Presentación del libro “Ocho ensayos sobre narrativa femenina en Nuevo León”, de Hugo Valdés

Portada del libro de Hugo

Portada del libro de Hugo

 

Escribir sobre la escritura siempre es un reto. Provoca el situarse desde fuera con el ojo crítico que desvelado de lecturas devela con palabras los entramados de las palabras de otros, en este caso, de otras. Ocho mujeres reunidas en un libro como las ocho mujeres de Francois Ozon: generaciones de mujeres de una misma familia, de una misma lengua, detenidas en una mansión a causa del asesinato del patriarca. ¿Quién de las ocho lo ha matado? Para saberlo, cada una reconstruye su historia, su vida en función de él, de ese centro aniquilado que las convoca a confesarse. Sus palabras son su escritura. Por obvia que parezca esta afirmación, no lo es tanto si la pensamos desde la perspectiva de lo femenino. Alejada del logos, pero nunca desprovista de su memoria, la palabra se enviste de ensoñaciones. Como diría Gaston Bachelard, la palabra se impregna de femenino y se orienta hacia lo profundo, hacia la esencia misma de la cosa que designa. Las ocho mujeres de Ozon, carentes de patriarca, se relatan por medio de canciones las narraciones de sus vidas. La linealidad del discurso masculino se rompe en el giro de sus vestidos, en la reiteración del coro. La sintaxis de la ensoñación es cíclica, y el decir que sus palabras son su escritura es decir que llevan en sí la felicidad del canto, el apego a las sonoridades lentas.

Las ocho mujeres del libro de Hugo Valdés también han asesinado a un patriarca: El lenguaje. Lo han matado para resucitarlo. Hugo refiere la crónica del deceso (o decesos) a través de ocho ensayos breves en los que busca contener la tradición narrativa femenina en Nuevo León. El ensayo resulta un buen género para escribir sobre la escritura. No es tautología. No es afán metalingüístico. Escribir sobre escribir deriva en gramática. Escribir sobre no poder escribir deriva en un lirismo melancólico y es materia de poetas. Escribir sobre la escritura conlleva la responsabilidad de desentrañar la voluntad del autor, que siempre se encuentra más allá, más adentro, de la profundidad de la grafía.

El conjunto de ensayos que integran este libro evidencia el desarrollo de un canon literario femenino, que no feminista. Los elementos que tornan femenina a la escritura son detectados por el autor; aunque no son mostrados como tales, se enuncian pues gracias al análisis que hace de cada novela y cada libro de cuentos, los revela. Y esto no habría sido posible si Hugo hubiese tratado a las autoras como mujeres que resultaron creadoras, y no como creadoras que resulta que son mujeres. Tomando como punto de partida las obras, sin hacer mayores referencias teóricas, Hugo elabora su estudio destacando, en cada caso, las unidades de sentido de la poética de cada escritora: ¿cuáles son sus temas?¿Cómo los expresa? ¿Qué características poseen sus frases?, y, quizá lo más importante, ¿por qué esos temas, por qué esas frases?

Volviendo con Bachelard, quien sostiene que la creación literaria sucede dentro del estado de ensoñación, y siendo ésta de carácter femenino, las palabras de la ensoñación son, a su vez, femeninas. La escritura es entonces LA escritura, y escribir sobre ella resultaría enfático si no fuera por la intención crítica del autor. Mientras que por la ensoñación las palabras se rodean de “brumas y humaredas”, por la razón se tornan densas, pesadas, directas. Las palabras de Hugo caen sobre los textos de estas ocho escritoras destacando pertinencias o estridencias, deficiencias y calidades.

Pero, ¿cuáles son los elementos de la escritura femenina que Hugo, sin querer, enumera? El primero de ellos es el tiempo. El libro comienza con el ensayo sobre la obra de Josephina Niggli, Apártate, hermano, novela de los años cuarenta del siglo XX escrita originalmente en inglés y que trata, a grandes rasgos, sobre un vendedor de bienes raíces, de buena familia, que se enamora de una mujer de una clase social distinta a la suya. La autora contextualiza esta historia en una especie de alter ego de Monterrey, construido con base en sus recuerdos, pues ella vivía en los Estados Unidos. Esta reconstrucción de la memoria que genera una visión paralela, pero no idéntica, de la ciudad de Monterrey, permite ubicarla en cualquier momento del tiempo. Hugo menciona: “acaso el más grande encanto de Apártate, hermano es que pareciera más bien como si alguien, cualquiera, la hubiese escrito desde el presente”. Esta posibilidad de la escritura de tornarse intemporal, o más bien, atemporal, tiene que ver con la concepción cíclica del tiempo de las mitologías primigenias, derivadas de deidades femeninas inspiradas en la naturaleza. Lo femenino, como ya se menciono, no concibe la linealidad, gira en sí mismo reiterándose.

