Reconciliaciones

1.

Hace poco más de un año, escribí un texto acerca del suicidio literario. En él decía que había habido un tiempo en el cual la noción del suicidio en y por la escritura, en y por su imposibilidad, me resultaba muy pertinente. Por Alejandra, claro (Pizarnik, para quienes no sepan de mi cercanía con Alejandra y precisen de apellidos para ubicarla. Para mí es sólo Alejandra). Al final refería que Diana me había comentado en alguna ocasión sobre la incompatibilidad de algo de la vida con la escritura. Como en ese entonces yo estaba atravesando por un periodo de luto en el cual la escritura se convirtió en el único paliativo, al principio me pareció que así era, que para la generación de mi escritura algo en mi vida debía morir. Y murió. Y yo escribí. Luego vino otro texto, el de Anäis Nin y su traumático aborto. La hija que no quería porque ella no deseaba ser madre, sino amante, siempre amante. A este texto le puse un epígrafe, el cual ya no comparto pero que entonces me concernía: “El hijo, por ser un símbolo, es innecesario”. Es de Anäis. Diana me dejó un comentario, muy claro, donde me decía: “El hijo, precisamente por ser un símbolo, es necesario”. Me dio un vuelco. Me lo dio con brusquedad, y esto nunca se lo he dicho a Diana, yo siempre lo supe, pero necesitaba negarlo. Y me mantuve en la negación hasta que ella me lo escribió de la única forma en la que lo pude entender.

Una vez entendido y aceptado el símbolo del hijo y su existencia, la escritura que hasta entonces fungía como una especie de sobreviviente entristecida a la cual no le queda más que contar una y otra vez la historia de su desgracia, se transformó. La escritura ya no era más el reflejo de la imposibilidad de escribir ni el remanso de otras frustraciones; la escritura es, ahora, proyección de posibilidades. Es gestación continua. El hijo surge una y otra vez, no se agota. Termina para comenzar otra vez.

De esta manera, me reconcilié con la escritura y reconcilié a la escritura con la vida.

2.

Luego han sucedido otras reconciliaciones. Por ejemplo, ahora me siento más cercana a las cosas. A cada objeto que no habla pero que de todas formas dice. Debe ser por este sumergirme en lo doméstico sin enajenarme, disfrutar de cada elemento de mi hogar, el espacio que hemos construido a pesar de muchos a pesares. Porque al final, los objetos que uno va colocando, que va recuperando, que va coleccionando, son como palabras que entretejen una escritura, la escritura de nuestras vidas. Del mismo modo, los objetos que desechamos dejan en nosotros la huella de su ausencia, los mantenemos vigentes precisamente porque nos faltan. A veces pienso en todas las cosas que he desechado y me entra una nostalgia y una vergüenza, porque aún sabiendo que en su silencio me hablaban, no las quise escuchar. Ahora no deseo desechar nada. Me quedo en silencio y escucho.

En gran medida mi reconciliación con los objetos tiene mucho con ver con El museo de la inocencia de Orhan Pamuk. En esta novela, Pamuk va refiriendo la historia del Estambul de los últimos 35 años valiéndose de otra historia, la de Kemal y Füsun; pero no se trata de la relación lineal de los acontecimientos de su amor: la otra historia la van contando los objetos que Kemal va coleccionando a lo largo de los años mientras esperaba, por fin, estar con Füsun. Así, guardaba y robaba todas las cosas que Füsun tocaba, o veía, o cualquier otro objeto que le remitiera a ella y al momento de su amor. Kemal fue acumulando estos objetos con los que, más tarde, conformaría un museo, El Museo de la Inocencia, el cual tendría como catálago de su exposición una novela, escrita por Pamuk, precisamente porque para Kemal estos objetos fungían como palabras que iban hilando su amor por Füsun, que lo expresaban con sólo mirarlos (cabe destacar que el museo existe, Pamuk compró un edificio para que interactúe con la novela). El museo viene a ser, entonces, un espacio situado en la calle de Cukurcama en Estambul, y un espacio escritural, el libro escrito por Pamuk, en donde en el primero, los objetos nos hablan desde su silencio, y en el segundo, lo objetos devenidos palabras nos hablan desde otro silencio, el de la escritura.

Así, vuelvo a pensar en todos esos objetos que no atesoré y me lamento. Los espacios desocupados son lagunas en la escritura de mi vida. A veces uno no piensa que puede establecer vínculos afectivos con esos objetos con los que convivimos a diario. Lo menciona Kemal a través de Pamuk en El museo de la inocencia:

Los objetos, todos esos saleros, perritos de porcelana, dedales, bolígrafos, prendedores y ceniceros, se esparcían por el mundo emigrando en silencio exactamente como las bandadas de cigüeñas que pasan dos veces al año por encima de Estambul. En los mercadillos de Atenas y Roma vi un mechero como este que le compré a Füsun y otros muy parecidos en las tiendas de París y Beirut. Este salero que estuvo durante dos años en la mesa de los Keskin fue fabricado en algún taller de Estambul y lo vi también en remotos restaurantes de la ciudad, pero asimismo lo vi en un restaurante musulmán en Nueva Delhi, en una casa de comidas de los barrios viejos de El Cairo, sobre las lonas que extienden en las aceras los chamarileros los domingos en Barcelona y en una tienda vulgar de utensilios de cocina en Roma. Es evidente que alguien fabricó este salero en algún sitio; siguiendo el mismo modelo, en distintos países se sacaron muchos otros a la venta utilizando materiales parecidos; y a lo largo de los años a partir del Mediterráneo sur y los Balcanes millones de familias usaron en su vida cotidiana millones de copias del mismo salero. Cómo se había esparcido este salero por rincones del mundo tan alejados entre sí era un enigma, exactamente igual que el de cómo se comunican entre ellas las aves migratorias y cómo es posible que siempre sigan la misma ruta. Luego llegaba otra oleada de saleros que ocupaba el lugar de los antiguos, al igual que el viento del sudoeste que golpea las costas deja en ellas muchos objetos llevándose los viejos y trayendo otros nuevos, y la mayor parte de la gente olvidaba aquellos útiles con los que se habían pasado una parte importante de la vida sin ni siquiera darse cuenta de las relaciones sentimentales que habían establecido con ellos.

Si los objetos son palabras, mi casa es un espacio escritural, una hoja en blanco en donde los objetos caen como impronta. Dentro de la casa yo misma soy palabra, y Alejandro es otra palabra, y nos movemos de habitación en habitación dejando tras nosotros los puntos suspensivos que le dan continuidad a nuestra historia conjunta.

3.

Pero aún me hacen falta otras reconciliaciones. Alcanzar con mi silencio el silencio de otros, el de las personas se han alejado de mí, por ejemplo, las personas que desaparecen sin dar explicación. Quizás esto parezca ajeno a la escritura, pero no es así. Cuando las personas que amo se distancian, en mí surge un abismo. Sin embargo, ahora esos abismos no me atemorizan. No son más símbolos innecesarios o imposibles. Veo en ellos la posibilidad multiplicada, y entre el juego de sus apariencias, veo aparecer, siempre, la posibilidad de la reconciliación.

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