On the cab

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Desde hace un par de años mi uso del taxi se ha incrementado. A diferencia de otro tipo de transporte, el taxi resulta completamente cosmopolita. (El metro alcanza un grado de cosmopolitismo, pero le falta el paisaje citadino en sus ventanas, contextualizarse en la ciudad y no por debajo de ella: yo me siento más en la ciudad si la tengo constantemente en los ojos.) Ir en un taxi implica un desplazamiento personalizado: no se viaja en una ruta colectiva, se viaja en mi dirección, la que yo requiero y la que yo decidí. Al subir doy las indicaciones y me acomodo en el asiento trasero, por supuesto, nunca el del copiloto, porque uno de los encantos del taxi es la distinción entre el chofer y el pasaje. No porque uno sea más que el otro, sino porque la idea de ser llevado no es completa sin ésto. Hay algo de misticismo en la dinámica entre chofer y pasaje. Muchas veces nunca nos vemos las caras, sólo escuchamos nuestras voces. Porque si hay algo que los taxistas con vocación saben hacer, es conversar.

Cuando un taxista conversa yo lo observo desde atrás, escucho su voz y veo sus ojos mirándome por el espejo retrovisor. Él puede verme todo el tiempo pero yo no y eso me parece fascinante; porque él, al verme, deduce si debe abordarme, contarme lo que le duele, lo que le alegra, o bien, guarda silencio y sólo me lleva, sin mirarme.

Lo mejor es encontrar un taxista que no se quede callado. Que te lo diga todo en el breve momento de tu transportación: que te suelte la verdad iluminadora que necesitas, porque por alguna razón, sí, también mística, el taxista comienza a hablar exactamente de lo que te ha estado atormentando a lo largo del día. Esto me ha pasado incontables veces y de diversas maneras. En una ocasión paré un taxi en la avenida Revolución justo después de haber estado en una reunión donde todos evadían la realidad de la manera más increíble (al menos para mí): jugando un juego de mesa. Al detenerse el taxi, observé al chofer: gordo, bigote tupido, sombrero vaquero, camisa de cuadros: todo un prototipo del macho de rancho. Me subo y encuentro que está escuchando a Rocío Dúrcal a todo volumen. Luego empieza a cantar emocionado, al borde del llanto, y me dice, con una voz de loca maravillosa “Es que Rocío es la mejor, la única”, y siguió cantando, con su finta de hombre muy hombre y su voz de deidad encarnada. Drag queen atrapada en el cuerpo de un taxista vaquero. Después de haber pasado horas en una especie de burbuja teenager, toparme con esta loca fue un alivio: verla en toda su felicidad cantando, porque sabía que yo no iba a juzgarlo, que no tenía que pretender ante mí. Fuimos platicando sobre Rocío y al llegar a mi colonia me preguntó: “A ver, ¿dónde mero vives?”, porque luego sucede que los taxistas no quieren subir hasta mi casa por el estigma de la colonia Independencia. “Pues vivo más arriba”, le digo. “Ay, pues te llevo hasta la puerta de tu casa. ¿A poco crees que te iba a dejar tirada?”. Cuando me bajé lo observé alejarse con la risa y el canto.

Un tema recurrente de los taxitas es el amor. Te preguntan si tienes novio. A partir de tu respuesta exponen su opinión, no sin referir su propia experiencia. Una noche, al tomar un taxi, cuando el taxista me hizo esta pregunta, yo contesté: “No, no tengo novio, prefiero ahorrarme la pena”. El taxista emitió un hondo suspiro y me dijo: “No se crea, habemos hombres que queremos bien. Yo ahorita estoy bien enamorado de una señora, pero ella me dejó, me corrió de la casa, estoy viviendo en el carro, en la cajuela traigo mis cosas.” Yo le pregunté que había pasado, y me contestó: “Es que le fueron con mentiras de que yo la estaba engañando, pero le juro que no es cierto, yo la amo sólo a ella, ella es todo para mí, yo la acepté con sus hijos, que son mis hijos aunque no sean míos, y se lo he dicho pero no me cree.” Se le quebraba la voz. Yo estaba profundamente conmovida y avergonzada por mi primera respuesta. Luego me contó cómo la había conocido, el día que la vio por primera vez, cómo había luchado por estar con ella. “Ahorita voy a ir a verla, no me importa que sean las tres de la mañana, voy a ir a verla y voy a insistirle: yo la amo y quiero estar con ella porque yo quiero que ella sea mi mujer, la de toda la vida.” Al llegar a mi casa, antes de bajarme le dije que me había devuelto un poco de fe y que fuera en pos de ella, que le echara ganas, que sólo por haberme contado su historia merecía que ella volviera con él. El taxista sonrió y me dijo “Muchas gracias, señorita, sus palabras me dan mucho ánimo”. Y se fue, enamorado. Y yo pensé que ese día había valido la pena porque un taxista me había contado su historia de amor.

Ayer también tomé un taxi. El chofer me hizo la misma pregunta, que si tenía novio. De nuevo, dije que no. “Pero cómo, si usted tiene muy buen paso”. Me reí. “De verdad, me dijo, lo que sucede es que usted debe ser muy exigente, pero seguro tiene como cuatro cacheteando las banquetas por usted, y usted ni en cuenta”. La coquetería de un taxista es como magia, precisamente por el hecho de que te miran por el espejo, no de frente. El halago llega desde y por el reflejo y queda determinado por su unicidad, porque es poco probable que yo vuelva a estar sentada en ese taxi con ese taxista. Luego le comento que quedé de verme con un amigo. Él insiste: “¿Y ese amigo no le gusta?” “No, como cree, es como mi hermano menor.” “¿Y eso qué? Nunca diga de esta agua no beberé. O mejor, nunca diga que no. El no es una palabra que no debería existir.” “Bueno, en ocasiones es necesaria”, repliqué. “No, nunca lo es. Una cosa es decir que no y otra cosa es (y se señaló la cabeza) actuar con inteligencia.” Yo me quedé callada. Tiene toda la razón. Fue una de esa verdades que sólo los hombres que andan en las calles pueden decir con tanta claridad.

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En un momento de la plática, el taxista me dijo: “Que a toda madre es usted, usted sí se cotorrea, no como otras que son bien fresas y nada más se sientan y van calladas todo el camino.”

3 thoughts on “On the cab

  1. por lo general me ando en coche, pero cuando tengo que subir en taxi es un alivio no manejar. el tráfico me pone de mal humor pero cuando no soy yo la que tiene que torear a los otros me es más llevadero. sin embargo, me parece que yo estoy en la catagoría del silencio en el taxi. aprovecho para pensar en cualquier cantidad de cosas, o más bien para olvidarme de cualquier cantidad de cosas.

  2. Ah, qué chidas historias de taxistas. A mí una vez uno me contó cómo sacó a su novia (y me hizo la aclaración de que era su novia, porque su esposa era otra cosa) a empujones de un bar “de ésos donde tiene que andar enseñando”. Cómo se la llevó a la presa de la Boca para que “lo contentara”. Al final, pues “le di sus chingazos y la dejé tirada ahí en la presa (a las tres de la mañana) pa’ que aprenda”. Justo cuando terminó la anécdota, pasamos al lado de la iglesia que está frente a casa de mis papás y, obvio, se persignó como buen católico que era.

    Otro me contó del plan que tenía para poner una escuela de taxistas, donde les iba a poner el Discovery Channel y así fueran cultos y tuvieran buena conversación con el pasaje.

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