De la imposibilidad de escribir

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1. He tenido problemas con la escritura últimamente. No pretendo abrir un espacio confesional porque lidiar con los pesares de tener que escribir debe ser habitual para muchos de los que leen este blog (y porque básicamente confesar que no se puede escribir es un lugar común y es aburrido). Pero quise iniciar con eso por dos motivos: para asumirlo y porque de algún modo me siento obligada a excusarme. ¿Con quién? No lo sé, quizá con algún ente virtual o imaginario, o con mis amigos que esperan que escriba, o conmigo misma. De todos modos, la escritura de blogs es un tipo de escritura, un derivado de la escritura original que implica la violencia del trazo sobre el papel, supone una mancha que ensucia lo blanco. La caligrafìa es como un dibujo. Es única e irrepetible. En cambio, teclear tipos de caracteres le resta personalidad a la escritura. Es posible que ése sea mi mayor conflicto y el motivo por el cual me resisto todavía a este modo de redacción. Siento nostalgia de mis grafismos. A decir verdad, siento nostalgia de los grafismos en general. Me provoca tristeza verlos usados solamente como apuntes, como notas, como indicadores, una especie de anexo a la palabra impresa. Me duele su carácter de accesorio, su perfil de intruso: escribir a mano en un libro es rayarlo, ensuciarlo. Una hoja impresa con notas de corrección debe pasarse en limpio. Todo lo escrito a mano debe pasarse en limpio, convertir grafismos en caracteres. Más que depuración es sustitución: una forma por otra.

A fin de cuentas lo que importa es la idea, el contenido, y que el formato del escrito se respete, pero no puedo evitar pensar que algo se pierde, un algo de visceralidad. Hace unas semanas, visité a mi amiga Florencia que está trabajando una edición crítica de la única novela de Felipe Guerra Castro, La única mentira. Después de cenar nos mostró el manuscrito, redactado por Guerra Castro a principios del siglo XX en un diario de tapas oscuras. Al comenzar a hojearlo me conmoví profundamente, por su delicadeza, por los trazos altos, delgados y rápidos que se han ido borrando, porque era la primera vez que veía la escritura de Felipe y por tener la certeza de que él había tocado ese diario, que las palabras escritas en él son roces de su presencia. Mientras lo leía, Florencia me comentó: “Al principio la escritura es muy cuidada, pero deja que llegues al final que se pone a escribir estando bien pedo y es un desmadre”. Y en efecto, al final las líneas están chuecas, las letras más abiertas y anchas, e incluso la densidad de la tinta es más gruesa y profunda. Hay desesperación. Felipe era un hombre desesperado. Y su escritura lo delata. Este es el tipo de detalles que este tipo de escritura, ésta que estoy escribiendo, no puede comunicar.

2. En una de las cartas que le envió a Franz Kappuz, Rilke lo cuestiona acerca de los motivos que lo mueven a escribir. Mentira: no lo cuestiona sino que le dice cuál es el único motivo que debe considerar: la necesidad imperiosa de escribir. Si la tiene (es más efectivo poseerla que sentirla) debe responder con su vida a esa necesidad. Debe escribir como un condenado. Por supuesto que es una condena escribir, es un pesar, se padece. La auténtica necesidad de escribir es equiparable a la peor de las angustias. ¿Por qué? Porque en esa necesidad se nos va el aliento. Al escribir respiramos, se aligera la opresión del pecho; pero cuando no escribimos el contexto nos ahoga. Nos llenamos de grises. Reconocer que se tiene la necesidad imperiosa de escribir es admitir que sin la escritura nuestra vida es imposible.

3. Si la vida es imposible sin la escritura, ¿qué hacer cuando se experimenta la imposibilidad de escribir? Cuando no obstante la necesidad las palabras no surgen. Pues se puede hacer esto: escribir que no se puede escribir. Escribir que se intenta pero no se concreta nada. Escribir la frustración. Escribir la queja. Escribir que se nos entumen las manos mientras el deseo crece. Escribir que nos escuece el impedimento. Escribir reiterativamente la palabra escribir para engañarnos (si la conjugamos hasta el hastío quizás suceda algo). Escribir. Escribir. Escribir. Porque no queda otro remedio.

2 thoughts on “De la imposibilidad de escribir

  1. Querida bruja:

    ¿Y ese título? Después del esperanzador “De la imposibilidad de escribir” me sirves un polvorón de almendra con sabor a cacahuete… ¡Alto!, que el texto está “muy bien puesto y muy profundo, también”, pero es corto para admitir que el título tenga algo que ver con el contenido, con el espíritu o la idea general del escrito. ¡Que te vas y no cierras el gas! Si de lo que realmente querías hablar era de la pérdida de algo cuando el trasbalse del grafismo al caracter, no me titules así la cosa. Un saludo.

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