My house is cutter than yours

Al río de cantos negros

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Sentada en medio de la habitación, suspiraba la ausencia de sueño por las noches. Había trabajado toda su vida, y decir toda su vida era decir desde la plenitud de su consciencia, cuando de niña llenaba de leche las botellas de vidrio de cuarto de litro en la tienda de abarrotes del padre, y pasaba horas haciendo hilazas con mecates para quién sabe qué enmiendos. Cuando trabajar parecía un juego. Y sí, había trabajado toda su vida después de eso. Podría, entonces, empezar de nuevo, en esa noche sin sueño, no desde la infancia cuando los motivos que mueven nuestros actos son breves, volubles, caprichosos, sino desde el instante en que surgió el deseo contundente, el que marca la vida, aquel que no nos deja ni a sol ni sombra y se nos sale de los labios al primer impulso. Aquel que se torna la primera palabra.

Entonces empieza de nuevo:

Había trabajado toda su vida. Fue hija y esposa, ahora sólo era madre. Dejó de ser hija cuando los padres murieron; dejó de ser esposa cuando el marido la abandonó. Carente de asideros, se había disuelto dentro del ser de los hijos. Cuando recién se había casado, la vida parecía ser sencilla y adecuada: tenía el marido, tenía el empleo, tenía a los hijos, sólo le faltaba la casa. Ése era el deseo de esta madre: una casa, su casa, una casa amplia, blanca, luminosa, enmarcada por jardines y tapias. Una casa con olor a madera, a sándalo, con un gato o dos dormidos a la luz del sol. Una casa para presumirla con la vecina. Ponerle detalles monos al buzón. A la puerta. Una rosa de los vientos.

Algo sencillo, adecuado.

El deseo le había nacido en su mente a los veinte años. Ahora tenía cincuenta. Durante treinta años, la madre y los hijos habían vagado como nómadas de casa en casa. Verlos era como observar el inicio de las sociedades primitivas. El marido iba detrás de ellos hasta que se cansó. Llegada a este punto, la madre sin marido, pensaba: Tengo cincuenta años, ya para qué quiero una casa. No obstante, el deseo persistía. Así que se hizo manifiesto y heredó la casa del padre, la de la tienda de abarrotes donde vertía la leche sobrante en las botellas de cuarto de litro, cuando no soñaba con tener una casa, cuando el marido no era, ni los hijos, ni nada. Pero ella no quería volver a esa nulidad, a ese pasado donde el deseo no existía.

Pero tenía que volver. Tenía que dejar de lado su deseo. Obligada a vivir en una casa austera, lúgubre, oscura, la madre se sentía empequeñecer. Volteaba hacia las paredes y no veía nada de blanco, nada de verde. Sólo el filtrado de las humedades que se le subían por las piernas cada noche, mientras sentada en medio de la habitación, suspiraba la ausencia de sueño. Ni siquiera tenía una cama. Había tenido que venderla para dormir tranquila una noche. Uno de los hijos le había improvisado una colchoneta con sábanas y edredones. En esa camita improvisada, la madre carcomía su deseo, el de la casa amplia, luminosa, sencilla y adecuada, donde tendría una cama, donde dormiría con el marido hasta la vejez, donde por fin descansaría del trabajo de toda la vida. La casa que los hijos le obsequiarían como prenda de amor.

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