El tiempo vuelve a mencionarse en el ensayo sobre el libro de cuentos Agua de las verdes matas, de Irma Sabina Sepúlveda. El autor comienza comparando éste libro con los cuentos de Rulfo, “Pero si a través de la cotidianidad rural Rulfo recreó la visión trágica de una existencia que vive en la muerte y sólo en ella puede explicarse, Irma Sabina nos historia un mundo diferente. Como a Rulfo, a ella también el campo la ha enseñado a ver de nuevo. Pero, a diferencia de aquél, a sus personajes los asiste la esperanza. Contra la latitud desértica cuentan con los árboles para guarecerse”. La noción de la esperanza no pretende únicamente sugerir que hay o habrá resguardo. Más adelante, Hugo menciona: “Sólo hay tiempo y ocasión para mirar dentro de sí y sacar luego, como de un pozo, la historia que los contiene y que los cifra”. La esperanza es la espera, la paciencia en el detenimiento de la introspección. Los personajes adquieren plena conciencia de sí mismos porque se remontan a sus orígenes. No es gratuita la mención de la tierra. De ella viene y vuelve todo. Adriana García Roel, otra de las autoras estudiadas por Hugo, también presenta un contexto rural en su novela El hombre de barro. La vuelta a la tierra no supone una mera ambientación. Es una búsqueda, la entrada al pozo, el retorno a los tiempos fabulosos de la infancia. Esta última idea se relaciona con la reconstrucción de la memoria, que bien puede tener una intención social o no: volver a la raíz para defenderla.

El libro de Hugo continúa con el ensayo sobre Abecedario para niñas solitarias, de Rosaura Barahona. De los ocho ensayos, es el único donde no se enuncia algún elemento de lo femenino hasta ahora mencionado (el tiempo cíclico, la reconstrucción de la memoria, la vuelta a la tierra –como símbolo, no como hecho literal), pero esto es porque de las ocho mujeres, Rosaura se instala en un discurso feminista que va en detrimento de lo femenino. El afán de igualdad deviene en ausencia de identidad, en carencia de caracteres propios de la alteridad. Y si la búsqueda de este libro de ensayos es establecer los fundamentos de una tradición literaria femenina en el estado, habrá que ver si esta tradición está orientada a que las mujeres escriban, como dijera Virginia Woolf, novelas cortas, rápidas, de temas que si bien no siempre son cotidianos, están perennemente marcadas por una historia de amor. Lo verdaderamente femenino está más allá de la lucha de género y está más allá del amor.

Nosotros, los de entonces, de Cris Villarreal, es el objeto de estudio del siguiente ensayo. Se trata de un libro de cuentos ubicados en la realidad universitaria de los años setenta, específicamente, en el movimiento de izquierda que existía en ese entonces. Hugo destaca el personaje de Marcia, que aparece en la mayoría de los cuentos y que, dada la voz narrativa en segunda persona del singular, “da la impresión de que fuera ella quien se dirige a sus émulos y condiscípulos”. Esto construye una atmósfera de intimidad, explica el autor, que contribuye al lirismo. Lo lírico, relacionado con los sentimientos más hondos de quien escribe, es otro de los elementos de lo femenino, pero no por lo sentimental, sino por la inserción en lo profundo, en el pozo, en la tierra, en el inicio y fin de todas las cosas. Lo anterior implica el desplazamiento a un espacio fuera del mundo. Esto es lo que sucede, siguiendo a Hugo, en los cuentos de Dulce María González reunidos en Detrás de la máscara. La autora dota a sus personajes de destrezas mágicas que les permiten escapar del tiempo lineal, “utilitario”, y consolidar, así, sus historias. El espacio de la escritura será el punto de encuentro, donde se llevarán a cabo todas las transmutaciones, todos los cambios necesarios para el escape. Porque lo femenino está en constante movimiento, en constante fuga de lo rectilíneo, es ritual y por eso apunta hacia la fantasía.

Patricia Laurent Kullick, en Ésta y otras ciudades, continúa con la idea de la transmutación, pero desde un punto de vista lúdico, “por obra del juego, los personajes de Patricia Laurent ritualizan sus actos hasta adquirir, a ojos del lector, un peso dramático. Se disfrazan, mutan sus personalidades por hallarse a disgusto dentro de pieles mezquinas”. Este juego se encuentra determinado por la fantasía, por la búsqueda de la edad o identidad original, por las tramas cíclicas, pero lo más importante, y Hugo lo subraya en varias ocasiones en este ensayo, por el desplazamiento de la conciencia de los personajes. “Además de vigilar o participar en la escritura (…), la conciencia es capaz de desplazarse”, es decir, de moverse en el tiempo y en el espacio, tal y como lo haría la imaginación (¿ensoñación?), que transporta al que imagina (sueña) hacia otras realidades. Estas realidades se traducen en la creación de universos paralelos, como el Monterrey de Josephina Niggli, ciudad que vuelve a nombrarse en Ciudad mía de Gabriela Riveros, última de las ocho mujeres de Hugo, ciudad “potenciada por la noche”, esa noche que reclama para sí el retorno de sus mujeres.

Escribir sobre la escritura femenina es más que un reto. Implica detener el giro constante de sus eternos retornos, fijar la vista en un punto desde el cual puedan centrifugarse las ensoñaciones emanadas del pozo, de la noche, de esa noche en la mansión donde las ocho mujeres de Francois Ozon se destrozaban mientras sus voces componían, en la lentitud de un no-tiempo, el porqué de sus acciones. Como ellas, las ocho mujeres convocadas por Hugo se abrazan, pero no por empatía de género, no por perpetuar el mito del daño que entre mujeres podemos causarnos, sino para enfatizar, por el contacto, la generación de todas, todas las posibilidades.

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