El cabello de la bruja

Cuando era niña usaba el cabello muy largo y suelto. Lo odiaba. No me interesaba en absoluto su cuidado. Podía traerlo sucio por días y me era indiferente. Podía tener una maraña de nudos, pero nada me hacía peinarlo. Lo dejaba así, tal cual, cayéndome como estopa sobre la cara. Por supuesto que picaba, pero me resistía. No soportaba la idea de ser como las niñas lindas que iban conmigo al colegio. Me asqueaban sus moños con encajes de colores, sus cabellos restirados con gel y esos copetes terribles que seguramente sus propias madres les habían recortado. Odiaba tener el cabello tan largo pero prefería no tocarlo. Mi madre me lo lavaba y peinaba. Yo me quedaba quieta como en un trance, con la certeza de tener que vivir con semejante carga hasta que tuviera el valor de rebelarme. Ignoraba que para mi madre esto de que yo trajera el pelo tan largo era una cuestión de armonía estética y de herencia: ella también traía el cabello largo. La verdad eso me importaba muy poco. Yo lo padecí como un castigo primigenio, venido conmigo desde mi nacimiento. Y más lo pensaba como una tortura cuando veía que yo era la única con semejante cabellera. Mis compañeros del colegio hacían burla de mi apariencia descuidada, de mi nulo deseo de verme normal, como las demás niñas. Honestamente yo no buscaba verme distinta, fueron las circunstancias. El punto es que comenzaron a decirme bruja. Bruja, bruja, bruja. De tanto decírmelo comencé a creérmelo. Por ese entonces comencé a interesarme en la literatura. No en la lectura: en la literatura. Leía desde pequeña pero adquirí noción de lo literario cuando empecé a elucubrar ficciones. Sí, es un eufemismo para decir que mentía. Esa era mi magia, mentir todo el tiempo. Luego comencé a escribir. Como era una bruja, todos querían saber qué era lo que escribía. A veces permitía que vieran. Todo dependía de mi cabello: si lo traía recogido era fácil verme escribiendo; si lo traía suelto caía sobre mi pupitre cubriéndolo todo: escribía por entre los mechones de pelo. Mi magia consistió en construir una intriga, un misterio. ¿Qué era lo que yo tanto escribía? Ahora que lo recuerdo no puedo precisarlo, y además todo lo destruí. La verdad no importaba el contenido sino el acto y lo que éste desencadenaba. Importaba, claro, mi cabello largo y oscuro de bruja. Importaba que no me importara. Ni peinarme ni dejar de escribir.

Al cumplir 18 años me rapé. Para entonces ya había cortado mi cabello en muchas ocasiones y de diversas maneras. La primera noche que pasé con mi cabeza pelona fue difícil. No pude dormir. Me senté al borde de la cama pasando mis manos por mi cabeza como disculpándome. Lloré. Es cabello, me decía, debe crecer. Luego pensaba en los peinados de mis compañeras de colegio, con sus moños y listones, y esos horrendos copetes que sus madres les fijaban con spray. Pensaba en mi larga cabellera de bruja, la que mi madre cuidaba con esmero. La que caía sobre mi rostro y sobre mi cuaderno cubriendo con cuidado mis mayores secretos, mi escritura y mi gesto.

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