Ha Jin, el escritor como migrante

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Escribir conlleva la construcción de un espacio dentro de otro espacio, un espacio que lo va configurando la misma escritura que se extiende por nuestra imaginación, por la hoja en blanco, o por el monitor de la computadora. Este espacio escritural se enuncia, además, desde nuestro propio lugar, el lugar desde el cual escribimos. La relación que mantiene ligados estos tres espacios se puede volver más compleja, cuando quien escribe se desplaza, se mueve, viaja. Y puede ser aún más complicado el panorama cuando el viaje es forzado, producto del exilio, cuando uno no decide moverse pero las circunstancias lo empujan. Estos movimientos, forzados o no, son también movimientos de la escritura. Si de por sí escribir es algo que va siendo, es decir, uno va escribiendo, el viaje obliga a mantener el trazo en constante fluir, como si navegara. Pensar a la escritura como navegación es ideal en muchos sentidos, pero en particular para el escritor itinerante es la forma de sujetar su vagancia (si es que la vagancia puede sujetarse), de expresarla, porque, como lo afirma Gaston Bachelard: “el agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje sin choques, del lenguaje continuo, continuado, del lenguaje que aligera el ritmo, que da una materia uniforme a ritmos diferentes”.

Ha Jin, escritor chino-estadounidense, escribe, claro, con mucha precisión, sobre el fluir de la escritura en el exilio, en este su libro “El escritor como migrante”. Desde hace varios años, Ha Jin vive en Estados Unidos, y ha decidido escribir en inglés y no en chino. Esta decisión que supondría una suerte de desarraigo, no resulta tan difícil o dolorosa cuando se toma desde la perspectiva de la escritura y no del escritor, es decir, cuando la lengua que expresa a la escritura es la adecuada, aunque el escritor no la sienta tan propia. Por supuesto que manejar otro lenguaje no es nada sencillo en el ámbito de la creación, porque además de dominar la gramática y el uso hay que saber combinar los múltiples sentidos de las palabras para generar metáforas, por ejemplo. Así, Ha Jin, escritor migrante él mismo, nos presenta una serie de situaciones vividas por varios escritores que por razones políticas, ideológicas o por simple vagancia, han vivido en otros países donde no se habla su idioma y, como la necesidad de escribir es imperiosa, deciden escribir en la lengua del país donde ahora viven, porque ante todo desean ser leídos; deseo completamente comprensible.

Entre toda esta relación de autores, títulos de libros y experiencias diversas, Ha Jin va enumerando ideas o principios sobre el arte de escribir en el exilio, aunque varias de ellas pueden aplicarse fácilmente como principios de la escritura literaria en general, porque, si entendemos a la escritura como navegación, ésta siempre es un viaje, siempre está en movimiento, siempre se y nos desplaza. De alguna manera, todos los escritores, estén o no en sus países de origen, son migrantes.

Para Ha Jin, cuando uno decide escribir debe hacerlo respondiéndose tres grandes preguntas: ¿Para quién, en nombre de quién y en interés de quién escribo? La respuesta depende de cada escritor y de su circunstancia, pero lo que queda más o menos claro es que todo escritor busca el reconocimiento y la transcendencia. Para el escritor migrante, el reconocimiento de su pueblo es importante y es muy posible que su escritura se oriente hacia esa intención. Así, siendo un escritor viajero, y siendo la escritura el viaje, cuando uno sale de su patria, el regreso es posible gracias a la literatura.

Otro principio literario que me ha resultado valioso es el que tiene que ver con la búsqueda de la similitud humana. Ha Jin, portavoz de la era global –aunque me gusta más decir, diversa- dice: “Así como el escritor creativo no debe aspirar a fracturar la cultura, sino a crearla, una gran novela no debe limitarse a presentar la cultura, debe crear cultura. Las grandes novelas no se limitan a contar historias de otros mundos, sino que además despiertan la empatía del lector y le hacen recordar su propia situación existencial”. De esto se desprende otro principio, que es: “A veces, la vida de un libro no viene determinada por la lengua en la que fue escrita, sino por el tema sobre el que versa”.

