De escritura, música y aves: presentación del proyecto editorial An.Alfa.Beta

Los muchachos de la editorial artesanal An.Alfa.Beta me invitaron a presentar su proyecto. [La imagen me la robé de Facebook]

Títulos Analfabetos

No puedo recordar con precisión en qué momento supe de la existencia de An.Alfa.Beta. Quizás alguien mencionó a la revista en alguna conversación; o alguien, luego, comentó que habían dejado de hacer la revista para fundar una editorial. Para hacer libros. Y subrayo el verbo “hacer” porque aquí los muchachos verdaderamente hacen los libros. Usan sus manos para materializar al objeto libro. Debo decir que ése fue uno de los motivos que me hizo empezar a ponerle atención a An.Alfa.Beta: su vocación artesanal; pero no fue sólo eso. Hay algo más que me ha mantenido atenta a lo que, insisto, hacen, y ahora que he revisado los cinco títulos que llevan publicados, puedo decir que se trata una empatía entre mi forma de entender a la escritura y su forma de trabajarla, de hacerla libro.

La escritura, conforme aparece, va construyendo espacios con la idea de que habiten otro, más concreto, y podemos decir, más sólido: el libro. Si la escritura llega hasta el libro, es una gran alegría, y más aún si lo deja atrás. Porque la intención es que las palabras no se agoten, no se detengan. La intención es que resuenen. Que sean voz y eco. El libro es un medio; es un soporte, sí, pero también es un medio por donde transita la escritura. Y es esta idea, que de alguna manera contradice el trillado discurso de que los libros -en cualquiera de sus formatos- fijan a la escritura, que conlleva a su vez la idea de que la escritura fija a la voz, a lo hablado, la que he visvisado en cada uno de los títulos que hasta ahora ha presentado la editorial An.Alfa.Beta.

El primer título es Artefactos, de Alejandro Vázquez, del cual tengo el ejemplar número 36. Inicia con una nota cuya primera línea indica un camino -digo un camino y no el camino, porque a fin de cuentas se trata de mi lectura y el andar de la escritura es variado y disperso-, un camino que se sigue andando, de una u otra manera, en el resto de los títulos que hoy se presentan. Dice la nota: “Las palabras son máquinas […] las máquinas más poderosas que existen”. Lo son porque tienen como función atrapar a la realidad, decirla, nombrarla, escribirla. Lo vemos en el cuento “La mariposa”, donde Shen Kuo intenta describir en su totalidad a la mariposa cabeza de serpiente, labor que se vuelve innagotable. Las palabras y sus mecanismos de enunciación generan escritura, pero también emiten voz. La labor de escribir ante el hecho de hablar, sin embargo, tiene la intención de dejar fijado lo dicho. Por eso el libro. En este conjunto de cuentos-ensayos, Alejandro Vázquez presenta personajes que se hacen la misma pregunta: “¿De quién es esta voz que sigo mientras escribo?” (parafraseando al narrador del cuento “Alma Mater”).

La escritura puede entenderse como un hablar desde el silencio, como se muestra en “Notas póstumas de Jacob N. Heartman sobre Bartleby”, donde se retoma al personaje del escribiente que prefiere no escribir; o como algo que acontece, aparece, como ocurre en “Omnividente”, “Andrés”, en donde los personajes de Dios y el cotorro Andrés no querían ser vistos o escuchados, pero de pronto sus palabras suceden y entonces todo cambia. Algo se revela. Y esta intención enunciada en el primer libro publicado por la editorial, se materializa y entonces aparece el segundo título, y se trata, precisamente, del rescate de tres crónicas: Dos viajeros mexicanos en Monterrey del siglo XIX. Manuel Payno e Ignacio Martínez, título del cual tengo el ejemplar número 128. El prólogo, escrito por Carlos Lejaim, comienza así: “El ejercicio de leer el olvidado género de la crónica de viaje…”, y aquí vislumbré un trazo más de ese camino que pienso yo sigue la editorial: rescatar un olvidado género, que implica la intención de rescatar una olvidada costumbre. En estas crónicas de viaje ubicadas en nuestra ciudad hace casi 150 años, tanto Payno como Martínez realizan una muy bella descripción de lo que era Monterrey en esos tiempos: un espacio donde sus montañas no estaban invadidas por casas y edificios, ni estaban bombardeadas ni secas. Y al mostrarnos esta imagen de una ciudad más verde, donde el tren apenas daba sus primeros viajes, hay implícita una nostalgia y un deseo de volver al momento en que todas esas cosas se nombraron por primera vez.

