Graciela Iturbide: Ojos para volar

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El señor de los pájaros (1984)

Me interesa resaltar a Graciela. Por varias razones. La primera es la obvia: acaban de premiarla: el Premio Internacional Hasselblad de Fotografía. La segunda es porque no hace mucho acabo de ver algunas de sus fotografías en Marco dentro de una colectiva. La tercera es porque suelo traerla presente, atrevesada entre los ojos con una imagen que ella captó hace muchos años: un anciano sobrevolado de aves o por aves o las aves sobrevolando al anciano que las mira con nostalgia poética o con el anhelo del que se queda adherido al suelo, del que no puede superar las gravedades. Porque son varios los pesos del cuerpo. Uno de ellos es la vida y Graciela la retrata en movimiento, pero también la retrata estática: en rigor mortis.

Este último motivo se convierte entonces en el primero, porque es el que desencadena el apego, la necesidad de ver una y otra vez las mismas imágenes en blanco y negro de pájaros al vuelo, de ancianos melancólicos, de seres abandonados, de muertos; de cuerpos vestidos con telas que se rompen con el viento; aparatos en desuso; Francisco Toledo en un campo de flores; Manuel Álvarez Bravo en espera de la luz, del contraste, del instante perfecto; los indígenas en movimiento; el cadáver de un anónimo con un cráneo comido por los cuervos o por los buitres o por los lugareños. No importa. A Graciela se le murió una hija de seis años y la muerte se le aparece de formas asombrosas. Es como si la retara, como si le dijera: mira, aún puedo maravillarte. Pero los ojos de Graciela miran más allá del espejismo de la muerte. Detectan la altura. El grado de elevación entre lo ordinario y lo extraordinario. Detecta el ángulo de la imagen. Entonces enfoca. Encuadra. Captura.

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Pájaros en el poste (1990)
En Eyes to fly with por primera vez se publica una fotografía de Graciela Iturbide que sólo existía en sus contactos y a través de sus palabras. Es una imagen mítica en la vida y la obra de Graciela Iturbide, que había quedado inédita por el temor que le despertaba. Cuenta ella que a raíz de la muerte de su hija a una temprana edad, comenzó a fotografiar los ataúdes de niños que, en México, se llaman “angelitos”. Antes que una terapia, la obsesión se antoja un juego con la muerte, que el dolor desafiaba hasta que la fotógrafa se topó con este “hombre-calavera” o “Mr. Death” como ahora nos gusta nombrarlo. Graciela Iturbide sintió que de tanto perseguir la muerte, quizá la había alcanzado en esta imagen que sacó y se negó a imprimir y dar a conocer. Se trata de un hombre que yace atravesado en la entrada de un cementerio, vestido y como si hubiese caído después de una noche de borrachera, cuyo rostro ha sido comido por los pájaros, dejando al descubierto la calavera que cifra el horror de la corrupción.
Fabienne Bradu, “¿Qué guía los ojos de Graciela Iturbide?”, en Letras Libres (Mayo de 2007)
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Muerte en el cementerio (1978 )

Eyes to fly with

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