Considerando que en este libro se defiende la condición itinerante del escritor, su movilidad, se entiende a la literatura como aquello que elimina o reduce la extranjería. “Sólo la literatura es capaz de atravesar las barreras históricas, políticas y lingüísticas, y llegar a un número de lectores que incluya a los de la patria natal del escritor”; así, “el arte se convierte en una vía de reconciliación y de trascendencia”.

A pesar de esto, Ha Jin afirma que “para muchos escritores migrantes, la auténtica patria es la lengua materna”. Ante esto, el autor comenta que “En la creación literaria se necesita una lengua de síntesis para asegurarle a la obra un mayor significado y autenticidad. Uno de los principios en los que debe basarse esta lengua es la traducibilidad. En otras palabras, cuando se traslada a otras lenguas, la obra tiene que conservar su significado.”

A final de cuentas, el viaje que emprende todo escritor, salga de su país o no, es un viaje personal: va viajando-escribiendo solo. Por eso, uno de los principios que Ha Jin sostiene es precisamente que “como escritor, debo aprender a estar solo”. Cada quien configura su propio espacio, y a través de su escritura, emprende un viaje en el cual nadie puede acompañarlo. El escritor apunta sus naves hacia los lectores, que son sus puertos, sitios donde se detiene a dejar algo de sí. Sitios de donde va y viene para seguir navegando. Como escritores nunca nos estamos quietos y nunca permanecemos: como Ulises retornamos, aunque “uno no puede regresar al mismo lugar como si fuera la misma persona [que se fue]”. Así, nuestro drama es no regresar nunca, y nuestra dicha, permanecer.

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Sobre la gandallez sastreril

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Para Alejandro, mi esposo sastre

Ya había notado yo que los sastres tienen fama de gandallas y por ello en la literatura suelen ser representados como tales, por ejemplo, los sastres del traje del emperador, o el sastrecillo valiente, o aquí en el capítulo XLV de la segunda parte del Quijote, donde estando Sancho ya gobernando su ínsula, pasa lo siguiente:

“A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ”Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?” Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.

— ¿Es todo esto así, hermano? —preguntó Sancho.

— Sí, señor —respondió el hombre—, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.

— De buena gana —respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

— He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito.”

Así, la gandallez de los sastres viene registrada, supongo, desde el inicio del oficio (pero ya que se incluya en el Quijote un clásico ejemplo de gandallez sastreril valida completamente esta actitud). Yo me he emparentado con una familia de sastres, siendo mi marido el más joven de ellos. He notado que tienen un código, que entre ellos se entienden, y que el grado de gandallez es importante. Con todo esto, sin embargo, no quiero demeritar o mover a escándalo. Los sastres saben usar el ingenio con la misma precisión que enhebran hilos en la agujas más intrincadas. Sus artimañas son como tejidos, zurcidos invisibles que en realidad -aunque la literatura muestre lo contrario- no afectan a nadie pero que benefician en mucho al sastre. Los sastres son astutos y hábiles. Por eso el sastrecillo valiente logra matar a 7 de un golpe y sacar provecho de ello.

De esta cualidad de los sastres puede desprenderse su estar en silencio. Me parece que la gandellez sastreril es un actuar silencioso, sigiloso, imperceptible. Lo que se ve, lo que queda patente, es lo producido con sus manos. El cliente se va con una pieza única, hecha a la medida, y el sastre se queda con retazos de esa tela a la que le ha sacado provecho, con la cual puede hacer algo más, quizás más pequeño, como las caperuzas, pero igual de único y quizás, más hermoso.

