De la escritura y su aparecer: en torno al libro “Atrapasueños” de Elsa Cross

Que la escritura, al tiempo que aparece sobre el papel o la pantalla –o cualquier otro soporte-, dé la impresión de ir avanzando, de ir andando hacia delante, hasta el margen mismo de la hoja, o el margen que nosotros le impongamos, me parece que es sobre todo eso, una impresión: la sensación de que las marcas de nuestras palabras en efecto nos guían hacia alguna parte, hacia lo futuro, lo que sigue. Que su apariencia nos va mostrando un camino. Pero pienso que el camino que devela la escritura no es tan evidente. Lo reitero: las grafías son simplemente una impresión. Porque lo que implica realmente el aparecer de la escritura, y en particular, la escritura de poesía, no es un andar, sino un transitar: el paso de un estado a otro, de un momento a otro, y no de un sitio a otro.

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El más reciente poemario de Elsa Cross, “Atrapasueños”, muestra las estancias por las que atraviesa este transitar. Porque el aparecer de la escritura nunca es continuo, no como su apariencia que por lo general es lineal, ordenada. El aparecer de la escritura es más disperso, como un sueño. Elsa Cross, entonces, presenta en este libro precisamente eso, sueños atrapados, sueños sujetos por la apariencia de la escritura. Pero lograr sujetarlos tiene que ver con el despertar de la conciencia: pasar del sueño, es decir, del aparecer de la escritura, al despertar, a su apariencia. Dice Gaston Bachelard que “la verdadera poesía es una función de despertar”. Escribir, entonces, es despertar. Pero como resulta obvio que si se está escribiendo es porque ya se está despierto, hablo de un despertar durante la vigilia. Un despertar en el despertar. Conlleva, en el caso de la poesía –pero no veo por qué no en otro género-, el conocimiento de uno mismo.

Hay una palabra, o más bien, un verbo, que Elsa utiliza en algunos poemas de este libro: fulgurar. No es para nada gratuito. Roberto Calasso, en “Ka” –un maravilloso ensayo sobre mitología hindú-, refiere que “Vajra, el fulgor-flor, el arma absoluta de los dioses, está vinculada a vegeo, “estar despierto, estar listo”, de donde viene wacker, wach y wake, awake, “despierto”. El fulgor es la fulguración de la vigilia. “Vegetación” y “vigilia” tienen el mismo origen”. Hago esta referencia etimomitológica para explicar el estado al que la conciencia apela y al cual espera llegar a través de la poesía. Se busca fulgurar. Ya antes, en otros libros, Elsa ha incluido la idea de que la escritura poética es el tránsito que lleva a la fulguración de la conciencia y al conocimiento de uno mismo; y tiene un poema que se llama, precisamente, “Fulgor”, que dice:

Ella escucha principios de una frase.

En vetas muy ocultas de su memoria

Notas translúcidas

Sostienen entre sus ligaduras

La luz de un valle antaño visitado.

El paso del sueño a la vigilia sugiere el paso del ocaso a la aurora, de la noche al día. Ya dije que no hablo de despertar de la manera más habitual, por la mañana, sino de “un despertar que sucediera dentro mismo de la vigilia, que no se sumara a la vigilia sino que la multiplicara por un número n que nunca podríamos precisar” (Calasso, Ka, 175). Este despertar es “algo invisible que sucede dentro del pensamiento. Algo que agrega una cualidad al pensamiento: ser conciente de que se está pensando”. [176] Para lograr llegar a este grado de conciencia, Elsa se vale del manejo de cuatro objetos: el atrapasueños, el pierdealmas, el espantavientos y el quitapenas.

