De la escritura y su aparecer: en torno al libro “Atrapasueños” de Elsa Cross

Que la escritura, al tiempo que aparece sobre el papel o la pantalla –o cualquier otro soporte-, dé la impresión de ir avanzando, de ir andando hacia delante, hasta el margen mismo de la hoja, o el margen que nosotros le impongamos, me parece que es sobre todo eso, una impresión: la sensación de que las marcas de nuestras palabras en efecto nos guían hacia alguna parte, hacia lo futuro, lo que sigue. Que su apariencia nos va mostrando un camino. Pero pienso que el camino que devela la escritura no es tan evidente. Lo reitero: las grafías son simplemente una impresión. Porque lo que implica realmente el aparecer de la escritura, y en particular, la escritura de poesía, no es un andar, sino un transitar: el paso de un estado a otro, de un momento a otro, y no de un sitio a otro.

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El más reciente poemario de Elsa Cross, “Atrapasueños”, muestra las estancias por las que atraviesa este transitar. Porque el aparecer de la escritura nunca es continuo, no como su apariencia que por lo general es lineal, ordenada. El aparecer de la escritura es más disperso, como un sueño. Elsa Cross, entonces, presenta en este libro precisamente eso, sueños atrapados, sueños sujetos por la apariencia de la escritura. Pero lograr sujetarlos tiene que ver con el despertar de la conciencia: pasar del sueño, es decir, del aparecer de la escritura, al despertar, a su apariencia. Dice Gaston Bachelard que “la verdadera poesía es una función de despertar”. Escribir, entonces, es despertar. Pero como resulta obvio que si se está escribiendo es porque ya se está despierto, hablo de un despertar durante la vigilia. Un despertar en el despertar. Conlleva, en el caso de la poesía –pero no veo por qué no en otro género-, el conocimiento de uno mismo.

Hay una palabra, o más bien, un verbo, que Elsa utiliza en algunos poemas de este libro: fulgurar. No es para nada gratuito. Roberto Calasso, en “Ka” –un maravilloso ensayo sobre mitología hindú-, refiere que “Vajra, el fulgor-flor, el arma absoluta de los dioses, está vinculada a vegeo, “estar despierto, estar listo”, de donde viene wacker, wach y wake, awake, “despierto”. El fulgor es la fulguración de la vigilia. “Vegetación” y “vigilia” tienen el mismo origen”. Hago esta referencia etimomitológica para explicar el estado al que la conciencia apela y al cual espera llegar a través de la poesía. Se busca fulgurar. Ya antes, en otros libros, Elsa ha incluido la idea de que la escritura poética es el tránsito que lleva a la fulguración de la conciencia y al conocimiento de uno mismo; y tiene un poema que se llama, precisamente, “Fulgor”, que dice:

Ella escucha principios de una frase.

En vetas muy ocultas de su memoria

Notas translúcidas

Sostienen entre sus ligaduras

La luz de un valle antaño visitado.

El paso del sueño a la vigilia sugiere el paso del ocaso a la aurora, de la noche al día. Ya dije que no hablo de despertar de la manera más habitual, por la mañana, sino de “un despertar que sucediera dentro mismo de la vigilia, que no se sumara a la vigilia sino que la multiplicara por un número n que nunca podríamos precisar” (Calasso, Ka, 175). Este despertar es “algo invisible que sucede dentro del pensamiento. Algo que agrega una cualidad al pensamiento: ser conciente de que se está pensando”. [176] Para lograr llegar a este grado de conciencia, Elsa se vale del manejo de cuatro objetos: el atrapasueños, el pierdealmas, el espantavientos y el quitapenas.

