L’amor che mouve il sole e l’altre stelle

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Entonces uno se agota en el amor. Se queda vacío con los ojos fijos en la contemplación de los mejores años de su vida anulados, porque son éstos y no otros los que uno pierde siempre. Ante tal convicción resulta comprensible lo incierto del futuro cuando se carece. Ya no está el otro, es lo único cierto, y no obstante, esa certeza no funge como paliativo: no cura, no nada. No es capaz de resolver el silencio que circunda cuando ya nadie nos llama y el nombre se convierte en un estorbo, en un sinsentido. ¿Qué importa el nombre si ya no será nombrado? La angustia se expande con el anonimato. Contra la llegada del silencio, el sonido de la soledad, sólo restan las palabras, las del enamorado hacia el amado, porque por más agotado que se encuentre, el que ama siempre está dispuesto.

Esta disposición al amor en contra del silencio la observo en dos poemas del siglo XIX: Sonetes of the Portuguese, de Elizabeth Barret Browing y The Vampire, de Rudyard Kipling. Los dos representan la voz del que sobrevive al amor como agonía, el que sólo es posible cuando se entiende como ascención mística. Únicamente una gran dicha puede devenir en gran dolor. Es una concepción romántica, sí, cercana a Goethe y su Werther, prototipo del amor frustrado. Sólo cercana, porque difiere en el desenlace: el amor puede truncarse pero nunca el ser humano. Frente a la muerte de Werther se yerguen opciones de vida. El amor es, por mucho, una elección: uno elige amar o no hacerlo. Amar es una toma de postura y el hecho mismo de continuar amando no obstante el desamor supone, por supuesto, otra toma de postura. En este sentido, no puede haber mayor afirmación del ser que la asunción de la responsabilidad de un amor.

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Elizabeth Barret Browing compuso 40 sonetos a su amor. El primero, al final, dice: “…a voice said in mastery, while I strove, / ‘Guess now who holds thee?’ ‘Death’, I said. But there,/ The silver answer rang, ‘Not Death, but Love’.” Se confunde a la muerte con el amor: ambos estados representan conmociones del ser, una fatal, la otra vital. Lo que los asemeja es su potencia, el influjo definitivo con el que alteran la existencia de quien los padece. Aunque esto no es muy exacto: ¿la muerte se padece, el amor se padece? Desde cierta perspectiva sí: antes de fallecer, se sufre; después del amor, también. El daño antecede y precede los dos momentos más contudentes de la existencia de cualquier persona. Elizabeth Barret insiste a lo largo de sus 40 sonetos: ella ama consciente del dolor:

How do I love thee? Let me count the ways
I love thee to the depth and breadth and height
My soul can reach, when feeling out of sight
For the ends of Being and ideal Grace.
I love thee to the level of everyday’s
Most quiet need , by sun and candle-light
I love thee freely, as men strive for Right;
I love thee purely, as they turn from Praise.
I love thee with a passion put to use
In my old griefs, and with my childhood’s faith.
I love thee with a love I seemed to lose
with my lost saints. I love thee with the breath
smiles, tears, of all my life! And, if God choose,
I shall but love thee better after death.

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The Vampire, de Rudyard Kipling, es, para mí, el poema maestro de la disposición del amor, el que ha dado todo sin obtener nada. El empeño de una vida, la que se vive en función del amado, se nulifica ante la indiferencia. El tonto del que habla Kipling somos todos, porque a pesar de regresar siempre a casa con las manos vacías, persistimos en ofrecer lo que tenemos de sobra y no es tangible. Una vez escuché: “No tienes amor y quieres dárselo a alguien que no lo quiere”. Esto es lo que leo en The Vampire.

A fool there was and he made his prayer
(Even as you or I!)
To a rag and a bone and a hank of hair,
(We called her the woman who did not care),
But the fool he called her his lady fair–
(Even as you or I!)
Oh, the years we waste and the tears we waste,
And the work of our head and hand
Belong to the woman who did not know
(And now we know that she never could know)
And did not understand!
A fool there was and his goods he spent,
(Even as you or I!)
Honour and faith and a sure intent
(And it wasn’t the least what the lady meant),
But a fool must follow his natural bent
(Even as you or I!)
Oh, the toil we lost and the spoil we lost
And the excellent things we planned
Belong to the woman who didn’t know why
(And now we know that she never knew why)
And did not understand!
The fool was stripped to his foolish hide,
(Even as you or I!)
Which she might have seen when she threw him aside–
(But it isn’t on record the lady tried)
So some of him lived but the most of him died–
(Even as you or I!)
“And it isn’t the shame and it isn’t the blame
That stings like a white-hot brand-
It’s coming to know that she never knew why
(Seeing, at last, she could never know why)
And never could understand!”

Esta disposición romántica al amor, a pesar del dolor que conlleva, termina siendo la más realista, lo que naturalmente ocurre cuando el final es inminente y ese afán de ser amado se trunca y ese amor inmenso que mueve al sol y a las estrellas se petrifica en un instante que determina nuestra existencia.

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