Evocaciones de suave aspereza

Esta es la reseña del libro Agridulce el recuerdo, de Jorge Cantú de la Garza, con la cual obtuve el 2do. lugar en el primer concurso de reseña Árido Reino convocado por Conarte. 

Evocar es el remedio contra las corrosiones de la memoria. Es reconstrucción pausada de recuerdos, pausada por tranquila, porque el pasado nunca tiene prisa por reaparecer, aunque siempre tiene miedo del olvido. Los recuerdos oscilan desde el pasado hacia el presente, temerosos de la urgencia de la nada, esperando el llamado de la memoria. Evocar es invocar al recuerdo como se invoca a la musa: su soplo se espera en secreto, soplo que conmociona y transporta al espíritu a otro espacio, a otro tiempo; aliento de imágenes dejadas atrás. Así entendido, evocar es un acto poético y los poemas son las evocaciones del poeta.

Agridulce el recuerdo de Jorge Cantú de la Garza es, más que una selección de poemas, un conjunto de recuerdos vívidos de tan revividos en las postrimerías de una vida. Desde el principio del libro, el poeta rememora:

No fuimos personas comunes y corrientes.

Durante muchos años tuvimos diecinueve años.

Propensos a la disidencia y al escándalo

ejercimos el desdén hasta la indiferencia.

(De vida irregular)

Pero no solamente hace memoria de aquello que fue sino también de todo lo que está siendo, porque el presente no dura más que unos segundos. Agotado su tiempo, se convierte en recuerdo, objeto de evocaciones. Los poemarios que integran a Agridulce el recuerdoDe vida irregular, Ajuste provisional, La noche por delante y Armas de nacimiento– resultan una eterna remembranza, un perenne ir retrocediendo, avanzando cada día con la nostalgia de tener siempre menos vida por delante. Y no obstante todo esto

Hay que vivir. Aunque la vida

sea como un puño entumecido

por no haber golpeado a tiempo,

aunque parezca que nunca más, que nunca más,

hay que vivir.

(Vivir [Canción para conjurar a la muerte])

El poeta no quiere olvidar, por eso evoca. Ése es el fundamento de su poesía: la evocación de la vida. Pero ésto no debe entenderse como un idealismo ciego del pasado o como un canto optimista sobre la cotidianeidad de los días. No, la vida que evoca-invoca- Jorge Cantú de la Garza es la vida que golpea, la que sangra a los cuerpos, la que duele; pero también es la que ilumina y que es dichosa en amores y libertades: la vida típica, la vida estándar, la que sucede en realidad en este mundo. Esa conciencia tan precisa del claroscuro de la vida es lo que conmueve, porque a pesar de ser un asunto muy conocido –y quizás obvio-, pocas veces se encuentra a una persona que lo acepte y que lo viva plenamente, o, por lo menos, lo acepta y lo vive en la poesía. Así, Cantú de la Garza va componiendo sus recuerdos, rememorando su historia, historia agridulce, de zumo ácido que gotea en las heridas que no cierran, intolerable, raspando hasta la médula de tan áspera; historia de miel y de azúcar que, dócil, se desliza por las formas enloquecidas del recuerdo para mitigar su acerbidad, para dulcificar un poco lo agrio, aunque eso implique que lo dulce se vaya agriando. El recuerdo vuelve a la memoria como un sueño, fantasma de un cuerpo que ya no existe porque ha envejecido.

Qué agridulce puede ser entonces el recuerdo

que nos conduce a la tierra de ayer,

que no existe.

(Despertar)

La ambivalencia de las sensaciones que produce el recuerdo no se debe únicamente a su origen trágico o dichoso. El recuerdo, al ser evocado, llega cubierto de nubes, opaco. Rara vez se manifiesta con fidelidad, porque

Una raza de hormigas medra

en la memoria; rompe paisajes

y palabras

(Restauración de la memoria)

Estas hormigas representan la plaga de la incertidumbre. La duda muerde a la certeza, a la verdad. La condición agridulce del recuerdo también se refiere a su ambigüedad. Las evocaciones-poemas de Cantú de la Garza fluctúan de la incertidumbre a la certeza, y son agrias no cuando son tristes, sino cuando son imprecisas, cuando la corrosión las quiebra; y son dulces cuando son diáfanas, cuando la aspereza se torna suave de tan clara y el poeta se alegra de no haber olvidado ese fragmento de vida sin el cual no sería lo que es. Con la palabra evoca la imagen, y los poemas se van fijando en la hoja con la misma naturalidad con la que las imágenes aparecen en la memoria; sus palabras son sencillas, directas, sin pretensiones connotativas. Y el verso, verso libre a fin de cuentas, las acomoda al azar, cortándolas, deteniéndolas; pero sobre todo, embelleciéndolas al tornarlas elementos de alegorías. De este modo, la incertidumbre y la certeza se expresan en la construcción del poema: en el acierto de las palabras y en el errar incierto del verso.

Agridulce el recuerdo termina, sin embargo, con la certeza de la muerte: un tigre persigue al poeta. Pero no por ello la vida se agota. Más allá de cualquier idea metafísica, Cantú de la Garza propone, sin quererlo quizás, la continuidad de la vida en la muerte a través de la evocación de la existencia. Uno no muere hasta que es olvidado, y mientras alguien recuerde, mientras alguien cometa el pecado venial de ver viejas fotografías, no habrá muerte definitiva. Menos aún si lo que queda de la memoria de una persona son sus palabras. Evocar es, entonces, un acto poético. Jorge Cantú de la Garza ha dejado como herencia las evocaciones de su vida, una vida como cualquier otra. Y por eso, aunque no sólo por eso, hay que leerlas.

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