del francés. Durante años Rippert ha ejercido como periodista, trabajando para la televisión pública alemana ZDF.

Rippert declaró ayer en conversación telefónica que él había volado en una misión de reconocimiento el mismo día que desapareció el escritor. “Sé que derribé un avión como el de Exupéry. A él no lo vi. En pleno vuelo no se puede mirar en la cabina de otro avión”.

Recuerda que pilotaba un caza Me-109 con base en Aix-en-Provence. “Era un día precioso, soleado. Despegué en una misión de reconocimiento. Debía vigilar la zona. Entonces entró Exupéry con su aparato, se puso en medio y yo disparé como era mi deber. El trasto se fue al agua, no tuvo tiempo para reaccionar”, relata el que fuera piloto hasta el final de la guerra y posteriormente periodista de deportes en la segunda cadena estatal de la televisión alemana.

Añade, en su intento de explicar lo que ocurrió entonces, que los disparos contra el avión del escritor se enmarcaban en una acción de guerra. “Fue uno de mis 28 derribos. Yo nunca apunté contra personas, y le diré más: de haber sabido que Saint-Exupéry iba en ese avión, no hubiera disparado. Ya entonces había leído todos sus libros, era un escritor célebre. Pero yo no lo sabía, ni siquiera hoy puedo estar del todo seguro”.

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‘El principito’ y la Luftwaffe

JACINTO ANTÓN - Barcelona - 16/03/2008

Un piloto de Messerschmitt Bf-109 con apellido de siniestras resonancias (Rippert) ha anunciado que es el responsable de la muerte de Saint-Exupéry. “Lo abatí yo”, ha dicho con el tono de quien reconoce que en su inconsciente adolescencia mató a un ruiseñor a pedradas. Sabíamos que el piloto escritor se había estrellado en el mar -habían aparecido los restos de su aparato en las redes de los pescadores-, pero no la causa. Acaso un infarto, problemas con la máscara de oxígeno o suicidio. Finalmente, resulta que lo cazaron.

Ningún derribo puede ser tan poco honorable, tan triste. Saint-Exupéry era ya un piloto viejo, veterano de Aéropostale, de los Andes, del norte de África, cubierto de heridas: había caído tantas veces, en el Sáhara en 1935, sobre las arenas doradas -por las que hubo de caminar durante días-; en Guatemala, en 1937, sobre la selva. No creía en la heroicidad de la guerra (”la guerra no es una aventura, es una enfermedad, como el tifus”, decía).

Su mirada a través del cristal de la carlinga no era la de uno de esos sanguinarios cazadores, young bloods, aves de presa ansiosas de pintar marcas de aviones enemigos en su fuselaje. Saint-Exupéry, en misión de reconocimiento, no buscaba rivales, volaba, se fijaba en el sol, en el viento, en las estrellas, en la disposición de las nubes y en las extrañas formas que éstas adoptan. Inventaba historias, soñaba. No albergaba demasiadas esperanzas sobre su futuro.

Cuando el depredador alemán lo encontró sobre el Mediterráneo, no tuvo más que colocarse a su espalda y apretar el disparador de sus cañones. Una presa fácil. Súbitamente arrebatado del cielo, Saint-Exupéry cayó, su Lightining P-38, una estrella fugaz, plata ardiente siseando al encontrarse con el mar.

Hay algo que nos conmueve en la caída de todo aviador -criaturas del aire desprendidas de su elemento, revelada su fragilidad-. Richtofen cayó, cayó Douglas Bader -el legendario piloto sin piernas de la RAF-; cayó sobre su amada África Dennis Finch-Hatton, el amante de Karen Blixen, en un aeroplano Gipsy Moth igual que el del conde Almásy de El paciente inglés. Cayó sobre el ignoto Pacífico la bella Amelia Earhart -su misterio aún no ha sido desvelado-. Alas efímeras. Ícaros todos. Pero ninguno como Saint-Exupéry, porque con él viajaban la poesía, los baobabs y las rosas. Y ese pequeño príncipe que le salvó una vez de las dunas, pero no pudo nada contra los crueles proyectiles de Horst Rippert y la negra sombra de la guerra y de la Luftwaffe.

Las notas fueron tomadas del portal del periódico El país.