Con el atrapasueños captura a la que llama “la turba de los sueños”, que aparecen en la mente de quien sueña como presagios o recuerdos “de una caída al fondo / un hundimiento / en lo desconocido de uno mismo”. Y es que por lo general los sueños nos muestran lo que nunca mostraríamos de nosotros mismos a los demás. Los sueños albergan, incluso, aquello que nos concierne tanto, que ni nosotros mismos lo admitimos, a no ser en el espacio del sueño, en donde somos a un tiempo luz y oscuridad, aurora y ocaso: “En espejos cambiantes / se despliegan / el reflejo y su sombra”. Así, en nuestros sueños aparecemos como seres divididos, o dobles, que por un lado fulguran y por el otro, ensombrecen. Conocernos a través del velo del sueño es el primer paso para llegar a la plena conciencia, al despertar en el despertar:

Veo un doble en mi sombra / cumpliéndose /cabal / desde la réplica / Su destello vibra y se apaga / Se diluye su aura frágil / como un papiro roto / deja colarse entre sus huecos / el hálito secreto

El hálito secreto que se viene colando es para mí el aparecer de la escritura. De la poesía. Cada poema de este libro es tan breve, tan conciso, tan esbelto, que fácilmente pasan –transitan- por los resquicios del pensamiento. Y, no obstante, Elsa advierte de un “deambular estrecho”, de aguas matadoras de pájaros, de la terrible indigencia del alma como consecuencia del desconocimiento de uno mismo. El pierdealmas es la máscara que nos imponemos tras el sueño, en nuestro primer despertar. Alguna vez alguien me dijo que negar lo que es, pudre todo, y el pierdealmas me suena a eso, a un objeto que descompone nuestros deseos. Hasta ahora no había mencionado esa palabra, deseo, pero está detrás de todo: del aparecer de la escritura, de su transitar, de los sueños, del fulgor, del pensamiento. Por el deseo, la mente reconoce que existe, y por el deseo, actúa. El deseo mismo es una acción. Así lo refiere Calasso:

“Incluso antes de respirar, los hombres desearon. Pero, ¿qué es el deseo? No hay nada frente a los ojos, detrás de los ojos algo arde: una imagen, unas pocas palabras que se repiten, obsesivamente, o una sola. El mundo es un desierto; ¿cómo hacer para que aquello que está detrás de los ojos se convierta en algo que esté adelante?”

El tercer objeto es el espantavientos. El viento sacude las hojas, agita las aguas, pero lo más importante, esparce tierra sobre los caminos y borra los gestos de los rostros. Por el deambular estrecho de la escritura, del devenir de la conciencia hacia la luz, hay rastros del deseo, ese acto de la mente, que guían a la poesía hacia su aparecer.

Vida de paredes estrechas / de rumbos asfixiantes / con salida a la misma / repetida / reiteración / vuelta y vuelta en torno / del mismo extremo / angosto y ya cerrándose / bajo la misma inerte / oscuridad

Vida de campo abierto / palpitando / en su sombra / y en su luz / se rasga en su comienzo / hacia otra luz más fuerte / siempre nueva / donde la inmensidad / se extiende como aura boreal / donde brotan de pronto flores / en la sequía

Ya antes comenté la relación etimomitológica entre vigilia y vegetación. Las flores que brotan son símbolos del despertar. Así queda enunciado el segundo despertar. El último objeto, el quitapenas, indica que se ha llegado a ese punto en donde el pensamiento está consciente de ser pensado. El momento en que el deseo se manifiesta. La escritura adquiere su apariencia, fulgura: “En la línea del horizonte / un resplandor / Formas en busca de sus nombres”. El horizonte puede referirse ya sea a la aurora o al ocaso, lo que importa es que su avistamiento supone no el fin del camino, sino el paso a otra estancia, a otro momento, uno que alberga el conocimiento de nosotros mismos, porque en el despertar del despertar, “el ojo da vuelta y se mira a sí mismo”.

