El reino de lo posible

No debería hablar de angustias, pero tal parece que es mi tópico favorito. Digo que no debería porque hay una especie de felicidad en este libro de Víctor que aparentemente no permite concebir el desasosiego. Una felicidad por las cosas vividas, los lugares visitados, las personas conocidas. Una felicidad fundada, además, en lo leído y en lo escrito, es decir, en la lectura y en la escritura. Pero es precisamente aquí donde se infiltra la angustia, en este afán de escribir, en la necesidad de recordar y dejar un registro de ese recuerdo. Comenta Calvino en Colección de arena que la manía de llevar un diario responde a la “necesidad de transformar el transcurrir de la propia existencia en una serie de objetos salvados de la dispersión o en una serie de líneas escritas, cristalizadas fuera del continuo fluir de los pensamientos”. No es que el libro de Víctor sea un diario, pero como si lo fuera, porque es la misma preocupación por el olvido (la dispersión) la que motiva su escritura. La diferencia estriba en que no se trata sólo de recordar, sino de ser recordado. Es aquí donde entra, con toda su pertinencia, la literatura; llega desplegando sus espejos y ejecutando su juego de reflejos infinitos en el cual solemos caer con mucha frecuencia y con demasiada facilidad. Víctor construye sus pensamientos y reconstruye sus recuerdos inmerso en este juego en donde es sujeto y objeto a un mismo tiempo. La literatura es el espacio que le permite abolir la nulidad del olvido porque le ofrece la posibilidad de desdoblarse sin agotarse. Porque es la esfera de la reiteración y la reinvención; tal como él dice, el reino de lo posible.

La posibilidad dada por la literatura aligera el pesar de sabernos atrapados en la dinámica de un tiempo finito. “Estamos habitados por el olvido y cada segundo él triunfa escandalosamente”, dice Víctor. Entonces escribe o intenta escribir esas líneas que le otorguen posteridad, presencia. Toma apuntes de la realidad, de sus lecturas; los desarrolla en su block de hojas amarillas; los convierte en textos breves que luego integra en un libro. Le dedica este libro a sus amigos. El reino de lo posible se constituye de fragmentos y perfiles que fungen como el soporte de su memoria. Una memoria selectiva, por supuesto, porque no se trata de conservarlo todo ni recordar a todas las personas. También es válido el olvido cuando ayuda a eliminar el nombre, el gesto, la voz de lo innecesario. Como toda selección, es arbitraria; ésta en particular se encuentra fundamentada en una concepción del mundo a través de la literatura y en una ética de la sensibilidad literaria.

Para concebir el mundo a través de la literatura resulta fundamental (para utilizar una de las palabras de Víctor por excelencia), comenzar por definir, precisamente, a la literatura. La definición de Víctor parte de la dada por Aristóteles en el Arte poética, la cual considera, y en esto coincido totalmente con él, como la más precisa: la literatura es lo que podría haber sido. Más específicamente, Aristóteles dice que la poesía no habla de las cosas como fueron, sino como debieron haber sido. Es por esto que en el espacio literario se gestan todas las posibilidades y la literatura es, en sí misma, una posibilidad. El “cómo”, ya lo he mencionado antes, es un principio literario. Otorga la capacidad de fabular. Es la pregunta que apertura, la que antecede el inicio de las historias. “Inventamos el cómo ante la pérdida irremediable del qué”, apunta atinadamente Víctor. Es a este “cómo” al que hay que responderle cuando se concibe al mundo a través de la literatura. Es el motor, el centro exacto del dinamismo de la palabra.

Víctor ha escrito antes otros libros. Mientras escribía esos libros, el “cómo” lo rondaba. De esos roces surgieron esta serie de textos misceláneos que conforman El reino de lo posible. Debo decir que de todos sus libros, éste me parece el más cercano a lo que es vivir conforme a una actitud literaria, porque está ubicado mucho más allá de los academicismos que pueden encontrarse en sus obras anteriores. A veces resulta un poco difícil admitirlo, pero los academicismos anquilosan el pensamiento. Más bien, creo que le roban la voz al pensamiento: uno detecta las palabras, pero no resuenan. La lectura, pienso, es pronunciar las palabras ya sea en silencio o en voz alta, pero pronunciarlas al fin y al cabo. De este modo, las palabras se escuchan, suceden en la vida. Son un suceso, y como tal, precisan del “cómo” otorgado por la escritura. En El reino de lo posible (me refiero al libro de Víctor pero también a la literatura) las palabras traen consigo un tono dinámico porque están inmersas en la vida y buscan su eco en la vida. De hecho, de las siete partes que integran el libro, sólo la última carece de este tono, digamos, unánime; a excepción, por supuesto, de la crónica a la visita a Saúl Yurkievich meses antes de su muerte.

Ahora que lo pienso, seguramente a Víctor no le ha gustado que utilice la palabra unánime, precisamente porque denota una no excepción. Una conformidad. Sobre todo pienso que no le ha gustado porque desde que lo conozco habla de la constante renovación de los géneros, en particular de la concepción de la crítica literaria como creación. Ésta sería su gran excepción, su gran respuesta a ese “cómo” que todo lo potencia (al menos en este reino) y se yergue frente al olvido. La crítica contiene posibilidades creativas en la medida en que el crítico se desempeña como un lector múltiple. Múltiple es la palabra que Víctor utiliza y por la cual sospecho que no le ha gustado la mía de unánime. No obstante, creo que en la diversidad de lecturas existe algo que debe hermanarlas, que las vuelve un todo heterogéneo, y es, en efecto, la escritura. “El mundo era la posibilidad y la escritura: la manera de asirlo, de detenerlo por un instante”, Víctor dixit.