Imagination at work

Posteado en the eye, the thought sobre Marzo 15, 2008 por litera

1. De las casas antiguas

Por increíble que parezca, en Monterrey aún existen casas de principios del siglo XX con sus fachadas originales luciendo majestuosas desde lo alto de sus lomas. Por increíble que parezca hay quienes las poseen y no las han destruido en aras de construir un edificio de oficinas o departamentos o centros comerciales o una “ciudad en la ciudad” como reza el slogan del proyecto de Centrika que no tuvo empacho (ni dignidad ni descaro ni conciencia histórica) en tumbar la centenaria casa victoriana que quedaba como reliquia en ese terreno infestado de tóxicos. A mí me maravilla, siempre, la colonia Obispado. Es una de mis colonias favoritas precisamente por su capacidad de permanecer inalterable, de capturar como estampa el paso del tiempo y no permitir que éste la deforme sino que, de alguna manera, es el tiempo el que se modifica al ingresar en sus confines. Las casas se encuentran ubicadas en su tiempo y es aquí donde inicia como un juego de la imaginación. Al estar rodeado de tanta antigüedad uno mismo empieza a sentirse un poco antiguo, empieza un proceso de retrospección que va más allá de nuestro propio comienzo porque la arquitectura lo trasciende. Entonces viene la nostalgia y con ella los recuerdos. La imaginación nos empuja hacia atrás mientras avanzamos en el no-tiempo de la colonia Obispado. Es como el tiempo de la ensoñación del que habla Gaston Bachelard.

2. Stereo total en la Casa Chocolate

Una de estas casas es la Casa Chocolate, llamada así porque tiene toda la apariencia de una casa típica suiza o alemana de finales del siglo XIX, principios del XX, de color café con blanco. Siguiendo con el juego de la imaginación, resulta significativo que en un ambiente tan antiguo, donde el tiempo se detiene y se postra, donde el bullicio citadino se aminora no obstante ser un punto importante del cosmopolitismo regiomontano; en esta casa, donde pareciera que habitan duendes y hadas, que está como sacada de un cuento y que, en efecto, parece de chocolate (ahora pienso en Hanzel y Gretel y su patología de comer casas), se haya llevado a cabo precisamente la tocada de un dueto europeo poco conocido por acá y que trae un proyecto muy vanguardista (ellos describen su sonido como: 40% yéyétronic, 20% r’n'r, 10% punkrock, 3% efectos electrónicos, 4% beat sesentero francés, 7% diletantismo genial, 1,5% cosmonauta, 10% realmente viejos sintetizadores, 10% sampleo de 8-bit , 10% amplificadores, 1% instrumentos realmente expansivos y avanzados): Stereo total.

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Entonces el juego de la imaginación se intensifica: comienza a tocar Stereo total y ese sentimiento de antigüedad se difumina en otro, en el de la occidentalización masiva: todos nos europeizamos: Francoise canta en francés, en alemán, nos habla en inglés y en español. Brezel baila en el escenario montado sobre la alberca. Se empapa y cae sobre el público. No es un concierto. Es como un fiesta privada, dice José Juan. Es que es una fiesta privada, donde todos nos conocemos porque todos compartimos este sentimiento de antigüedad que se conjuga con nuestra europeización. No sé si sea ése un concepto acertado. No sé si importe, todos inventan conceptos. Decía que Stereo total tocaba y el juego de la imaginación no nos dejaba. La ensoñación permanecía, sobre todo, en el glamour de la moda ochentera que las chicas portaban como nueva cuando es algo pasado, como la casa, cuando es un recuerdo revivido. Y qué significativo que suceda ahí, en ese contexto, en ese momento, en ese lugar en su no-tiempo, donde el tiempo también parece revivirse.

3. El hubiera no existe salvo en la imaginación

Stereo total tocó una de mis canciones preferidas: “L’amour à trois”. La canción trata acerca de esta chica que desea tener una relación de tres por considerarla más atractiva. Ella imagina. Entonces, dentro del proceso de ensoñación en el cual ya estaba inmersa, me zambullí en otro, el de la canción donde la voz imagina, la voz que canta (y en este caso, la voz que cantamos todos), que está con dos, con ella tres, y que todo fluye de maravilla. Se construye ese espacio del hubiera, el espacio de lo posible: un escenario tan particular que quizás pueda ocurrir… pero no ocurre y si ocurriese todavía habría que ver cómo se desarrolla. Es la incertidumbre. Ella imagina: si pudiera tener a este y a este otro, a los dos; o a esta y a esta otra, o a todos, ¿por qué no?. Es posible, pero no probable. Lo probable es que no suceda. Es donde entra la contundencia de lo real. La solidez del tiempo. Su golpe terrible. Termina la canción. Termina el juego. Termina la ensoñación.

Quiero ser el murmullo de alguna ciudad que no sepa quién soy

Posteado en the thought, the word sobre Febrero 25, 2008 por litera

1.

