De aventuras editoriales

El escritor español Javier Marías publicó en el suplemento Babelia de El país un artículo acerca de su labor editorial con la firma Reino de Redonda. De entrada, el texto se presenta como una crítica al establishment editorial imperante: se titula “Esta absurda aventura”. Para empezar comenta que la editorial Reino de Redonda la integran sólo dos personas, él y Carme López Mercader; y sus títulos oscilan entre los dos y tres por año. He aquí lo absurdo: cómo buscar competir (esa palabra tan fea) en el mercado de los libros siendo ellos tan pocos y sus títulos tan contados, considerando los volúmenes que otras casas editoras venden; cómo pretender tener un lugar en las librerías, ser leídos (menciona Marías que ningún medio, salvo Babelia, ha publicado reseñas de sus libros), si no se cuenta con campañas publicitarias, si se es tan independiente. Marías defiende su trabajo con argumentos que deben tomarse en cuenta (los cuales le quitan un poco lo absurdo a su aventura), que se fundamentan en dos cosas: la labor de recuperación de libros olvidados y la calidad en su hechura. Al ser tan pocos al año tienen mucho tiempo para revisarlos y cuidarlos como es debido (del mismo modo, pienso yo, cualquier error sería imperdonable, teniendo en cuenta dicho tiempo); y es claro que no hay un interés evidente por editar un best-seller, sino editar libros buenos de buenos escritores. En teoría, cualquier editorial posee un comité que dictamina qué obras entran en sus catálogos y cuáles no. Por lo menos cualquier editorial que se conforma de más de dos personas. Y digo en teoría porque incluso editoriales como el Fondo de Cultura Económica ha cometido errores terribles al elegir sus autores o sus publicaciones (como ese detestable diccionario de autores de Christopher Domínguez Michael, que evidentemente nadie dictaminó -¿es ser crítico decir que nunca se ha leído a Inés Arredondo, pero que una vez se soñó con ella y sólo eso basta para elaborar una ficha literaria sobre ella?-). Y, por lo menos, cualquier editorial importante tiene un séquito de correctores que trabajan con el libro en bruto para mejorarlo y limarle todas las asperezas. Pero es increíble notar cómo ediciones de Anagrama, una editorial fuerte y con muy buen catálogo, contengan errores tan simples y burdos como letras de más o de menos. Esto es lo que crítica Marías cuando dice que editaran poco, pero por lo menos lo hacen con criterio y calidad. En su artículo menciona: ¿Cómo es posible que algunos saquen ochenta o cien títulos anuales, si aspiran a hacerlo bien? Esto es muy difícil, y más si no se cuenta con el equipo necesario. Lo digo por experiencia. ¿Publicar 100 títulos y que todos sean buenos? Hay más afán de cantidad que de calidad. Es terrible tener que trabajar con títulos que no aportan, lidiar con poetas que se dicen poetas porque es muy sencillo decirlo, tratar con la intransigencia del mundo contenida en pseudo escritores que te entregan un texto más sucio que las aguas negras. Es terrible no tener la opción de decir: esto no se edita simplemente porque es demasiado malo. Hay cosas que por desgracia pesan más que eso: un nombre, un puesto. Los catálogos se engrosan, sí. Pero a costa de qué. Por eso creo que lo escrito por Marías es certero. La aventura es absurda cuando el editor no se entiende únicamente como empresario. Un editor, de hecho, no es un empresario. Que otras personas se encarguen de la vendimia. Y que el editor haga su trabajo.

A continuación, el artículo de Marías:

Esta absurda aventura

JAVIER MARÍAS 23/08/2008

Los sinsabores de la edición aumentan cuando los medios de comunicación se muestran ajenos. Y más si son editoriales pequeñas como Reino de Redonda, con un catálogo exquisito de poca repercusión.

Así como cae dentro de lo muy previsible que un editor acabe desesperándose al ver durante años cómo sus autores se llevan la mayor porción de gloria y de fama -que no de dinero-, y se lance a escribir, preferentemente memorias ensimismadas o viñetas de los escritores que lo hicieron rico, es mucho más raro que un novelista se meta a editor, y supongo que es por eso por lo que se me pide que hable aquí un poco de Reino de Redonda, seguramente la editorial más pequeña y pausada del Reino de España, ya que publica tan sólo dos títulos al año, o a lo sumo tres. Además, no tiene sede más que nominal, ni plantilla, ni equipo, ni colaboradores externos, ni encargado de prensa ni nada por el estilo. La formamos dos personas, una en Madrid, que soy yo, y otra en Barcelona, Carme López Mercader, que es la encargada de las ediciones, es decir, de que los libros existan. La distribuidora Ítaca me hace el favor de colocar algunos ejemplares en las librerías, y mi agente literaria Mercedes Casanovas me echa una generosa mano en la contratación de derechos (cuando los hay). Y sin duda ha de ser la única editorial que no hace cuentas: sé que es deficitaria, porque sus volúmenes están cuidados, llevan muy buen papel y encuadernación, y a los ocasionales traductores les pago el máximo y, si lo desean, la mitad por adelantado, pues no en balde fui yo traductor en su día y habría deseado ese trato para mí. Aun así ponemos a los libros precios razonables, y aun así no se venden mucho. La única forma de no deprimirse en exceso y arrojar la toalla consiste en ignorar a cuánto ascienden las pérdidas anuales y generales (siempre he odiado saber cuánto gano y cuánto gasto). Me basta con comprobar que el Reino no se arruina por ello y sigo adelante, hasta que me canse, me aburra, o la excesiva indiferencia de los suplementos literarios me obligue a echar el cierre: si ni siquiera los lectores se enteran de la aparición de un título, qué sentido tiene.

