All the elephant people

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Uno no suele pensar en las deformidades del cuerpo. Claro, porque no las padecemos. Poseemos los ligeros defectos físicos que nos angustian pero que con facilidad ocultamos, ya sea con ropa, un buen corte de pelo, maquillaje, ejercicio. Nada del otro mundo. Pero cuando la deformidad es cotidiana, no porque sea nuestra sino porque la vemos a diario, algo sucede: el esteticismo se nos derrumba, se burla de nosotros en nuestra cara: nos presenta un cuerpo alejado del canon con tal persistencia que se torna armónico. Esto se me viene a la mente porque justo estoy leyendo La guerra del fútbol de Ryszard Kapuscinski, serie de reportajes de principios de los años sesenta. Durante su estancia en el Congo, Kapuscinski conoce a varios locales, entre ellos la hija del dueño del hotel donde se hospeda. La niña tiene diez años y no puede caminar ni hablar, se arrastra a gatas emitiendo sonidos guturales. Kapuscinski no lo dice pero se infiere la atrofia de su cuerpo, la fragilidad de sus miembros y el gesto de un rostro que quiere hablar y no puede. Todos en el hotel están acostumbrados a su presencia. Ya no notan su deformidad como algo subnormal (como la califica el periodista), sino como un elemento más del día a día. En este momento pienso que uno debe educar sus ojos para todo, para apreciar lo bello con toda su fealdad implícita y lo feo con todo lo bello que conlleva. Sí, sí, terrible lugar común. Sin embargo, así es. Recuerdo mucho una ocasión en que iba hacia mi casa de la Universidad y subió al camión un sujeto con un acordeón. El tipo era muy alto, fornido, de cabello largo y lacio e intensamente gris. Tenía el rostro deforme, uno de sus dos ojos quedaba casi alineado con su nariz y su boca, como si hubiesen tomado uno de los lados de su cara y lo hubieran arrugado, dejando todo junto. El hombre empezó a cantar, tocando una serie de tangos con su acordeón. No recuerdo haber escuchado, ni he vuelto a escuchar, a un mejor trovador urbano -además, ha sido la única vez que me ha tocado escuchar tangos en un camión. El contraste era impactante: el caos de su rostro musicalizado con su hermosa voz.

Los tangos eran, por supuesto, sobre intensos temas de amor.

Hasta hace unos días, cuando me iba en autobús al trabajo (ahora tomo el metro), entre los conocidos anónimos que solemos tomar el camión a la misma hora, se encuentra una mujer también con el rostro deforme. Al verla, me impacta la capacidad del rostro de perturbarse sólo de un lado, dejando el otro intacto. Todos la saludan y ella sonríe. Es amable. Pero si se la observa desde el lado afectado, aunque por el otro se le vislumbre la sonrisa, éste permanece sombrío, inexpresivo.

Hay otra mujer que veo a diario. Se dedica a pedir limosna a las afueras de la Basílica de Guadalupe. Tiene las piernas demasiado cortas y encontradas, de manera que camina apoyándose sobre el costado de sus pies. Siempre que paso me pide una ayuda, como lo hace con todos. En ocasiones la he visto subiendo hacia la loma, con un paso lento y esforzado. Se detiene para descansar y luego continúa. Ella me mira. Seguro me reconoce: soy la que nunca le da una ayuda, la que nisiquiera la voltea a ver.

¿Y por qué no la miro? Por lo mismo que comentaba al principio: porque uno ya no nota la deformidad, ya no percibe la fealdad. Estoy consciente de ella pero no me escandalizo. Lo más que ocurre es que me conmuevo, como con el hombre que cantaba tangos. Su sensibilidad trascendía su presencia. Justo ahora recuerdo la historia de El hombre elefante, Joseph Merrick, cuyas deformidades no pudieron contra su inteligencia y sensibilidad. Era grotesco pero delicado, con un gusto refinado y maneras educadas. Demasiado femenino. Y es aquí donde detecto la burla del esteticismo: en un cuerpo carente de forma es donde suele albergar la más sublime de las armonías.

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