The Mimosa Tree

Cuando tenía nueve años leí una de mis primeras novelas, La mimosa (The Mimosa Tree, 1970), de Vera y Bill Cleaver, traducida por Marta Sansigre para Biblioteca Juvenil Alfaguara/Salvat en 1988. Ésta colección, dirigida por Michi Strausfeld, lamentablemente dejó de existir, para incorporarse a Alfaguara Infantil y Juvenil. No quiero ahondar en lo que se ha convertido. Aunque mantiene autores importantes como Roald Dahl, Christine Nostingler, Michael Ende, supongo que por razones comerciales le apuestan más a novelas de ciencia ficción y terror, y a libros de “entrada a la adolescencia” como Viaje al primer beso, Hechizos para ligar o Vacaciones sin besos. Me impacta ver el catálogo actual, cuando yo a los nueve años, en 1991-2, leía esta maravillosa colección que editaba verdaderas novelas, historias ubicadas en contextos reales, con problemáticas humanas profundas. La mimosa es una de ellas (que está de más decir que ya no se edita).

En el instituto donde estudiaba la directora improvisó una biblioteca y varios de los títulos que la componían pertenecían a Biblioteca Juvenil Alfaguara. Debí haberlos leído todos. Pero fue La mimosa la que verdaderamente me conmovió. Los demás, entre ellos Charlie y la fábrica de chocolate, los leí por lo menos dos veces; pero La mimosa es de ese tipo de historias que si la hubiese releído a esa edad, seguramente hoy sería otra persona. Y la sospecha de esa modificación de mi mismidad debió aterrarme, porque al regresar el ejemplar, todavía con muchas de sus frases en mi cabeza, para mi siguiente lectura elegí un libro ligero, algo gracioso, algo con luz. Porque La mimosa es, sobre todo, una historia triste, de miseria, de muerte.

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Todo ocurre en Chicago. Marvella es una chica de 14 años que vive con sus hermanos y su padre en Goose Elk, Carolina del Norte. Al morir su madre, su padre se juntó con Zollie, una mujer deslumbrada por la urbe y los convence de mudarse a Chicago. Antes de partir y al inicio de la novela, Marvella y su padre presencian la muerte del último de sus cerdos:

El último de los cerdos de los Proffitt agonizaba bajo el sol de la tarde. Estaba echado de lado en el barro negro de la pocilga, tratando de hacer entrar aire en sus pulmones envenenados. Cada inspiración era una lucha y, cuando expiró, rodó de lado, emitió un sólo chillido, hubo un temblor en sus ojos blancos y apagados y por fin se quedó inmóvil.

Esta imagen primera, la agonía del cerdo enmarcada por la miseria, la inutilidad de sus esfuerzos en el lodo, es un preámbulo de los pesares venideros de los Proffitt en la ciudad. Con el cerdo morían sus esperanzas en el campo, pero no nacía nada, sólo el impulso de huída, que siempre aflora cuando nos enfrentamos a la nada. Marvella, que dibuja círculos en la tierra con su pie descalzo, observa la otra nulidad, la de su padre, ése que debía protegerlos es el más yerto de los seres. “‘Es mi padre y el de los cuatro pequeños’, pensó Marvella, ‘y no sabe lo que nos conviene. ¿Por qué?'”.

El cuestionamiento de Marvella es uno de los fundamentos de la novela. El contexto de pobreza es sólo un pretexto para evidenciar la fragilidad de las relaciones padre e hijo, para evidenciar la ausencia terrible del padre, su cómoda tendencia de mirar a otro lado.El padre de Marvella, es, además, ciego. Cuando arriban a su piso en Chicago, Dorman, el padre, le pide a Marvella que le diga qué es lo que se ve por la ventana. La muchacha sabe que Dorman espera escuchar que hay árboles, flores, pájaros. Entonces le dice: “Hay una mimosa. Es enorme. La más grande que he visto en mi vida.”

