Ponencia para el 1er. Encuentro de revistas culturales en América

Hace unas semanas, se llevó a cabo en Monterrey el segundo taller de editores especializado organizado por la editorial Versal, Fondo Tierra Adentro y Conarte. Una de las asistentes, amiga mía, terminó el curso emocionada con la idea de editar una revista. “Sí, bueno, hay muchas revistas”, dije yo, con cierto pragmatismo implícito pero evidente, imaginando de inmediato una esfera plena de hojas, palabras, autores, que ya no se da abasto y, sin embargo, que se resiste a estallar, como si todavía, en el esfuerzo de su aliento, le quedaran soplos de cosas nuevas.

Ante mi falta de fe, mi amiga me respondió, “claro, tú ya estás en una”. Ése “una” me sonó a muchas cosas: la revista institucional; la que ya estaba ahí cuando yo llegué y por la cual no tuve que hacer ningún esfuerzo; la que trae el sello que la valida: el escudo de una universidad con su lema imperecedero; la que es tradición. Pero lo que en realidad me provocó un conflicto fue esa manera de decir: tú estás en una. En el sentido de la acción se encuentra la sutileza: yo no concebí la revista, yo no peleé por ella, yo no sudé por las calles buscando patrocinadores, apoyos. Yo sólo estoy. En cambio, ella, mi amiga, la haría. Hacer y estar son verbos muy distintos. El primero connota dinamismo, el segundo permanencia. Mientras mi amiga pensaba en una acción nueva, yo pensaba en la repetición de esa acción. Hay muchas revistas, es cierto, pero albergan diferencias. La primera es ésta: el ímpetu con que nace y se hace una revista independiente no es igual a la reiteración de funciones que ejerce un editor de una revista institucional.

Cabe una aclaración: al decirme “tú ya estás en una”, detecté, como sin quererlo, el reproche. No hacia mí, por supuesto, sino hacia la situación incierta que conlleva el surgimiento de una publicación independiente. Yo, como trabajo en una revista universitaria, no me preocupo por lo más necesario para llevar a cabo mi labor: el dinero. Para mí es algo obvio: debe haber dinero, si no, no habría revista. La seguridad de mi publicación, además, no me la otorga sólo el dinero sino el soporte de una institución con casi 75 años de existencia. Ése es mi respaldo. ¿Quién respaldará el proyecto de mi amiga? Su ímpetu, su voluntad, su querer hacer; eso hasta que consiga patrocinios, un mecenas o alguna beca tipo Fonca que le subsidie el deseo.

Aclaro esto porque no quisiera que se malinterpretara lo que digo, de modo que se diera a entender que reniego de un tipo de publicación, o de ambas. No. Considero que ambas son necesarias en los espacios donde inciden. Hay muchas revistas independientes que están cumpliendo una función elemental en la sociedad: la apertura de nuevos discursos; así como las revistas universitarias que con su permanencia permiten el enriquecimiento continuo de sus instituciones. Pero el reproche se enuncia. Y existe porque la edición de una revista universitaria y la de una independiente se encuentran en escenarios muy diferentes.

Ahora bien, el reproche no es privativo del editor independiente: se extiende hasta el editor institucional, quien también tiene de qué quejarse dentro de su mar de comodidades. Recordando el título de esta mesa, “coincidencias y desencuentros” entre un tipo de revista y otro, principio enunciando esta coincidencia: el reproche, reproche que nace, precisamente, de los desencuentros.

Quizás el desencuentro más evidente sea la presencia o la ausencia de la garantía de una institución: ya sea universitaria, empresarial, editorial. El apoyo y protección de un organismo, o de varios, facilita el posicionamiento social de una revista. Los logos que aparezcan en su portada avalan la calidad, la seriedad y el compromiso de la publicación. Esto no tiene porque ser determinante, es decir, en muchas ocasiones publicaciones patrocinadas por grupos fuertes resultan ser muy pobres en sus contenidos o tener ediciones descuidadas. Pero la generalidad es que sean buenas, tanto en el fondo como en la forma: el tipo de papel, imágenes a color, pastas de cartulina, etc. Una revista universitaria no necesita de muchas tarjetas de presentación: la revista en sí es una de las tarjetas de presentación de la universidad que la edita. Armas y Letras, por ejemplo, fue idea original de uno de los rectores de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Lic. Raúl Rangel Frías. La revista, de alguna u otra manera, nació reconocida, con reconocimiento, y debía, a su vez, recoger reconocimiento para la universidad. El círculo es perfecto.