La conciencia fulgura y se derrama, “es como un resplandor en el agua: se puede seguir su rastro, pero se aleja a medida que nos vamos acercando.” Por eso al principio comenté que los caminos de la escritura no son tan evidentes, incluso son esquivos. Dispersos, como los sueños. Por su apariencia, la escritura nos da la impresión de ir avanzando. Pero si “la verdadera poesía es una función de despertar”, entonces la apariencia de la escritura, el rastro de la conciencia de quien escribe, nos guía hacia otro tipo de impresión. En este libro, Elsa Cross lo reafirma: “el ser es antes que nada un despertar y se despierta en la conciencia de una impresión extraordinaria”. [Bachelard]

Los hilos de la escritura

Para Alejandro, otra vez y siempre

Que las líneas que conforman la escritura, vistas desde cierta perspectiva, dan la impresión de ser un entramado de hilos, una suerte de tejido de palabras, es una metáfora que se ha usado desde Homero, cuando en la Odisea nos presenta a Penélope, eterno ejemplo de la fidelidad y de la espera, quien durante los 20 años en los que aguarda pacientemente el regreso de Odiseo-Ulises, hilvana y deshilvana el mismo estambre, una y otra vez. Este hilo, pienso, es mucho más que un simple recurso del personaje para excusarse con sus pretendientes y mantenerlos a la espera. El hilo de Penélope es el objeto que simboliza la tensión y distensión de la narración. Por su constante transformación se van generando las aventuras de Ulises. Penélope es, pues, quien escribe, con sus hilos, la historia de su esposo. Ella manipula su estar y su no estar. No es tan pasiva como parece. En realidad, está detrás de todo. Y me atrevo a afirmar que todo el tiempo tiene la certeza de cuándo va a aparecer Ulises.

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Antes de Penélope, ya había habido hilos enredándose en los mitos, es decir, en las ficciones. Está el hilo de Ariadna, por el cual Teseo lograr salir del laberinto. Desde entonces, la escritura se visualiza como un hilo que se anuda y se desanuda, y de esta manera se construyen las historias. Pero esta idea de la escritura no se ha quedado en el mero ámbito de la analogía. Basta ver los quipus de los incas, sistema de escritura que consiste en hacer nudos de diferentes colores en cuerdas de algodón o lana, para memorizar fechas y eventos.

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Como ocurre con Penélope, los incas usan los hilos para no olvidar algo importante: Penélope, gracias a su tejido, no olvida a Ulises. Sin embargo, tampoco es un medio infalible. Teseo, con todo y el hilo de Ariadna, la deja olvidada en una isla. Así, la escritura literaria, al compararse con un hilo, adquiere la cualidad de no ser definitiva. Todas las historias pueden cambiar. Todos los poemas pueden sonar distinto. Cada escena teatral puede representarse de mil maneras. Ser un hilo es, para la escritura literaria, ser la posibilidad.

Hay algo más que iguala al acto de escribir con el acto de coser o de tejer. En ambos casos, hay que manipular con las manos un objeto desde el cual se gesta la letra o el nudo. Hay que mover las manos para darle forma a la letra. Si quiero hacer una “a”, tengo que mover mi mano, mientras sostengo la pluma, para que la tinta brote con el vaivén de una “a”. Del mismo modo, quien cose o teje, debe mover sus manos de manera que el estambre o el hilo avancen hacia el tejido o sobre la tela por medio de las agujas. Tanto la escritura como el tejido van apareciendo conforme se mueven las manos, y lo que surge es algo que ocupa un espacio y que contiene a su vez espacios de unión y de separación, palabras y silencios, hilos y más hilos.

De escritura, música y aves: presentación del proyecto editorial An.Alfa.Beta

Los muchachos de la editorial artesanal An.Alfa.Beta me invitaron a presentar su proyecto. [La imagen me la robé de Facebook]

Títulos Analfabetos

No puedo recordar con precisión en qué momento supe de la existencia de An.Alfa.Beta. Quizás alguien mencionó a la revista en alguna conversación; o alguien, luego, comentó que habían dejado de hacer la revista para fundar una editorial. Para hacer libros. Y subrayo el verbo “hacer” porque aquí los muchachos verdaderamente hacen los libros. Usan sus manos para materializar al objeto libro. Debo decir que ése fue uno de los motivos que me hizo empezar a ponerle atención a An.Alfa.Beta: su vocación artesanal; pero no fue sólo eso. Hay algo más que me ha mantenido atenta a lo que, insisto, hacen, y ahora que he revisado los cinco títulos que llevan publicados, puedo decir que se trata una empatía entre mi forma de entender a la escritura y su forma de trabajarla, de hacerla libro.