Hasta la fecha Reino de Redonda ha publicado dieciséis. El Cultural de El Mundo, por ejemplo, no se ha dignado -cuesta creer que no haya deliberación- sacar reseña de ninguno de ellos, a lo largo de ocho años. El único suplemento que les suele hacer caso es Babelia, tal vez por la proximidad de mi firma, domingo tras domingo, en El País Semanal (sea como sea, gracias mil). Los demás acostumbran a ser rácanos. Habituado a no incurrir en el mal gusto de solicitar críticas y atención para las obras que publico como autor, me cuesta hacerlo para las que saco como editor, y empiezo a pensar que si uno no da la lata, llama, promociona, ruega, amenaza e insiste, mal lo tiene para que su catálogo suscite interés en los medios especializados. Da lo mismo que uno lance a las librerías rescates fundamentales de autores fundamentales (Isak Dinesen, Conrad, Hardy, Yeats, Sir Thomas Browne, el Capitán Alonso de Contreras o el gran Sir Steven Runciman) o que suelte textos interesantísimos desconocidos en español (Viaje de Londres a Génova de Baretti, los cuentos de Vernon Lee o los recuerdos del fusilero Harris que combatió en la Guerra de la Independencia). Si uno no hace relaciones públicas ni pide favores, será difícil que alguien, en las redacciones, se moleste ni en echarles un vistazo.

Por todo ello, y por la parsimonia del proyecto, en realidad no me atrevo a llamarme “editor”. Me limito a recuperar maravillosos libros olvidados y a ofrecer algunos nuevos que en mi opinión deberían ser conocidos en mi lengua o en mi país -es el caso de los artículos de Jorge Ibargüengoitia, el extraordinario autor mexicano muerto en Barajas hace ya muchos años, que aparecerán con prólogo y selección de Juan Villoro-. Todos los volúmenes, eso sí, llevan su prólogo o presentación: algunos míos -qué remedio-, otros de gente afectuosa como Mendoza, Savater, Pérez-Reverte, Antony Beevor, Rodríguez Rivero o el Profesor Rico -bueno, éste aún me lo ha de escribir-. Todos ellos forman parte del jurado del Premio Reino de Redonda, que concede cada año a un escritor o cineasta extranjeros la editorial, añadiéndose déficit, para variar. Pese a que son también miembros del jurado George Steiner, Almodóvar, Coetzee, Rohmer, Alice Munro, William Boyd, Ashbery, a veces Coppola, Villena, Magris, Sir John Elliott, Lobo Antunes o Gimferrer, la cosmopolita prensa española apenas si se hace eco de él, mientras llena páginas con cualquier merienda de negros de cualquier editorial poderosa o institución oficial.

¿Y las ventas? A diferencia de los editores de verdad, no tengo reparo en hablar de ellas. Nuestro best seller es La caída de Constantinopla 1453, que ha vendido cerca de cinco mil ejemplares, seguido a distancia por El espejo del mar de Conrad, Ehrengard de Dinesen y Vida de este capitán de Contreras, que van por la mitad. Los menos vendidos no llegan ni a mil ejemplares, y son, inexplicablemente, el mencionado Viaje de Londres a Génova, un divertido e inteligentísimo paseo por la España de Carlos III, La nube púrpura de M P Shiel -primer Rey de Redonda-, la novela que inauguró el subgénero “último hombre sobre la Tierra” que luego han copiado tantos, incluido el hoy famoso Richard Matheson de Soy leyenda, y los magníficos cuentos de El brazo marchito, de Hardy, que fueron mi primera traducción, allá por 1974. Tampoco los de Vernon Lee han alcanzado los mil lectores, quizá por ser tan extraña mujer como fue.

Sólo dos libros al año, a lo sumo tres, como he dicho. Y sin embargo cada uno lleva tanto trabajo -sobre todo a la encargada de la edición- que ahora admiro a los editores mucho más que antes de iniciar esta absurda aventura, que desde luego trae más sinsabores que ser autor. ¿Cómo es posible que algunos saquen ochenta o cien títulos anuales, si aspiran a hacerlo bien? Claro está que la mayoría cuentan con equipos nutridos, plantilla fija y numerosos colaboradores externos a los que suelen explotar a fondo. Pero aun así. Quizá es que demasiados -por lo que leo últimamente publicado en nuestro país- han renunciado a hacerlo bien: textos lunáticos o pésimamente escritos que nadie parece haber corregido, traducciones desastrosas o demenciales hechas por gente que no sabe la lengua de la que traduce ni la suya propia, erratas sin fin… “Productos podridos”, los llamé una vez, ante los que sin embargo nadie protesta en esta época de defensa de los consumidores. Ni siquiera los críticos, que pocas veces ya distinguen cuándo un libro está agriado. Lo que sale de Reino de Redonda es muy lento y modesto, pero al menos se puede tener la certeza de que está en buenas condiciones. Supongo que el verdadero destino de estas publicaciones es convertirse, de aquí a unos años, en objeto de coleccionistas, los cuales acaso busquen desesperadamente el título que les falte para completar su colección. “Doy lo que sea por Browne”, dirán. “O por Bruma de Crompton, o por La mujer de Huguenin”. A eso quizá se le llama trabajar para la posteridad. Les aseguro que en modo alguno era ésa mi intención.

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