Porque las ciudades se habitan, pero también se dicen, se nombran, y es un forma de dejar que ellas nos habiten. En Canciones para las muchachas tristes, de Guillermo Jaramillo, tercer título de An.Alfa.Beta, y del cual tengo el ejemplar número 29, nuestra ciudad, o más específicamente, ciertos espacios de Monterrey, se cantan. El paseo comercial Morelos, el Matehuala, la colonia Independencia, el Colegio Civil, el Mercado Juárez, Parque Fundidora… son espacios que existen, pero también son espacios de la escritura, espacios donde estas canciones resuenan. Donde lo escrito se convierte en voz, o donde la voz se despliega en escritura. Todo es posible, porque “siempre es madrugada en Monterrey / tan madrugada como para cantar bajito sobre todos los niños que perdiste”.

El concepto de “canción” delinea un poco más el camino que ya he referido. Retomando la intención de rescatar lo olvidado, me encuentro con un par de títulos de poesía que remiten a los orígenes de este género, cuando los poemas se cantaban y se transmitían de boca en boca. Cuando el cuerpo mismo era el soporte de una escritura puramente oral. En Canciones para las muchachas tristes, se lee: “digo palabras como una máquina sin cuerpo ni engranajes, abro la voz de los pájaros para verter el caudal de las sirenas urbanas, de los mimos, de las sombras de orquídeas iracundas”. La voz de los pájaros nos lleva, por supuesto, al siguiente título que en su portada nos muestra una bandada de aves surcando un cielo pautado, como si ellas fuesen notas musicales. Sólo de lo negado, de Agustín García Calvo, y del cual tengo el ejemplar número 24, es el otro de los títulos de “poesía” que he mencionado; pero más que poemas, se trata de canciones, textos que se concibieron para ser cantados. Este libro, que es una coedición con la editorial española Lucina, incluye un par de presentaciones en donde encontré un poco más del trazo del camino que veo lleva An.Alfa.Beta: dice Isabel Escudero “Nadie como Agustín ha deplorado la muerte de la lengua y la poesía bajo la escritura”; y dice Alejandro González Terriza que los textos de García Calvo son “canciones en grado de promesa con letra pero sin música”. Entonces, aquí están esas canciones, las de Jaramillo y las de García Calvo, que no cantan sino de aquello que se esconde, o de lo perdido: “Sólo de lo negado canta el hombre / sólo de lo perdido / sólo de la añoranza /siempre de lo mismo”.

Pero cantar no es nada más entonar palabras siguiendo una melodía. Es toda una forma de pensamiento. Pensar es otra costumbre olvidada, o cada vez en más desuso. O quizás, para ser más específica, lo que se ha ido abandonando desde hace años es tener una postura crítica, para caer en una cómoda indiferencia o en una insípida resignación. Para no olvidar lo olvidable, An.Alfa.Beta publica su quinto título Ensayos y chistes largos, de José Pulido Mata, del cual tengo el ejemplar número 44. El libro se conforma de algunos ensayos, reseñas y notas en donde se nos conmina a desarrollar un verdadero país, ahora que la patria ha muerto; a salir a las calles, si no a hacer la revolución, por lo menos a vernos las caras y dejar de ser meros perfiles en Facebook; a cuestionar a los ídolos (en particular a Alfonso Reyes); a hacernos conscientes de nuestra identidad americana; y a “escuchar hacia adelante y no hacia atrás”. Y eso de escuchar Pulido Mata lo menciona a propósito de la música, claro, el reaggeton y Alejo Carpentier. Escucharlo todo puede ser una forma de empezar a pensar. Quizás por eso, al final de este libro, donde se ubica la “Primera entrega del Diccionario que siempre cambiará de nombre”, se define al lector-escucha ideal como una “criatura de cristal cortado, de siete ojos, siete orejas e infinidad de corazones”. Alguien que abrazará la lectura de géneros olvidados y que recordará, con ello, cantar la realidad que lo rodea.

An.Alfa.Beta es una editorial que apuesta por volver a sacar a la luz y a la voz, a la escritura. Desde su nombre ya se observa su compromiso con las letras, con el abecedario y sus sonidos. Entiende a la escritura como algo innagotable, y el camino que han ido trazando es el camino de las palabras, las leídas y las cantadas. Las máquinas más poderosas que existen.

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