Los ojos del deseo

Para Andrés

Basta una mirada para enunciar el deseo, para hacerlo evidente. Pareciera que es necesario decirlo, pronunciar palabras que lo definan, pero no es así. Es suficiente con la mirada. A veces la literatura se concentra demasiado en describir el deseo, y empeña palabras y espacio en tratar de aprehender lo inaprensible, porque el deseo no se sujeta sino que se le deja fluir. La literatura más bien describe el flujo del deseo, no tanto al deseo en sí. Ése siempre se nos escapa, nos trasciende. Y es la mirada la delatora. Entonces, creo, la literatura debiera indicar el momento de la contemplación, la forma en que lo que se desea nos entra por las pupilas, el impacto de saber que existe algo que puede fascinarnos. Sobre todo debe indicar el impacto porque ése es el que nos transforma, y el impacto se da en el encuentro. Esto tiene que hacerse con mucha claridad, porque a nadie le interesan los deseos difusos. Tienen que usarse las palabras precisas. Y me parece que no hay nada más claro que empezar diciendo que se está mirando y que al mirar caemos irremediablemente en el abismo de dicha visión. Porque ingresar al flujo del deseo es estar dispuesto a la caída, al golpe contundente, al abrupto abrir de la conciencia. En el caer se encuentra la apertura. Es el riesgo. La literatura habla de ese riesgo.

Y recuerdo, de pronto, a Marguerite, Marguerite Duras y sus novelas donde enuncia la mirada, la mirada que anuncia el deseo. En sus libros sus personajes están tocados por la brevedad y la reiteración porque no se agotan en palabras, pueden repetirlas una y otra vez, acometer las mismas acciones, con la plena intención de no desviar sus ojos del objeto de su deseo. Observan detenidos en atardeceres. Se les tensan las manos, todos los miembros. Les resbalan gotas de sudor por la espalda. Observan. Todo comienza con la mirada, todos los encuentros. En El amor, Marguerite relata: “Un hombre. Está de pie, mira […]. No se mueve, mira”; en Destruir, dice, comienza “Ella, sí, ella ve, ella mira”. En El amante, dice “Él la mira. Se miran. Se sonríen. Él se acerca”. En Moderato cantabile, una vez que Anne Desbaresdes es vista una y otra vez por Chauvin, una vez que ha sucedido todo -la caída irremediable a causa del deseo-, Marguerite culmina “Anne Desbaredes esperó un minuto, luego intentó levantarse de la silla. Lo consiguió, se levantó. Chauvin miraba a otra parte. Los hombres evitaron una vez más posar la mirada sobre aquella mujer adúltera”.

Todo termina cuando la mirada se desvía. Pero Marguerite no permite que sus personajes se queden viendo el vacío, porque no acepta la interrupción del flujo del deseo. Podrán desviar la mirada pero permanecerán inmersos en el deseo, de otra persona, de cualquier otra. Quedarán a la expectativa de nuevos encuentros, atrapados en la lentitud y el laconismo, en esos parajes de melancolía que Marguerite construye. Porque de alguna manera, el deseo también es nostalgia por todo aquello que tanto ansiamos tener y que sabemos es muy posible que jamás poseamos. Pero ése es, precisamente, el riesgo.

La superficie de la mar se ilumina de color rosado. Sobre ella, el cielo se decolora.

Se oye:

-El día abre sus ojos, ¿no lo sabía?

-No.

El viajero mira: los ojos, en efecto, se abren cada vez más, los párpados se separan y, en un movimiento imperceptible debido a su lentitud, el cuerpo, todo entero, sigue a los ojos, se vuelve, se sitúa en dirección a la luz naciente.

Se queda así, frente a la luz.

El viajero pregunta:

-¿Ve ella?

Se oye:

-Nada, ella no ve nada.

En la noche de S. Thala, las sirenas vuelven. La mar crece, se decolora como el cielo.

Se oye:

-Ella permanecerá así hasta la aparición de la luz.

[…]

El viajero pregunta:

-¿Qué sucederá cuándo llegue la luz?

Se oye:

-Durante un instante, ella quedará cegada. Después comenzará a verme de nuevo.

(Marguerite Duras, El amor, trad. de Enrique Sordo, Editorial Tusquets, 1990)

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