Sobre el amor que nunca se detiene

Hace unos meses Jorge le entregó el anillo de compromiso a Tere, su novia desde hace más de cuatro años. Para esa ocasión, Jorge me pidió que escribiera una serie de textos a partir de fotos de ellos juntos. Aquí va, pues, el resultado final de mi pensar en el amor a a través de dichas imágenes. Quisiera antes mencionar una reflexión sobre esto, sobre escribir acerca del amor. No suelo hacerlo nombrándolo. He escrito muchas cosas donde el amor es el motivo, el movimiento, la ondulación misma de la mano -mi mano- que escribe, pero la palabra “amor” no aparece en dichos textos. Hasta ahora que he compuesto esta suerte de poemas en prosa, nunca me había percatado de lo poco que menciono la palabra “amor”, ni con la voz ni con la letra. Quizás por eso estos textos rebosan de “amor”, de “amados” y de “amadas”, porque cuando he escrito esa frase: “el amor es lumínico trazo”, en efecto, el amor impulsaba mi mano. El amor de Jorge por Tere ha configurado este espacio de colores y palabras.

[Puede verse la serie de fotos y los textos en la página de Jorge]

1

Así, / la dirección de tu mirada me guía hacia /
el fondo del espejo: ahí estamos, /
ambos, como si tuviéramos todo / el tiempo del mundo

Nuno Júdice, “Reflejo con humo y lámparas”

En el reflejo el que ama mira los ojos de la que ama. Mira su rostro, el de él, repitiéndose hasta el infinito siempre unido a su rostro, el de ella. La que ama también lo mira unido a sus ojos oscuros, los de ella, y mira cómo sus ojos claros, los de él, la persiguen a pesar de estar tan cerca. El amor ocurre en el roce de cada parpadeo. En el reflejo, el que ama traza una letra en su rostro, el de ella; la que ama dibuja otra letra en su rostro, el de él. La duración de ese trazo equivale a la eternidad del amor.

2

Distante de los ojos cerca del corazón

Sergio Milliet, “Ginebra”

En el amor cada gesto es trascendente.
El que ama observa la silueta de su amada. La que ama se sienta y él mira cómo se dobla su cuerpo (el de ella), la forma en que sus manos descansan sobre su regazo, la manera en que inclina su rostro.
En el amor cada gesto es trascendente.
Este suceso tan sencillo, ocurrido tan ajeno a su cuerpo (el de él), se convierte en imagen que traspasa, que hiere. Ella allá tan aparte, tan en sí misma, tan distante de sus ojos (los de él), y cuando la que ama se vuelve a mirarlo y lo encuentra, lejano, su sonrisa (la de ella) se dibuja como un trazo que se extiende hasta su corazón (el de ella, el de él).
En el amor cada gesto atraviesa el corazón.

3

Nada tengo que hacer en este mundo / sino arder / te amo hasta morir

Georges Bataille

Las palabras dichas desde el amor son aliento, no voz. Son palabras llamarada, palabras que queman los oídos, la ligera piel de los párpados, todos los confines del rostro. Así, el que ama se acerca a la que ama y de su boca (la de él) brota el fuego que imprime en su boca (la de ella): es este amor del que más dura. La que ama responde, abriendo su boca: es este el amor que nunca se detiene.
Entonces su aliento (el de él) exhala una letra que se encuentra con la letra brotada de su aliento (el de ella). En el viento, el sonido se trasporta como un respiro.
El amor más intenso no dice, quema.
Y este es el amor del que más dura, porque nunca se detiene.

5

Cuando los amantes bebían su silencio / la boca y la boca eran sólo noche

Yanette Delétang-Tardif, “Las canciones caían”

Hoy, el amor enciende fluorescencias. Las palabras de los que se aman son el dulce silencio que los circunda. Y, sin embargo, a lo lejos escuchan el eco de sus propias voces repitiendo cada confesión de amor, el de él por ella, el de ella por él. Aquel que mantiene sujetas sus manos y los hace delinear una y otra vez el mismo trazo dorado que engarza sus dedos: dos letras que se dicen en un solo respiro.
Los que se aman abren sus bocas y respiran.
En esta noche plena de fluorescencias, el amor es lumínico trazo, oro que circunda.

