Del suicidio literario y otras formas de vida / muerte

Para Diana

Este último par de meses la vida se detuvo. Un prolongado stand by de más de sesenta días. No es que no estuviera haciendo algo, en realidad hice demasiado. A veces sucede que uno se pierde en la inmensidad de la demasía. Son tantas cosas en tan poco tiempo que uno se abruma. Es como cuando la cotidianeidad nos absorbe, hay un sopor, diferente, pero sopor a fin de cuentas. Con el rush persistente algo se nos adormece. A mí se me durmió la escritura y este afán de escribir sobre ella. No sé si haya sido por haber estado tan inmersa en la vida. Nunca he querido aceptar este lugar común de que la gente que escribe o que se dedica a la literatura tiene que aislarse de la vida para poder concretar su creación; esta idea del “suicidio literario” sobre la que leí hace años y que cuando lo hice resultó muy pertinente. Estaba queriendo hacer mi tesis sobre algo, no recuerdo bien qué, algo sobre Pizarnik, Blanchot, Derrida. La escritura y su silencio. Por un tiempo creí en eso. Lo creíamos Diana y yo. Algunas veces hablábamos sobre esto: la “no-escritura”. En ese tiempo, Diana tenía un blog (estéticaautomotriz) y subió un post donde desmenuzaba su deseo de escribir y su imposibilidad de hacerlo. En realidad el post era (o es, ignoro si aún exista en la red) muy largo, personal y pleno de símbolos. Yo le dejé un comment, precisamente acerca del suicidio literario, que dice:

Ayer leí acerca del “suicidio literario”, es decir, cuando el escritor sacrifica su presencia en la vida por la ausencia en la escritura. Deja de ser alguien por hacer algo, en este caso, escribir. Esta noción del “suicidio literario” la tomé de Derrida, quien a su vez la toma de Rousseau. Derrida menciona: “…al soy o al estoy presente así sacrificado se prefiere un lo que soy o lo que valgo”. Todo esto remite a la situación de soledad y de ocultamiento del escritor, condición necesaria para la creación. En fin, lo que quiero decirte, más bien, escribirte, es que me encontraba reflexionando sobre lo anterior cuando leí tu texto sobre el deseo de escribir, sobre tu escritura de la no-escritura, sobre el escritor que no escribe pero que debería escribir (sería lo óptimo, puesto que es escritor). Me parece que esto que tú describes es más cercano a un suicidio literario que el hecho de vivir en soledad para escribir. Eso más bien sería un suicidio motivado por la literatura, que no literario. Lo literario se dice de aquello que pertenece a la literatura, y la soledad es a pesar de la literatura. Escribir sobre no poder escribir resulta ser un metalenguaje mortífero que asesina a tu escritura a través de tu propia escritura. Pero lo que subsiste, según leo, es el deseo de escribir sobre otra cosa. Para mí aquí hay un anhelo de vida. Y no quiero escucharme -aunque no me escucho- plena de ondas positivas. Lo que quiero decir es que ese deseo te mantiene escribiendo, aunque sea sobre no poder escribir. La imposibilidad de realizar tu escritura es lo que te hace decir que tienes que escribir. Y sí, tienes que escribir, aunque tus palabras te (se) suiciden, aunque nadie dijo que debías hacerlo, tienes que hacerlo, porque has hecho conciencia y entiendes lo que es la escritura.

Me resisto a pensar que dejé de escribir por estar tan presente en los dramas de la vida. Me resisto a pensar que sólo puedo escribir porque la vida me ha dejado un poco de lado. Que dejé de hacer para ser. Pero hay algo que resulta incompatible, como me lo dijo Diana años después, algo de la vida que no embona con la escritura. Por eso sucede que cuando la vida avasalla nuestra existencia, nuestra escritura muere un poco. Nos quedamos congelados ante la vida que se despliega, la que acontece fuera, dentro, alrededor de nosotros. La vida que se gesta en nuestro interior. La vida que brota y la vida que se trunca. ¿Cómo puede la escritura comprender la muerte de la vida? Por eso mejor guarda silencio. Duerme. Muere.

2 thoughts on “Del suicidio literario y otras formas de vida / muerte

  1. Encontré tu blog por casualidad y es curioso, pues precisamente hoy – mientras escribía algunas notas para mi tesis – pensaba que la escritura (la mayoría de la veces y en mi caso) sólo nace del silencio y la soledad.

    By the way… escribes muy bien!

  2. Hace 3 días encontré este post. Quise comentarte, pero me dio alergia en las yemas. Como sea, con todo el escozor y el estupor encima, sé que que debo escribirte, para mí significa una especie de prueba inicática (o una broma cósmica, según la preferencia en turno), para ver que de verdad puedo comunicarme con ustedes, que de verdad puedo “publicar” (es decir, visibilizarme, hacerme pública (como una mujer en toda la connotación prostituril, porque esto del diálogo no deja de parecerme un intercambio algo un tanto así “por el estilo”)). En fin, (y son las 11:11 al redactar esta precisa línea (qué casual), algunas aclaraciones, antes que nada. Aunque yo estoy segura de que “lo que es” no es lo que evidentemente importa, sino el modo interpretativo de cada uno de nosotros respecto a ese objeto, yo nunca quise decir que mi deseo fuera escribir pero me fuera imposible hacerlo. Mas bien, mi conflicto en ese entonces era, por una parte, el desear no escribir (porque me alejaba de “lo que” escribía, de la vida, de la escencia) y por otra, el haberme percatado de que casi toda mi escritura trataba sobre el deseo de hacerlo o sobre la imposibilidad de hacerlo, lo cual es distinto a no poder hacerlo literalmente. No es lo mismo la palabra palabra que la palabra palabra. . . Este descubrimiento se convirtió, eso sí, en una malinterpretación de mí misma. Aunque yo sabía que en el fondo la “no escritura” era un tema, durante estos tres años en Z. me confundí y llegué a creer que de verdad yo no había escrito ni una línea en mi vida. Eso se debió, en parte, a que nunca he hecho pública mi escritura, a que los otros ni yo misma me re-conocen como alguien que escribe, en fin, a que mi escritura es un asunto secreto. No no fue sino hasta enero de este año, mes en que empecé lo que debía para concretar ese (esa idea de) Libro que estoy escribiendo de manera y tiempo indefinido: recopilar, transcribir y organizar todos los textos que escrito desde que mi escritura es legible (o escribible, según Barthes) que me di cuenta que de seguir diciendo que yo no puedo escribir, estaría perpetuando una falsedad, una lamentación idiota, pues, evidentemente, es cribo, es decir, ella siempre escribe, aunque su tema no sea otro que el de la imposibilidad de hacerlo. Si cribo y escribo que “Yo” no escribo, no es porque no escriba, sino porque “Yo” no lo hago; escribe la Heterónima. La escritura es quien se escribe. Puedo decir que al fin, a partir de aquel post que refieres que iba junto con la lectura de Bartleby y compañía, en el recuento de estos años, llegué a varias conclusiones, una de ellas es la necesidad de erradicar mi nombre, para ser congruente con toda esa palabrería. Sólo anonimizándome y haciendo sinónimas el mote de escritura y el mote de autor, esto que hago me salvaría de la arrogancia y de la muerte. En tanto que ocurra mi suicidio, que eventualmente debe ocurrir, tal como indican los usos y costumbres, soy sólo una transcriptora imperfecta de un murmullo de ruido: derruido. MI nombre es su ausencia. Y creo que puedo ya decirte que puedes llamarme Eterónima, no a mí, a todos nosotros, a todas esas, las palabras que siempre se escriben desde el silencio de nunca.

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