Imagination at work

1. De las casas antiguas

Por increíble que parezca, en Monterrey aún existen casas de principios del siglo XX con sus fachadas originales luciendo majestuosas desde lo alto de sus lomas. Por increíble que parezca hay quienes las poseen y no las han destruido en aras de construir un edificio de oficinas o departamentos o centros comerciales o una “ciudad en la ciudad” como reza el slogan del proyecto de Centrika que no tuvo empacho (ni dignidad ni descaro ni conciencia histórica) en tumbar la centenaria casa victoriana que quedaba como reliquia en ese terreno infestado de tóxicos. A mí me maravilla, siempre, la colonia Obispado. Es una de mis colonias favoritas precisamente por su capacidad de permanecer inalterable, de capturar como estampa el paso del tiempo y no permitir que éste la deforme sino que, de alguna manera, es el tiempo el que se modifica al ingresar en sus confines. Las casas se encuentran ubicadas en su tiempo y es aquí donde inicia como un juego de la imaginación. Al estar rodeado de tanta antigüedad uno mismo empieza a sentirse un poco antiguo, empieza un proceso de retrospección que va más allá de nuestro propio comienzo porque la arquitectura lo trasciende. Entonces viene la nostalgia y con ella los recuerdos. La imaginación nos empuja hacia atrás mientras avanzamos en el no-tiempo de la colonia Obispado. Es como el tiempo de la ensoñación del que habla Gaston Bachelard.

2. Stereo total en la Casa Chocolate

Una de estas casas es la Casa Chocolate, llamada así porque tiene toda la apariencia de una casa típica suiza o alemana de finales del siglo XIX, principios del XX, de color café con blanco. Siguiendo con el juego de la imaginación, resulta significativo que en un ambiente tan antiguo, donde el tiempo se detiene y se postra, donde el bullicio citadino se aminora no obstante ser un punto importante del cosmopolitismo regiomontano; en esta casa, donde pareciera que habitan duendes y hadas, que está como sacada de un cuento y que, en efecto, parece de chocolate (ahora pienso en Hanzel y Gretel y su patología de comer casas), se haya llevado a cabo precisamente la tocada de un dueto europeo poco conocido por acá y que trae un proyecto muy vanguardista (ellos describen su sonido como: 40% yéyétronic, 20% r’n’r, 10% punkrock, 3% efectos electrónicos, 4% beat sesentero francés, 7% diletantismo genial, 1,5% cosmonauta, 10% realmente viejos sintetizadores, 10% sampleo de 8-bit , 10% amplificadores, 1% instrumentos realmente expansivos y avanzados): Stereo total.

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Entonces el juego de la imaginación se intensifica: comienza a tocar Stereo total y ese sentimiento de antigüedad se difumina en otro, en el de la occidentalización masiva: todos nos europeizamos: Francoise canta en francés, en alemán, nos habla en inglés y en español. Brezel baila en el escenario montado sobre la alberca. Se empapa y cae sobre el público. No es un concierto. Es como un fiesta privada, dice José Juan. Es que es una fiesta privada, donde todos nos conocemos porque todos compartimos este sentimiento de antigüedad que se conjuga con nuestra europeización. No sé si sea ése un concepto acertado. No sé si importe, todos inventan conceptos. Decía que Stereo total tocaba y el juego de la imaginación no nos dejaba. La ensoñación permanecía, sobre todo, en el glamour de la moda ochentera que las chicas portaban como nueva cuando es algo pasado, como la casa, cuando es un recuerdo revivido. Y qué significativo que suceda ahí, en ese contexto, en ese momento, en ese lugar en su no-tiempo, donde el tiempo también parece revivirse.

3. El hubiera no existe salvo en la imaginación

Stereo total tocó una de mis canciones preferidas: “L’amour à trois”. La canción trata acerca de esta chica que desea tener una relación de tres por considerarla más atractiva. Ella imagina. Entonces, dentro del proceso de ensoñación en el cual ya estaba inmersa, me zambullí en otro, el de la canción donde la voz imagina, la voz que canta (y en este caso, la voz que cantamos todos), que está con dos, con ella tres, y que todo fluye de maravilla. Se construye ese espacio del hubiera, el espacio de lo posible: un escenario tan particular que quizás pueda ocurrir… pero no ocurre y si ocurriese todavía habría que ver cómo se desarrolla. Es la incertidumbre. Ella imagina: si pudiera tener a este y a este otro, a los dos; o a esta y a esta otra, o a todos, ¿por qué no?. Es posible, pero no probable. Lo probable es que no suceda. Es donde entra la contundencia de lo real. La solidez del tiempo. Su golpe terrible. Termina la canción. Termina el juego. Termina la ensoñación.

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