La escritura en perfecto amanecer

Bárbara Jacobs ha construido, en su novela Lunas, no solamente la historia de Pablo Lunas, maestro de literatura de una preparatoria, escritor frustrado, aspirante a lunático o lunático ya desde la cruz de su apellido; también ha delineado un manual sobre la escritura, una obra donde comparte luminosidades y oscuridades sobre el proceso de escribir. Porque hay una pregunta que atormenta a Pablo Lunas, y es precisamente: ¿cómo escribir? ¿Cómo acomodar las palabras, cómo tornarlas literatura? ¿Cómo transformar los sueños, que durante su vida han sido lo más cercano a lo que desea escribir, en un libro? ¿Cómo lidiar con las lunas de su pensamiento? ¿Cómo amanecer?

La novela se compone de tres apartados, cada uno de ellos escritos por una mujer distinta, cuyo común denominador son Pablo Lunas y su esposa Aurora. La primera parte, “Capítulos de Lunas”, es escrita por Dian Yaub, ex alumna de Lunas, quien, al enterarse de la muerte de éste, toma la determinación de ser la biógrafa de su maestro, pues si había algo que Lunas les había recalcado mucho a sus alumnos era que si uno lograba escribir su autobiografía, lograría ser escritor. Dian no está escribiendo propiamente su historia de vida, pero va hilando un poco de sí en el entramado de la relación de la vida de su maestro. Lunas creía que en todo lo que se escribe uno deja algo de su autobiografía. Si tomamos esto como un principio literario, comenzamos a entrar en el juego que Bárbara nos propone: Bárbara escribe que Dian escribe la biografía de Pablo Lunas. Al escribir sobre Dian, Bárbara escribe sobre sí misma, de la misma manera que Dian, al escribir sobre su maestro, se escribe. El espejo que la autobiografía supone se despliega. El único que queda sin reflejarse es Pablo Lunas, que no logra escribir nada en su vida.

Pero esto no es del todo cierto.

Dian se entrevista con Aurora, viuda de Lunas, semiparalítica y con perfil de bailarina. Hay algo en ella que intriga a Dian, una suerte de misterio que invariablemente liga con su maestro. Dian piensa que entre ellos hay un vínculo como si “se tratara de una vida doble o de vidas tan intrincadas que correrían el riesgo de ser indescifrables, indistinguibles, la una de la otra, para la eternidad” (p. 22-23). Si Aurora es indistinguible de su marido, ella se convierte en el reflejo de Lunas. La escritura que se despliega en el libro de Bárbara es como el juego de las muñecas rusas que ella misma refiere en la novela: una muñeca dentro de otra, cada vez más pequeña, pero plena del mismo misterio.

El segundo apartado “Los sueños de Lunas”, es escrito por Lucrecia Cordal, y contiene la relación de las sesiones que Lunas tomó con su psicoanalista, la doctora Z. Lucrecia, como Dian, es una ex alumna de Lunas que también decidió dedicarse a escribir la biografía de su maestro. Ella consigue, de manos de Aurora, la carpeta donde Lunas reunió escritos los sueños que tuvo durante 365 noches. A diferencia de Dian, tan obsesionada con “la verdad” -“…¿qué hace con la verdad cuando lo que quiere escribir es la verdad?” (p. 92)-, Lucrecia se concentra en otro aspecto de la vida no-vida de Lunas, sus sueños, pues tal y como él le dice a la doctora Z, en muchas ocasiones se le confunden los recuerdos con los sueños. Así, Lucrecia va reconstruyendo la infancia y juventud de su maestro, poetizando incluso con ciertos elementos como un gato blanco que Lunas soñaba tener.

Pero en estas sesiones hubo algo que Lunas le confió a la doctora Z. Una ocasión -de tantas- en que ella lo animaba a escribir, verdaderamente escribir, todo lo que soñaba, Lunas le dijo: “He tenido muchas ideas. Pero algo me detiene en el momento que pretendo ponerlas en palabras. Una muy frecuente es la de escribir mi autobiografía (¿o de qué manera decirlo sino de esta redundante mi autobiografía?) en sueños.” (p. 175). Es decir, escribir su vida a través de los sueños que ha tenido que, al parecer, a Lunas le parecen más cercanos que su propia vida. Y es que en este momento de la novela se nos devela otro, llamémosle de nuevo, principio literario. Lunas sueña que escribe durante la noche, pero se trata de un sueño. Al despertar le es imposible escribir. Los amaneceres son el símbolo de esa imposibilidad, pero también, de la posibilidad, pues si un amanecer logra escribir algo, la escritura habrá trascendido la noche y habrá despertado. Ya lo decía Dian en su biografía: “…en eso consistía exactamente escribir, en abrir paréntesis y extenderte, en develar la verdad en lugar de ocultarla, en conservarte en estado permanente de amanecer.” (p. 94).

El tercer apartado está escrito por Eliza Ossip, sobrina de Aurora de Lunas. Al final de la novela, Bárbara Jacobs redondea el reflejo de Lunas al introducir el destino de Aurora -el cual es en sí mismo un misterio, como el de la escritura-, quien se va del país. Eliza se siente con la responsabilidad de informar sobre los últimos días de su tía, pero ella no nota, o no parece notar, que entre su escritura se cuelan, entre paréntesis, algunas frases de su tía. Y no es casualidad que sean entre paréntesis: recordemos que de esto se trata la escritura, en abrir paréntesis, y además, estar en estado de permanente amanecer. ¿Quién sino Aurora, la aurora, el alba, puede representar mejor este amanecer? El amanecer de la escritura de Lunas que por fin llega, que nunca supo cómo, pero siempre lo tuvo frente a sí.

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