Sobre el amor que nunca se detiene

Hace unos meses Jorge le entregó el anillo de compromiso a Tere, su novia desde hace más de cuatro años. Para esa ocasión, Jorge me pidió que escribiera una serie de textos a partir de fotos de ellos juntos. Aquí va, pues, el resultado final de mi pensar en el amor a a través de dichas imágenes. Quisiera antes mencionar una reflexión sobre esto, sobre escribir acerca del amor. No suelo hacerlo nombrándolo. He escrito muchas cosas donde el amor es el motivo, el movimiento, la ondulación misma de la mano -mi mano- que escribe, pero la palabra “amor” no aparece en dichos textos. Hasta ahora que he compuesto esta suerte de poemas en prosa, nunca me había percatado de lo poco que menciono la palabra “amor”, ni con la voz ni con la letra. Quizás por eso estos textos rebosan de “amor”, de “amados” y de “amadas”, porque cuando he escrito esa frase: “el amor es lumínico trazo”, en efecto, el amor impulsaba mi mano. El amor de Jorge por Tere ha configurado este espacio de colores y palabras.

[Puede verse la serie de fotos y los textos en la página de Jorge]

1

Así, / la dirección de tu mirada me guía hacia /
el fondo del espejo: ahí estamos, /
ambos, como si tuviéramos todo / el tiempo del mundo

Nuno Júdice, “Reflejo con humo y lámparas”

En el reflejo el que ama mira los ojos de la que ama. Mira su rostro, el de él, repitiéndose hasta el infinito siempre unido a su rostro, el de ella. La que ama también lo mira unido a sus ojos oscuros, los de ella, y mira cómo sus ojos claros, los de él, la persiguen a pesar de estar tan cerca. El amor ocurre en el roce de cada parpadeo. En el reflejo, el que ama traza una letra en su rostro, el de ella; la que ama dibuja otra letra en su rostro, el de él. La duración de ese trazo equivale a la eternidad del amor.

2

Distante de los ojos cerca del corazón

Sergio Milliet, “Ginebra”

En el amor cada gesto es trascendente.
El que ama observa la silueta de su amada. La que ama se sienta y él mira cómo se dobla su cuerpo (el de ella), la forma en que sus manos descansan sobre su regazo, la manera en que inclina su rostro.
En el amor cada gesto es trascendente.
Este suceso tan sencillo, ocurrido tan ajeno a su cuerpo (el de él), se convierte en imagen que traspasa, que hiere. Ella allá tan aparte, tan en sí misma, tan distante de sus ojos (los de él), y cuando la que ama se vuelve a mirarlo y lo encuentra, lejano, su sonrisa (la de ella) se dibuja como un trazo que se extiende hasta su corazón (el de ella, el de él).
En el amor cada gesto atraviesa el corazón.

3

Nada tengo que hacer en este mundo / sino arder / te amo hasta morir

Georges Bataille

Las palabras dichas desde el amor son aliento, no voz. Son palabras llamarada, palabras que queman los oídos, la ligera piel de los párpados, todos los confines del rostro. Así, el que ama se acerca a la que ama y de su boca (la de él) brota el fuego que imprime en su boca (la de ella): es este amor del que más dura. La que ama responde, abriendo su boca: es este el amor que nunca se detiene.
Entonces su aliento (el de él) exhala una letra que se encuentra con la letra brotada de su aliento (el de ella). En el viento, el sonido se trasporta como un respiro.
El amor más intenso no dice, quema.
Y este es el amor del que más dura, porque nunca se detiene.

5

Cuando los amantes bebían su silencio / la boca y la boca eran sólo noche

Yanette Delétang-Tardif, “Las canciones caían”

Hoy, el amor enciende fluorescencias. Las palabras de los que se aman son el dulce silencio que los circunda. Y, sin embargo, a lo lejos escuchan el eco de sus propias voces repitiendo cada confesión de amor, el de él por ella, el de ella por él. Aquel que mantiene sujetas sus manos y los hace delinear una y otra vez el mismo trazo dorado que engarza sus dedos: dos letras que se dicen en un solo respiro.
Los que se aman abren sus bocas y respiran.
En esta noche plena de fluorescencias, el amor es lumínico trazo, oro que circunda.

