Zacatecas, epifanías y misticismo

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Llegué a Zacatecas más temprano de lo esperado. Eran las cinco de la mañana y mi habitación de hotel aún no estaba lista. En el inter pensé: ¿Por qué fui a Zacatecas? Diríase que fue un impulso, pero quienes me conocen saben que no me manejo por impulsos. Fue más bien una urgencia de huida, de esas breves, que no duran más de dos días. Pensé esto mientras en el lobby del hotel se escuchaba Material girl de Madonna. “We live in a material world and I am a material girl…”. Soy una chica material. La frase no podía haber sido más pertinente. No por lo obvio, sino por la idea de pesantez: lo material implica densidad, y presiento que fui a Zacatecas porque de alguna manera comenzaba a sentirme pesada y quería aligerarme. Los viajes son buenos para eso. Es como si en el trayecto fuésemos dejando bultos de nuestra mismidad maltrecha, angustiada, esa mismidad que se torna materia amorfa, grisácea, a causa de una cotidianeidad que nos merma la imaginación.

Fui a Zacatecas a rescatar mi imaginación.

Pero llegué muy temprano. Tenía sueño. No tenía tiempo para mi imaginación. ¿Estar despierto a temprana hora es equivalente a desvelarse? ¿Velar de día es igual que velar de noche? Justo el día anterior había estado en la representación de la Última Cena en mi colonia. Al terminarse ésta siguieron con la representación de Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Siempre he considerado ese episodio como uno de los más bellos y alegóricos de toda la Biblia: el hijo del Dios orando en soledad absoluta, abandonado en su dolor y su angustia no sólo por los hombres que no lo comprenden sino por su Dios. Es cuando Jesús me resulta más terriblemente humano. Desesperado no sabe a quién recurrir y quienes considera sus amigos terminan durmiéndose mientras lo esperan. Ni siquiera eso pueden hacer por mí, les dice cuando vuelve de orar. Es desgarrador. Pero los perdona. Luego llegan a prenderlo y sucede lo que tiene que suceder. Pero lo que importa aquí es Jesús pasando la noche en vela orando su pena, pidiendo que no sea tan terrible. No, me parece que velar de noche es más meritorio. Se combate no sólo la soledad, también la oscuridad y el silencio. Durante el día se tiene el bullicio del trabajo que comienza y la luz del alba. ¿Qué será, entonces, mejor, para la imaginación?

2. El Vía Crucis en Guadalupe

Lo primero que hice al salir del hotel fue buscar dónde desayunar. Pero terminé caminando por las calles embelesada por la arquitectura de cantera rosa de Zacatecas. Me entero que en Guadalupe, un municipio aledaño, estaba a punto de comenzar el Vía Crucis en el convento de los franciscanos. Pregunté cómo llegar. Seguía sin desayunar pero el anhelo de religión siempre ha sido más fuerte. Como escuché más tarde en un documental sobre Eisenstein, mi ateísmo es como solía ser el de él, que a su vez era como el de alguien más que no recuerdo: necesitado de las imágenes del culto.

Así que llegué a Guadalupe y la representación ya había comenzado. Poncio Pilatos estaba a punto de sentenciar a Jesús a ser clavado en la cruz. En realidad todo fue muy rápido y pronto estuvimos todos caminando hacia el cerro (¿loma? ¿montículo?) detrás de Jesús con la cruz a cuestas siendo azotado por los centuriones romanos y otros verdugos, seguido de la turba de judíos enardecidos. Mientras avanzábamos pensaba cómo nosotros, los asistentes, jugamos un poco el papel de turba enardecida en ese lapso que media entre la sentencia y la crucifixión. Vamos como el pueblo de Jerusalén que repudia a Jesús. Pero al mismo tiempo, hay una conciencia colectiva de que no es así, de que Jesús no debe ser tratado de esa manera y que sólo se admite porque así debió ser para redimir nuestros pecados. Al mismo tiempo somos el pueblo que lo ama y le pide perdón -hay una frase que se lee al enunciar una de las estaciones del Vía Crucis, que dice “dame valor y fuerza para seguir contigo aunque me digan loco, porque sé que tienes razón”. Pero eso es hasta después de la crucifixión. Por lo menos en este Vía Crucis, porque en el de mi colonia no es así: es simultáneo, y eso lo hace muy complejo.

