El instante de la blancura

1.

Hace tiempo, no recuerdo cuánto, comenzó esta situación de estar en el momento y el lugar exactos de una muerte espantosa. Siendo más específica, de estar en el instante posterior a la muerte, cuando el cuerpo es sólo cuerpo destrozado, maltrecho, agotado; cuando queda expuesto con el rictus, ese gesto inalterable del que se ha ido con violencia, siendo arrebatado de pronto de una cotidianeidad que lo protegía. Uno no debiera caer en la fantasía de la rutina porque la muerte gusta del escándalo. De los fluidos derramados. Decía, entonces, que hace tiempo he tenido la curiosa pertinencia de aparecer en el momento siguiente a la muerte espantosa. La primera vez iba en un auto por la avenida Gonzalitos. Era de noche y el tráfico fluía normal hasta una parte de la avenida donde una serie de conos naranjas indicaba que un par de carriles estaban cerrados. Yo, que iba del lado del copiloto, volteé hacia estos carriles y distinguí una masa en el pavimento. El auto avanzaba y yo seguí viendo una serie de bultos amorfos y húmedos dispuestos en línea sobre la avenida. La línea finalizaba bajo una manta que cubría un cadáver tendido frente a una ambulancia. Los bultos eran partes de ese cuerpo. Había sido despedazado con una precisión casi poética. Las manchas de sangre en la manta indicaban las partes perdidas, los huecos que quedaron en el cuerpo tras el impacto: eran la huella y el resto eran sus rastros. El vacío que denota silencio y el registro de su irrefutabilidad. Así se anuncia la muerte y así permanece. Mayor claridad no podía haber.

2.

Hace un par de años iba en el Ruta 17 Santuario rumbo al trabajo. A la altura de Calzada Victoria y avenida Alfonso Reyes el tráfico comenzó a avanzar lento. Me recargué en mi asiento un poco fastidiada. Desvié mi mirada hacia la ventana casi por inercia. De nuevo mi contemplación fue breve pero suficiente. Sobre la avenida estaba una mujer arrodillada con un bebé en brazos. Del cuerpo del bebé fluía sangre que goteaba sobre su regazo. Ella lloraba y gritaba mientras un policía desviaba el flujo de vehículos para que no pasaran por encima del otro, otro niño que yacía con el cráneo abierto frente a su madre, justo al lado de la carreola de su hermano. Aún no habían cubierto el cadáver y la mujer no soltaba a su bebé destrozado y no dejaba de mirar sin mirar a su otro hijo deshecho. El camión pasó muy lentamente a su lado. Y mientras yo veía pensaba en cómo era posible que ella estuviera intacta. No me conmovieron sus lágrimas sino la aparición de las mariposas: un conjunto de mariposas amarillas que emigraban volaron por encima de los niños muertos. Aletearon sobre la espesura de la sangre y de los sesos, sobre la densidad de la culpa y la tristeza de esa madre que había quedado intacta.

Pertinentes las mariposas.

3.

En todas estas situaciones hay elementos que se repiten: los cuerpos impactados y abiertos, el tráfico que se detiene, las ventanas. ¿Y cómo vería si no fuera por las ventanas? Son un filtro que me permite mantener mi distancia. Se trata únicamente de ver. La ventana es el marco que me obliga a prestar atención. Enfoca. Así, me encuentro una vez más ante una ventana, durante uno de mis viajes de regreso de Zacatecas. Anochecía. El autobús comenzó a aminorar su marcha. A partir de ese momento empecé a sospechar, a presentir la aparición de la imagen de la muerte. Volteé hacia la ventana con el conocimiento previo de lo que iba a ver. En efecto, ahí estaba: a un costado de la carretera se encontraba un auto volcado. Un par de personas hablaban teniendo a sus pies dos o más cuerpos cubiertos con colchas de cuadros de colores. No parecían acongojadas. Era claro que no eran familiares ni amistades. Sólo se les notaba el ceño fruncido por la preocupación de tener que lidiar con la muerte de unos fuereños. ¿Y quién velará por nuestra muerte?, parecían pensar mientras esos cadáveres desconocidos les alteraban para siempre sus existencias.

4.

Decía al principio que ya hace algunos años que esto me sucede: estar en el momento posterior a una muerte. La verdad es que tengo claro el día en que comenzó a perseguirme esta circunstancia (qué impertinente llamarle circunstancia; es que no sé de qué otro modo llamarle: es, en efecto, una de mis circunstancias): fue el día que murió mi abuelo. Llegué al hospital junto con mi madre y él acababa de morir. Su muerte no fue espantosa, no hubo autos ni destripamiento de por medio. Tampoco hubo una ventana. Era sólo él frente a nosotras, acostado en su cama, con el último de sus gestos. Tenía la boca abierta, los ojos cerrados y el rostro inclinado hacia la derecha. No sé bien porqué, pero yo lo vi completamente blanco. A él, al cuarto, la sábana que lo cubría. Mis tíos y mi madre comenzaron a rezar una letanía, o eso parecía. Yo me hice a un lado. Me angustiaba ver a mi abuelo con la boca abierta, como si hubiera querido decir algo por última vez. Me angustiaba imaginar esa palabra no dicha flotar incompleta por el blanco de la habitación, tratando de eludir las palabras de la letanía. Alguien dijo algo de cerrarle la boca. Luego todos callaron. El cuarto del hospital quedó, por unos segundos, en completa blancura.

5.

Por la mañana, una oruga caminó hacia el interior de mi casa. Una hora después, estaba bocarriba siendo devorada por las hormigas.

3 thoughts on “El instante de la blancura

  1. las mariposas suelen simbolizar la resurrección o la transición, así que quizás no fueran una señal tan negativa.

    por otro lado, la oruga devorada por las hormigas es una imagen más fea.

  2. Llegué a tu publicación a través de la siguiente: http://patriciadamiano.blogspot.com/2009/01/galera-thomas-bernhard.html
    Llegué por curiosidad y me quede leyendo como si charláramos en un café, como si me lo estuvieras contado, mirándome a los ojos. Esta es una forma de completar ese diálogo.
    Pensaba, mientras leía o me hablabas, en todas las noticias de TV, radio, diarios, etcéteras y etcéteras, ocupadas en licuar estos mismos episodios sensibles con temas como la seguridad y las responsabilidades, las campañas educativas y sus aspectos políticos, mientras diluyen el contenido denso, acuoso de estos episodios (tus circunstancias) que es la aparición de la muerte, la revelación cotidiana de la carencia de inmortalidad como realidad indudable que nos dejará mudos.
    Gracias por esta conversación, es síntoma de vida.
    Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s