[Porque sí, éste es el amor del que más dura, porque nunca se detiene]

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Los gatos y la muerte

Para todos esos mis gatos que se han sentado a verme escribir

Durruti, por Rafael Nieto

Los gatos mueren y uno se pregunta si realmente se han ido o sólo se desprenden de un cuerpo torpe que no supo contener la agilidad de sus reflejos. Un cuerpo que se quedó estático cuando debió moverse (como Donatello, que murió atropellado con el cráneo aplastado; o muchos años antes, Tomasa, esa gata milenaria, que fue arrollada por un camión justo cuando volvía a casa); un cuerpo que por anciano ya no quiso sanar heridas, curar infecciones (como Remi, Heidi, El Guero, muertos ante la contundencia de sus cuerpos cansados); un cuerpo hambriento que devoró lo que no debió ser devorado (como Durruti, emocionado, atrapando a su primer y último pájaro envenenado; o Ema, tan precisa y aun así cayó en la trampa de un ser detestable que no dudo en asesinarla).

Sin duda los gatos merecen cuerpos mejores.

No obstante, esos cuerpos resultan ideales para poetizar con sus partidas. Cuando mueren, de inmediato se les visualiza extendiendo su longitud hasta la luna, como estelas de la noche. El gato muerto no se trata, jamás, de un animal que se quede quieto. Es un cadáver que se expande, que salta por los tejados, que husmea. Si el gato vivo es curioso, el muerto lo es aún más, indagando la totalidad que lo envuelve, el silencio que de pronto se le vino encima.

Los gatos mueren y se convierten en expresiones del silencio.

Quizás por eso suelen ser compañeros de los escritores. Quizás por eso los escritores escriben sobre ellos. Por la quietud de sus gestos, los mismos que, una vez que se han ido, se convierten en palabras.

[Imagen de Rafael Nieto.]

La escritura es una amalgama de resonancias: entrevista en Vida Universitaria, por Lizbet García

Esta es la única entrevista que me hicieron por la salida al mundo de “Metal de la voz”.  La hizo una de mis más grandes amigas, Lizbet García.

Entrevista Vida Universitaria

“LA LITERATURA ES UNA AMALGAMA DE RESONANCIAS.”: JESSICA NIETO

Metal de la voz. Ensayos en torno a la escritura literaria de Jessica Nieto fue presentado el 8 de septiembre en la Casa de la Cultura de  Nuevo León por Víctor Barrera Enderle y Diana Garza Islas.

LIZBET GARCÍA RODRÍGUEZ

Vivir en un mundo de palabras: soñarlas, despertar en medio de la noche para escribirlas antes que se olviden, acomodarlas en la mente, en el diálogo, luego en el papel o en un formato de Word; volver a soñar lo ya escrito o repetirlo, leerlo, resonarlo.… así es el mundo de letras descrito en Metal de la voz. Ensayos en torno a la escritura literaria de Jessica Nieto.

“Lo que yo planteo en el libro es una especie de distinción, de dualidad en la palabra (o la letra, como partícula más elemental de la palabra); cada letra contiene en sí una cualidad de metal y una cualidad de eco. El eco vendría a ser como una especie de esencia que contiene el sonido de la palabra y este sonido resuena en el metal, que es la grafía, la forma de la letra.”

Para la ensayista y editora, siempre hay una evocación del sonido en el acto de la escritura –aún cuando ésta se gesta desde el silencio– y una vez agrupadas las palabras, siendo núcleo, van configurando no sólo un sonido sino un acento o un tono. Quizás por eso leamos en silencio un poema de Juan Gelman imaginando el acento argentino o, evoquemos las letras de José Lezama Lima interrumpidas por las pausas obligadas del asma.

Nieto refiere la resonancia que va a ocurrir cada vez que alguien lea lo escrito.“Cada vez que, a partir de ciertas lecturas, se generen otras escrituras, se produce una especie de resonancia o reflejo de todo lo anterior. En alguna parte del libro menciono que la literatura es una amalgama de resonancias, porque es la forma en que las cosas que leemos o las escrituras de otros nos van formando y determinando un poco la forma propia de escribir.”.

Pero en sus ensayos, esas palabras que viven en el aire, en los muros, en las voces, aterrizan en lo que Jessica Nieto llama una virtud: la de ser literarias.

La literatura, al escribirse, sujeta el vuelo de las palabras y las hace adquirir un peso que antes no tenían. Las hace caer, y en su caída, al tiempo que van desfragmentándose se van recomponiendo, de modo que al llegar a lo hondo de su destino, siguen siendo ellas mismas pero no de la misma manera.

La propia definición de la autora en torno a la escritura y la condición literaria de las palabras se vuelve poética. Al desmenuzarlas, las vuelve a tejer en una creación nueva, resonante, edificante de sus propios enunciados.

MEMORIA DEL PENSAMIENTO, EVOCACIÓN, INVENCIÓN

Escribir las ideas es una manera de registrarlas en algún lugar menos efímero que la memoria. Jessica Nieto cita, por ejemplo, la escritura de diarios y refiere a Italo Calvino cuando dice en Colección de arena, que llevar un diario responde a la “necesidad de transformar el transcurrir de la propia existencia en una serie de objetos salvados de la dispersión.”

