En el cielo una hermosa mañana

1.

Desde que me asumí atea experimento nostalgia por el catolicismo. A pesar de haber decidido no supeditar mi existencia a un mito, no puedo alejarme del todo del impacto de su influencia. La Biblia es uno de mis libros de cabecera, el referente por excelencia, el fundamento de varias de mis argumentaciones. Por supuesto que no la interpreto como lo haría un creyente, sino más como exegeta; no obstante, si la considero es porque en un momento me otorgó el entendimiento del mundo, basado en una fe ahora ubicada en asuntos puramente humanos. La idea de Dios en mi ser ya no existe pero alguna vez lo hizo, fue certeza contundente. Mi antigua fe quedó en mí como huella y de ella emana mi apego por las expresiones religiosas. Busco los espacios sagrados, las iglesias, los cánticos. Dios no existe en mí pero existe para otros: entre la fe de esos otros me desplazo; en medio de sus mandas y sus retablos; a través de sus plegarias, el ritual rezado de todas las semanas. Los veo cambiar de posturas, sentarse, pararse, arrodillarse, plantarse frente a un altar. Siento nostalgia por la idolatría, besar los pies de un icono. No soy capaz de hacerlo, pero cuando cientos de manos se levantan con el pulgar y el índice formando la señal de una cruz, me invade el deseo de tomar de nuevo los símbolos de aquello que las impulsa. Pero el deseo pasa pronto. Veo con claridad el yeso recubierto de cerámica con el que están hechas las figuras de los santos, de las vírgenes, del cristo. Veo la baratija de sus ojos de plástico. Representan menos de lo que significan, pero están puestas ahí a razón de esa fe que yo ya no tengo y que en ocasiones echo de menos, sobre todo cuando observo la luz de las velas que las circundan.

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2.

El festejo a la Virgen de Guadalupe es, en efecto, toda una fiesta. Desde finales de noviembre comienzan a desfilar las peregrinaciones. Simplemente con verlas se obtiene de súbito una ampliación en la gama de colores. No, en realidad es más que eso: es una intensificación: todo destella, el raso de la vestimenta de los matachines, la lentejuela que borda la imagen de la Virgen en sus espaldas; y todo resuena, los tañidos de los tambores, la danza que avanza, los petardos, los cantos. Las dos primeras semanas de diciembre la colonia se llena de sonidos, de humo, de colores, de gente. Hay luces por todas partes. Las peregrinaciones rodean el Santuario como queriendo guardarlo, protegerlo, rendirle tributo a la Virgen con la algarabía, con el cansancio, con el ritmo. Portando coronas se inclinan ante su reina, la Reina del Cielo. Disparando flechas imaginarias esperan rozar su corazón.

3 .

En el atrio de la Basílica se aglomera la gente. Todos quieren entrar. De los tres accesos sólo uno está abierto y saturado. Me infiltro entre los fieles y sus ofrendas y logro entrar al tiempo que inicia una porra a la Virgen. La Basílica está repleta y sus gritos resuenan hasta la punta de la loma (esa loma a la que todos le temen). En pocas ocasiones he visto personas de tan diversos estratos reunidas en un mismo lugar. Siempre es a razón de un ídolo, pienso, como en el Zócalo del D.F. el año pasado. Luego todos vitorean una porra nada menos que a Jesucristo. No tiene tanto impacto como la anterior: en la colonia impera el guadalupismo, Dios está muy lejos. De pronto un mariachi comienza a cantar Las mañanitas. Todas las voces estallan. Me conmueve el espacio mientras imagino cómo sería el sonido si se viera. Yo fui bautizada ante ese altar, ante esa imagen. Me llamo igual que la Virgen. Todo este despliegue de felicitaciones también me incumben.

4 .

Pisando el estacionamiento bailan la danza de los listones. Envuelven el palo de madera. Lo visten de secuencia de colores.

5.

Enfatizo la intensificación, no sólo de colores y sonidos, también de olores. Entre el Santuario antiguo y la Basílica se encuentra el adoratorio: una imagen de san Juan Diego arrodillado ante la Virgen, con la tilma extendida en su gesto de desplegar rosas hasta el infinito, hasta rebasar los límites de la incredulidad. Las rosas fueron la prueba, dicen, de la presencia de la Virgen. Su aroma la anunciaban. Frente a las figuras se extiende una alfombra de veladoras que despiden un cálido olor a rosas. Vienen de la tilma, son la reiteración de la fe, la convicción de la aparición de la Virgen. La alfombra crece a lo largo de la noche y el aroma a rosas fluye como fluye la fe: no sólo se percibe, se siente en el cuerpo como una brisa que embriaga y que cobija.

One thought on “En el cielo una hermosa mañana

  1. Felicidades por este, tu espacio de catársis, donde nos compartes aquello que la cotidianeidad no nos permite ver a través del ir-y-venir en la oficina (y en la calle y en el metro). Me gustaron todos tus escritos y, lo mejor, me dejaron más referencias de ti, para la próxima vez decir algo más que: si, Nieto, la editora de Armas… Jessy, mi compañera de trabajo… sino, Jessica, gracias a la que estoy leyendo Breakfast at Tiffany´s, jeje. Saludos!

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