La familia se instala. Zollie le consigue un trabajo a Marvella en una joyería. Mientras, sus hermanos menores se alían con Frank y Mario, un par de niños de la calle que se dedican a robar. El robo en sí no es lo terrible. Lo terrible es la enfermedad de Mario: sufre de ataques epilépticos. El panorama de desolación de estos niños se subraya con la falta de salud, con la incapacidad de ser plenos. Todavía el robo supone agilidades y destrezas, vitalidad. Pero la enfermedad es el corte de la vida, algo que Vera y Bill Cleaver quieren dejar claro: la desecación del ser humano, la frustración del ser por motivos sociales, la falta de dinero, de educación. Primero nos presentan la ceguera de Dorman, luego los ataques de Mario.

-Está enfermo -dijo Frank-. Y alguien tendría que hacer algo. Pero no hay nadie. Ya has visto a su madre.
-Quizá no sea culpa suya. Quizá no tenga dinero.
-Dinero -dijo Frank-. Siempre el dinero. ¿Por qué?

El abandono redondea la noción de la muerte. Un buen día Zollie se va a trabajar y no regresa. El padre ciego se queda con los niños y Marvella. Justo entonces, sucede la muerte de Mario. Cuando leí el libro de niña (y no lo volví leer sino más de 10 años después cuando encontré un ejemplar en los libros usados), la narración de la muerte de Mario me dejó helada. Por años la tuve presente y todavía la tengo. Una tarde que Frank, Mario y Hugh, uno de los hermanos de Marvella, caminaban por la ciudad, Mario empezó a bromear sobre su muerte. Frank se encolerizó, diciéndole que eso no era gracioso. Mientras Mario se sonreía, le sobrevino un ataque. No cayó sino que tambaleó hasta tropezar en una acera, donde se golpeó la nuca. Frank y Hugh se acercaron a él. Lo que sigue, las últimas líneas de ese capítulo, son las que por alguna razón no pude sacar de mi cabeza:

Agachado en el bordillo junto a su amigo muerto, Frank lloraba. Su largo pelo negro le caía sobre la cara y decía:
-Ya te has muerto, Mario. Ya te has muerto.

Pero lo más fuerte está por venir. Los Proffitt esperan apoyo del gobierno, una pensión por la discapacidad del padre. El hambre y la miseria los agobian, y la muerte, anunciada desde el principio, reaparece. Llegado de la calle, Hugh le refiere a Marvella cómo Frank intentó asesinar a su madre empujándola hacia un autobús. Frank ni siquiera se acongojaba. Aquí es donde se descubre que Frank es el símbolo de la muerte y de la negación, lo oscuro de las ciudades, lo que perturba. Marvella reflexiona y decide, lo decide ella porque su padre no existe, regresar a Goose Elk. Antes de irse, le dice a su padre: “No crece ningún árbol aquí. Ni mimosas ni de otra clase. Fue una cosa que inventé.”

El engaño de Marvella se había convertido en su espejismo. Al mentirle al padre se mentía a sí misma, creyendo que la huída, producto de la contundencia de la nada, de la muerte del cerdo, supondría el mejoramiento de su existencia. Pero el padre seguía ciego y ella seguía sin comprender cómo era posible que siendo su padre pudiera ser tan ajeno, tan otro, tan espejismo él mismo.

3 thoughts on “The Mimosa Tree

  1. CUANDO YO LEI ESE LIBRO, TENIA , MAS O MENOS LA MISMA EDAD (NUEVE AÑOS) Y ME ENCANTO.
    DESGRACIADAMENTE MI EJEMPLAR TUVO UN DESTINO MUY TRISTE: MI HERMANA QUE ESTABA MOLESTA CONMIGO LO TIRO A LA BASURA Y CUANDO LO CONFESO YA ERA MUY TARDE PARA LOGRAR RECUPERARLO.
    HACE UNOS TRES AÑOS QUE SENTI MUCHOS DESEOS DE VOLVER A LEERLO Y LO HE BUSCADO PERO SIN EXITO. NO HABIA ENCONTRADO GRAN COSA EN INTERNET HASTA ESTE ARTICULO, DE CUALQUIER MANERA SI ALGUIEN SABE DONDE LO PUEDO ADQUIRIR, AGRADECERIA MUCHO LA INFORMACION.

  2. no manches! yo lo lei cuando tenia como.. 11 o 12 y desde esa edad comenze a leer como un libro por semana pero definitivamente fue de mis preferidos! hace tiempo busque en internet el libro pero no lo encontre … ni modo! algun dia lo conseguire!

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