[Porque sí, éste es el amor del que más dura, porque nunca se detiene]

¡¡Mi primer libro!! Metal de la voz

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Después de un año de trabajar mi proyecto de ensayos sobre la escritura literaria en el Centro de Escritores de Nuevo León, coordinado por Héctor Alvarado, él y Livier Fernández, los artífices detrás de Ediciones Intempestivas, han tenido a bien publicarme mi libro. No podría ser más feliz. Formar parte de su proyecto editorial es un honor. He aquí, pues, mi “Metal de la voz”. Mi primer libro.

La escritura en perfecto amanecer

Bárbara Jacobs ha construido, en su novela Lunas, no solamente la historia de Pablo Lunas, maestro de literatura de una preparatoria, escritor frustrado, aspirante a lunático o lunático ya desde la cruz de su apellido; también ha delineado un manual sobre la escritura, una obra donde comparte luminosidades y oscuridades sobre el proceso de escribir. Porque hay una pregunta que atormenta a Pablo Lunas, y es precisamente: ¿cómo escribir? ¿Cómo acomodar las palabras, cómo tornarlas literatura? ¿Cómo transformar los sueños, que durante su vida han sido lo más cercano a lo que desea escribir, en un libro? ¿Cómo lidiar con las lunas de su pensamiento? ¿Cómo amanecer?

La novela se compone de tres apartados, cada uno de ellos escritos por una mujer distinta, cuyo común denominador son Pablo Lunas y su esposa Aurora. La primera parte, “Capítulos de Lunas”, es escrita por Dian Yaub, ex alumna de Lunas, quien, al enterarse de la muerte de éste, toma la determinación de ser la biógrafa de su maestro, pues si había algo que Lunas les había recalcado mucho a sus alumnos era que si uno lograba escribir su autobiografía, lograría ser escritor. Dian no está escribiendo propiamente su historia de vida, pero va hilando un poco de sí en el entramado de la relación de la vida de su maestro. Lunas creía que en todo lo que se escribe uno deja algo de su autobiografía. Si tomamos esto como un principio literario, comenzamos a entrar en el juego que Bárbara nos propone: Bárbara escribe que Dian escribe la biografía de Pablo Lunas. Al escribir sobre Dian, Bárbara escribe sobre sí misma, de la misma manera que Dian, al escribir sobre su maestro, se escribe. El espejo que la autobiografía supone se despliega. El único que queda sin reflejarse es Pablo Lunas, que no logra escribir nada en su vida.

Pero esto no es del todo cierto.

Dian se entrevista con Aurora, viuda de Lunas, semiparalítica y con perfil de bailarina. Hay algo en ella que intriga a Dian, una suerte de misterio que invariablemente liga con su maestro. Dian piensa que entre ellos hay un vínculo como si “se tratara de una vida doble o de vidas tan intrincadas que correrían el riesgo de ser indescifrables, indistinguibles, la una de la otra, para la eternidad” (p. 22-23). Si Aurora es indistinguible de su marido, ella se convierte en el reflejo de Lunas. La escritura que se despliega en el libro de Bárbara es como el juego de las muñecas rusas que ella misma refiere en la novela: una muñeca dentro de otra, cada vez más pequeña, pero plena del mismo misterio.

