El rostro de mi padre

1.

Busco por las calles el rostro de mi padre. Lo presiento cercano en cada esquina, a cada paso. Me mira desde las ventanas de los edificios, desde las rendijas de las alcantarillas, desde las fisuras del concreto; observa mis horizontes parado en las cornisas de los rascacielos. Me sigue cuando deambulo entre las multitudes y procuro detectar en cada gesto un residuo de su presencia. Todos los rostros del mundo han sido tocados por el rostro de mi padre. En cada uno veo sus ojos, su nariz, sus labios, la cara que me ha heredado con las marcas de su angustia, de su tristeza continua, del pesar por no alcanzar el infinito. En cada persona se dibuja su sonrisa. Me sonríe. Se me contagia su risa desconocida, la de ese señor lejano que un día me tomó en sus brazos y otro día me dejó caer desde la altura de su rostro, y conforme caía lo veía cada vez más distante, como un borrón, una mancha. Lo fui perdiendo en la eternidad de la caída. Todavía sigo cayendo. Me lanzo a llamarlo a voces y me imagino que se esconde bajo las faldas de todas esas otras mujeres que no son mi madre, que camina envestido en los pantalones de algún otro, cualquiera. El rostro de mi padre podría estar disfrazado en las caras de los indigentes, pidiendo limosna con mirada clemente. Mi padre extiende su mano para recibir unos pesos. Yo extiendo mi mano y no recibo nada.
La gente me mira. No me reconoce. En la contundencia de su silencio unánime percibo la voz de mi padre negando mi nombre. Su voz de noche interminable. De estrella distante. Sobre el asfalto permanezco en caída en busca de mi padre, y los rostros, esos rostros que lo mimetizan, me rodean con el oleaje de su andar.

2.
He encontrado a mi padre resguardado en una habitación. No sé cuántos años lleva metido aquí. Dice que salió huyendo de los abrazos que ya no puede darme. Lo perseguían como fantasmas. Lo volvían loco. Se recluyó en este antro de soledad porque en cada rostro veía el mío, es decir, el suyo, él mismo repetido millones de veces, él mismo millones de veces deletreando el nombre de todos sus hijos. Era como si cada persona fuese un vástago dejado de lado esperando ser reconocido. En esta habitación se mantiene. Todavía tiene los brazos fuertes. Todavía podría protegerme. Lo miro a los ojos y el cuarto retumba. Son de hielo las paredes. Desciende escarcha de sus cabellos, sus pestañas, le brotan gélidas estacas de los dedos. No me acaricies con esas manos de hielo, padre, le digo, son como cuchillos cortándome.

3.
Mi padre ha vuelto a perderse en el hielo que lo circunda. Se ha congelado para siempre en el silencio de esta habitación. Estoy llorando su ausencia, lidiando de antemano con el cansado oficio de volver a buscar su rostro en las personas. De nuevo mi padre ausente y yo nostálgico lo preciso. Tiemblo atrapado en el frío de su estancia, donde solía estar oculto de mí, de mi voz llamándole a cada momento. Tiemblo mientras comienza el derrumbe, mientras la habitación se quiebra al congelarse mi padre. ¿Dónde ha quedado su rostro? Ya no está en las multitudes, en los faros de las calles, en los claxons de los autos, en las luces de los semáforos. Ya no está en los escaparates ni en las oficinas. No hay urbe que lo contenga. Se ha diluido en el hielo azul. Y me quedaría llorando inconsolable la ausencia de mi padre si no hubiera visto, casi como una ráfaga, su rostro alejándose del bullicio y del silencio, de la multitud y de la soledad, perfilando su camino hacia esa noche interminable en donde él es una estrella muy muy distante.

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