De la pasión por encontrar el detalle

 

La siguiente es la relatoría del 2do. Encuentro de periodistas culturales del noreste, efectuado en Chihuahua. Fue publicada en la Agenda Cultural de agosto del 2007. Fue un buen viaje que me dejó la contemplación de un cuadro de Van Gogh y la amistad de Maggie Macías, reportera cultural de Saltillo.

A finales de los setenta, Iuri Lotman definía la cultura como la memoria no hereditaria de una colectividad, cuyo modelo se construye sobre el carácter ininterrumpido de dicha memoria. Ésta se encuentra latente en cada persona, es el trasfondo de su existencia; es base y apertura, vaso comunicante de las incontables realidades que la constituyen. Realidades como sueños, sueños semejando realidades, la intuición es la que permite dilucidar entre unas y otros, encontrar las verdades que no suelen ser tan evidentes, tan directas. La cultura es, sobre todo, implícita. Es un texto que se lee concienzudamente o no se lee por completo.

El periodismo cultural es precisamente eso: la lectura de la memoria, pero no sólo su lectura sino su reescritura. El periodista cultural se vale de la intuición primero y de la invención “de palabras que se reviran desde la colectividad que las ha asimilado”, después. Estas palabras, no las que reviran sino las entrecomilladas (que también reviran, porque el lenguaje siempre gira), fueron enunciadas en Chihuahua, durante el Segundo Encuentro de Periodismo Cultural del Noreste; y fueron emitidas por la voz de José Gordon, destacado periodista cultural mexicano, quien defiende esta noción de la memoria, rescatando a la cultura de su condición de adorno, de elemento decorativo. Una obra de teatro, un concierto, una lectura en voz alta, no están para “levantar” el gris devenir de los días oficinescos en los que se devora lo que José Gordon llama el periodismo epidérmico, el meramente informativo. No, son expresiones de esa memoria colectiva que lleva en sí el germen de lo esencialmente humano, expresiones de la imaginación, de los sueños.

Antes de continuar debo hacer una confesión: acudir a un encuentro de periodistas culturales me intimidaba, pues no soy periodista sino editora; y no soy editora en un periódico, sino de una revista literaria. Desconozco los avatares de un periodista, sus dolores de cabeza y sus instantes de alegría en los que logra elaborar esa primera línea. Claro, esto de la primera línea es un martirio para todo escritor, pero un periodista cultural no sólo lucha contra el silencio de su primera línea, sino con la interpretación de las líneas de cada texto cultural que trabaja. Debe detectar lo que destaca, el elemento que permitirá establecer el vínculo con el lector, el que lo hará voltear hacia las expresiones de la memoria. Porque el periodista cultural no sólo informa, no ve los eventos en su sincronía sino en su diacronía.

Pero me he desviado. Decía que soy editora, no periodista. No obstante, convivir con periodistas durante tres días me permite ahora completar mi labor como editora. Hay dos cosas que tenemos en común (seguramente son más, pero las que se revelaron ante mí con increíble claridad son las que enuncio) y es lo que José Gordon explicó como una de las labores del periodista: la edición de la realidad, reducirla, rascar a conciencia las historias que nos rodean. Y eso se logra detectando las resonancias, lo que suena más fuerte. Aquí es donde es pertinente introducir a Pablo Espinosa, editor de la sección cultural de La Jornada y otro de los exponentes del Encuentro. Él mencionó que el periodista cultural siempre debe estar a la expectativa del detalle, porque el detalle es el que otorga la certeza de la interpretación (a fin de cuentas, un periodista cultural interpreta lo que observa). Es lo que se puede denominar “rigor subjetivo”. Una nota de periodismo cultural no puede ser objetiva, no sólo por venir de un sujeto, sino porque se preocupa de la trayectoria, del desarrollo del evento, su historia. El reportero cultural es incapaz de aislar el instante y si lo aísla, cual Salvador Elizondo lo aborda desde todos los puntos de vista posibles, ya que una de sus funciones es ampliar el registro de mundo del lector.

Como editora, mi labor consiste en detectar, de acuerdo con mi rigor subjetivo, las interpretaciones más certeras del fenómeno literario. Mi elección no es arbitraria sino que está fundamentada en el conocimiento del detalle, en prestar atención a las resonancias. La cultura está plagada de ellas, y tanto un editor, ya sea de un periódico o de una revista, como un periodista cultural, debe estar atento a ellas. A riesgo de sonar tautológica, el editor que edita al editor, es decir, el jefe de la sección y el reportero, son videntes de enormes orejas, no monstruosos sino mágicos, casi místicos al estar en constante arrebato de la pasión por reportar las imágenes de los otros, los imaginantes. El periodista cultural captura los destellos de la imaginación, así como un editor selecciona los sucesos más plenos de su luz. Ambos contribuyen a iluminar, precisamente, la perspectiva del lector.

