Tolvanera

1. Se desató el chamuco

“¿Qué pedo con el viento? Parece Torreón.”, dijo José Juan. Cuando lo dijo pensé muchas cosas; la primera, en la tendencia de José Juan de remitir a su terruño cada que tiene oportunidad; la segunda, que, en efecto, el viento soplaba con fuerza, con una contundencia no habitual, la diferencia es que no estamos en Torreón sino en Monterrey; la tercera, que en Torreón es común este fenómeno de las tolvaneras, inmensos remolinos de polvo, pero aquí no. Así que reflexioné el comentario de José Juan, y viendo cuán poco probable es que algo que sucede en Torreón sucediese en Monterrey, salí a constatarlo. En cuanto abrí la puerta sentí el impacto del aire, una ventisca helada venida desde lo alto como un golpe. Luego escuché que las ráfagas de ayer alcanzaron los 100 kilómetros por hora. Pero lo terrible no fue tanto sentir el viento sino escucharlo: soplaba más allá de lo audible, eran como lamentos, quejidos de ultratumba, todo encajaba con el ambiente de una pesadilla. El polvo en el aire le daba un aspecto turbio a las casas, a la gente, a los autos: todo parecía anticuado, gastado. Y el aire silbando como una loca. Los árboles se agitaban en desesperación, no de ellos, sino del viento. Se caían en pedazos. Era tal la velocidad del aire que podía verse como una onda avanzando por las calles. Lo peor era que empezara a empujarte porque era como si te llevara contigo el mismísimo chamuco. Entré de nuevo a mi casa y consideré la opción de salir o no.

2. “Es como si fuera volando”

Al final decidí salir. Hacía frío. Por un momento de estupidez pasó por mi mente irme caminando hacia el centro y cruzar el Puente Zaragoza, pero con ráfagas de 100 kilómetros por hora soplando a diestra y siniestra, eso era casi un suicidio. Opté por tomar un camión. Al ir saliendo de la colonia rumbo al puente de Cuauhtémoc, se abrió ante nosotros una inmensa cortina de polvo: el viento había levantado la tierra de las profundidades del río Santa Catarina. El camión pasó entre la nube de polvo como una navaja, sin notar la presencia de otros autos, ni de nada más. La calle no se visualizaba. Un niño que iba sentado detrás de mí le dijo a su madre: “Me siento como si fuera volando”. Cuando entramos a la avenida, la cortina de polvo se disipó.

3. Caos

Me bajé del camión para tomar el metro. Entré a la estación y estaba vacía, oscura. Un guardia salido de la nada de la oscuridad (no es tautología, es énfasis), me dijo: “No hay servicio, se cayó el sistema del metro”. Qué horror, pensé. Aquí sí que comienza el caos. Salí plena de angustia. Había quedado de verme con Víctor. Intenté hablarle de mi celular. No me daba señal. Maldición, volví a pensar, otro indicio del caos. Finalmente pude comunicarme. Mientras Víctor y yo anduvimos en la calle nos encontramos con una serie de árboles caídos, ramas rotas, semáforos descompuestos. El viento arreciaba. Por una de las aceras, un anciano intentaba caminar con su bastón en mano.

Después de un rato, volví a mi casa. No había luz. Maldita sea, me dije por enésima vez, otro pinche indicio del caos. Pero éste fue el peor, porque fue el que duró más y porque trajo consigo otro: la falta de agua. Lo curioso es que sólo había corte de luz en nuestra calle, el resto de la colonia parecía gozar del servicio. En fin. El caos en la ciudad se hizo manifiesto. Fue el viento que se desató. Se tornó de pronto violento. Nos disparó un cúmulo de atrocidades. Yo pensaba: si el viento dijera de verdad palabras, como creían las culturas prehispánicas, que estará diciendo ahorita. Mentadas de madre. Eso es el caos. El viento, por ser palabra, es experto en caoticidades.

One thought on “Tolvanera

  1. La pequeña diferencia es que las tolvaneras en Torreón llegan de repente, duran 10 minutos y ya… esto sí fue de plano un desmadre total…

    Al menos en mi casa llegó la luz a las 4 de la mañana… aunque a media cuadra se desgajó un árbol. jeje

    Saludos!!

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