La trampa de la vanidad

De nueva cuenta me invade la imposibilidad de escribir, pero ahora es más una incapacidad: literalmente no puedo escribir. Me he lastimado los tendones de mi muñeca derecha y llevo semanas sin tomar una pluma. Hoy, sin embargo, me he rebelado al dolor y me he atrevido a teclear un poco. Estos días en los que he tenido que recurrir a la ayuda de terceros de manera constante, me he dado cuenta de la trampa de la vanidad, del orgullo. La trampa en la que suelen caer los escritores, los intelectuales, los científicos, todas las personas que dedican su vida a la imaginación o al pensamiento, cuando de pronto quedan incapacitados físicamente. Dilthey comenta, acerca de los poetas pero puede extenderse a otras personas de esta índole, que “a partir de la vida todos aspiran a ascender por encima de ella hasta la reflexión”. Es decir, llegar desde la vida, lo tangible, hasta la reflexión, lo étereo, lo esencial. Eso es lo que les importa. Tiene mucho sentido. Jorge Wagensberg, en su libro Yo, lo superfluo y el error, comenta que dedicarse a la ciencia o a la literatura supone, la primera, una expulsión del yo, y un regodeo del yo, la segunda. En ambos casos, hay un descuido del cuerpo, pasando del exceso de indiferencia al exceso de vanidad en beneficio del pensamiento o de la creación.

munch

Por lo general, hay una especie de aureola que circunda a estas personas, algo que en apariencia los deslinda de la rudeza de los movimientos. Pueden llegar a ser torpes o ágiles, pero no hay demasiada exigencia. Ubican su atención en otras áreas de su cuerpo, hay otras partes que de manera inconsciente protegen por encima de otras. Ahí comienza la trampa de la vanidad, los hace creer que no es importante cuidar tanto el cuerpo porque lo que vale de ellos es su conciencia, la capacidad de idear, imaginar. Pero nada de lo que imaginan o idean puede ser posible sin el resto, sin el cuerpo. El descuido del cuerpo es el peor error que puede cometer cualquier persona, y en el caso de los escritores e intelectuales, la frustración de no ser capaces de concretar por sí mismos sus pensamientos o creaciones es doble si se mantienen crédulos a los artificios de la vanidad. Y no digo que no se pueda superar la discapacidad repentina (sí, hablo de accidentes que ocurren de repente, no de situaciones congénitas), a fin de cuentas Cervantes escribió manco (y preso, pero ése es otro detalle) El Quijote y Borges no se detuvo por una simple ceguera (ya que, siguiendo al propio Borges, lo que importa es no olvidarse de sí mismo: de nuevo la conciencia); digo que se debería superar esa aureola que los hace suponer que nada va a ocurrirles, esa trampa de la vanidad que los ensalza (y enlaza, es decir, los limita), que los hace mantenerse siempre al margen de la locura, pues esta trampa de la vanidad les insiste que los únicos males de salud que los circundan son de tipo neurológico o canceroso. Porque, claro, lo peor es perder la lucidez, el entendimiento. Perder aquello que los hace ser, precisamente, los pensadores. Pero no hay mente sin cuerpo y no hay idea, no hay razonamiento, no hay conciencia que no necesite de la expresión elocuente de un cuerpo.

La imagen es “La niña enferma”, de Edvard Munch.

One thought on “La trampa de la vanidad

  1. a propósito de las limitaciones (que te interesan, ya van varios textos: pero qué bueno), está también la de cerrarte los accesos, volverte despreciable, o aferrarte a la pobreza. lanzar promesas de “yo nunca” y todo ese tipo de obstáculos y maldiciones que, algunas veces (supongo) se hacen con la intención de permanecer en sí mismo ante…, o de postergar una disolución que se siente cercana siempre. pero ¿existirán las limitaciones inherentes? subí un texto de cioran, que se llama “el parásito de los poetas”, y antes (hace rato ya) he subido otro de él también que se llama “pensar contra sí mismo”. ambos tocan esta cuestión vanidosa (que es además muchas otras cosas) de la limitación.

    saludos y abrazos, jessica

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