La escritura, conforme aparece, va construyendo espacios con la idea de que habiten otro, más concreto, y podemos decir, más sólido: el libro. Si la escritura llega hasta el libro, es una gran alegría, y más aún si lo deja atrás. Porque la intención es que las palabras no se agoten, no se detengan. La intención es que resuenen. Que sean voz y eco. El libro es un medio; es un soporte, sí, pero también es un medio por donde transita la escritura. Y es esta idea, que de alguna manera contradice el trillado discurso de que los libros -en cualquiera de sus formatos- fijan a la escritura, que conlleva a su vez la idea de que la escritura fija a la voz, a lo hablado, la que he visvisado en cada uno de los títulos que hasta ahora ha presentado la editorial An.Alfa.Beta.

El primer título es Artefactos, de Alejandro Vázquez, del cual tengo el ejemplar número 36. Inicia con una nota cuya primera línea indica un camino -digo un camino y no el camino, porque a fin de cuentas se trata de mi lectura y el andar de la escritura es variado y disperso-, un camino que se sigue andando, de una u otra manera, en el resto de los títulos que hoy se presentan. Dice la nota: “Las palabras son máquinas […] las máquinas más poderosas que existen”. Lo son porque tienen como función atrapar a la realidad, decirla, nombrarla, escribirla. Lo vemos en el cuento “La mariposa”, donde Shen Kuo intenta describir en su totalidad a la mariposa cabeza de serpiente, labor que se vuelve innagotable. Las palabras y sus mecanismos de enunciación generan escritura, pero también emiten voz. La labor de escribir ante el hecho de hablar, sin embargo, tiene la intención de dejar fijado lo dicho. Por eso el libro. En este conjunto de cuentos-ensayos, Alejandro Vázquez presenta personajes que se hacen la misma pregunta: “¿De quién es esta voz que sigo mientras escribo?” (parafraseando al narrador del cuento “Alma Mater”).

La escritura puede entenderse como un hablar desde el silencio, como se muestra en “Notas póstumas de Jacob N. Heartman sobre Bartleby”, donde se retoma al personaje del escribiente que prefiere no escribir; o como algo que acontece, aparece, como ocurre en “Omnividente”, “Andrés”, en donde los personajes de Dios y el cotorro Andrés no querían ser vistos o escuchados, pero de pronto sus palabras suceden y entonces todo cambia. Algo se revela. Y esta intención enunciada en el primer libro publicado por la editorial, se materializa y entonces aparece el segundo título, y se trata, precisamente, del rescate de tres crónicas: Dos viajeros mexicanos en Monterrey del siglo XIX. Manuel Payno e Ignacio Martínez, título del cual tengo el ejemplar número 128. El prólogo, escrito por Carlos Lejaim, comienza así: “El ejercicio de leer el olvidado género de la crónica de viaje…”, y aquí vislumbré un trazo más de ese camino que pienso yo sigue la editorial: rescatar un olvidado género, que implica la intención de rescatar una olvidada costumbre. En estas crónicas de viaje ubicadas en nuestra ciudad hace casi 150 años, tanto Payno como Martínez realizan una muy bella descripción de lo que era Monterrey en esos tiempos: un espacio donde sus montañas no estaban invadidas por casas y edificios, ni estaban bombardeadas ni secas. Y al mostrarnos esta imagen de una ciudad más verde, donde el tren apenas daba sus primeros viajes, hay implícita una nostalgia y un deseo de volver al momento en que todas esas cosas se nombraron por primera vez.

