Graphé o el arte de la escritura

Hace dos años, para mi gran alegría conocí a Rosario Guajardo y Raúl Óscar Martínez, grandes artistas plásticos de Nuevo León, reconocidos internacionalmente. Este texto es uno de los varios que escribí para la obra de Raúl Óscar Martínez (los demás se encuentran en su página oficial: http://www.rauloscarmartinez.com/).

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Graphé o el arte de la escritura

por Jessica Nieto

1

Yo no soy lo que escribo. No soy ni la voz detrás de las palabras, ni su alma, ni su aliento. Soy un simple instrumento, esclavo rendido y obediente enamorado de literatura poseído. Con violencia, con arrebato, la poesía se metió en mi cuerpo en furores exaltados, y por eso ahora sólo escucho en mi cabeza los sonidos de su voz. Yo no soy lo que escribo, soy otra cosa. Si fuera lo que escribo sería agua, estela de lágrimas, llanto de corales; sería vino, zumo de todas las hierbas, de todas las frutas, de todas las flores; sería licor para ser bebido, no este cuerpo seco que me agobia. Si fuera lo que escribo, no tendría que dar la cara en las tertulias literarias, ni en las lecturas ni en los congresos; no tendría que enfrentar a la crítica esgrimiendo argumentos vanos; no tendría que firmar con mi nombre tantos libros; y no necesitaría construirme este semblante de hombre de letras, porque yo mismo sería las letras. Yo no soy lo que escribo, eso es otra cosa. Es el grito de la voz en mi cabeza cuando sale a respirar un poco de aire, porque dentro de mí se está sofocando. Exhala su asfixia de palabras ahogadas. Así me dicta poesía. Entonces escribo un libro, gano premios, me cuelgan medallas y organizan cátedras en mi nombre. Mi nombre. Si sólo fuera por eso. Mi nombre es la única palabra que me pertenece. Pero las demás no son mías, son de otro, de todo el mundo, pero nunca mías. Para que sean mías necesito quitarme el traje y andar desnudo. Y aunque fueran mías, nunca seré lo que escribo. Porque sí, escribo, pero por una ráfaga de viento, por el azar, yo que sé, por el destino. Por esa voz que no me deja, la voz de mi cabeza; la que es yo sin ser yo mismo. No, yo no soy lo que escribo. Soy, simplemente, un escritor.

2

En el principio fue el sonido. Vibración de cuerdas vocales. Un leve soplo fue suficiente para romper el caos original del mundo y quebrantar su silencio de tempestades. El sonido dio inicio a la creación. No, en el principio no fue el verbo. Antes de la palabra, antes de la letra, fue el sonido. Sonido viajero, ondulante; sonido de mar, de cielo; sonido de piedra que cae por el despeñadero. Sonido de tierra, de raíz viva, del limo con que se esculpió al primer hombre. Primero el sonido. Libre. Exento de formas. Oculto en el aire, pasó de continente a continente, de pueblo en pueblo, de persona a persona. Nadie lo vio nunca, pero todos lo oían silbando sílabas, palabras. Allá va el sonido oral, hijo de la boca, cantando canciones vírgenes de gramáticas. Hasta que un día, el sonido comenzó a ser perseguido. Hombres de distintas culturas lo atraparon en todas partes y lo sujetaron a las formas de sus idiomas: lo ataron a las letras, grafías asesinas del sonido musical del hombre primitivo. Acabó el grito, el gemido, el tarareo. Inició la conversación civilizada. Inició la escritura, sonido sintagmático, canto materializado. Un remedo. La letra no es voz, es vana imitación, eco débil y confuso. Encarcelado en alfabetos, el sonido se volvió taciturno, tímido, temeroso de salir sin ser requerido. La escritura es el sonido puesto en cintura. Pero no contaban con la poesía. La poesía que no es nada sin la lira, sin el canto, sin la insurrección del sonido. Sonido liberado de la forma por la misma forma que lo sujeta. Eso es la poesía.

3

Porque sí. Por el sueño diurno de los gatos. Por el claro de luna que enamora a los románticos. Por mi anhelo de ser Quijote. Porque me aburro. Por el muro que circunda mi casa. Por la falta de puertas y ventanas. Porque todo escape resulta imposible. Por el perdón que no soy capaz de otorgar. Por Dios ausente en mí, o Dios carente de mí. Por sentirme dios yo mismo, dios con minúscula. Por hereje. Por anatema. Por apóstata. Por ser creador, no creativo. Por creer en lo que creo. Por mi creación vertida en papeles, creación de universo gráfico, garabateada, desdibujada, que nunca termina de cuajar. Por todo lo que no he apuntado en viejos cuadernos vacíos amarillos de espera. Por las palabras que nunca diré. Por no hablar. Porque le temo al balbuceo. Porque siempre divago. Por no tener lengua ni labios, pero sí una voz de pluma entintada. Por el lenguaje. Por amor. Por soledad. Por las posibilidades. Por lo que debiera haber sido. Por las ensoñaciones que matizan mi vida. Por mi vida. Porque no estoy satisfecho. Por estas razones que resumen mi poética. Por la literatura. Porque es lo único. Porque no hay nada más. Por los libros que he leído. Por gratitud. Por la escritura. Por la marca indeleble de su presencia. Porque la voz se pierde, cambia, enmudece; mientras la letra, estática, renace en el instante en que se lee. Por mi empeño en ser eterno. Por mi niñez. Pero sobre todo por las palabras. Por las palabras que algún día escribiré… seré escritor.

4

Y al final, sólo el texto permanece.
Solitario documento de frases calladas.
Testimonio escrito de un pensamiento.
La escritura es lo que queda fijo para siempre, en silencio.
Las letras son sonidos mudos, residuos de la voz de un poeta muerto.
Sólo el texto permanece.

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