Los asuntos del desierto. Presentación de Manual del desierto núm. 2

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El asunto es la cotidianeidad en este desierto que habitamos. Un desierto en stand by, pues durante los últimos días fue afectado de humedades. El agua revivió al río y nuestras vidas se alteraron. Las dunas devinieron oleajes. Desérticos como somos, el agua nos ha apabullado: nos resistimos a la humectación porque hemos cifrado nuestra existencia en una aridez que, no obstante, nos alimenta. ¿Qué es lo que el desierto provee? En principio, el silencio, la oportunidad de escuchar la mudez de la vida, de los objetos. El desierto funge como el espacio donde los objetos nos hablan, nos susurran sus palabras silenciosas para que las volvamos escritura. Hoy presentamos el segundo manual de este desierto, una especie de guía que indica los pasos a seguir para no obviar los sonidos del silencio, para no hundirnos en la arena que se nos agolpa bajo los zapatos. Y digo que es una especie de guía porque no creo que pretenda serlo del todo; sin embargo, algo tiene de eso y de mapa: localiza los objetos que han sido tocados por el desierto, todos esos asuntos que quedan absorbidos por la errancia. Los asuntos del desierto nos incumben en tanto que somos la misma errancia, el camino que queda marcado en la arena. Somos el día a día y lo que en él sucede. Somos acontecimiento puro. Palabra errante. Silencio móvil.

Entonces, el asunto del Manual del desierto número 2 es la cotidianeidad, dimensión en la que andamos como equilibristas paseando con nuestros objetos de mano y eludiendo, de ser posible, la sombra de la violencia y la muerte, la terrible doble moral que pulula en las calles; refugiándonos en la nostalgia por la infancia ya ida y por todas esas cosas de antes, como cuando las banquetas tenían azulejos, según refiere José Morales; o como el aroma del café hervido listo para la merienda que flotaba por toda la colonia Independencia, según me han contado mis tíos; o mis padres de novios cruzando el Puente del Papa a las seis de la tarde, cuando mi madre salía de trabajar de la XEFB; o sacar la mecedora y sentarse a tomar el fresco de la noche, y platicar con el vecino para luego quedarse dormidos viendo el noticiero. Las cosas de antes se nos vienen a la memoria y protegen el vaivén de nuestros días. Seguimos haciendo lo mismo que se hacía antes, queremos creer. Interpretamos el silencio de los objetos que nos acompañan como una aprobación y nos tranquilizamos. Porque lo primero que el Manual del desierto nos muestra, muy pertinentemente, es un paraguas, objeto al que hemos recurrido mucho estos días. Podemos salir a la lluvia que aqueja al desierto, pues tenemos un paraguas que nos guarece.

Sin embargo, dependemos mucho del paraguas. Nos aferramos a él, a su naturaleza plegadiza, porque nos hace sentir que algo nos pertenece o que le pertenecemos a algo. Llevando una cosa de mano es como si uno estuviera agarrado a sí mismo, dice Pablo Fernández Christlieb en su texto, y los paraguas en particular fungen como espadas de temporada, porque, dice Pablo, son largos y dispuestos al ataque. Al paraguas, Pablo contrapone el abanico, otra cosa de mano que también se pliega, se cierra y se abre, pero con mayor versatilidad. Es como lo que ocurre con la memoria, la cual dentro de nuestra cotidianeidad no contiene ningún valor, ni negativo ni positivo, pero la dotamos de sentido de pertenencia: este recuerdo es mío. La vida, como menciona Héctor Alvarado en su texto, es el camino de regreso a la neutralidad. Y esa neutralidad se logra a través del devenir de la memoria, la cual alberga los instantes de nuestra vida y les permite estar siempre presentes.

Así, nos sumergimos en la infancia. Regresamos a la esencia, como nos dice un verso de Livier, para desde ahí emitir el grito de vida. De nuevo el agua, pero esta vez dejamos que nos moje, que haga limo nuestro desierto, para poder evadir el embate de la muerte. La infancia es un tema constante en los textos que integran este Manual, y es también un componente estético de las ilustraciones de Erika Kuhn. Mientras leemos sobre la infancia, ojos de niños nos observan. Los ojos de los dibujos, los ojos de los niños rememorados, y nuestros propios ojos niños que nunca nos han dejado. Alguna vez leí, no sé si sea cierto o yo lo esté inventando, que al nacer nuestros ojos ya tienen el tamaño que tendrán toda nuestra vida. El resto del cuerpo crece, cambia, pero los ojos se mantienen fijos. La mirada de la infancia es, pues, la mirada que nos acompaña hasta la muerte, traemos en las púpilas la impronta de la mirada primera, como una escritura secreta.

Quiero destacar la escritura, porque me interesa, claro -digamos que es mi mirada primera-, y porque en la reseña final sobre la antología Fracta de Horacio Costa, hay una frase de Elia que me parece ubica en este mapa que es el Manual del desierto, la pertinencia de valerse de la escritura para enunciar el silencio de los objetos y, por ende, el de la cotidianeidad. Dice Elia: “Las palabras siempre nos salvan de algo o de alguien”. Las palabras, sí, nos salvan del olvido. Nos salvan de hundirnos, porque al sumergirnos en la infancia la intención nunca es irnos hasta el fondo. Hay que volver al redil (otra vez el pájaro al trigo, es la frase que cierra el Manual), y, como dice José Francisco Villarreal en su poema, hay que “…pagar el recibo del agua / sacar un acta de defunción / comprar más huevo y harina…”. Se trata de compaginar la vida con la escritura, como nos refiere Coral Aguirre. En este Manual quedan fijados los asuntos de este desierto empapado, esos sus silencios, sus marcas de agua por todos lados.

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