Llegamos al Chac Mool una de tantas noches. No había mucha gente. Magda y yo nos sentamos cerca de la rockola. La puerta de uno de los baños se abría y cerraba, ventilando un aroma a orín que tanto Magda como yo desaprobábamos. Qué más daba. Bebíamos. Orina, un detalle de muchos que hemos asumido por apego al lugar: el Chac Mool inmerso en el centro de la ciudad, rodeado de mercados y cantinas. Enfrente El Acacia. Al lado el merchante de naranjas, lechugas, repollos, y otras legumbres. La acera se encuentra tapizada de trozos de verduras y jugos diversos. De todo tipo. Una tarde, hace tiempo, pasé por esa calle y en una esquina, acostado bocarriba, un vagabundo soñaba que se masturbaba. Más adelante se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. Muy ad hoc: antecede o sucede la llegada y la salida de los borrachos. Todos caen ante sus altares. Ese mismo día, mientras el indigente onanista se complacía, un hombre inconsciente yacía frente al altar de la iglesia. Una mujer me dijo: “Está muerto”. Yo me acerqué y percibí el olor. “No, le dije, sólo está borracho”.

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Decía que Magda y yo estábamos ahí, en el Chac. José Luis, el propietario / bar-tender /psicólogo, se desdoblaba como todas las noches: servía mesas, cobraba, surtía más cerveza, platicaba. Antes, incluso bailaba. Fue José Luis quien me enseñó a bailar twist. Pero eso fue hace tiempo. El otro José Luis (que resulta ser la antítesis del primer José Luis, pues mientras éste es chaparro y moreno, el otro es alto y rubio) se acercó a nosotras y nos dijo: “Pero muchachas, cómo es que están sentadas, si antes traían toda la fiesta. Yo las recuerdo bailando música de sonoras. ¿Qué les ha pasado?”. José Luis suele dirigirse a mí como “licenciada” desde que leyó algo que escribí. Esa noche me decía licenciada y nos decía que hemos entristecido. Magda y yo nos miramos con esa mirada que ya hemos cruzado en otras ocasiones cuando se nos hace este tipo de comentario, o cuando nos damos cuenta de ello sin necesidad de escucharlo de otros.

En un momento de la noche entraron tres hombres con una mujer. Se sentaron frente a nosotras. Como no queriendo los miraba. Como no queriendo noté que la chica mendigaba la atención de uno ellos. Ella le acaricibia el rostro, le tomaba la mano, se inclinaba hacia él como esperando su abrazo. Él no le daba nada. En ocasiones lograba besarlo en la boca, pero el tipo estaba, como luego dijo Magda, distraído pensando en un desamor. Era muy claro, pero la chica no desistía. Hasta que tuvo que hacerlo. Desilusionada permaneció sentada viendo un punto en el espacio. Yo me paré hacia la barra y entonces la tipa se levantó, reventó una botella y salió disparada. En el trayecto se quedó enganchada en el suéter de Magda. El tipo pudo, así, ir detrás de ella y darle alcance. No volvieron. Todos parecían extrañados pero es que no habían visto, no notaron cómo se arrastraba la chica por un poco de su afecto, cómo suplicaba con los ojos, cómo se desvivía por besar a un hombre que no quería ser besado.

2.

Volvía de Saltillo y el autobús venía vacío. El chofer me contó que a causa de la muerte de su padre, se fue de Xalapa rumbo al norte, para evadir su tristeza. Mientras hablaba, en la radio se escuchaba música de La Sonora Santanera. Luces de Nueva York. Perfume de Gardenias. Aventurera. Comencé a cantar: no quería saber de muertes como aquella noche en el Chac no quería saber de desamores. El chofer calló y subió el volumen de la radio. Yo me recargué en mi asiento y canté. No hablamos más. Cuando llegamos a Monterrey me tendió la mano para ayudarme a bajar del autobús. Luego me invitó a cenar. Pero yo seguía sin querer saber de muertes y desamores. Me alejé con la música de la Sonora en el pensamiento.

3.

La otra tarde volví a encontrarme con Francisco Toledo. De nuevo lo seguí como impulsada por un hálito místico. De nuevo no pude hablarle.

Toledo es como el tipo del Chac que no quería ser besado.

4.

Hay una serie de eventos que se repiten. Se vuelven cotidianos de tanta persistencia. Hay otra serie de eventos que son únicos y si no se destacan, se pierden. Pero otras veces, la repetición destaca, como cuando nos encontramos siempre a la misma hora con una persona que no conocemos pero cuya presencia nos reconforta. O nos enamora. Del mismo modo, nosotros podemos ser un desconocido amado por otros que nos observan a diario sin hablarnos, pero que nos imaginan y por eso, aunque no sólo por eso, es que resulta necesario salir a las calles todos los días.