Una palabra enlazada con otra en un gesto de comunión (o lo que la autora llama “un juego de espejos.”) conforma el cuerpo de la escritura, y ésta a su vez hace trascender momentos y pensamientos, pero sólo el metal de la voz perdura.

En el libro se advierten los destinos: el papel se pudre o es devorado por polillas; la tinta se va borrando y; la escritura virtual (un tanto más esperanzada en no desaparecer) no está ubicada en un espacio definido, seguro.

“Lo que queda al término del viaje es el eco de las palabras que resuena en los trazos de la letras.”

Metal de la voz (Ediciones Intempestivas, 2011) garantiza entonces esa especie de continuidad de la resonancia en su lectura. La escritura repensada sin descanso desde el acto de escribir, leer, inventar, soñar y acomodar palabras. Es una especie de juego onírico del que Jessica Nieto ya no sabe despertar.

[Pueden leer y descargar esta entrevista en PDF aquí: entrevistajessicanieto]

La escritura resuena: presentación de “Metal de la voz”

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Hay algo de lo que estoy convencida, y es de que las letras son dibujos. Que la escritura se dibuja. Convertir mi escritura en libro es otorgarle un rostro. En alguna parte de mi libro, de hecho, menciono, a partir de una escena descrita en la novela “El libro negro” de Orhan Pamuk, cómo cada uno de nuestros rostros está trazado por letras. Por eso, presentar mi libro, mostrarlo, es también, mostrarme a mí misma. He aquí mi rostro, en este pequeño y breve escrito.  Y como estoy muy convencida de que las letras son dibujos, me pareció importante que para la presentación de “Metal de la voz” se exhibieran un serie de dibujos, manuscritos y fotografías de personas muy apegadas a mí, que demostraran cómo las palabras son imágenes. Cómo son la generadoras de un espacio.

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En la parte de arriba, se encuentra la imagen de la portada de mi libro, realizada por mi hermano Rafael Nieto [pueden verse la serie de ilustraciones que hizo para la portada de mi libro aquí]; la siguiente es un retrato mío realizado por Jessica Jaramillo; la siguiente es una fotografía de Diana de Ochoa; en el centro, a color, un dibujo de Jorge Ortega; en el extremo izquierdo, un poema escrito a mano por José Juan Zapata Pacheco, quien además escribió la cuarta de forros de mi libro; luego un dibujo de mi otro hermano, David Nieto; después una fotografía de Teresa Martínez, y al final, una hermosa historia escrita a mano por Lizbet García, sobre cómo aprendió a escribir.

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Arriba, una serie de dibujos hechos por Livier Fernández Topete; abajo, un dibujo realizado por Blanca Medellín.

Ha sido un gran honor que sus creaciones abrazaran a la mía, y que las palabras de Víctor y Diana le dieran la bienvenida a mi “Metal de la voz”.

Gracias infinitas.

[Las fotografías son de David Nieto]

Más enlaces sobre la presentación, en la página de Conarte [aquí].

¡¡Mi primer libro!! Metal de la voz

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Después de un año de trabajar mi proyecto de ensayos sobre la escritura literaria en el Centro de Escritores de Nuevo León, coordinado por Héctor Alvarado, él y Livier Fernández, los artífices detrás de Ediciones Intempestivas, han tenido a bien publicarme mi libro. No podría ser más feliz. Formar parte de su proyecto editorial es un honor. He aquí, pues, mi “Metal de la voz”. Mi primer libro.

La escritura en perfecto amanecer

Bárbara Jacobs ha construido, en su novela Lunas, no solamente la historia de Pablo Lunas, maestro de literatura de una preparatoria, escritor frustrado, aspirante a lunático o lunático ya desde la cruz de su apellido; también ha delineado un manual sobre la escritura, una obra donde comparte luminosidades y oscuridades sobre el proceso de escribir. Porque hay una pregunta que atormenta a Pablo Lunas, y es precisamente: ¿cómo escribir? ¿Cómo acomodar las palabras, cómo tornarlas literatura? ¿Cómo transformar los sueños, que durante su vida han sido lo más cercano a lo que desea escribir, en un libro? ¿Cómo lidiar con las lunas de su pensamiento? ¿Cómo amanecer?