Con el atrapasueños captura a la que llama “la turba de los sueños”, que aparecen en la mente de quien sueña como presagios o recuerdos “de una caída al fondo / un hundimiento / en lo desconocido de uno mismo”. Y es que por lo general los sueños nos muestran lo que nunca mostraríamos de nosotros mismos a los demás. Los sueños albergan, incluso, aquello que nos concierne tanto, que ni nosotros mismos lo admitimos, a no ser en el espacio del sueño, en donde somos a un tiempo luz y oscuridad, aurora y ocaso: “En espejos cambiantes / se despliegan / el reflejo y su sombra”. Así, en nuestros sueños aparecemos como seres divididos, o dobles, que por un lado fulguran y por el otro, ensombrecen. Conocernos a través del velo del sueño es el primer paso para llegar a la plena conciencia, al despertar en el despertar:

Veo un doble en mi sombra / cumpliéndose /cabal / desde la réplica / Su destello vibra y se apaga / Se diluye su aura frágil / como un papiro roto / deja colarse entre sus huecos / el hálito secreto

El hálito secreto que se viene colando es para mí el aparecer de la escritura. De la poesía. Cada poema de este libro es tan breve, tan conciso, tan esbelto, que fácilmente pasan –transitan- por los resquicios del pensamiento. Y, no obstante, Elsa advierte de un “deambular estrecho”, de aguas matadoras de pájaros, de la terrible indigencia del alma como consecuencia del desconocimiento de uno mismo. El pierdealmas es la máscara que nos imponemos tras el sueño, en nuestro primer despertar. Alguna vez alguien me dijo que negar lo que es, pudre todo, y el pierdealmas me suena a eso, a un objeto que descompone nuestros deseos. Hasta ahora no había mencionado esa palabra, deseo, pero está detrás de todo: del aparecer de la escritura, de su transitar, de los sueños, del fulgor, del pensamiento. Por el deseo, la mente reconoce que existe, y por el deseo, actúa. El deseo mismo es una acción. Así lo refiere Calasso:

“Incluso antes de respirar, los hombres desearon. Pero, ¿qué es el deseo? No hay nada frente a los ojos, detrás de los ojos algo arde: una imagen, unas pocas palabras que se repiten, obsesivamente, o una sola. El mundo es un desierto; ¿cómo hacer para que aquello que está detrás de los ojos se convierta en algo que esté adelante?”

El tercer objeto es el espantavientos. El viento sacude las hojas, agita las aguas, pero lo más importante, esparce tierra sobre los caminos y borra los gestos de los rostros. Por el deambular estrecho de la escritura, del devenir de la conciencia hacia la luz, hay rastros del deseo, ese acto de la mente, que guían a la poesía hacia su aparecer.

Vida de paredes estrechas / de rumbos asfixiantes / con salida a la misma / repetida / reiteración / vuelta y vuelta en torno / del mismo extremo / angosto y ya cerrándose / bajo la misma inerte / oscuridad

Vida de campo abierto / palpitando / en su sombra / y en su luz / se rasga en su comienzo / hacia otra luz más fuerte / siempre nueva / donde la inmensidad / se extiende como aura boreal / donde brotan de pronto flores / en la sequía

Ya antes comenté la relación etimomitológica entre vigilia y vegetación. Las flores que brotan son símbolos del despertar. Así queda enunciado el segundo despertar. El último objeto, el quitapenas, indica que se ha llegado a ese punto en donde el pensamiento está consciente de ser pensado. El momento en que el deseo se manifiesta. La escritura adquiere su apariencia, fulgura: “En la línea del horizonte / un resplandor / Formas en busca de sus nombres”. El horizonte puede referirse ya sea a la aurora o al ocaso, lo que importa es que su avistamiento supone no el fin del camino, sino el paso a otra estancia, a otro momento, uno que alberga el conocimiento de nosotros mismos, porque en el despertar del despertar, “el ojo da vuelta y se mira a sí mismo”.

La conciencia fulgura y se derrama, “es como un resplandor en el agua: se puede seguir su rastro, pero se aleja a medida que nos vamos acercando.” Por eso al principio comenté que los caminos de la escritura no son tan evidentes, incluso son esquivos. Dispersos, como los sueños. Por su apariencia, la escritura nos da la impresión de ir avanzando. Pero si “la verdadera poesía es una función de despertar”, entonces la apariencia de la escritura, el rastro de la conciencia de quien escribe, nos guía hacia otro tipo de impresión. En este libro, Elsa Cross lo reafirma: “el ser es antes que nada un despertar y se despierta en la conciencia de una impresión extraordinaria”. [Bachelard]

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