Porque las ciudades se habitan, pero también se dicen, se nombran, y es un forma de dejar que ellas nos habiten. En Canciones para las muchachas tristes, de Guillermo Jaramillo, tercer título de An.Alfa.Beta, y del cual tengo el ejemplar número 29, nuestra ciudad, o más específicamente, ciertos espacios de Monterrey, se cantan. El paseo comercial Morelos, el Matehuala, la colonia Independencia, el Colegio Civil, el Mercado Juárez, Parque Fundidora… son espacios que existen, pero también son espacios de la escritura, espacios donde estas canciones resuenan. Donde lo escrito se convierte en voz, o donde la voz se despliega en escritura. Todo es posible, porque “siempre es madrugada en Monterrey / tan madrugada como para cantar bajito sobre todos los niños que perdiste”.

El concepto de “canción” delinea un poco más el camino que ya he referido. Retomando la intención de rescatar lo olvidado, me encuentro con un par de títulos de poesía que remiten a los orígenes de este género, cuando los poemas se cantaban y se transmitían de boca en boca. Cuando el cuerpo mismo era el soporte de una escritura puramente oral. En Canciones para las muchachas tristes, se lee: “digo palabras como una máquina sin cuerpo ni engranajes, abro la voz de los pájaros para verter el caudal de las sirenas urbanas, de los mimos, de las sombras de orquídeas iracundas”. La voz de los pájaros nos lleva, por supuesto, al siguiente título que en su portada nos muestra una bandada de aves surcando un cielo pautado, como si ellas fuesen notas musicales. Sólo de lo negado, de Agustín García Calvo, y del cual tengo el ejemplar número 24, es el otro de los títulos de “poesía” que he mencionado; pero más que poemas, se trata de canciones, textos que se concibieron para ser cantados. Este libro, que es una coedición con la editorial española Lucina, incluye un par de presentaciones en donde encontré un poco más del trazo del camino que veo lleva An.Alfa.Beta: dice Isabel Escudero “Nadie como Agustín ha deplorado la muerte de la lengua y la poesía bajo la escritura”; y dice Alejandro González Terriza que los textos de García Calvo son “canciones en grado de promesa con letra pero sin música”. Entonces, aquí están esas canciones, las de Jaramillo y las de García Calvo, que no cantan sino de aquello que se esconde, o de lo perdido: “Sólo de lo negado canta el hombre / sólo de lo perdido / sólo de la añoranza /siempre de lo mismo”.

Pero cantar no es nada más entonar palabras siguiendo una melodía. Es toda una forma de pensamiento. Pensar es otra costumbre olvidada, o cada vez en más desuso. O quizás, para ser más específica, lo que se ha ido abandonando desde hace años es tener una postura crítica, para caer en una cómoda indiferencia o en una insípida resignación. Para no olvidar lo olvidable, An.Alfa.Beta publica su quinto título Ensayos y chistes largos, de José Pulido Mata, del cual tengo el ejemplar número 44. El libro se conforma de algunos ensayos, reseñas y notas en donde se nos conmina a desarrollar un verdadero país, ahora que la patria ha muerto; a salir a las calles, si no a hacer la revolución, por lo menos a vernos las caras y dejar de ser meros perfiles en Facebook; a cuestionar a los ídolos (en particular a Alfonso Reyes); a hacernos conscientes de nuestra identidad americana; y a “escuchar hacia adelante y no hacia atrás”. Y eso de escuchar Pulido Mata lo menciona a propósito de la música, claro, el reaggeton y Alejo Carpentier. Escucharlo todo puede ser una forma de empezar a pensar. Quizás por eso, al final de este libro, donde se ubica la “Primera entrega del Diccionario que siempre cambiará de nombre”, se define al lector-escucha ideal como una “criatura de cristal cortado, de siete ojos, siete orejas e infinidad de corazones”. Alguien que abrazará la lectura de géneros olvidados y que recordará, con ello, cantar la realidad que lo rodea.