Porque alguien nos mira.

El colmo-Babasónicos

De la imposibilidad de escribir

Posteado en the thought sobre Enero 12, 2008 por litera
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1. He tenido problemas con la escritura últimamente. No pretendo abrir un espacio confesional porque lidiar con los pesares de tener que escribir debe ser habitual para muchos de los que leen este blog (y porque básicamente confesar que no se puede escribir es un lugar común y es aburrido). Pero quise iniciar con eso por dos motivos: para asumirlo y porque de algún modo me siento obligada a excusarme. ¿Con quién? No lo sé, quizá con algún ente virtual o imaginario, o con mis amigos que esperan que escriba, o conmigo misma. De todos modos, la escritura de blogs es un tipo de escritura, un derivado de la escritura original que implica la violencia del trazo sobre el papel, supone una mancha que ensucia lo blanco. La caligrafìa es como un dibujo. Es única e irrepetible. En cambio, teclear tipos de caracteres le resta personalidad a la escritura. Es posible que ése sea mi mayor conflicto y el motivo por el cual me resisto todavía a este modo de redacción. Siento nostalgia de mis grafismos. A decir verdad, siento nostalgia de los grafismos en general. Me provoca tristeza verlos usados solamente como apuntes, como notas, como indicadores, una especie de anexo a la palabra impresa. Me duele su carácter de accesorio, su perfil de intruso: escribir a mano en un libro es rayarlo, ensuciarlo. Una hoja impresa con notas de corrección debe pasarse en limpio. Todo lo escrito a mano debe pasarse en limpio, convertir grafismos en caracteres. Más que depuración es sustitución: una forma por otra.

A fin de cuentas lo que importa es la idea, el contenido, y que el formato del escrito se respete, pero no puedo evitar pensar que algo se pierde, un algo de visceralidad. Hace unas semanas, visité a mi amiga Florencia que está trabajando una edición crítica de la única novela de Felipe Guerra Castro, La única mentira. Después de cenar nos mostró el manuscrito, redactado por Guerra Castro a principios del siglo XX en un diario de tapas oscuras. Al comenzar a hojearlo me conmoví profundamente, por su delicadeza, por los trazos altos, delgados y rápidos que se han ido borrando, porque era la primera vez que veía la escritura de Felipe y por tener la certeza de que él había tocado ese diario, que las palabras escritas en él son roces de su presencia. Mientras lo leía, Florencia me comentó: “Al principio la escritura es muy cuidada, pero deja que llegues al final que se pone a escribir estando bien pedo y es un desmadre”. Y en efecto, al final las líneas están chuecas, las letras más abiertas y anchas, e incluso la densidad de la tinta es más gruesa y profunda. Hay desesperación. Felipe era un hombre desesperado. Y su escritura lo delata. Este es el tipo de detalles que este tipo de escritura, ésta que estoy escribiendo, no puede comunicar.

2. En una de las cartas que le envió a Franz Kappuz, Rilke lo cuestiona acerca de los motivos que lo mueven a escribir. Mentira: no lo cuestiona sino que le dice cuál es el único motivo que debe considerar: la necesidad imperiosa de escribir. Si la tiene (es más efectivo poseerla que sentirla) debe responder con su vida a esa necesidad. Debe escribir como un condenado. Por supuesto que es una condena escribir, es un pesar, se padece. La auténtica necesidad de escribir es equiparable a la peor de las angustias. ¿Por qué? Porque en esa necesidad se nos va el aliento. Al escribir respiramos, se aligera la opresión del pecho; pero cuando no escribimos el contexto nos ahoga. Nos llenamos de grises. Reconocer que se tiene la necesidad imperiosa de escribir es admitir que sin la escritura nuestra vida es imposible.

3. Si la vida es imposible sin la escritura, ¿qué hacer cuando se experimenta la imposibilidad de escribir? Cuando no obstante la necesidad las palabras no surgen. Pues se puede hacer esto: escribir que no se puede escribir. Escribir que se intenta pero no se concreta nada. Escribir la frustración. Escribir la queja. Escribir que se nos entumen las manos mientras el deseo crece. Escribir que nos escuece el impedimento. Escribir reiterativamente la palabra escribir para engañarnos (si la conjugamos hasta el hastío quizás suceda algo). Escribir. Escribir. Escribir. Porque no queda otro remedio.

En el cielo una hermosa mañana

Posteado en the thought sobre Diciembre 16, 2007 por litera

1.