El segundo apartado “Los sueños de Lunas”, es escrito por Lucrecia Cordal, y contiene la relación de las sesiones que Lunas tomó con su psicoanalista, la doctora Z. Lucrecia, como Dian, es una ex alumna de Lunas que también decidió dedicarse a escribir la biografía de su maestro. Ella consigue, de manos de Aurora, la carpeta donde Lunas reunió escritos los sueños que tuvo durante 365 noches. A diferencia de Dian, tan obsesionada con “la verdad” -“…¿qué hace con la verdad cuando lo que quiere escribir es la verdad?” (p. 92)-, Lucrecia se concentra en otro aspecto de la vida no-vida de Lunas, sus sueños, pues tal y como él le dice a la doctora Z, en muchas ocasiones se le confunden los recuerdos con los sueños. Así, Lucrecia va reconstruyendo la infancia y juventud de su maestro, poetizando incluso con ciertos elementos como un gato blanco que Lunas soñaba tener.

Pero en estas sesiones hubo algo que Lunas le confió a la doctora Z. Una ocasión -de tantas- en que ella lo animaba a escribir, verdaderamente escribir, todo lo que soñaba, Lunas le dijo: “He tenido muchas ideas. Pero algo me detiene en el momento que pretendo ponerlas en palabras. Una muy frecuente es la de escribir mi autobiografía (¿o de qué manera decirlo sino de esta redundante mi autobiografía?) en sueños.” (p. 175). Es decir, escribir su vida a través de los sueños que ha tenido que, al parecer, a Lunas le parecen más cercanos que su propia vida. Y es que en este momento de la novela se nos devela otro, llamémosle de nuevo, principio literario. Lunas sueña que escribe durante la noche, pero se trata de un sueño. Al despertar le es imposible escribir. Los amaneceres son el símbolo de esa imposibilidad, pero también, de la posibilidad, pues si un amanecer logra escribir algo, la escritura habrá trascendido la noche y habrá despertado. Ya lo decía Dian en su biografía: “…en eso consistía exactamente escribir, en abrir paréntesis y extenderte, en develar la verdad en lugar de ocultarla, en conservarte en estado permanente de amanecer.” (p. 94).

El tercer apartado está escrito por Eliza Ossip, sobrina de Aurora de Lunas. Al final de la novela, Bárbara Jacobs redondea el reflejo de Lunas al introducir el destino de Aurora -el cual es en sí mismo un misterio, como el de la escritura-, quien se va del país. Eliza se siente con la responsabilidad de informar sobre los últimos días de su tía, pero ella no nota, o no parece notar, que entre su escritura se cuelan, entre paréntesis, algunas frases de su tía. Y no es casualidad que sean entre paréntesis: recordemos que de esto se trata la escritura, en abrir paréntesis, y además, estar en estado de permanente amanecer. ¿Quién sino Aurora, la aurora, el alba, puede representar mejor este amanecer? El amanecer de la escritura de Lunas que por fin llega, que nunca supo cómo, pero siempre lo tuvo frente a sí.

Los libros, los hilos y el gato

Este año, Calicanto Eventos planea la edición de un libro con las historias de las parejas que se han casado o festejado su casamiento ahí. Alejandro y yo hemos escrito nuestra historia para el libro. La comparto aquí:

A Durruti

El gato siempre ha sido el símbolo
de algo bueno que nació entre tú y yo.
Haruki Murakami en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Ese día, tal como acostumbraba, Durruti entró por la ventana de nuestro departamento a las 7 y media de la mañana. Volvía de su paseo nocturno, de su vaivén de gato negro entre tejados. Entró maullando y anunciando el inicio de la jornada. Pero en esa ocasión el día, que amanecía con los maullidos de Durruti, amanecía también con el comienzo de nuestra vida como marido y mujer. Era el 16 de abril. No lo hemos tenido nunca como algo certero, pero sospechamos que además de nuestra boda, ese día era el cumpleaños de Durruti.

Nos levantamos. Preparamos café. Le pusimos comida en su plato a Durruti. Desayunamos. Teníamos ya un año viviendo juntos y muchos días siguiendo la misma rutina; sin embargo, en la mañana del día de nuestra boda sentimos el impacto del suceso por venir. La decisión que habíamos tomado de seguir el uno en y por el otro; de ir más allá, mucho más lejos, que todo lo que hasta entonces habíamos pensado acerca del matrimonio y de una vida compartida. Sentados a la mesa, mientras menéabamos nuestros cafés y nos prometíamos ser los mejores esposos, nos atrevimos más que nunca a trascender toda una forma de vivir para abrazarnos a otra: ésta, la nuestra.