An.Alfa.Beta es una editorial que apuesta por volver a sacar a la luz y a la voz, a la escritura. Desde su nombre ya se observa su compromiso con las letras, con el abecedario y sus sonidos. Entiende a la escritura como algo innagotable, y el camino que han ido trazando es el camino de las palabras, las leídas y las cantadas. Las máquinas más poderosas que existen.

Ha Jin, el escritor como migrante

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Escribir conlleva la construcción de un espacio dentro de otro espacio, un espacio que lo va configurando la misma escritura que se extiende por nuestra imaginación, por la hoja en blanco, o por el monitor de la computadora. Este espacio escritural se enuncia, además, desde nuestro propio lugar, el lugar desde el cual escribimos. La relación que mantiene ligados estos tres espacios se puede volver más compleja, cuando quien escribe se desplaza, se mueve, viaja. Y puede ser aún más complicado el panorama cuando el viaje es forzado, producto del exilio, cuando uno no decide moverse pero las circunstancias lo empujan. Estos movimientos, forzados o no, son también movimientos de la escritura. Si de por sí escribir es algo que va siendo, es decir, uno va escribiendo, el viaje obliga a mantener el trazo en constante fluir, como si navegara. Pensar a la escritura como navegación es ideal en muchos sentidos, pero en particular para el escritor itinerante es la forma de sujetar su vagancia (si es que la vagancia puede sujetarse), de expresarla, porque, como lo afirma Gaston Bachelard: “el agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje sin choques, del lenguaje continuo, continuado, del lenguaje que aligera el ritmo, que da una materia uniforme a ritmos diferentes”.

Ha Jin, escritor chino-estadounidense, escribe, claro, con mucha precisión, sobre el fluir de la escritura en el exilio, en este su libro “El escritor como migrante”. Desde hace varios años, Ha Jin vive en Estados Unidos, y ha decidido escribir en inglés y no en chino. Esta decisión que supondría una suerte de desarraigo, no resulta tan difícil o dolorosa cuando se toma desde la perspectiva de la escritura y no del escritor, es decir, cuando la lengua que expresa a la escritura es la adecuada, aunque el escritor no la sienta tan propia. Por supuesto que manejar otro lenguaje no es nada sencillo en el ámbito de la creación, porque además de dominar la gramática y el uso hay que saber combinar los múltiples sentidos de las palabras para generar metáforas, por ejemplo. Así, Ha Jin, escritor migrante él mismo, nos presenta una serie de situaciones vividas por varios escritores que por razones políticas, ideológicas o por simple vagancia, han vivido en otros países donde no se habla su idioma y, como la necesidad de escribir es imperiosa, deciden escribir en la lengua del país donde ahora viven, porque ante todo desean ser leídos; deseo completamente comprensible.

Entre toda esta relación de autores, títulos de libros y experiencias diversas, Ha Jin va enumerando ideas o principios sobre el arte de escribir en el exilio, aunque varias de ellas pueden aplicarse fácilmente como principios de la escritura literaria en general, porque, si entendemos a la escritura como navegación, ésta siempre es un viaje, siempre está en movimiento, siempre se y nos desplaza. De alguna manera, todos los escritores, estén o no en sus países de origen, son migrantes.

Para Ha Jin, cuando uno decide escribir debe hacerlo respondiéndose tres grandes preguntas: ¿Para quién, en nombre de quién y en interés de quién escribo? La respuesta depende de cada escritor y de su circunstancia, pero lo que queda más o menos claro es que todo escritor busca el reconocimiento y la transcendencia. Para el escritor migrante, el reconocimiento de su pueblo es importante y es muy posible que su escritura se oriente hacia esa intención. Así, siendo un escritor viajero, y siendo la escritura el viaje, cuando uno sale de su patria, el regreso es posible gracias a la literatura.