No lo es tanto para una publicación independiente. Aquí debo decir que este panorama también me es pertinente, pues he colaborado en proyectos de este tipo, ya sea con escritos, apoyo editorial o asesoría. Lo primero que me viene a la mente son las reuniones en cafés donde se fraguaba el proyecto. Se planteaba la línea de la revista, el formato, el perfil del colaborador y se establecía el organigrama. Luego se asignaban funciones y siempre surgía una comisión o una persona que se comprometía a buscar patrocinios. La revista independiente nace no de un círculo perfecto sino de un prisma del que manan haces de luz hacia muchas direcciones: viene de una colectividad en pos de una pluralidad. La idea misma de buscar varios patrocinadores, y no ser hijos de un solo padre, va de la mano con el afán colectivo. Y, es cierto, una revista independiente debe luchar por obtener el posicionamiento social que otras revistan ya tienen, pero en su lucha van desarrollando una constancia que se traduce en presencia, presencia de la revista por sí misma, no la revista en función de la presencia de una institución.

Sin embargo, como relataba al inicio de mi lectura, hay muchas revistas. Muchas personas que, como mi amiga, deciden emprender la difícil tarea de sostener una publicación. En esto quiero detenerme: ¿por qué es difícil? Por ahora evitaré caer en el lugar común que representa el dinero, y me concentraré en otro problema al cual se enfrentan tanto las revistas universitarias como las independientes: la falta de lectores.

El número de revistas que existen es inversamente proporcional al número de lectores. No me interesa introducir estadísticas ni guarismos porque es obvio. Se sabe que las revistas más vendidas (no me consta si las más leídas, pero si lo fueran no me sorprendería) en México son TVynovelas y TVnotas. Ante la mercadotecnia de estas publicaciones, las revistas culturales quedan apabulladas. No es lo ideal, por supuesto. Uno quisiera dejar de ver su revista en bodegas y que fluyera como fluye la información de espectáculos. Sin embargo, aquí radica una diferencia importante y en la cual coinciden las revistas culturales en general: una revista cultural no vende información sino que ofrece conocimiento. Aquí es donde surge la disyuntiva para el lector. Lamentablemente, todos los presentes sabemos cuál termina siendo su decisión final la mayoría de las veces. Las revistas culturales, hay que decirlo, pertenecen a una élite: su número de lectores es, en efecto, una minoría selecta.

Para esta minoría trabajamos. Los que estamos en revistas institucionales tenemos bien definido el lector que buscamos. No digo que las revistas independientes no lo tengan. Lo tienen. Me parece pertinente retomar la comparación que mencioné hace unos momentos: las revistas universitarias son un círculo; las independientes, son un prisma. El lector de una revista universitaria es un lector académico, especializado. El lector de una revista independiente es, más bien, un neólogo, como diría Felipe Ehrenberg, una persona abierta a todo, aprendiz de todo, maestro de todo. Y esta diferencia se debe a que la revista independiente nace precisamente porque la revista institucional no abarca, por su especificidad, el campo reducido de la élite que le interesa más conocer que informarse. A pesar de ser pocos los lectores de revistas culturales, son diversos. La revista universitaria satisface a un sector de esa minoría, las revistas independientes, a otros.

Entonces, se escucha nuevamente el reproche. Pero esta vez no viene ni del editor ni del lector, sino del escritor, el que busca espacios dónde publicar su trabajo. Sucede que, de la misma manera que una revista universitaria tiene definido a su lector, tiene definido a su colaborador. En realidad cada publicación tiene su agenda, escritores de planta que corresponden a la línea editorial. No obstante, en una publicación universitaria la selección del colaborador es más rigurosa, pues está de por medio el prestigio de la institución que representa y una tradición de muchos años, en mi caso. Hay un canon no escrito pero que se infiere, que ha pasado de editor en editor, y que se respeta porque ha sabido mantenerse adaptándose a los nuevos tiempos. Así, las colaboraciones nuevas tampoco faltan y la publicación se enriquece, y en ocasiones, rejuvenece. Pero nunca se puede, no puedo yo, dejar de lado ese canon que me dice no diciendo lo que debe y lo que no debe entrar a la revista.

Sucede después que hay ciertos textos que no son compatibles, ya sea por estilo, temática, o porque no poseen la calidad que se requiere. El asunto se oscurece cuando aparece la censura. La censura me parece terrible. Por eso celebro la existencia de las revistas independientes que se posicionan frente al canon institucional que en ocasiones, censura. Recuerdo que en una ocasión, otra amiga mía quiso colaborar en una revista estudiantil del Tec de Monterrey, y mandó un cuento con temática homosexual. La revista se negó a publicarlo argumentando que el tema era muy fuerte. Lo que quiero decir es que para una revista institucional hay temas tabú. Una revista independiente es más abierta en esos sentidos, pero también depende de su línea editorial. El escritor tiene más opciones de posicionar su texto y eso me parece fabuloso. Es cuestión de tener claro qué tipo de lector busca y qué publicación le ofrece lo que otra no.