Pero antes, antes de Durruti; antes de andar por las calles buscando un lugar donde vivir; antes de darnos nuestro primer beso; antes de cruzar palabras; antes de vernos por primera vez… cada uno estuvimos inmersos en vidas vertiginosas. Uno, el errante, vagaba por el país, yendo de ciudad en ciudad al ritmo de los trenes en movimiento, llevando consigo el conocimiento de un oficio que le permitía tener dinero para vivir: la sastrería. La otra, la citadina, deambulaba por las noches con su oficio de editora en cada evento literario, en cada libro presentado ante la sociedad, sumergida en las palabras de escritores de todo el mundo. De pronto una noche, nuestros oficios se encontraron.

Nos conocimos en la barra del Chac Mool, una cantina del centro de Monterrey propiedad de José Luis. Es todo, sólo José Luis, sin apellidos, sin parafernalia. José Luis nuestro bar tender y amigo, el que observa en silencio el trajinar de sus parroquianos todas las noches desde hace cinco años. Cada viernes por la noche, cruzábamos las calles ya vacías del Mesón Estrella, con restos de legumbres tapizando las aceras, para encontrarnos en el Chac. No íbamos específicamente a vernos, pero aún así, convivíamos. Nos sentábamos a la barra o cerca de la puerta, con nuestros amigos. Bebíamos. Saludábamos a todos los amigos que iban llegando, los que desde 2005 asisten con regularidad. La rockola comenzaba a sonar y nosotros siempre poníamos canciones, sobre todo de Radiohead. Mientras sonaba la música, nosotros nos íbamos acercando, conociéndonos. Un día, en los muros del Chac que están rayados con leyendas varias escritas por todos los que alguna vez han ido, apareció escrito: “Olor de clavo, color de canela, yo vine de lejos a ver a Jessica”.

Una noche, deambulando por las cantinas, uno, el errante, le dijo a la otra, la citadina, que no quería que siguieran viéndose por coincidencias. Con esa frase se deshilvanó el hilo y pudimos salir del laberinto de nuestras soledades. Empezamos a ser novios. Al cabo de cuatro meses ya vivíamos juntos en un departamento del centro. Unimos nuestros oficios y hemos creado un hogar de hilos y de libros, de telas y de palabras. Un hogar que inauguraba nuestra vida por venir.

Meses después, llegó Durruti.

Durruti era un gato negro de ojos amarillos. Fue nuestro compañero, nuestro amigo, el gato más amoroso del universo. Vivió con nosotros y nos ayudó a ser más unidos, a conocernos más, a querernos y a desear formar una familia. Durruti aparecía en todos nuestros sueños futuros, al lado de nuestros hijos, cuidando de ellos como cuidó de nosotros y de nuestra unión. Como bien ha dicho Rilke, la vida más un gato es un obsequio enorme de la existencia. Habrá quienes no lo crean así, habrá quienes crean que exageramos, pero Durruti estuvo a nuestro lado en cada momento que flaqueamos, en cada instante en que dudamos de continuar nuestra vida entre hilos y libros.

El día de la boda, después de la ceremonia civil y mientras bailábamos nuestra canción en el patio central de Calicanto, recordamos a Durruti, que se había quedado solo en casa desde la tarde. Después caímos en la cuenta de que a lo largo de un año habíamos logrado verdaderamente conformar un hogar, y que la boda era el símbolo de los lazos que hasta ese momento habíamos tejido entre nosotros y de los que todavía nos faltaban por tejer.