Otro principio literario que me ha resultado valioso es el que tiene que ver con la búsqueda de la similitud humana. Ha Jin, portavoz de la era global –aunque me gusta más decir, diversa- dice: “Así como el escritor creativo no debe aspirar a fracturar la cultura, sino a crearla, una gran novela no debe limitarse a presentar la cultura, debe crear cultura. Las grandes novelas no se limitan a contar historias de otros mundos, sino que además despiertan la empatía del lector y le hacen recordar su propia situación existencial”. De esto se desprende otro principio, que es: “A veces, la vida de un libro no viene determinada por la lengua en la que fue escrita, sino por el tema sobre el que versa”.

Considerando que en este libro se defiende la condición itinerante del escritor, su movilidad, se entiende a la literatura como aquello que elimina o reduce la extranjería. “Sólo la literatura es capaz de atravesar las barreras históricas, políticas y lingüísticas, y llegar a un número de lectores que incluya a los de la patria natal del escritor”; así, “el arte se convierte en una vía de reconciliación y de trascendencia”.

A pesar de esto, Ha Jin afirma que “para muchos escritores migrantes, la auténtica patria es la lengua materna”. Ante esto, el autor comenta que “En la creación literaria se necesita una lengua de síntesis para asegurarle a la obra un mayor significado y autenticidad. Uno de los principios en los que debe basarse esta lengua es la traducibilidad. En otras palabras, cuando se traslada a otras lenguas, la obra tiene que conservar su significado.”

A final de cuentas, el viaje que emprende todo escritor, salga de su país o no, es un viaje personal: va viajando-escribiendo solo. Por eso, uno de los principios que Ha Jin sostiene es precisamente que “como escritor, debo aprender a estar solo”. Cada quien configura su propio espacio, y a través de su escritura, emprende un viaje en el cual nadie puede acompañarlo. El escritor apunta sus naves hacia los lectores, que son sus puertos, sitios donde se detiene a dejar algo de sí. Sitios de donde va y viene para seguir navegando. Como escritores nunca nos estamos quietos y nunca permanecemos: como Ulises retornamos, aunque “uno no puede regresar al mismo lugar como si fuera la misma persona [que se fue]”. Así, nuestro drama es no regresar nunca, y nuestra dicha, permanecer.

Sobre la gandallez sastreril

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Para Alejandro, mi esposo sastre

Ya había notado yo que los sastres tienen fama de gandallas y por ello en la literatura suelen ser representados como tales, por ejemplo, los sastres del traje del emperador, o el sastrecillo valiente, o aquí en el capítulo XLV de la segunda parte del Quijote, donde estando Sancho ya gobernando su ínsula, pasa lo siguiente:

“A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ”Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?” Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.

— ¿Es todo esto así, hermano? —preguntó Sancho.

— Sí, señor —respondió el hombre—, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.

— De buena gana —respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

— He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito.”

Así, la gandallez de los sastres viene registrada, supongo, desde el inicio del oficio (pero ya que se incluya en el Quijote un clásico ejemplo de gandallez sastreril valida completamente esta actitud). Yo me he emparentado con una familia de sastres, siendo mi marido el más joven de ellos. He notado que tienen un código, que entre ellos se entienden, y que el grado de gandallez es importante. Con todo esto, sin embargo, no quiero demeritar o mover a escándalo. Los sastres saben usar el ingenio con la misma precisión que enhebran hilos en la agujas más intrincadas. Sus artimañas son como tejidos, zurcidos invisibles que en realidad -aunque la literatura muestre lo contrario- no afectan a nadie pero que benefician en mucho al sastre. Los sastres son astutos y hábiles. Por eso el sastrecillo valiente logra matar a 7 de un golpe y sacar provecho de ello.

De esta cualidad de los sastres puede desprenderse su estar en silencio. Me parece que la gandellez sastreril es un actuar silencioso, sigiloso, imperceptible. Lo que se ve, lo que queda patente, es lo producido con sus manos. El cliente se va con una pieza única, hecha a la medida, y el sastre se queda con retazos de esa tela a la que le ha sacado provecho, con la cual puede hacer algo más, quizás más pequeño, como las caperuzas, pero igual de único y quizás, más hermoso.