La crucifixión fue rápida y sin mayor drama. Me retiré en medio de un Padre Nuestro y regresé al convento que es también un museo y entré. Seguía sin comer. El Museo de Guadalupe es inmenso y es literalmente un laberinto. Es muy bello, con obra virreinal, óleos, muebles, del siglo XV, XVI, XVII, etc. Me perdí durante media hora y no sabía cómo salir. Di vueltas en círculo en la sala de los óleos a los tormentos de San Francisco de Asís. Era como un sueño, porque luego derivaba en la biblioteca, con esos diez mil tomos de libros antiquísimos en lenguas muertas, con todo el contexto del edificio de cantera, las cosas viejas, la gente paseando, el calor, el hambre. Luego escuchaba que alguien narraba los tormentos de San Francisco y cómo Jesús se le aparecía epifánicamente y yo pensaba de nuevo en Jesús en el Huerto de los Olivos que le rezaba a Dios y cómo éste no le respondía.

3. La aparición de Santa Teresa

Al final pude salir del museo, y comer, y regresé a Zacatecas. En la Plaza de la Independencia se había montado una feria del libro. Pasé a ver. Mientras ojeaba pensaba: “Sólo si estuvieran las Obras Completas de Santa Teresa en Aguilar compraría algo”. Me explico: siempre las he querido. Hace dos años las vi en el D.F. en Donceles y no pude comprarlas. Luego el año pasado fui a Guanajuato y un librero tenía varias ediciones de Aguilar pero no la de Santa Teresa. Ya me había resignado. Entonces, estaba ojeando libros cuando de pronto (sí, así es, en efecto) frente a mí apareció, como una epifanía (again), como Jesús a San Francisco, el tomo de Aguilar de las Obras Completas de Santa Teresa.

Por supuesto lo compré.

Más tarde empecé a leerlo. Por tercera vez pensé en Jesús orando en el Huerto de los Olivos. Pensé que la relación de Jesús con Dios no era del tipo mística, como la de Santa Teresa, y que no tenía el vínculo emocional que ésta tenía con él. Quizás por ello Jesús se sentía tan solo. Porque no se hallaba a sí mismo en ese Dios que decía ser no otro sino él mismo. Definitivamente, Jesús no podía nunca haber aspirado a la santidad.

procesion.jpg4. La procesión del silencio

Por la noche se llevo a cabo la Procesión del silencio. El Vía Crucis de nueva cuenta pero ahora sí con el corazón envuelto en pena, pleno y expuesto de dolor. Ya no fue una turba enardecida sino cientos de cofradías en luto. Ya no fue un Cristo vapuleado sino imágenes que lo representaban. Todo alegórico. Es aquí donde me pareció encontrar con mayor precisión el sentimiento del Jesús del Huerto de los Olivos: ese ambiente de muerte inminente, de olor a incienso, de algo que está a punto de consumarse. Las hermandades de devotos encapuchados traían en sus velas la luz de las oraciones de Cristo esa noche de su perdición. El silencio absoluto es el anuncio de la tragedia: Cristo va a morir. Se suceden las estaciones y las imágenes son elocuentes. Mujeres enlutadas pasaban como fantasmas con rostros inexpresivos y sombríos. Esto es más que representación, pensé, es místico. Sí, estaba influida por Santa Teresa, pero qué pertinente. Y sí, era místico porque las cofradías se unían con su Dios, con ese Cristo lastimado y esa Virgen en pena a la que le habían arrebatado un hijo. La desgracia es patente y no se cuestiona. Impacta. ¿Quién podría dudar ahora? ¿Quién podría no tener fe? Si se suceden una tras otra las imágenes de lo acontecido con tanta claridad. Entonces mi imaginación, la que había estado dormida, despierta. Porque, ¿qué es la religión, sino un constructo de la imaginación?

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