Toda la gente que nos acompañó se mostró contenta y a gusto en el lugar. No lo escogimos al azar, pero tampoco lo pensamos demasiado. Un día entramos y, sin decirnos nada, ambos pensamos: “Tiene que ser aquí”. Y así fue. Entre música de los Beatles y el fara fara, nos sentimos complacidos por celebrar nuestro matrimonio y compartir un festejo digno de nuestra historia juntos. Tenía que ser bello y elegante, más considerando que uno de nosotros es un sastre. Por eso, por esta sensación de estar viviendo la boda perfecta, quisimos poner en cada mesa un fragmento de un cuento de Haruki Murakami, que narra cómo un chico y una chica se encuentran un día caminando por la calle, y descubren que ambos son el otro cien por ciento perfecto para cada uno.

Queremos mencionar que nuestra boda tuvo una serie de elementos que fueron literalmente hechos por quienes nos los obsequiaron. En primer lugar, el traje del novio, hecho a la antigua usanza artesanal de los sastres de antaño por el abuelo de Alejandro; en segundo lugar, las invitaciones, diseñadas por nuestro amigo Jorge Ortega, quien trabajó un diseño elegante y original para nosotros; éstas fueron impresas por Rafael Nieto, hermano de Jessica; las tarjetitas de agradecimiento fueron diseñadas por nuestra amiga Diana de Ochoa; las fotografías, en su producción y edición, corrieron por cuenta de nuestra amiga Elena Herrera, diseñadora y fotógrafa; el peinado y el arreglo de la novia fue realizado por la estilista Priscila Ramírez, esposa de nuestro amigo Carlos Leal; y el libro de firmas lo hizo el propio novio. Este conjunto de hechuras fueron clave para echar a andar nuestra boda. Como lo fueron también la amistad y el apoyo de nuestros amigos Lizbet García y Luis Carlos López, “Maico”, José Juan Zapata y Delia Zaragoza, que firmaron como testigos en la ceremonia civil. Y claro, la presencia y amor de nuestras familias y amigos que festejaron nuestra unión.

Al final del día, regresamos a casa con un gran pedazo de pastel de bodas. Durruti entró por la ventana de nuestra habitación y le convidamos. No imaginábamos que al cabo de diez días moriría asesinado. Todos quienes lo conocieron dijeron, y así también lo hemos sentido, que Durruti vino a cumplir un destino con nosotros, y fue el unirnos para toda la vida. Como ya lo había logrado, se retiró dejándonos en esta nuestra casa de hilos y libros, en este lugar donde, un día en la cantina, decidimos conjugar nuestros oficios. Y nuestras vidas.

La escritura ilimitada: la visión del Aleph

Tengo una hermosa y rara edición de El Aleph de Borges, ilustrada por José Hernández. La casa editorial es Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, de España. Digo que es rara porque ya no aparece en el catálogo de la editorial, al parecer está agotada (fue publicada en 1993). Desde ahí comienza su hermosura: el saber que soy la poseedora de un ejemplar entre miles de un libro que ya no está. Pero esta hermosura viene matizada por otra, anterior —anterior porque hasta hoy supe que ya no se edita—: la forma en que llegó a mí y la forma en la que sigue llegando.  Fue el día que cumplí 19 años, el 25 de septiembre del 2001. Fue un regalo, y debo decir que hasta entonces no había recibido un regalo más bello. El contexto del obsequio, por qué El Aleph y no otro, por qué me parece el regalo más bello hasta entonces recibido… todo esto pudiera ser algo muy lejano. Sin embargo, la llegada del libro inauguró  la trascendencia de los instantes, los cuales pueden seguir estando dentro de una dinámica de simultaneidad.