La novela se compone de tres apartados, cada uno de ellos escritos por una mujer distinta, cuyo común denominador son Pablo Lunas y su esposa Aurora. La primera parte, “Capítulos de Lunas”, es escrita por Dian Yaub, ex alumna de Lunas, quien, al enterarse de la muerte de éste, toma la determinación de ser la biógrafa de su maestro, pues si había algo que Lunas les había recalcado mucho a sus alumnos era que si uno lograba escribir su autobiografía, lograría ser escritor. Dian no está escribiendo propiamente su historia de vida, pero va hilando un poco de sí en el entramado de la relación de la vida de su maestro. Lunas creía que en todo lo que se escribe uno deja algo de su autobiografía. Si tomamos esto como un principio literario, comenzamos a entrar en el juego que Bárbara nos propone: Bárbara escribe que Dian escribe la biografía de Pablo Lunas. Al escribir sobre Dian, Bárbara escribe sobre sí misma, de la misma manera que Dian, al escribir sobre su maestro, se escribe. El espejo que la autobiografía supone se despliega. El único que queda sin reflejarse es Pablo Lunas, que no logra escribir nada en su vida.

Pero esto no es del todo cierto.

Dian se entrevista con Aurora, viuda de Lunas, semiparalítica y con perfil de bailarina. Hay algo en ella que intriga a Dian, una suerte de misterio que invariablemente liga con su maestro. Dian piensa que entre ellos hay un vínculo como si “se tratara de una vida doble o de vidas tan intrincadas que correrían el riesgo de ser indescifrables, indistinguibles, la una de la otra, para la eternidad” (p. 22-23). Si Aurora es indistinguible de su marido, ella se convierte en el reflejo de Lunas. La escritura que se despliega en el libro de Bárbara es como el juego de las muñecas rusas que ella misma refiere en la novela: una muñeca dentro de otra, cada vez más pequeña, pero plena del mismo misterio.

El segundo apartado “Los sueños de Lunas”, es escrito por Lucrecia Cordal, y contiene la relación de las sesiones que Lunas tomó con su psicoanalista, la doctora Z. Lucrecia, como Dian, es una ex alumna de Lunas que también decidió dedicarse a escribir la biografía de su maestro. Ella consigue, de manos de Aurora, la carpeta donde Lunas reunió escritos los sueños que tuvo durante 365 noches. A diferencia de Dian, tan obsesionada con “la verdad” -“…¿qué hace con la verdad cuando lo que quiere escribir es la verdad?” (p. 92)-, Lucrecia se concentra en otro aspecto de la vida no-vida de Lunas, sus sueños, pues tal y como él le dice a la doctora Z, en muchas ocasiones se le confunden los recuerdos con los sueños. Así, Lucrecia va reconstruyendo la infancia y juventud de su maestro, poetizando incluso con ciertos elementos como un gato blanco que Lunas soñaba tener.

Pero en estas sesiones hubo algo que Lunas le confió a la doctora Z. Una ocasión -de tantas- en que ella lo animaba a escribir, verdaderamente escribir, todo lo que soñaba, Lunas le dijo: “He tenido muchas ideas. Pero algo me detiene en el momento que pretendo ponerlas en palabras. Una muy frecuente es la de escribir mi autobiografía (¿o de qué manera decirlo sino de esta redundante mi autobiografía?) en sueños.” (p. 175). Es decir, escribir su vida a través de los sueños que ha tenido que, al parecer, a Lunas le parecen más cercanos que su propia vida. Y es que en este momento de la novela se nos devela otro, llamémosle de nuevo, principio literario. Lunas sueña que escribe durante la noche, pero se trata de un sueño. Al despertar le es imposible escribir. Los amaneceres son el símbolo de esa imposibilidad, pero también, de la posibilidad, pues si un amanecer logra escribir algo, la escritura habrá trascendido la noche y habrá despertado. Ya lo decía Dian en su biografía: “…en eso consistía exactamente escribir, en abrir paréntesis y extenderte, en develar la verdad en lugar de ocultarla, en conservarte en estado permanente de amanecer.” (p. 94).

El tercer apartado está escrito por Eliza Ossip, sobrina de Aurora de Lunas. Al final de la novela, Bárbara Jacobs redondea el reflejo de Lunas al introducir el destino de Aurora -el cual es en sí mismo un misterio, como el de la escritura-, quien se va del país. Eliza se siente con la responsabilidad de informar sobre los últimos días de su tía, pero ella no nota, o no parece notar, que entre su escritura se cuelan, entre paréntesis, algunas frases de su tía. Y no es casualidad que sean entre paréntesis: recordemos que de esto se trata la escritura, en abrir paréntesis, y además, estar en estado de permanente amanecer. ¿Quién sino Aurora, la aurora, el alba, puede representar mejor este amanecer? El amanecer de la escritura de Lunas que por fin llega, que nunca supo cómo, pero siempre lo tuvo frente a sí.