Para completar la idea de iluminación casi epifánica (por el hecho de revelar al lector de nota cultural el detalle, la resonancia) José Gordon habló de la composición de “mapas”. El periodista cultural, bebedor de todos los ámbitos, todólogo por oficio (no por ello menos preciso en su discurso), tiene la capacidad de dejar pistas en el camino del lector, las cuales ha tomado de la herencia colectiva ya mencionada, la que integra a la cultura. A través de sus palabras, el reportero cultural contagia la imaginación, contagia la memoria. La va develando por su capacidad de crítica, reflexión y análisis, actitud que no se traduce en un género discursivo, sino que se ejerce como voluntad.

Mencioné que hay dos cosas que siento tener en común con los periodistas culturales; la primera es la labor de edición de la realidad, la segunda es la relación entre reportero y artista. Pablo Espinosa fue quien se concentró en este tema la tarde del segundo día del Encuentro. Aunque mi trato con artistas se limita a trabajar con escritores y pintores (a comparación de un reportero cultural que dialoga con músicos, bailarines, promotores, directores, actores, y demás), los conceptos de vanidad y humildad utilizados por Pablo Espinosa me son pertinentes. Uno siempre debe saber hasta dónde es ético presentarte como el que tiene el sartén por el mango, ya sea porque eres el entrevistador o el que dictamina qué entra y qué no en una publicación. La vanidad es cegadora, obstaculiza la localización del detalle. Suponer que es posible abarcar con una mirada la totalidad de una expresión es un craso error, pero recurrente. Nunca se tiene la última palabra. Eso equivaldría a cerrar las posibilidades de diálogo. La comunicación entre artista y periodista, entre editor y escritor, es básica. Una entrevista es un acto de amor, se seduce con palabras que cuestionan, que buscan el detalle, para, a su vez, comunicárselo al lector. Se trata de una cadena cuyo éxito depende de la humildad del reportero, pues, como bien dijo Pablo Espinosa “la humildad permite el talento, deja fluir a la intuición”.

Y vuelvo a la intuición.

Ése es el punto de partida. Detectar con la intuición la intención del artista. Desentrañarla del entramado cultural, de las líneas de la memoria, e insertarla de nuevo en ella completada por otras líneas, las del reportero cultural, las del editor. Porque a fin de cuentas nos mueve la misma pasión, la pasión por localizar el detalle, la resonancia.

2 thoughts on “De la pasión por encontrar el detalle

  1. No desconoces tanto los dolores de cabeza de un periodista….😦 conoces los míos… =)
    Feliz idea la tener tu blog, mi querida editora de realidades, siempre es grato leerte.

  2. La primera línea

    Me topé con la enfermiza desidia del teclado y mis dedos disléxicos (torpes) la cabeza hueca de ideas concretas y el mensajero instantáneo que no deja de parpadear su luz anaranjada.

    Pero estoy aquí, mantengo los destellos De la pasión por encontrar el detalle (así te llamó tu creadora) y he tenido la suerte de encontrarte en la internet por invitación a la nueva modalidad de lectura: el blog. Gracias.

    Caí en la seducción de la talacha periodística cultural y el ojo crítico del editor que busca resaltar las ideas atractivas, si y sólo sí ese texto halaga la subjetividad de su personalidad compulsiva. Me recordaste lo que es andar buscando notas que satisfagan las exigencias del animal cerebral, llamado editor. El producto final llegará a la inteligencia a través de la mirada lectora que disfrutará de un trabajo concienzudo y sesudo (es como el orgasmo privado).

    El periodismo cultural: un desagüe de emociones, los espectadores empapan al reportero de vísceras con saliva de risas, llanto, odio, asco de animalidad, de fuego interno, de eso que guarda la entraña. El periodista cultural no tiene otra salida que ser el receptáculo del griterío de la gente, de aplausos mal intencionados para cantantes, actores, bailarines, músicos, pintores. Pero él tiene la espada, el poder de desenmascarar a los falsos profetas y reivindicar a los suyos y parar el desagüe o dejar que se desborde más.

    Ese detective, periodista cultural, guardará en su libreta los detalles, leerá entre líneas. Es un caminante con la responsabilidad de mostrar subjetividad… se le da permiso. No cualquiera tiene ese pasaporte. Es el pase a la felicidad a través del análisis desde la intimidad de una computadora, grabadora en mano con la voz en vida de alguno que se atrevió a pensar en voz alta, compartió el escarnio, su visión de la realidad o de la felicidad.

    Eso me provocaste, De la pasión por encontrar el detalle.
    Te nombro el vocativo para invocar al periodismo cultural y desenterrarlo. Ya sabes, lo discriminan por ser libre.

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