El libro me fue dado por alguien a quien yo amé. Yo en ese entonces no escribía porque había dejado de hacerlo. Me dedicaba a leer, y si acaso escribía, no había desarrollado la relación que tengo ahora con la escritura, o más bien, no se había tornado evidente. Y en ese momento, cuando el libro llegó a mí, llegó con un designio. Era el amor, claro, pero no sólo el amor, sino el acto motivado por el amor: en ese obsequio se me estaba brindando fe: la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Y lo que se esperaba, lo que no se veía, era, precisamente, la escritura, mi escritura. Como suele ocurrir cuando un instante debe atesorarse, en el momento no lo entendí así. No me percaté de su trascendencia. Leí el libro y luego lo guardé en el librero. Y estoy segura que quien me lo dio tampoco tenía la intención directa de otorgarme un designio, aún cuando al dármelo me dijo que lo había visto entre varias pilas de libros en el Fondo de Cultura Económica y que de inmediato quiso que yo lo tuviera, no sólo porque era algo que él quería darme, sino porque era un libro que yo debía tener. Esto ya lo vuelve algo más que un obsequio. Lo torna oráculo: el libro contenía palabras que me darían luz. Pero como dije, ninguno de los dos lo sabíamos. El libro, por muchos años, fue para nosotros uno de los primeros lazos de nuestro amor. Luego, al separarnos, un recuerdo. La verdad no había vuelto a tomar el libro hasta ahora. Lo he abierto. Y, como dice Borges, al abrir los ojos, ahí estaba el Aleph.

Ande la videncia, el libro como vínculo y el libro como recuerdo quedaron integrados en la plenitud del Aleph, en su totalidad. También quedó integrado el instante en que llegó a mis manos. El Aleph se convirtió en libro, palabra y letra… en toda la cadena escritural. El Aleph como letra, la primera letra del alfabeto hebreo, que representa los distintos tipos de infinitos, está al mismo tiempo que la palabra, también plena, y ambas están al mismo tiempo que el libro. Y digo están y no que suceden porque en el Aleph, en el libro, el espacio y el tiempo son simultáneos: el universo es un dónde y no un cuándo. El cuándo es ahora, el instante presente, sincrónico y eternizado. El tiempo eterno se conjuga con la noción del espacio abierto e infinito, cualidades ilimitadas de la escritura literaria, como lo es la multiplicidad de rostros en los que puede desdoblarse quien escribe. Como puede notarse de manera muy evidente, la escritura literaria es la expresión del universo. En el “El Aleph”, y a lo largo del libro, Borges (quien además de escribirlo, es el narrador del cuento, es decir, es su propio personaje) hace alusiones a la simultaneidad: las fotografías de Beatriz Viterbo puestas sobre un mueble de la sala muestran al mismo tiempo diferentes Beatrices en distintas etapas de su vida; el poema que Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, va componiendo, el cual trata acerca del planeta Tierra, pretende abarcar siglos de tradición literaria y juega con la métrica, con la división estrófica, con las referencias eruditas; Borges mismo, al desdoblarse en su escritura, al irse escribiendo, se convierte en dos Borges que suceden a un tiempo en espacios distintos. Y esto es, precisamente, el Aleph. En él todo se torna contemporáneo. Todo nos concierne. En el momento en que Borges visualiza el Aleph, el universo se le manifiesta: ve todo, en todos los lugares, en un instante. Esto me parece importante: la visión dura un instante, y no obstante ese instante es eterno. Eterno dentro de su espacio, dentro del Aleph. Nombrar al libro El Aleph es, además de un guiño metaescritural (el libro dentro del libro, el Aleph dentro del Aleph), un énfasis de la cualidad ilimitada de la escritura literaria. Si el Aleph es el punto donde están todos los puntos del mundo vistos desde todos sus ángulos, el libro es el sitio donde, por medio de la sucesión del lenguaje, ocurre el universo.

En el universo de las simultaneidades, los instantes perviven. Al momento de abrir de nuevo el libro, pude ver ante mí, no como un recuerdo sino como algo que continúa, la tarde de mi cumpleaños 19 en la que El Aleph llegó —y sigue llegando— a mis manos.

Las imágenes son de José Hernández, para El Aleph.