Los libros, los hilos y el gato

Este año, Calicanto Eventos planea la edición de un libro con las historias de las parejas que se han casado o festejado su casamiento ahí. Alejandro y yo hemos escrito nuestra historia para el libro. La comparto aquí:

A Durruti

El gato siempre ha sido el símbolo
de algo bueno que nació entre tú y yo.
Haruki Murakami en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Ese día, tal como acostumbraba, Durruti entró por la ventana de nuestro departamento a las 7 y media de la mañana. Volvía de su paseo nocturno, de su vaivén de gato negro entre tejados. Entró maullando y anunciando el inicio de la jornada. Pero en esa ocasión el día, que amanecía con los maullidos de Durruti, amanecía también con el comienzo de nuestra vida como marido y mujer. Era el 16 de abril. No lo hemos tenido nunca como algo certero, pero sospechamos que además de nuestra boda, ese día era el cumpleaños de Durruti.

Nos levantamos. Preparamos café. Le pusimos comida en su plato a Durruti. Desayunamos. Teníamos ya un año viviendo juntos y muchos días siguiendo la misma rutina; sin embargo, en la mañana del día de nuestra boda sentimos el impacto del suceso por venir. La decisión que habíamos tomado de seguir el uno en y por el otro; de ir más allá, mucho más lejos, que todo lo que hasta entonces habíamos pensado acerca del matrimonio y de una vida compartida. Sentados a la mesa, mientras menéabamos nuestros cafés y nos prometíamos ser los mejores esposos, nos atrevimos más que nunca a trascender toda una forma de vivir para abrazarnos a otra: ésta, la nuestra.

Pero antes, antes de Durruti; antes de andar por las calles buscando un lugar donde vivir; antes de darnos nuestro primer beso; antes de cruzar palabras; antes de vernos por primera vez… cada uno estuvimos inmersos en vidas vertiginosas. Uno, el errante, vagaba por el país, yendo de ciudad en ciudad al ritmo de los trenes en movimiento, llevando consigo el conocimiento de un oficio que le permitía tener dinero para vivir: la sastrería. La otra, la citadina, deambulaba por las noches con su oficio de editora en cada evento literario, en cada libro presentado ante la sociedad, sumergida en las palabras de escritores de todo el mundo. De pronto una noche, nuestros oficios se encontraron.

Nos conocimos en la barra del Chac Mool, una cantina del centro de Monterrey propiedad de José Luis. Es todo, sólo José Luis, sin apellidos, sin parafernalia. José Luis nuestro bar tender y amigo, el que observa en silencio el trajinar de sus parroquianos todas las noches desde hace cinco años. Cada viernes por la noche, cruzábamos las calles ya vacías del Mesón Estrella, con restos de legumbres tapizando las aceras, para encontrarnos en el Chac. No íbamos específicamente a vernos, pero aún así, convivíamos. Nos sentábamos a la barra o cerca de la puerta, con nuestros amigos. Bebíamos. Saludábamos a todos los amigos que iban llegando, los que desde 2005 asisten con regularidad. La rockola comenzaba a sonar y nosotros siempre poníamos canciones, sobre todo de Radiohead. Mientras sonaba la música, nosotros nos íbamos acercando, conociéndonos. Un día, en los muros del Chac que están rayados con leyendas varias escritas por todos los que alguna vez han ido, apareció escrito: “Olor de clavo, color de canela, yo vine de lejos a ver a Jessica”.

Una noche, deambulando por las cantinas, uno, el errante, le dijo a la otra, la citadina, que no quería que siguieran viéndose por coincidencias. Con esa frase se deshilvanó el hilo y pudimos salir del laberinto de nuestras soledades. Empezamos a ser novios. Al cabo de cuatro meses ya vivíamos juntos en un departamento del centro. Unimos nuestros oficios y hemos creado un hogar de hilos y de libros, de telas y de palabras. Un hogar que inauguraba nuestra vida por venir.

Meses después, llegó Durruti.

Durruti era un gato negro de ojos amarillos. Fue nuestro compañero, nuestro amigo, el gato más amoroso del universo. Vivió con nosotros y nos ayudó a ser más unidos, a conocernos más, a querernos y a desear formar una familia. Durruti aparecía en todos nuestros sueños futuros, al lado de nuestros hijos, cuidando de ellos como cuidó de nosotros y de nuestra unión. Como bien ha dicho Rilke, la vida más un gato es un obsequio enorme de la existencia. Habrá quienes no lo crean así, habrá quienes crean que exageramos, pero Durruti estuvo a nuestro lado en cada momento que flaqueamos, en cada instante en que dudamos de continuar nuestra vida entre hilos y libros.

El día de la boda, después de la ceremonia civil y mientras bailábamos nuestra canción en el patio central de Calicanto, recordamos a Durruti, que se había quedado solo en casa desde la tarde. Después caímos en la cuenta de que a lo largo de un año habíamos logrado verdaderamente conformar un hogar, y que la boda era el símbolo de los lazos que hasta ese momento habíamos tejido entre nosotros y de los que todavía nos faltaban por tejer.

Toda la gente que nos acompañó se mostró contenta y a gusto en el lugar. No lo escogimos al azar, pero tampoco lo pensamos demasiado. Un día entramos y, sin decirnos nada, ambos pensamos: “Tiene que ser aquí”. Y así fue. Entre música de los Beatles y el fara fara, nos sentimos complacidos por celebrar nuestro matrimonio y compartir un festejo digno de nuestra historia juntos. Tenía que ser bello y elegante, más considerando que uno de nosotros es un sastre. Por eso, por esta sensación de estar viviendo la boda perfecta, quisimos poner en cada mesa un fragmento de un cuento de Haruki Murakami, que narra cómo un chico y una chica se encuentran un día caminando por la calle, y descubren que ambos son el otro cien por ciento perfecto para cada uno.

Queremos mencionar que nuestra boda tuvo una serie de elementos que fueron literalmente hechos por quienes nos los obsequiaron. En primer lugar, el traje del novio, hecho a la antigua usanza artesanal de los sastres de antaño por el abuelo de Alejandro; en segundo lugar, las invitaciones, diseñadas por nuestro amigo Jorge Ortega, quien trabajó un diseño elegante y original para nosotros; éstas fueron impresas por Rafael Nieto, hermano de Jessica; las tarjetitas de agradecimiento fueron diseñadas por nuestra amiga Diana de Ochoa; las fotografías, en su producción y edición, corrieron por cuenta de nuestra amiga Elena Herrera, diseñadora y fotógrafa; el peinado y el arreglo de la novia fue realizado por la estilista Priscila Ramírez, esposa de nuestro amigo Carlos Leal; y el libro de firmas lo hizo el propio novio. Este conjunto de hechuras fueron clave para echar a andar nuestra boda. Como lo fueron también la amistad y el apoyo de nuestros amigos Lizbet García y Luis Carlos López, “Maico”, José Juan Zapata y Delia Zaragoza, que firmaron como testigos en la ceremonia civil. Y claro, la presencia y amor de nuestras familias y amigos que festejaron nuestra unión.

Al final del día, regresamos a casa con un gran pedazo de pastel de bodas. Durruti entró por la ventana de nuestra habitación y le convidamos. No imaginábamos que al cabo de diez días moriría asesinado. Todos quienes lo conocieron dijeron, y así también lo hemos sentido, que Durruti vino a cumplir un destino con nosotros, y fue el unirnos para toda la vida. Como ya lo había logrado, se retiró dejándonos en esta nuestra casa de hilos y libros, en este lugar donde, un día en la cantina, decidimos conjugar nuestros oficios. Y nuestras vidas.

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