La escritura ilimitada: la visión del Aleph

Tengo una hermosa y rara edición de El Aleph de Borges, ilustrada por José Hernández. La casa editorial es Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, de España. Digo que es rara porque ya no aparece en el catálogo de la editorial, al parecer está agotada (fue publicada en 1993). Desde ahí comienza su hermosura: el saber que soy la poseedora de un ejemplar entre miles de un libro que ya no está. Pero esta hermosura viene matizada por otra, anterior —anterior porque hasta hoy supe que ya no se edita—: la forma en que llegó a mí y la forma en la que sigue llegando.  Fue el día que cumplí 19 años, el 25 de septiembre del 2001. Fue un regalo, y debo decir que hasta entonces no había recibido un regalo más bello. El contexto del obsequio, por qué El Aleph y no otro, por qué me parece el regalo más bello hasta entonces recibido… todo esto pudiera ser algo muy lejano. Sin embargo, la llegada del libro inauguró  la trascendencia de los instantes, los cuales pueden seguir estando dentro de una dinámica de simultaneidad.

El libro me fue dado por alguien a quien yo amé. Yo en ese entonces no escribía porque había dejado de hacerlo. Me dedicaba a leer, y si acaso escribía, no había desarrollado la relación que tengo ahora con la escritura, o más bien, no se había tornado evidente. Y en ese momento, cuando el libro llegó a mí, llegó con un designio. Era el amor, claro, pero no sólo el amor, sino el acto motivado por el amor: en ese obsequio se me estaba brindando fe: la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Y lo que se esperaba, lo que no se veía, era, precisamente, la escritura, mi escritura. Como suele ocurrir cuando un instante debe atesorarse, en el momento no lo entendí así. No me percaté de su trascendencia. Leí el libro y luego lo guardé en el librero. Y estoy segura que quien me lo dio tampoco tenía la intención directa de otorgarme un designio, aún cuando al dármelo me dijo que lo había visto entre varias pilas de libros en el Fondo de Cultura Económica y que de inmediato quiso que yo lo tuviera, no sólo porque era algo que él quería darme, sino porque era un libro que yo debía tener. Esto ya lo vuelve algo más que un obsequio. Lo torna oráculo: el libro contenía palabras que me darían luz. Pero como dije, ninguno de los dos lo sabíamos. El libro, por muchos años, fue para nosotros uno de los primeros lazos de nuestro amor. Luego, al separarnos, un recuerdo. La verdad no había vuelto a tomar el libro hasta ahora. Lo he abierto. Y, como dice Borges, al abrir los ojos, ahí estaba el Aleph.

Ande la videncia, el libro como vínculo y el libro como recuerdo quedaron integrados en la plenitud del Aleph, en su totalidad. También quedó integrado el instante en que llegó a mis manos. El Aleph se convirtió en libro, palabra y letra… en toda la cadena escritural. El Aleph como letra, la primera letra del alfabeto hebreo, que representa los distintos tipos de infinitos, está al mismo tiempo que la palabra, también plena, y ambas están al mismo tiempo que el libro. Y digo están y no que suceden porque en el Aleph, en el libro, el espacio y el tiempo son simultáneos: el universo es un dónde y no un cuándo. El cuándo es ahora, el instante presente, sincrónico y eternizado. El tiempo eterno se conjuga con la noción del espacio abierto e infinito, cualidades ilimitadas de la escritura literaria, como lo es la multiplicidad de rostros en los que puede desdoblarse quien escribe. Como puede notarse de manera muy evidente, la escritura literaria es la expresión del universo. En el “El Aleph”, y a lo largo del libro, Borges (quien además de escribirlo, es el narrador del cuento, es decir, es su propio personaje) hace alusiones a la simultaneidad: las fotografías de Beatriz Viterbo puestas sobre un mueble de la sala muestran al mismo tiempo diferentes Beatrices en distintas etapas de su vida; el poema que Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, va componiendo, el cual trata acerca del planeta Tierra, pretende abarcar siglos de tradición literaria y juega con la métrica, con la división estrófica, con las referencias eruditas; Borges mismo, al desdoblarse en su escritura, al irse escribiendo, se convierte en dos Borges que suceden a un tiempo en espacios distintos. Y esto es, precisamente, el Aleph. En él todo se torna contemporáneo. Todo nos concierne. En el momento en que Borges visualiza el Aleph, el universo se le manifiesta: ve todo, en todos los lugares, en un instante. Esto me parece importante: la visión dura un instante, y no obstante ese instante es eterno. Eterno dentro de su espacio, dentro del Aleph. Nombrar al libro El Aleph es, además de un guiño metaescritural (el libro dentro del libro, el Aleph dentro del Aleph), un énfasis de la cualidad ilimitada de la escritura literaria. Si el Aleph es el punto donde están todos los puntos del mundo vistos desde todos sus ángulos, el libro es el sitio donde, por medio de la sucesión del lenguaje, ocurre el universo.

En el universo de las simultaneidades, los instantes perviven. Al momento de abrir de nuevo el libro, pude ver ante mí, no como un recuerdo sino como algo que continúa, la tarde de mi cumpleaños 19 en la que El Aleph llegó —y sigue llegando— a mis manos.

Las imágenes son de José Hernández, para El Aleph.

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