Por lo general las revistas independientes son el producto de una generación con inquietudes distintas a las establecidas por el canon. Suelen ser contestatarias y responden a una ideología determinada. Algunas, no todas, elaboran discursos críticos y sus propuestas apuntan hacia la inclusión: de otros escritores, de otros lectores. Lo difícil comienza cuando estas publicaciones se enfrentan a la siguiente problemática: si las revistas culturales en sí tienen pocos lectores, y de esos pocos se desprenden grupos que buscan otras lecturas, acercamientos alternativos a lo que ofrecen los medios oficiales de la cultura, grupos que son minoría en la minoría, ¿cómo logra sobrevivir una publicación independiente, en este sentido, en el de la lectura?

Como ya lo he dicho, las revistas independientes son un prisma que refracta la luz hacia muchos puntos. Y este prisma es versátil. Uno de los medios de los que se vale la publicación independiente es el formato. Actualmente, existen muchas revistas independientes en formato electrónico. Sus temas son específicos, lo que las ayuda a aparecer en los listados de las búsquedas por Google si uno escribe determinada palabra. Por este medio se garantizan lectores de todo tipo, no solamente gente especializada o inmersa en la cultura.

Pero lo común es que las publicaciones independientes también se editen en formatos impresos. Me gustaría referir una experiencia. Hace poco tomé un taller de edición de libros objeto impartido por Rocío Cerón, poeta y editora. A partir de las ideas establecidas por Ulises Carrión en El nuevo arte de hacer libros, Rocío nos mostró las posibilidades de presentar un texto en distintos soportes. Traía consigo varios ejemplos, entre ellos una revista. La revista estaba construida de la siguiente manera: la portada era una caja de cartón delgado, que se abría. Cada pasta traía una pestaña donde venían insertados varios papeles de distinto color, textura y tamaño, cada uno doblado de diferente forma. Al desdoblar el papel, te encontrabas con un ensayo, o con poemas, o con cuentos. Cada artículo tenía, así, su propia personalidad. Al principio esto me pareció poco práctico. Recuerdo haber cuestionado a Rocío acerca de la finalidad de una publicación así, si era de tipo social o de carácter estético. Luego comprendí que todo era parte del discurso de concebir la edición de un libro o de una revista como un acto de responsabilidad del autor, que debe producir su libro como una obra de arte total. La edición independiente permite hacer trabajos como éste que describo. Es una manera de posicionarse frente al canon que también impone formas.

Para terminar quisiera retomar la anécdota que referí al principio. Mi amiga me dice que quiere editar una revista y yo respondo que hay muchas, como queriendo disuadirla del intento. Luego ella me contesta con eso que he llamado el reproche, el que yo también puedo enunciar pero me lo reservo (aunque creo que en mi lectura han salido a relucir varios). Llegado a este punto, vuelvo a reflexionar sobre el hacer y el estar. Decía que yo sólo estoy, que me encargo de repetir lo que se ha venido haciendo desde hace muchos años. Pero eso no es cierto. Las revistas universitarias pasan por varias etapas, dentro del círculo que representan se desdoblan otros círculos que forman una cadena. Son una línea que gira. Estar en una revista universitaria conlleva una responsabilidad sincrónica, es un compromiso con el tiempo y su continuidad. No se repite, se reitera. El trabajo con que se elabora la revista trae consigo el peso de sus fundadores. Y esto no es malo. Es importante reconocer que la revista universitaria incide históricamente y que uno, como su editor, forma parte de su historicidad. El sólo estar suena injusto. Tanto una revista universitaria como una independiente se mueven, son cultura en movimiento. Ambas tienen la misma intención: fomentar la lectura, promover el pensamiento, la reflexión, el análisis crítico frente a la superficialidad del mundo.

He aquí la mayor de las coincidencias entre los dos tipos de publicación: la lectura. El fin las hermana no obstante las diferencias, los desencuentros. La intención es la misma: fomentar la lectura, otorgar conocimiento. Pero todavía en este aspecto pueden encontrarse piedras en el camino: las revistas culturales entorpecidas por el marketing de las otras revistas, y las revistas culturales oficiales contra las independientes. Al yo decir “hay muchas revistas”, me refería sobre todo a esto: somos tantas que nos quitamos oxígeno, nos desviamos en el juego de la competencia, del mercadeo, de la distribución. Peleamos puntos de venta. Pretendemos llenar vacíos y quizás los vacíos los inventamos nosotros. Quizás. Es una posibilidad.

El abanico es amplio. Por un lado es bueno, habla de un interés por hacer crecer los espacios de reflexión y análisis; pero por el otro considero necesario que las publicaciones, sobre todo las independientes, se comprometan más con su función, que la calidad de los contenidos sea digna de leerse y que no se quiera construir en el aire lo que evidentemente necesita de suelo, de una base. El conocimiento no es volátil, pero se mueve. Creemos publicaciones donde el conocimiento pueda existir.

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