Desde que me asumí atea experimento nostalgia por el catolicismo. A pesar de haber decidido no supeditar mi existencia a un mito, no puedo alejarme del todo del impacto de su influencia. La Biblia es uno de mis libros de cabecera, el referente por excelencia, el fundamento de varias de mis argumentaciones. Por supuesto que no la interpreto como lo haría un creyente, sino más como exegeta; no obstante, si la considero es porque en un momento me otorgó el entendimiento del mundo, basado en una fe ahora ubicada en asuntos puramente humanos. La idea de Dios en mi ser ya no existe pero alguna vez lo hizo, fue certeza contundente. Mi antigua fe quedó en mí como huella y de ella emana mi apego por las expresiones religiosas. Busco los espacios sagrados, las iglesias, los cánticos. Dios no existe en mí pero existe para otros: entre la fe de esos otros me desplazo; en medio de sus mandas y sus retablos; a través de sus plegarias, el ritual rezado de todas las semanas. Los veo cambiar de posturas, sentarse, pararse, arrodillarse, plantarse frente a un altar. Siento nostalgia por la idolatría, besar los pies de un icono. No soy capaz de hacerlo, pero cuando cientos de manos se levantan con el pulgar y el índice formando la señal de una cruz, me invade el deseo de tomar de nuevo los símbolos de aquello que las impulsa. Pero el deseo pasa pronto. Veo con claridad el yeso recubierto de cerámica con el que están hechas las figuras de los santos, de las vírgenes, del cristo. Veo la baratija de sus ojos de plástico. Representan menos de lo que significan, pero están puestas ahí a razón de esa fe que yo ya no tengo y que en ocasiones echo de menos, sobre todo cuando observo la luz de las velas que las circundan.

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2.

El festejo a la Virgen de Guadalupe es, en efecto, toda una fiesta. Desde finales de noviembre comienzan a desfilar las peregrinaciones. Simplemente con verlas se obtiene de súbito una ampliación en la gama de colores. No, en realidad es más que eso: es una intensificación: todo destella, el raso de la vestimenta de los matachines, la lentejuela que borda la imagen de la Virgen en sus espaldas; y todo resuena, los tañidos de los tambores, la danza que avanza, los petardos, los cantos. Las dos primeras semanas de diciembre la colonia se llena de sonidos, de humo, de colores, de gente. Hay luces por todas partes. Las peregrinaciones rodean el Santuario como queriendo guardarlo, protegerlo, rendirle tributo a la Virgen con la algarabía, con el cansancio, con el ritmo. Portando coronas se inclinan ante su reina, la Reina del Cielo. Disparando flechas imaginarias esperan rozar su corazón.

3 .

En el atrio de la Basílica se aglomera la gente. Todos quieren entrar. De los tres accesos sólo uno está abierto y saturado. Me infiltro entre los fieles y sus ofrendas y logro entrar al tiempo que inicia una porra a la Virgen. La Basílica está repleta y sus gritos resuenan hasta la punta de la loma (esa loma a la que todos le temen). En pocas ocasiones he visto personas de tan diversos estratos reunidas en un mismo lugar. Siempre es a razón de un ídolo, pienso, como en el Zócalo del D.F. el año pasado. Luego todos vitorean una porra nada menos que a Jesucristo. No tiene tanto impacto como la anterior: en la colonia impera el guadalupismo, Dios está muy lejos. De pronto un mariachi comienza a cantar Las mañanitas. Todas las voces estallan. Me conmueve el espacio mientras imagino cómo sería el sonido si se viera. Yo fui bautizada ante ese altar, ante esa imagen. Me llamo igual que la Virgen. Todo este despliegue de felicitaciones también me incumben.

4 .

Pisando el estacionamiento bailan la danza de los listones. Envuelven el palo de madera. Lo visten de secuencia de colores.

5.

Enfatizo la intensificación, no sólo de colores y sonidos, también de olores. Entre el Santuario antiguo y la Basílica se encuentra el adoratorio: una imagen de san Juan Diego arrodillado ante la Virgen, con la tilma extendida en su gesto de desplegar rosas hasta el infinito, hasta rebasar los límites de la incredulidad. Las rosas fueron la prueba, dicen, de la presencia de la Virgen. Su aroma la anunciaban. Frente a las figuras se extiende una alfombra de veladoras que despiden un cálido olor a rosas. Vienen de la tilma, son la reiteración de la fe, la convicción de la aparición de la Virgen. La alfombra crece a lo largo de la noche y el aroma a rosas fluye como fluye la fe: no sólo se percibe, se siente en el cuerpo como una brisa que embriaga y que cobija.