Sobre la gandallez sastreril

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Para Alejandro, mi esposo sastre

Ya había notado yo que los sastres tienen fama de gandallas y por ello en la literatura suelen ser representados como tales, por ejemplo, los sastres del traje del emperador, o el sastrecillo valiente, o aquí en el capítulo XLV de la segunda parte del Quijote, donde estando Sancho ya gobernando su ínsula, pasa lo siguiente:

“A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ”Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?” Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.

— ¿Es todo esto así, hermano? —preguntó Sancho.

— Sí, señor —respondió el hombre—, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.

— De buena gana —respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

— He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito.”

Así, la gandallez de los sastres viene registrada, supongo, desde el inicio del oficio (pero ya que se incluya en el Quijote un clásico ejemplo de gandallez sastreril valida completamente esta actitud). Yo me he emparentado con una familia de sastres, siendo mi marido el más joven de ellos. He notado que tienen un código, que entre ellos se entienden, y que el grado de gandallez es importante. Con todo esto, sin embargo, no quiero demeritar o mover a escándalo. Los sastres saben usar el ingenio con la misma precisión que enhebran hilos en la agujas más intrincadas. Sus artimañas son como tejidos, zurcidos invisibles que en realidad -aunque la literatura muestre lo contrario- no afectan a nadie pero que benefician en mucho al sastre. Los sastres son astutos y hábiles. Por eso el sastrecillo valiente logra matar a 7 de un golpe y sacar provecho de ello.

De esta cualidad de los sastres puede desprenderse su estar en silencio. Me parece que la gandellez sastreril es un actuar silencioso, sigiloso, imperceptible. Lo que se ve, lo que queda patente, es lo producido con sus manos. El cliente se va con una pieza única, hecha a la medida, y el sastre se queda con retazos de esa tela a la que le ha sacado provecho, con la cual puede hacer algo más, quizás más pequeño, como las caperuzas, pero igual de único y quizás, más hermoso.

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