De algún modo esto es lo que sucede en El reino de lo posible: el mundo se detiene, y se detiene en varias partes y en varios momentos. Pero no se detiene para quedar estático sino simplemente para fijar un recuerdo, la impresión de una lectura, la emoción de algún encuentro. Una vez registrado, la escritura continúa. Es el “cómo” en movimiento, es decir, la actitud literaria en ejecución. Es a causa de ella que siento en este libro esa felicidad que aparentemente ahuyenta el deshasiego, a pesar de que Víctor tome a Kafka como modelo de actitud literaria -porque bien sabido es que Franz no era el tipo de persona feliz, y que se encontraba muy atormentado por su imposibilidad de escribir, por su eterna soltería, por tener que trabajar como burócrata, por su enfermedad y por la figura de su padre. Y no obstante todos estos detalles, Kafka es considerado un modelo de actitud literaria por muchos autores, como Elías Canetti, Roberto Calasso, Enrique Vila-Matas. Todos ellos, incluyendo a Víctor, toman como referencia básica los diarios de Kafka. Una coincidencia, “la suma de dos o más azares, la manifestación inmediata de un destino múltiple”. Detrás de esta coincidencia (unánime y múltiple) se encuentra la misma angustia kafkiana. ¿Y cómo puede haber un asomo de felicidad dentro de semejante angustia? Existe gracias a la posibilidad, es decir, gracias a la literatura, que permite el desdoblamiento. Tanto Canetti, como Calasso, Vila-Matas y Víctor se posicionan desde fuera de sí mismos al escribir sus diarios o dietarios; se reconocen como sujetos críticos con el mismo fin: saberlo todo. Dice Elías Canetti en La conciencia de las palabras: “Quien realmente quiere saberlo todo, lo mejor que puede hacer es aprender de sí mismo. Más no deberá tratarse con miramientos, sino más bien como si fuera otra persona: no con menos, sino con más dureza”.

La labor crítica emana de la actitud literaria. Inicia en uno mismo para extenderse hacia la realidad. Por lo tanto, no es escribir sobre uno mismo perdido en un influjo narcisista (algo hay de eso, claro), es, más bien, como afirma Víctor “entender el mundo a través de una experiencia lectora basada en la sensibilidad y el sentido crítico”. Pareciera que se está escribiendo un diario, pero es más que eso, porque no es la intención permanecer en una esfera privada, en el ámbito de lo secreto: la intención es invadir el espacio público, por eso el libro, por eso las dedicatorias a los amigos. Hay un deseo de abrazar, un impulso colectivo. Acabo de decirlo: el fin es saberlo todo. Y para saberlo todo hay que abrirse al mundo, porque, y esto lo escribió Canetti, “a nada se halla el hombre tan abierto como al aire”.

Así, en los textos que integran El reino de lo posible, en las reseñas de libros, en las crónicas de viajes, en la recuperación de instantes, en la crítica a las industrias editoriales, a las políticas culturales de aquí y de todas partes, se busca responder a ese “cómo” teniendo plena conciencia de ser en el mundo. De andar en el aire. Sí, es una alegoría. La realidad es que Víctor suele caminar mucho y por eso observa muchos detalles que usualmente se nos escapan, detalles que le permiten, en la medida de lo posible, saberlo todo (y es muy sabido, tanto como la angustia de Kafka, que Víctor siempre quiere saberlo todo de todos). De hecho, hay una pregunta que aparece en su libro que en cierta forma resume todas las intenciones antes mencionadas: la preocupación por el olvido, la actitud literaria, la necesidad de escribir, la lectura del entorno, y es la siguiente: “¿Qué sueñan los que duermen en los parques?”. En ella se concentra la curiosidad, el afán de conocimiento, el sentido crítico, la imaginación. Es la enunciación que centrifuga las posibilidades, que inicia la ficción, porque “a veces la realidad precisa vitalmente de la ficción, de la conspiración”.

Ya van dos veces que cito a Víctor sin decir que lo estoy citando. Es un gesto literario, me parece, el juego de espejos de la literatura. Es el efecto de la coincidencia, la complicidad. Pero también tiene que ver con la herencia de ese destino múltiple que nos hermana a todos los que vivimos o pretendemos vivir con una actitud literaria y con la ética que ésta conlleva. Tiene que ver con la memoria. Dice Víctor (ahora sí digo que él lo dice) que “toda obra literaria es póstuma”: es después de que la leemos cuando nos impacta su luz, o su tiniebla, uno nunca sabe. “Es preferible el peligro de la incertidumbre a la certeza de un olvido seguro”. De nuevo lo cito sin citarlo, sólo para redondear, dejar en claro que no obstante la especie de felicidad que hay en este reino, la escandalosa presencia del olvido lo ronda. Porque de otra manera no existiría. No habría libro ni amigos a quién dedicárselo. Es necesaria la angustia. El desasosiego.

(Texto leído para la presentación del libro El reino de lo posible, de Víctor Barrera Enderle, dentro de la XVIII Feria Internacional del libro de Monterrey. La obra es la imagen de portada del libro, una de las pinturas favoritas de Víctor, de un pintor regiomontano, Alfredo Ramos Martínez. No tiene título ni fecha.)

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