Todavía no estoy aquí // el lenguaje se me resbala

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1.

¿Quién es este Bob Dylan?, pensé mientras lo veía de lejos alternando canto y armónica, con las manos en el teclado, los pies en el escenario, las piernas en danza, en baile, en vuelo. No es que no sepa quién es Bob Dylan, pero quién es para intrigarme con la poesía de sus letras. Con qué derecho me perturba el canon. Sí, es el influjo decimonónico, el del poeta que cae, el soplo huidobriano (que ya es siglo XX, pero para el caso es lo mismo porque es igual de remoto, de aquellas existencias color sepia y en slowmotion: todo queda irremediablemente lejos). Ese influjo que lo traigo como prendedor prendado quién sabe de dónde y reluce cuando menos quiero. Charolazo directo a mis ojos miopes y fotofóbicos. Y Dylan todavía se atreve a plantarse frente a mí con la luz desbordada, la luz de sus palabras musicalizadas. La luz de su rostro que nunca pude verle por más que me esforcé y sólo logré vislumbrarle un óvalo blanco bajo un sombrero de cowboy estilizado. Por lo menos, pienso, no me ha cegado.

2.

Este intento de reseña de un concierto ha sido más bien el inicio de una queja. No quiero, sin embargo, que se piense que reniego de Dylan. Con José Juan suelo discutir mucho sobre si Dylan merece o no el Premio Nobel de Literatura. Yo digo que no, él dice que sí. Luego pienso que de todos modos el mundo rueda, sí, como la piedra, la piedra rodante de la canción. Mi queja no tiene que ver con Dylan, pero él me la ha recordado al removerme el canon. Por supuesto que Dylan escribe muy bien. Yo no me atrevería a decir que todo lo que ha escrito tiene carácter poético o literario o que tenga la primera intención de serlo. Sin embargo, y de ahí emana mi queja, con qué facilidad fluye el lenguaje cuando se piensa en, desde, y para la oralidad. Cuando se dice, cuando se canta. Yo imagino a Dylan construyendo en su mente la letra de una canción no en función de sintaxis, ni gramáticas, ni formas, sino en función de sonidos, como un tarareo, una melodía. El lenguaje le viene como una onda y la emite. Mi queja tiene que ver con el olvido del habla. Con mantenerme atada a la escritura. A este metal de la voz.

3.

Justo tenía esto ametrallándome la cabeza cuando la otra tarde, al venir de regreso del trabajo pasé por la Basílica y en uno de sus accesos estaba parada una mujer indigente. Conforme me acercaba logré ver que movía los labios, pero no alcanzaba a escuchar lo que decía. Hablaba sola. Cuando pasé por su lado dijo algo, subió el tono, pero no pude entenderle. Me detuve. Al instante me sentí angustiada, como si me hubiera lanzado una maldición. O una bendición. Como si en el misterio de lo dicho pero no escuchado se escondiera la solución o perdición de mi existencia. La miré de nuevo: estaba en su psicosis, moviendo los labios casi en silencio. No me miraba. Nunca lo hizo. No tenía porqué suponer que yo le había significado algo. Pero ella a mí me había tocado con eso que dijo que no entendí pero tenía que haber sido necesariamente dicho para mí porque fue a mí y no a otra persona a la que había dejado sin palabras.

4.

Salí de mi casa el domingo por la tarde todavía con la queja del lenguaje a cuestas. Había tenido un sueño donde para colmo leía palabras que se borraban y escuchaba frases que se distorsionaban. Sólo lograba recordar algunas y las agrupé en una línea: “Todavía no estoy aquí”. Inferí que era el mismo lenguaje que me decía que no estaba, que no llegaba aún. No obstante esto, salí de mi casa ese domingo y no había andado ni media manzana cuando me encontré en el camino a un carretonero seguido de un grupo de niños. Los niños gritaban: “te amo, Mariana”, “te amo, Fabiola”, “te amo, Pedro”; a lo que el carretonero respondía: “te amo, Mariana”, “te amo, Fabiola”, “te amo, Pedro”. Y reía. Los niños también. Luego lo repetían. Comprendí que el carretonero no decía nada más que lo que escuchaba: no hablaba si alguien no le indicaba qué decir. Los niños lo siguieron todavía un rato gritándole sus “te amos”, a los que él respondía con otros “te amos”. Me pareció fascinante. Era como ese personaje de Calvino, Gurdulú, que asimila el ser de lo que ve, este carretonero asimila la voz del que escucha hablar. Este hombre sí que tiene todo el derecho de aparecer a perturbarme el canon, a reconciliarme con la oralidad.

Cuando el carretonero se alejó, riendo, mi queja terminó.

3 thoughts on “Todavía no estoy aquí // el lenguaje se me resbala

  1. Jessique, tu post me ha encantado… y me ha dejado pensando muchas cosas, como acerca de qué entendemos como literario, si lo oral o lo escrito (bueno, quizá me alejo un poco del tema del post, pero me vino a la mente). Y si en suma la materia es la lengua, entonces es natural pensar que literario es tanto lo oral (como en los viejos tiempos, aquellas leyendas e historias y cantos que vinieron a dar en el teatro o la Iliada y la Odisea) o el momento en que el hombre conscientemente plasmó su escritura.
    Me vienen a la mente muchas cosas, como aquella de Dylan que te comentaba de que para él terminar las letras implicaba terminar el disco. Recuerdo también a R.E.M., Michael Stipe decía que nunca imprimía las letras de las canciones en el arte del disco porque las letras “eran para ser escuchadas, no leídas”. Situación que únicamente cambió en el álbum “Up”, donde decidieron incluirlas porque ‘eran verdaderamente buenas’. No pienso igual, R.E.M., ha escrito letras sumamente poéticas desde los ochenta, y quizá esa excepción se debió a factores diferentes.
    Pero bueno, retomndo tema, lo oral es un mundo fascinante, intimidante, muchas veces ajeno a nosotros, que nos hemos especializado en lo escrito. Sin embargo, no hay que olvidarnos de ella. Escritura y oralidad van de la mano, aunque muchas veces tendamos a separarlas.

  2. qué bisne. pues ahora la lit & la lat va de: textos intergenéricos. libros de cuentos que no son cuentos pero ganan concursos de cuentos. libros de cuentos que no son cuentos ni novela, pero ganan premios de novela. tarántula, el primer texto publicado por dylan de alguna manera anticipaba eso de si la lit & la let es oral u scrita u pacyola u?. pero como me dijo hace un día orlando ortiz, si el texto funciona. qué importa? naty. eso es problema de los otros. ayayay, échate ese trompoaluña, aniballector.
    en fin. dylan es dylan es dylan.

  3. hay lectores que juntan voces, relatos, signos, cosas, y las hacen palabra. Y cuando extienden la mano no siempre indican el camino a la biblioteca, quizá acaban de arrojar una piedra al vidrio o fabrican algo que significa y pesa, a veces más que los monumentos y las estelas de marmol; pero que termina cambiando, como todas las cosas. Se puede hacer un canon de ellos, por estar dentro o fuera de otros cánones

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